Project Gutenberg's Los Merodeadores de Fronteras, by Gustave Aimard

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Title: Los Merodeadores de Fronteras

Author: Gustave Aimard

Translator: D. J. F. Saenz de Urraca

Release Date: July 14, 2014 [EBook #46279]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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LOS

MERODEADORES

DE FRONTERAS.

--NOVELA ESCRITA EN FRANCS POR--

MR. GUSTAVO AIMARD

TRADUCCIN DE

D. J.F. SAENZ DE URACCA.

MADRID

CARLOS BAILLY-BAILLIERE

LIBRERA EXTRANJERA Y NACIONAL, CIENTFICA Y LITERARIA

_--Plaza del Prncipe Don Alfonso, nm._.8.--

PARS - J. B. Bailliere e hijo.  LONDRES - H. Bailliere.

           NUEVA-YORK - Bailliere hermanos.

1863.




LOS MERODEADORES DE FRONTERAS




I.

EL FUGITIVO.


Las inmensas selvas vrgenes que cubran el territorio de la Amrica
septentrional tienden cada vez ms a desaparecer bajo los hachazos
precipitados de los _squatters_ y de los desmontadores americanos,
cuya actividad insaciable hace que los lmites de los desiertos vayan
retrocediendo de continuo hacia el Oeste.

Ciudades florecientes, campos bien labrados y cuidadosamente sembrados,
ocupan ahora las regiones en que, apenas hace diez aos, se alzaban
bosques impenetrables cuyas ramas seculares, solo dejaban penetrar
a duras penas los rayos del sol, y cuyas inexploradas profundidades
cobijaban animales de todas clases, sirviendo al paso de guarida a
hordas de indios nmadas, cuyas costumbres belicosas hacan resonar
con frecuencia el grito de guerra bajo aquellas bvedas majestuosas de
ramas y de hojarasca.

Hoy los bosques han cado; sus sombros habitantes, rechazados
paulatinamente por la civilizacin que les persigue sin tregua ni
descanso, han huido paso a paso delante de ella; han ido a buscar
a lo lejos otros retiros ms seguros, llevndose consigo los huesos
de sus padres a fin de que no fuesen desenterrados y profanados por
la desapiadada reja del arado de los blancos, que traza su largo y
productivo surco sobre sus antiguos territorios de caza.

Este desmonte continuo, incesante, del continente americano ser un
mal? No por cierto; al contrario, el progreso, que marcha a pasos
agigantados y tiende a trasformar antes de un siglo el suelo del
Nuevo Mundo, merece todas nuestras simpatas. Sin embargo, no podemos
menos de experimentar un sentimiento de dolorosa conmiseracin hacia
esa raza infortunada puesta brutalmente fuera de la ley, acorralada
sin compasin por todos lados, que disminuye de da en da y se ve
condenada de un modo fatal a desaparecer muy pronto de aquella tierra,
cuyo inmenso territorio, hace todo lo ms cuatro siglos, cubra con sus
innumerables masas.

Si el pueblo elegido por Dios para operar los cambios que sealamos
hubiese comprendido su misin, quizs a una obra de sangre y de
carnicera la hubiera convertido en una obra de paz y de paternidad; y
armndose con los divinos preceptos del Evangelio, en vez de cogerlos
rifles, las teas incendiarias y los sables, hubiera llegado, en un
tiempo dado, a verificar una fusin de las dos razas, blanca y roja,
y a obtener un resultado ms provechoso para el progreso, para la
civilizacin, y sobre todo para esa gran fraternidad de los pueblos que
a nadie le es lcito despreciar, y de la que un da tendrn que dar
terrible y estrecha cuenta todos aquellos que, olvidan sus preceptos
divinos y sagrados.

No se convierte uno impunemente en asesino de una raza entera; no se
baa a sabiendas en la sangre inocente, sin que al fin esa sangre clame
venganza, sin que el da de la justicia brille y llegue bruscamente a
echar su espada en la balanza entre los vencedores y los vencidos.

En la poca en que comienza nuestra historia, es decir, hacia fines
del ao de 1812, la emigracin no haba adquirido todava ese
acrecentamiento inmenso que muy luego deba llegar a tener; acababa
de comenzar, por decirlo as, y los vastos bosques que se extendan y
cubran un espacio inmenso entre las fronteras de los Estados Unidos
y de Mjico, solo eran recorridos por los pasos furtivos de los
traficantes y de los cazadores de los bosques, o por los _mocasines_
silenciosos de los pieles rojas.

En medio de uno de los inmensos bosques que acabamos de mencionar, es
donde comienza nuestro relato, el 27 de octubre de 1812, hacia las tres
de la tarde.

El calor haba sido sofocante bajo la enramada; pero en aquel momento
los rayos del sol, cada vez ms oblicuos, alargaban la sombra de los
rboles, y la brisa de la tarde, que acababa de levantarse, refrescaba
la atmsfera y se llevaba a lo lejos las nubes de mosquitos que durante
toda la maana haban estado zumbando y revoloteando encima de los
pantanos.

Era en las orillas de un afluente perdido del Arkansas: los rboles de
ambos lados, inclinados suavemente, formaban una espesa bveda verde
sobre sus aguas apenas rizadas por el soplo inconstante de la brisa: en
algunas partes, flamantes de color de rosa, garzas blancas plantadas
sobre sus largas patas, pescaban su comida con esa mansedumbre
indolente que por lo general caracteriza a la raza de los grandes
zancudos; pero de improviso se pararon, tendieron el cuello hacia
adelante, como para escuchar algn ruido desusado, y echando a correr
repentinamente para olfatear en direccin del viento, emprendieron el
vuelo lanzando gritos de terror.

De pronto reson un tiro, repetido por los ecos del bosque, y cayeron
dos flamantes.

En el mismo instante una piragua ligera dobl con rapidez un cabo
pequeo formado por manglares que se avanzaban sobre el lecho del
ro, y comenz a perseguir a los dos flamantes que haban cado al
agua: uno de ellos haba quedado muerto en el acto, y era arrastrado
por la corriente; pero el otro, levemente herido al parecer, hua con
extremada rapidez y nadaba con vigor.

La embarcacin de que hemos hablado era una piragua india construida
con corteza de abedul arrancada del tronco por medio de agua caliente.

En la piragua no haba ms que un solo hombre; su rifle, colocado en
la proa, y que todava echaba humo, probaba que l era quien haba
disparado el tiro.

Haremos el retrato de este personaje, que est llamado a representar un
papel importante en nuestra narracin.

Segn poda juzgarse en aquel momento por razn de su postura en la
piragua, era un hombre de estatura elevada; su cabeza, algo pequea, se
hallaba unida por un cuello robusto a unos hombros de una anchura poco
comn; msculos duros como cuerdas se destacaban en sus brazos a cada
movimiento que hacan; en resumen, todo el aspecto de aquel individuo
denotaba un vigor llevado a su ltimo lmite.

Su rostro, animado por unos ojos grandes y azules, chispeantes
de sagacidad, tena una expresin de franqueza y de lealtad que
agradaba desde el primer momento, y que completaba el conjunto de sus
facciones regulares y de su ancha boca sobre la cual se deslizaba
una eterna sonrisa de buen humor. Tendra, cuando ms, de veintitrs
a veinticuatro aos, aunque su tez tostada por la intemperie de las
estaciones y la poblada barba de un rubio claro que cubra la parte
inferior de su cara, le hacan aparentar ms edad.

Aquel hombre vesta el traje de cazador de las selvas; un gorro de
piel de castor, cuya cola colgaba sobre sus espaldas, sujetaba con
sumo trabajo los espesos rizos de su dorada cabellera, que caa en
desorden sobre sus hombros; una blusa de caza, de percal azul, oprimida
en las caderas por un cinturn de piel de gamo, le caa hasta cerca de
sus nervudas rodillas; unos _mitasses_ o especie de calzones ceidos
cubran sus piernas, y sus pies estaban guarecidos de las espinas y de
las picaduras de los reptiles por unos _mocasines_ indios.

Su morral, de cuero curtido, le colgaba del hombro izquierdo en forma
de bandolera, y, como sucede a todos los audaces cazadores de las
selvas vrgenes, sus armas consistan en un buen rifle, un cuchillo
de monte de hoja recta de diez pulgadas de longitud y dos de anchura,
y una hacha de hierro que brillaba como un espejo. Estas armas,
exceptuando naturalmente el rifle, estaban colgadas de su cinturn,
el cual sostena adems dos cuernos de bisonte llenos de plvora y de
balas.

Equipado de este modo, navegando en aquella piragua rodeada por un
paisaje imponente, el aspecto de aquel hombre tena algo de grandioso,
que impona e inspiraba un respeto involuntario.

El cazador de los bosques, propiamente dicho, es uno de esos numerosos
tipos del Nuevo Mundo que no tardarn en desaparecer por completo ante
los progresos incesantes de la civilizacin.

Los cazadores de los bosques, esos atrevidos exploradores de los
desiertos, en los cuales trascurra su existencia entera, eran unos
hombres que, impulsados por un espritu de independencia y un deseo
desenfrenado de libertad, sacudan, para no volver a someterse nunca a
ellos, los pesados vnculos con que la sociedad sujeta a sus miembros,
y que, sin ms objeto que el de vivir y morir sin verse avasallados
por ninguna otra voluntad que no sea la suya, nunca impulsados por
la esperanza de ningn lucro, cosa que despreciaban por completo,
abandonaban las ciudades y se internaban resueltamente en las selvas
vrgenes; vivan al da, indiferentes respecto de lo presente, sin
cuidarse de lo porvenir, convencidos de que nunca les faltara Dios
en un momento de necesidad, y colocndose as fuera de la ley comn,
que desconocan, en el ltimo lmite que separa a la barbarie de la
civilizacin.

La mayor parte de los cazadores ms afamados que vivan en los bosques
fueron canadienses. En efecto, en el carcter normando hay algo de
osado y aventurero, que es muy a propsito para ese gnero de vida
lleno de peripecias singulares y de sensaciones deliciosas cuyo encanto
embriagador solo pueden comprender aquellos que lo han disfrutado.

Los canadienses nunca han admitido como principio el cambio de
nacionalidad que los ingleses han intentado imponerles; se han
considerado siempre a s mismos como franceses; sus ojos han quedado
constantemente fijos en esa ingrata madre patria que con tan cruel
indiferencia los abandon.

An hoy en da, al cabo de tantos aos, los canadienses continan
siendo franceses; su fusin con la raza anglo-sajona solo es aparente,
y bastara el pretexto ms leve para producir un rompimiento definitivo
entre los ingleses y ellos.

El gobierno ingls lo sabe muy bien; y por eso emplea para con sus
colonias del Canad una mansedumbre que se guarda muy bien de emplear
para con sus dems posesiones.

En los primeros tiempos de la conquista, esa repulsin (no nos
atrevemos: a decir odio), era tan pronunciada entre las dos razas, que
los canadienses emigraron en masa por no sufrir el yugo humillante que
se les quera imponer. Los que siendo demasiado pobres para abandonar
definitivamente su patria, se vieron obligados a continuar habitando en
aquella tierra envilecida ya por la ocupacin extranjera, escogieron
la ruda profesin de cazadores de los bosques, y prefirieron adoptar
esa existencia de miserias y de peligros, a sufrir la vergenza de
someterse a la ley de un vencedor aborrecido. Sacudiendo el polvo de
sus zapatos en los umbrales del paterno techo, se echaron la escopeta
al hombro, y ahogando un suspiro de pesadumbre, se alejaron para
no volver, internndose resueltamente en las selvas impenetrables
del Canad, comenzando, sin saberlo, esa generacin de intrpidos
exploradores de los que en el principio de nuestro relato hemos puesto
en escena a uno de los ms hermosos y por desgracia ltimos tipos.

El cazador continuaba remando vigorosamente; muy luego alcanz el
primer flamante, que ech en el fondo de su piragua; pero el segundo le
dio ms que hacer: durante algn tiempo hubo una lucha de rapidez entre
el pjaro herido y el cazador; sin embargo, el primero fue perdiendo
gradualmente sus fuerzas, sus movimientos se tornaron vacilantes, agit
el agua de una manera convulsiva, un golpe de plano que le dio el
canadiense con un remo puso trmino a su agona, y fue a reunirse con
su compaero en el fondo de la piragua.

Tan luego como el cazador hubo pescado su caza, retir sus remos y se
puso a cargar su rifle con ese esmero que consagran a tal operacin
los que saben que su vida puede depender de una carga de plvora.

Cuando su arma se hall de nuevo en buen estado, el canadiense dirigi
en torno suyo una mirada exploradora.

--Eh! dijo al cabo de un instante hablando consigo mismo, hbito que
contraen por lo general los individuos cuya existencia es solitaria,
Dios me perdone, pero creo que, sin sospecharlo, he llegado al sitio
de la cita. No, no me engao; all a la derecha estn los dos sauces
derribados y que han cado en cruz uno sobre otro, cerca de aquella
roca que avanza sobre el agua; pero qu es eso! exclam bajndose y
montando su rifle.

De pronto haban resonado en el bosque los ladridos furiosos de varios
perros; los matorrales se apartaron con violencia, y un negro apareci
sbitamente en la cumbre de la roca en que se fijaban en aquel momento
los ojos del canadiense.

Aquel hombre, cuando hubo llegado al extremo de la roca, se par un
instante, pareci como que prestaba atento odo, dando muestras de la
ms profunda agitacin; pero aquella detencin fue muy corta, pues
apenas hubo permanecido as algunos segundos cuando, alzando los ojos
hacia el cielo en ademan de desesperacin, se precipit al ro y nad
vigorosamente hacia la opuesta orilla.

Apenas se hubo apagado el ruido de la cada del negro al agua, cuando
varios perros llegaron corriendo a la plataforma y comenzaron un
concierto de ladridos espantosos.

Aquellos perros eran muy corpulentos, tenan la lengua colgando, los
ojos inyectados en sangre y el pelo erizado, como si acabasen de dar
una carrera larga.

El cazador movi varias veces la cabeza de uno a otro lado, fijando
una mirada de compasin en el desventurado negro, que nadaba con esa
energa de la desesperacin que centuplica las fuerzas, y cogiendo los
remos, dirigi su piragua hacia l con el objeto evidente de prestarle
auxilio.

Apenas haba comenzado a hacer esta maniobra, cuando se alz en la
orilla una voz ronca que gritaba:

--Eh! Eh! Silencio, demonios! Silencio, vive Dios!

Los perros lanzaron algunos aullidos lastimeros, y en seguida se
callaron.

Entonces el individuo que les haba reido grit con voz an ms fuerte:

--Eh! l de la piragua! Oh!

El canadiense atracaba en aquel momento su embarcacin a la otra
orilla; var la piragua en la arena y se volvi con indolente
indiferencia hacia su interlocutor.

ste era un hombre de mediana estatura, rechoncho, y vesta el traje
que suelen usar los labradores acomodados; su fisonoma era brutal
y repugnante; cuatro hombres, que parecan ser criados suyos, se
mantenan cerca de l: intil ser decir que cada uno de estos cinco
individuos se hallaba armado con una escopeta.

En aquel sitio el ro era bastante ancho; tena prximamente
cuarenta metros de orilla a orilla, lo cual estableca, al menos
provisionalmente, una barrera bastante respetable entre el negro y sus
perseguidores.

El canadiense se apoy en el tronco de un rbol y replic en tono
bastante despreciativo:

--Es a m a quin se dirige V., por casualidad?

--Pues a quin ha de ser, vive Dios! respondi encolerizado el primer
interlocutor. Vamos, procure V. responder categricamente a mis
preguntas.

--Y por qu he de responder a esas preguntas, si V. gusta? repuso el
canadiense riendo.

--Porque yo se lo mando, bergante! dijo el otro brutalmente.

El cazador se encogi de hombros desdeosamente.

--Buenas tardes! dijo, e hizo un movimiento para alejarse.

--Estese V. ah, vive Dios! grit el americano, o si no, tan cierto
como me llamo John Davis, le planto a V. una bala en la cabeza.

Y al proferir esta amenaza se ech la escopeta a la cara.

--Ja! Ja! dijo el canadiense rindose; Es V. John Davis, el famoso
cazador de esclavos?

--S, yo soy: y qu? dijo John con tono brusco.

--Perdone V., an no le conoca ms que de odas; pardiez! Celebro en
el alma haberle visto.

--Pues bien; ahora que ya me conoce V., se halla dispuesto a responder
a mis preguntas?

--Falta saber de qu gnero sern: veamos!

--Qu se ha hecho mi esclavo?

--De quin habla V.? Del hombre que hace un momento se tir al agua
desde la plataforma en la cual se halla V. ahora?

--S; dnde est?

--Aqu, a mi lado.

En efecto, el negro, apurados su nimo y su fuerza despus de la lucha
desesperada que haba sostenido durante la encarnizada persecucin de
que fue objeto, se haba arrastrado hasta el sitio en que estaba el
canadiense, y se haba tendido a sus pies casi desmayado.

Al or al cazador denunciar tan categricamente su presencia, junt las
manos con esfuerzo, y alzando hacia l su rostro inundado en llanto,
exclam con indescriptible expresin de angustia:

--Oh! Mi amo! Slveme V., por compasin!

--Hola! grit John Davis en tono irnico; creo que podremos
entendernos, mocito, y que no le desagradar a V. ganar la
gratificacin.

--En verdad, no me desagradara saber en cunto se tasa la carne
humana en vuestro pas de tan decantada libertad. Es muy crecida esa
recompensa?

--Veinte duros por un negro fugitivo.

--Eso es muy poco, dijo el canadiense haciendo una mueca desdeosa

--Le parece a V. as?

--S por cierto.

--Y sin embargo, para hacerle a V. ganar ese dinero, solo le pido una
cosa muy fcil.

--Cul es?

--Atar a ese negro, meterle en la piragua y trarmele.

--Muy bien; en efecto, no es difcil. Y cuando est en poder de V.,
suponiendo que yo consienta en devolvrsele, qu piensa V. hacer con
este pobre diablo?

--Eso no es cuenta de V.

--Es verdad; por eso no lo preguntaba sino como un simple dato.

--Vamos, decdase V., que no puedo perder tiempo en malgastar palabras.
Qu me responde V.?

--Lo que respondo, Seor John Davis, a V. que cara a los hombres con
perros menos feroces que V., y que al obedecerle no hacen ms que lo
que su instinto les ensea, es esto: que es V. un miserable, y que si
no cuenta sino conmigo para restituirle su esclavo, puede considerar a
ste como perdido.

--Ah! Esas tenemos? exclam el americano rechinando los dientes con
rabia.

En seguida, volvindose hacia sus criados, grit:

--Fuego sobre l! Fuego! Fuego!

Y uniendo el ejemplo al precepto, se ech el rifle a la cara con
viveza, y dispar. Sus criados le imitaron: resonaron cuatro tiros,
y se confundieron en una sola explosin que los ecos de la selva
repitieron en un tono lgubre.




II.

QUONIAM.


El canadiense no perda de vista un solo movimiento de sus adversarios
mientras les estaba hablando; por eso, cuando estall la descarga
mandada por John Davis, qued sta sin efecto; el joven se haba
ocultado con rapidez detrs de un rbol, y las balas silbaron
inofensivas junto a sus odos.

El mercader de esclavos estaba furioso por verse burlado as por el
cazador; profera contra l las amenazas ms horribles, blasfemaba y
pateaba con rabia.

Pero de nada servan las amenazas y las blasfemias; a no ser que
atravesasen el ro a nado, lo cual era impracticable en frente de un
hombre tan resuelto como pareca serlo el cazador, no haba medio hbil
para vengarse de l, ni mucho menos para apoderarse del esclavo a quien
tan decididamente haba tomado bajo su proteccin.

Mientras el americano se devanaba los sesos intilmente para encontrar
un recurso que le procurase alguna ventaja, silb una bala, y el rifle
que tena en la mano qued hecho astillas.

--Perro maldito! exclam rugiendo de clera; Quieres asesinarme?

--Tendra derecho para hacerlo, respondi el canadiense; me hallo en
el caso de legtima defensa, puesto que tambin V. ha querido matarme;
pero prefiero tratar por buenas, aunque estoy firmemente persuadido de
que prestara un gran servicio a la humanidad plantndole a V. un par
de postas en el crneo.

Y en el mismo instante una segunda bala fue a romper la escopeta de uno
de los criados que se ocupaba en volverla a cargar.

--Ea! Concluyamos! exclam el americano exasperado. Qu quiere V.?

--Ya lo he dicho; entrar pacficamente en tratos con V.

--Pero bajo qu condiciones? Dgamelas V. al menos.

--Dentro de un instante.

El rifle del segundo criado qued roto de un balazo, como el primero.

De los cinco hombres, tres estaban ya desarmados.

--Maldicin! grit el mercader de esclavos; Ha resuelto V. tomarnos a
todos por blanco unos despus de otros?

--No; solo quiero igualar las probabilidades.

--Pero.

--Ya est hecho.

La cuarta escopeta qued hecha astillas, como las dems.

--Ahora, aadi el canadiense apareciendo, hablemos.

Y saliendo de su escondite, se adelant hasta la orilla del ro.

--S, hablemos, demonio! exclam el americano.

Con un movimiento tan rpido como el pensamiento se apoder del ltimo
rifle y se lo ech a la cara; pero antes de que hubiese podido soltar
el tiro, rod por la plataforma lanzando un grito de dolor.

La bala del cazador le haba roto un brazo.

--Espreme V., que all voy, repuso el canadiense, siempre con su tono
burln.

Volvi a cargar su rifle, salt a la piragua, y en breve espacio de
tiempo estuvo al otro lado del ro.

--Vamos! dijo desembarcando y acercndose al americano, que se
retorca como una culebra sobre la plataforma, aullando y blasfemando.
Ya se lo haba a V. advertido; yo solo, quera igualar las
probabilidades, y no debe V. quejarse de lo que le sucede, amigo mo:
suya es toda la culpa.

--Cogedle! Matadle! gritaba el miserable posedo de indecible rabia.

--Vaya, vaya, tranquilicmonos! En ltimo resultado no tiene V. ms
que un brazo roto; comprenda V. que me habra sido muy fcil matarle si
hubiese querido. Qu diablos! Es preciso tener las cosas en cuenta; no
es V. razonable.

--Oh! Yo te matar! grit John rechinando los dientes.

--No lo creo, al menos por ahora; ms tarde no digo que no. Pero
dejemos eso; voy a examinar la herida de V. y a curarla mientras
charlamos.

--No me toques! No te acerques! O no s lo que har!

El canadiense se encogi de hombros y dijo:

--Est V. loco!

John Davis, no pudiendo soportar por ms tiempo el estado de
exasperacin en que se hallaba, y debilitado adems por la sangre que
perda, hizo un esfuerzo intil para levantarse y precipitarse sobre su
enemigo; pero cay de espaldas y se desmay murmurando una imprecacin
postrera.

Los criados se haban quedado aterrados, tanto por la destreza sin
igual de aquel hombre singular, como por la audacia con que, despus
de haberlos desarmado, haba atravesado el ro para ir a entregarse en
sus manos, por decirlo as; pues si ya no tenan escopetas, en cambio
les quedaban sus pistolas y sus cuchillos de monte.

--Eh! Seores, dijo el canadiense frunciendo el entrecejo, hganme
el favor de tirar el cebo de sus pistolas, pues, de lo contrario, vive
Dios que vamos a vernos las caras!

Los criados no tenan el ms mnimo deseo de empear una lucha con
l; adems, la simpata que experimentaban hacia su amo no era muy
grande, mientras que, por el contrario, el canadiense, merced a la
manera expeditiva en que haba obrado, les inspiraba un verdadero
terror supersticioso; obedecieron, pues, a su orden con una especie de
apresuramiento, y an quisieron entregarle sus cuchillos de monte.

--No es necesario, dijo el cazador. Ahora ocupmonos en cuidar a este
buen hombre. Sera lstima privar a la sociedad de un personaje tan
digno de estimacin y que constituye su ms bello adorno.

En seguida puso manos a la obra ayudado por los criados, quienes
ejecutaban sus rdenes con una rapidez y un celo extraordinarios, tanto
era lo dominados que se sentan por aquel hombre.

Los cazadores de los bosques, obligados, por el gnero de vida que
llevan, a pasarse sin ningn auxilio ajeno, poseen todos, en cierto
grado, las nociones elementales de la medicina y sobre todo de la
ciruga; y en un caso dado, pueden curar una fractura o una herida
cualquiera como el primer doctor graduado en una facultad, y esto con
medios muy sencillos, y empleados generalmente con muy buen xito por
los indios.

El cazador, con la destreza y la habilidad con que verific la primera
cura del herido, prob que, si saba hacer dao, tambin saba
remediarlo perfectamente.

Los criados contemplaban con creciente admiracin a aquel hombre
extraordinario que pareca haberse trasformado de improviso y proceda
con un aplomo, un golpe de vista y una mano tan ligera, que muchos
mdicos le hubieran envidiado.

Mientras se estaba haciendo la cura, el herido volvi en s y abri
los ojos, pero permaneci silencioso: su furor se haba calmado; su
carcter brutal se hallaba domado por la resistencia enrgica que el
canadiense le opusiera. Como sucede siempre cuando la primera cura est
bien hecha, al primitivo y violento dolor de la herida, haba sucedido
un bienestar indefinible; por eso John, agradeciendo, a pesar suyo, el
alivio que experimentaba, sinti fundirse su odio y transformarse en un
sentimiento que an no acertaba a comprender, pero que a la sazn le
haca mirar a su adversario de un modo casi amistoso.

Para hacer a John Davis la justicia debida, diremos que no era mejor
ni peor que ninguno de sus colegas que, como l, traficaban en carne
humana: acostumbrado al dolor de los esclavos, a quienes no consideraba
sino como seres privados de razn, como una mercanca en fin, su
corazn se haba embotado gradualmente hasta el extremo de no sentir
las emociones dulces: en un negro no vea ms que el dinero que haba
desembolsado y el que esperaba sacar vendindole; y como verdadero
comerciante, tena mucho apego a su dinero: un esclavo fugitivo le
pareca un miserable ladrn contra el cual se poda emplear cualquier
medio para obligarle a restituirse a poder de su dueo.

Sin embargo, aquel hombre no era inaccesible a todo buen sentimiento,
y an fuera de su comercio gozaba de cierta fama de bondadoso y pasaba
por un sujeto muy decente.

--Vamos, ya est hecho, dijo el canadiense dirigiendo una mirada de
satisfaccin a las ligaduras; dentro de tres semanas ya no se conocer
nada, si V. se cuida bien, con tanto ms motivo cuanto que, por una
felicidad inaudita, la bala no ha tocado al hueso, y no ha hecho ms
que atravesar las carnes. Ahora, amigo mo, si quiere V. que hablemos,
estoy dispuesto.

--Yo nada tengo que decir sino que se me devuelva el maldito negro que
ha sido causa de todo el mal.

--Vaya! Si continuamos as, creo que no llegaremos a entendernos. Ya
sabe V. que precisamente con motivo de la devolucin del maldito negro,
como V. le llama, es como se ha suscitado la contienda.

--Sin embargo, no puedo perder mi dinero.

--Cmo su dinero?

--O mi esclavo, si V. prefiere que se diga as, representa para m una
cantidad que no deseo perder en manera alguna, con tanto ms motivo
cuento que hace algn tiempo que los negocios andan muy mal, y he
experimentado prdidas considerables.

--Es muy sensible, le compadezco a V. sinceramente; sin embargo, yo
tendra empeo en arreglar este negocio por buenas, segn lo comenc,
repuso el canadiense en tono bonachn.

El americano hizo una mueca y dijo:

--Rara manera tiene V. de tratar los negocios por buenas.

--Es culpa de V., amigo mo, si no nos hemos entendido desde luego; ha
estado V. un poco vivo de genio, confiselo.

--En fin, no hablemos ms de eso; lo hecho, hecho est.

--Tiene V. razn, volvamos a nuestro negocio; desgraciadamente soy
pobre; a no ser as, le dara a V. algunos centenares de duros, y todo
quedara concluido.

El mercader se rasc la cabeza.

--Escuche V., dijo; no s por qu, pero, a pesar de lo que ha pasado
entre nosotros y an quizs por eso mismo, no quisiera que nos
separsemos incomodados, y tanto ms cuanto que no tengo grande apego a
Quoniam.

--Qu es eso de Quoniam?

--Es el nombre del negro.

--Ah! Muy bien. Raro nombre ha ido V. a ponerle. En fin, no importa.
Con que dice V. que no tiene grande empeo en conservarle?

--A la verdad que no.

--Entonces, por qu le daba V. caza de un modo tan encarnizado, con
acompaamiento de perros y rifles?

--Por amor propio.

--Ah! dijo el canadiense con un gesto de descontento.

--Escuche V., al fin y al cabo yo soy mercader de esclavos.

--Un oficio muy feo, sea dicho entre parntesis, observ el cazador.

--Puede ser, no discuto acerca de eso. Hace un mes, en _Baton-Rouge_,
se anunci una gran venta de esclavos de ambos sexos pertenecientes a
un caballero muy rico que se haba muerto de repente. Me traslad al
instante a _Baton-Rouge._ Entre los esclavos expuestos se encontraba
Quoniam. Ese tuno es joven, bien formado, vigoroso; tiene un aspecto
audaz e inteligente. Como es natural, me agrad en cuanto lo vi, y
dese comprarle. Me acerqu y le interrogu; el muy tuno me contest
textualmente estas palabras con un descaro que al pronto me desconcert:

--Mi amo, no le aconsejo a V. que me compre, porque he jurado ser
libre o morir. Por ms que haga V. para sujetarme, le advierto que me
escapar. Ahora vea V. lo que ha de hacer.

--Esta declaracin tan explcita y tan perentoria pic mi amor propio.
All veremos! le dije, y fui a buscar al hombre encargado de la
venta. Este individuo, que era conocido mo, procur disuadirme de
comprar a Quoniam, dndome una multitud de razones a cual ms poderosas
para que no me obstinase en mi propsito. Pero me hallaba muy decidido
y me mantuve firme. Quoniam me fue entregado por el precio de noventa
duros, baratura fabulosa para un negro de su edad y de su corpulencia.
Pero nadie le quera por ningn precio. Le puse grillos y me le llev
conmigo, no a mi casa, sino a la crcel, con el fin de estar seguro de
que no se me escapara. Al da siguiente, cuando entr en la crcel,
Quoniam haba cumplido su palabra: se haba marchado.

Al cabo de dos das cay de nuevo en mi poder; pero en aquella misma
noche volvi a marcharse sin que me fuese posible adivinar de que
medios se vala para frustrar las precauciones que yo empleaba para
detenerle. Qu ms dir? Hace un mes que esto dura; hace ocho das que
ha vuelto a escaparse: desde entonces ando persiguindole. Perdiendo
ya la esperanza de sujetarle, la clera se ha apoderado de m, y le he
seguido el rastro con esos sabuesos, resuelto esta vez a acabar a toda
costa con ese maldito negro que se me escapa continuamente de entre las
manos como una culebra.

--Es decir, observ el canadiense, quien haba escuchado con marcado
inters la narracin del mercader, que hallndose V. ya desesperado, no
habra vacilado en darle muerte.

--A la verdad que no, porque ese pcaro descarado es un extremo astuto.
Se ha burlado tanto de m, que he concluido por cobrarle un odio
encarnizado.

--Escuche V. a su vez, Seor John Davis: no soy rico ni con mucho.
Para qu necesito oro ni plata, yo hombre del desierto, a quien Dios
depara tan generosamente el pan cuotidiano? Ese Quoniam, tan vido de
libertad y de espacio, me inspira, a pesar mo, un inters muy vivo.
Quiero tratar de procurarle esa libertad a que aspira con tan marcada
constancia. He aqu lo que propongo a V. Tengo en mi piragua tres
pieles de jaguar y doce de castor que, vendidas en cualquiera ciudad de
los Estados Unidos, valdrn por lo menos ciento cincuenta o doscientos
duros. Tmelas V., y quede todo concluido.

El mercader le mir con una sorpresa mezclada con cierta benevolencia.

--Hace V. mal, dijo por fin; el trato que me propone es demasiado
ventajoso para m, y a V. le perjudica en extremo. No es as como se
tratan los negocios.

--Qu le importa a V.? Se me ha puesto en la cabeza que ese hombre ha
de ser libre.

--No conoce V. el carcter ingrato de los negros, repuso John con
insistencia. Ese no agradecer en manera alguna lo que hace V. por l;
al contrario, en la primera ocasin, quizs, le dar motivo para que se
arrepienta.

--Es muy posible; pero eso es cuenta suya, porque yo no le exijo
gratitud. Si me la demuestra, tanto mejor para l; si no, sea lo que
Dios quiera! Obro segn mi corazn me lo dicta, y mi recompensa est en
mi propia conciencia.

--Vive Dios! Sabe V. que es V. un excelente muchacho? exclam el
mercader sin poderse contener por ms tiempo. Sera muy conveniente
que se encontrasen con ms frecuencia hombres del temple de V. Pues
bien! Quiero probarle que no soy tan malvado como tendra derecho para
suponerlo despus de lo que ha pasado entre nosotros. Voy a firmar el
acta de venta de Quoniam; y en cambio no aceptar ms que una piel de
tigre como recuerdo de nuestro encuentro, aunque ya me deja V. otra
memoria, aadi sealando a su brazo y haciendo una mueca lastimera.

--Venga esa mano! exclam el canadiense gozoso; solo que aceptar
V. dos pieles en vez de una, porque tengo intencin de pedir a V. su
cuchillo de monte, una hacha y el rifle que an le queda, para que el
pobre diablo a quien restituimos la libertad (porque ahora contribuye
V. ya en igual parte a mi buena accin) pueda procurarse su sustento.

--Corriente! exclam el mercader en tono de buen humor. Puesto que
a toda costa quiere ese tuno ser libre, que lo sea, y que se vaya al
diablo.

Hizo una sea, y uno de los criados sac de un morral tinta, plumas
y papel, y redact en el acto, no un documento de venta, sino, con
arreglo al deseo del canadiense, un certificado de emancipacin
perfectamente en regla, certificado que el mercader firm lo mejor que
pudo, y que los criados firmaron tambin, despus de l, como testigos.

--A la verdad, exclam John Davis, es muy posible que, bajo el punto de
vista de los negocios, acabe yo de cometer una necedad; pero, que lo
crea V. o no, nunca me he sentido tan contento de m mismo.

--Es porque hoy ha seguido V. los impulsos de su corazn, respondi el
canadiense con seriedad.

El cazador abandon entonces la plataforma para ir a buscar las pieles.
Al cabo de un momento volvi con dos pieles de jaguar magnficas,
perfectamente intactas, que entreg al mercader. Este, segn se haba
convenido, le entreg las armas; pero entonces un escrpulo se apoder
del canadiense.

--Aguarde V. un momento, dijo; si me da V. esas armas, cmo har V.
para regresar a su casa?

--No tenga V. inquietud por eso, respondi John Davis. A unas tres
leguas de aqu, todo lo ms, he dejado mis caballos y mi gente. Adems,
tenemos nuestras pistolas, que nos podrn servir en caso de necesidad.

--Es verdad, observ el canadiense; de ese modo nada tiene V. que
temer; sin embargo, como la herida no le permitir a V. que recorra a
pie una distancia tan larga, voy a construir unas parihuelas con el
auxilio de los criados.

Y con esa destreza de que ya haba dado tan repetidas pruebas, en
un momento cort el canadiense con su hacha unas ramas de rbol y
construy unas parihuelas, sobre las cuales se tendieron las dos pieles
de tigre.

--Ahora, adis, dijo. Quizs no volveremos a vernos nunca. Espero que
nos separamos en mejores trminos que nos encontramos. Acurdese V. de
que no hay oficio tan malo que un hombre de bien no pueda desempear
con decencia; cuando el corazn de V. le inspire una buena accin,
no se mantenga sordo, sino ejectela sin pesadumbre, porque eso ser
escuchar la voz de Dios.

--Gracias, respondi el mercader con cierta emocin. Una palabra
todava antes de que nos separemos.

--Hable V.

--Dgame V. su nombre a fin de que, si algn da la casualidad hace
que volvamos a encontrarnos, pueda yo apelar a los recuerdos de V.,
como V. lo hara respecto de los mos!

--Es muy justo: me llamo _Tranquilo_, cazador de los bosques, y mis
compaeros me han apellidado el Cazador de tigres.

Y antes de que el mercader volviese en s de la sorpresa que le caus
la sbita revelacin del nombre de un hombre cuya fama era universal en
las fronteras, el cazador le hizo una sea postrera de despedida, salt
de la plataforma a la playa, desat su piragua, y se alej remando
vigorosamente en direccin a la orilla opuesta.

--Tranquilo, el Cazador de tigres! murmur John Davis tan luego como
se hubo quedado solo. Sin duda alguna mi genio benfico es el que me ha
inspirado la idea de granjearme un amigo en ese hombre.

Se tendi en las parihuelas, que dos criados cargaron sobre sus
hombros, y despus de haber dirigido una mirada postrera al canadiense,
que en aquel momento desembarcaba en la otra orilla, dijo:

--En marcha.

Muy luego volvi a quedar solitaria la plataforma, pues el mercader
y sus criados haban desaparecido bajo la enramada, y ya no se oa
ms que el ruido de los ladridos alegres de los sabuesos que corran
delante de la reducida comitiva, ruido que se debilitaba cada vez ms,
y que tard muy poco en apagarse por completo.




III.

NEGRO Y BLANCO.


Entretanto el cazador canadiense, cuyo nombre por fin sabemos ya, segn
dijimos, haba llegado al otro lado del ro en que dejara al negro
oculto entre los matorrales de la orilla.

Durante la prolongada ausencia de su defensor, el esclavo hubiera
podido fugarse con facilidad; y esto con tanta ms razn, cuanto que
tena casi la certidumbre de no ser perseguido antes de un espacio de
tiempo que le habra permitido tomar una delantera considerable sobre
los que con tanta obstinacin se empeaban en apoderarse de l.

Sin embargo, no haba hecho tal cosa, ya fuese porque el pensamiento de
su fuga no le pareciera realizable, o porque estuviese muy cansado, o,
en fin, por cualquiera otra causa que ignoramos. No se haba movido del
sitio en que busc un refugio en el primer momento. Haba permanecido
con los ojos pertinazmente fijos en la plataforma, siguiendo con una
mirada ansiosa los diferentes movimientos de los individuos que en ella
se encontraban.

John Davis no haba ponderado en manera alguna al hacer su retrato al
cazador. Quoniam era realmente uno de los tipos ms magnficos de la
raza africana. Tendra, a lo ms, veintids aos; era alto, robusto y
bien formado; tena los hombros anchos, el pecho muy desarrollado, los
miembros vigorosos; deba unir una destreza y una ligereza poco comunes
con una fuerza sin igual. Sus facciones eran astutas, expresivas;
su fisonoma respiraba franqueza; sus ojos grandes revelaban
inteligencia; en fin, aunque su tez era del negro ms lustroso, y que
desgraciadamente en Amrica, en ese _pas clsico de libertad_, aquel
color sea una marca infamante, indeleble, de servidumbre, aquel hombre
no pareca haber nacido para la esclavitud, pues todo en l era una
aspiracin a la libertad y a ese libre arbitrio que Dios ha dado a sus
criaturas, y que en vano ha intentado el hombre arrebatarles.

Cuando el canadiense volvi a embarcarse en su piragua y los americanos
abandonaron la plataforma, una sonrisa de satisfaccin vag por el
semblante del negro, porque, sin saber a punto fijo lo que haba
ocurrido entre el cazador y su antiguo amo, puesto que se hallaba
demasiado lejos para or lo que se deca, comprendi que, al menos
provisionalmente, nada tena ya que temer del ltimo, y aguard con una
impaciencia febril el regreso de su generoso defensor, con el fin de
saber lo que en lo sucesivo podra esperar o temer.

En cuanto el canadiense hubo llegado a la orilla, var su piragua en
la arena y se dirigi con paso firme y mesurado hacia el sitio en que
supona que haba de encontrar al negro.

No tard en verle sentado, y casi en la misma postura en que le haba
dejado.

El cazador no pudo contener una sonrisa de satisfaccin y le dijo:

--Hola, amigo Quoniam! Est V. aqu todava?

--S, mi amo. Le ha dicho a V. John Davis mi nombre?

--Ya lo ve V. Pero qu hace V. ah? Por qu no se ha escapado durante
mi ausencia?

--Quoniam, dijo el negro, no es un cobarde que vaya a escaparse
mientras otro expone su vida por l. Aguardaba, dispuesto a entregarme,
si la seguridad del cazador blanco se vea amenazada[1].

Esto fue dicho con una sencillez llena de grandeza de alma, que
demostraba que tal haba sido en efecto la intencin del negro.

--Bien, respondi el cazador afectuosamente, le doy a V. gracias; la
intencin era buena; por fortuna la intervencin de V. ha sido intil.
En fin, ha hecho V. bien en quedarse aqu.

--Suceda lo que quiera conmigo, mi amo, est V. seguro de que le
conservar una gratitud eterna.

--Tanto mejor para V., Quoniam; eso me probar que no es V. ingrato,
lo cual es uno de los vicios ms feos que afligen a la humanidad. Pero
ante todo hgame el favor de no volverme a llamar _amo_, porque me
disgusta; esa palabra implica una condicin de inferioridad degradante;
y adems yo no soy para V. un amo, no soy ms que un compaero.

--Qu otro nombre puede dar a V. un pobre esclavo?

--Pardiez! El mo. Llmeme V. Tranquilo, como yo le llamo Quoniam. Me
parece que Tranquilo no es un nombre muy difcil de conservar en la
memoria.

--No por cierto! dijo el negro riendo.

--Bueno, queda convenido. Ahora pasemos a otra cosa, y ante todo tome
V. esto.

El cazador sac entonces un papel de su cinto y se lo dio al negro.

--Qu es esto? pregunt Quoniam fijando una mirada inquieta en el
papel que su ignorancia le impeda descifrase.

--Eso? repuso el cazador sonriendo, es un talismn precioso que le
convierte a V. en un hombre igual a todos los dems, y le borra del
nmero de los animales entre los cuales ha estado confundido hasta hoy;
en una palabra, es un documento por el cual John Davis, natural de la
Carolina del Sur, mercader de esclavos, restituye desde el da de hoy
a Quoniam, aqu presente, su libertad plena y completa, para que en
lo sucesivo la disfrute como mejor le parezca, o si V. prefiere que
se lo diga de otro modo, es el acta de la emancipacin de V., escrita
por su antiguo amo y firmada por testigos competentes para que en caso
necesario le valga a V.

Al or estas palabras, el negro se haba tornado plido en la manera
en que les sucede a los hombres de su color, es decir, su rostro se
haba revestido de una tinta gris sucia, sus ojos se haban abierto de
un modo desmesurado, y durante algunos segundos permaneci inmvil,
anonadado, sin poder pronunciar una palabra ni hacer un gesto.

Al fin lanz una carcajada estridente, dio dos o tres saltos con una
agilidad de fiera, y de improviso prorrumpi en llanto.

El cazador observaba con la mayor atencin los movimientos del negro,
sintindose sumamente interesado por lo que vea, y a cada momento
experimentaba mayor simpata hacia aquel hombre.

--Con que ya soy libre, completamente libre, no es verdad? dijo por
fin el negro.

--Completamente libre, contest Tranquilo sonrindose.

--Ahora puedo ir y venir, acostarme, trabajar y descansar sin que
nadie me lo impida, sin que tenga que temer los latigazos?

--Eso es.

--Me pertenezco, me pertenezco exclusivamente? Puedo obrar y pensar
como los dems hombres? Ya no soy un animal a quien se carga o se
engancha a pesar de mi color? Soy lo mismo que cualquier otro hombre
blanco, amarillo o rojo?

--Exactamente lo mismo, respondi el cazador, a quien a la vez
entretenan e interesaban aquellas preguntas cndidas.

--Oh! dijo el negro cogindole la cabeza con ambas manos; Oh, con que
soy libre, libre por fin!

Pronunci estas palabras con un acento singular que hizo estremecer al
cazador.

De improviso cay de rodillas, junt las manos, alz los ojos al cielo,
y exclam con un acento de inefable felicidad:

--Dios mo! T, que todo lo puedes; t, para quien todos los hombres
son iguales, y que no miras a su color para protegerlos y defenderlos;
t, cuya bondad es sin lmites, lo mismo que tu poder; gracias,
gracias, Dios mo, por haberme sacado de la esclavitud y restituido la
libertad!

Despus de haber pronunciado esta oracin, que era la expresin de los
sentimientos que se agitaban en el fondo de su corazn, el negro se
dej caer al suelo, y durante algunos minutos qued sumido en serias
reflexiones. El cazador respet su silencio.

Por ltimo, al cabo de algunos instantes el negro levant la cabeza y
dijo:

--Escuche V., cazador; he dado gracias a Dios, como deba, por mi
emancipacin. Ahora que me siento un poco tranquilo y comienzo a
acostumbrarme a mi nueva condicin, tenga V. la bondad de referirme lo
que ha pasado entre usted y mi amo, a fin de que yo sepa de un modo
exacto lo que debo agradecer a V., y arregle segn esa gratitud mi
conducta venidera. Hable V. que ya le escucho.

--Para qu he de hacer esa narracin que tan poco le interesa a V.? Es
V. libre, y eso debe bastarle.

--No, no me basta. Soy libre, es cierto; pero cmo he llegado a serlo?

--Esa narracin, lo repito, no puede interesarle a V. mucho. Sin
embargo, como puede hacer que forme V. mejor opinin respecto del
hombre a quien antes perteneca, no persistir en callar. Escuche V.
pues.

Despus de este exordio, Tranquilo refiri prolijamente los sucesos que
haban ocurrido entre el mercader de esclavos y l, y cuando por fin
hubo terminado, aadi:

--Vamos, est V. satisfecho ahora?

--S, respondi el negro que le haba escuchado con la atencin ms
sostenida; s que, despus de Dios, a V. es a quien debo todo, y
no lo olvidar; sean las que quieran las circunstancias en que nos
encontremos el uno respecto del otro, nunca tendr V. que reclamar el
pago de mi deuda.

--Nada me debe V., que ahora es ya libre; lo que le corresponde es
emplear esa libertad como debe hacerlo un hombre de corazn recto y
honrado.

--Procurar no ser indigno de lo que Dios y V. han hecho por m;
tambin agradezco sinceramente a John Davis el buen sentimiento que le
ha impulsado a prestar odo a las observaciones de V.: quizs me ser
dado algn da mostrarle mi gratitud; y si tal ocasin se presentase,
no la desperdiciar.

--Bien! Me gusta orle a V. hablar as; eso me prueba que no me he
equivocado en el concepto que acerca de V. he formado. Y ahora, qu se
propone V. hacer?

--Qu consejo me da V.?

--La pregunta es importante, y no s a punto fijo cmo contestar: la
eleccin de una profesin cualquiera es siempre cosa muy difcil; antes
de adoptar una resolucin de ese gnero, es necesario reflexionarlo
con madurez: a pesar de mi deseo de serle a V. til, no quisiera darle
un consejo que, sin duda por consideracin hacia m, se apresurara a
seguir, y ms tarde podra causarle pesadumbre. Adems, soy un hombre
cuya vida, desde la edad de siete aos, ha trascurrido constantemente
en los bosques; y por lo tanto, tengo muy poca experiencia para
aventurarme a lanzarle a V. por una senda que yo mismo no conozco, y
cuyas ventajas e inconvenientes ignoro.

--Ese raciocinio me parece muy exacto; sin embargo, no puedo permanecer
as: tengo que adoptar un partido, sea el que quiera.

--Haga V. una cosa.

--Cul es?

--Tome V. una escopeta, un cuchillo de monte, plvora y balas; el
desierto est abierto delante de V. Mrchese, ensaye durante algunos
das la Vida libre de las grandes soledades. Durante sus largas horas
de caza reflexionar con entero descanso acerca de la profesin a
que le conviene dedicarse; pesar V. en su mente las ventajas que de
ella espere obtener, y luego, cuando haya adoptado una determinacin
irrevocable, vuelve V. la espalda al desierto, se encamina de nuevo
a los sitios habitados, y como es V. un hombre activo, inteligente y
honrado, estoy seguro de que alcanzar buen xito, sea la que quiera la
profesin a que se dedique.

El negro movi la cabeza varias veces, y dijo:

--S, en lo que V. me propone hay bueno y hay malo; no es eso
completamente lo que yo quisiera.

--Explquese V. claramente, Quoniam; adivino que quiere V. decirme algo
y no se atreve.

--Es verdad: no he sido franco con V., Tranquilo, y he hecho mal; ahora
lo conozco. En vez de pedirle hipcritamente un consejo que de ningn
modo tena intencin de seguir, deb decir a V. lealmente mi modo de
pensar, y eso siempre hubiera sido mejor.

--Veamos, dijo el cazador riendo, hable V.

--Tiene V. razn! Por qu no he de decirle lo que mi corazn
siente? Si en el mundo hoy un hombre que se interese por m, es V.,
sin disputa; por lo tanto, ms vale que sepa yo en seguida a qu
atenerme. La nica profesin que me conviene es la de cazador de
los bosques. A ella me impulsan mis instintos y mis inspiraciones.
Todas mis tentativas de evasin, cuando yo era esclavo, tendan a ese
objeto. No soy ms que un pobre negro con un talento muy limitado y una
inteligencia muy corta, que no podran servirme de un modo conveniente
en las ciudades, en donde al hombre no se le aprecia por lo que vale,
sino nicamente por lo que parece. Para qu me servira esa libertad,
con la que tanto me envanezco, en una ciudad en donde, para mantenerme
y vestirme, al instante me vera obligado a sacrificarla en provecho
del primero que se dignase procurarme los recursos ms necesarios
de que me hallo completamente privado? Solo habra reconquistado mi
libertad para convertirme yo mismo de nuevo en esclavo. As pues, solo
en el desierto es en donde puedo aprovechar ese beneficio que debo
a V., sin temer nunca que la miseria me arrastre a cometer acciones
indignas de un hombre que tiene el convencimiento de lo que vale. Por
eso, solo en el desierto es donde puedo vivir en lo sucesivo, sin
volver a acercarme a las ciudades ms que para cambiar las pieles de
los animales que yo haya cazado por balas, plvora y ropa. Soy joven y
vigoroso: Dios, que me ha protegido hasta ahora, no me abandonar!

--Quizs tenga V. razn: yo, para quien la vida que llevo es preferible
a cualquiera otra, no puedo censurar a V. porque quiera seguir mi
ejemplo. Bueno! Ahora que todo est arreglado y convenido a gusto de
V., vamos a separarnos, mi buen Quoniam. Dios le d a V. buena suerte,
y quizs nos encontremos algn da en el territorio indio.

El negro se ech a rer, enseando dos hileras de dientes blancos como
la nieve, pero no respondi.

Tranquilo se ech su rifle al hombro, le hizo una sea postrera de
amistosa despedida, y se volvi para dirigirse a su piragua.

Quoniam cogi la escopeta que el cazador le haba dejado, se puso el
cuchillo de monte en el cinto, del cual colg tambin los dos cuernos
llenos de plvora y balas, y luego, habiendo dirigido una mirada en
torno suyo para cerciorarse de que nada dejaba olvidado, sigui al
cazador, que le haba tomado ya una delantera bastante considerable.

Le alcanz en el momento en que llegaba junto a la piragua y se
dispona a ponerla a flote. Al or el cazador el ruido de los pasos, se
volvi y dijo:

--Calle! Es V. todava, Quoniam?

--S! contest el negro.

--Qu motivo le trae a V. hacia este lado?

--Ah! dijo Quoniam metindose los dedos entre su encrespada cabellera
y rascndose con furor, es que ha olvidado V. una cosa.

--Yo?

--S Seor, respondi el negro con cierto embarazo.

--Qu es?

--El llevarme con V.

--Es verdad, dijo el cazador tendindole la mano; perdneme V., hermano.

--Segn eso, consiente V.? exclam Quoniam con una alegra mal
contenida.

--S.

--Ya no nos separaremos?

--Eso depender de la voluntad de V.

--Oh! Entonces, exclam lanzando una carcajada alegre, viviremos mucho
tiempo juntos.

--Pues bien! Corriente! respondi el cazador; venga V.: dos hombres,
cuando tienen completa fe el uno en el otro, son muy fuertes en el
desierto. Sin duda Dios ha querido que nos encontremos. En adelante
seremos hermanos.

Quoniam salt a la barca y cogi alegremente los remos.

El pobre esclavo nunca haba sido tan feliz, nunca haba encontrado
el aire tan puro, la naturaleza tan bella; le pareca que todo le
sonrea y le festejaba; desde aquel momento iba a comenzar realmente
a vivir con la existencia de los dems hombres, sin ninguna traba
amarga; lo pasado no era ya ms que un sueo. Haba encontrado en su
defensor lo que tantos hombres buscan en vano durante el curso de una
larga existencia, un amigo, un hermano, en quien podra confiar por
completo, y para el cual no tendra secretos.

En pocos minutos llegaron al sitio en que el canadiense haba reparado
al llegar; aquel punto, claramente designado por los dos sauces cados
en cruz el uno sobre el otro, formaba una especie de promontorio de
arena muy favorable para establecer un campamento por la noche, porque
desde all se dominaba, no solo el curso del ro hasta una distancia
muy larga por ambos lados, sino que tambin era fcil vigilar las dos
orillas y evitar una sorpresa.

--Aqu es donde pasaremos la noche, dijo Tranquilo; trasportemos a
tierra la piragua para guarecer nuestra hoguera.

Quoniam cogi la ligera embarcacin, la levant en alto, y colocndola
sobre sus robustos hombros, la llev al sitio que su compaero le haba
designado.

Haba trascurrido ya un espacio de tiempo considerable desde que el
canadiense y el negro se encontraron de un modo tan milagroso. El sol,
que estaba ya bastante bajo en el horizonte en el momento en que el
cazador dobl el promontorio y caz los flamantes, se hallaba a la
sazn prximo a desaparecer; anocheca con rapidez, y los segundos
trminos del paisaje comenzaban a perderse entre las sombras del
crepsculo que se condensaba cada vez ms.

El desierto despertaba; los roncos rugidos de las fieras se oan por
intervalos, mezclndose con los maullidos de los carcays y con los
violentos aullidos de los lobos rojos.

El cazador escogi la lea ms seca que pudo hallar para encender la
lumbre, a fin de que el humo fuese poco, y la llama, por el contrario,
iluminase los alrededores de modo que denunciase inmediatamente la
aproximacin de los terribles vecinos cuyos gritos oa, y a los que la
sed tardara muy poco en llevar hacia aquel sitio.

Los flamantes asados y algunos puados de _pennekann_ (carne picada y
reducida a polvo) constituyeron la cena de los aventureros, cena muy
sobria, regada tan solo con agua del ro; pero que comieron con buen
apetito y como hombres que saben apreciar el valor de los manjares que
les depara la Providencia, sean los que quieran.

Cuando hubieron comido el ltimo bocado, el canadiense parti
fraternalmente su provisin de tabaco con su nuevo compaero, y
encendi su pipa india, que sabore como un verdadero aficionado,
ejemplo seguido concienzudamente por Quoniam.

--Ahora, dijo Tranquilo, bueno ser que sepa V. que un antiguo amigo
mo har como tres meses que me dio una cita para este sitio. Es un
jefe indio, y debe llegar aqu maana al amanecer. Aunque es muy joven,
ya goza de gran nombrada en su tribu. Le quiero como a un hermano, y
casi puede decirse que nos hemos criado juntos. Me alegrar de ver que
simpatice con V. Es un hombre entendido y experimentado, para quien la
vida del desierto no tiene secretos. La amistad de un jefe indio es
cosa preciosa para un cazador de los bosques; piense V. en eso. Por lo
dems, estoy convencido de que convendr V. en ello al primer golpe de
vista.

--Har todo lo que sea necesario para conseguir su amistad. Basta
que ese jefe sea amigo de V. para que yo desee que lo sea mo
tambin. Hasta ahora, aunque como esclavo fugitivo he vagado durante
mucho tiempo por los bosques, todava no he visto nunca a un indio
independiente; as pues, es muy posible que, contra mi voluntad, cometa
alguna torpeza. Crea V., sin embargo, que no ser por culpa ma.

--Estoy convencido de ello; tranquilcese V. respecto de eso: advertir
al jefe, quien creo que quedar tan sorprendido como V., porque
supongo que V. ser el primer negro a quien haya encontrado en toda
su vida. Ea, ya ha anochecido por completo; debe V. estar cansado por
la obstinada persecucin que ha sufrido durante todo el da y por las
emociones fuertes que ha experimentado; duerma V., que yo velar por
los dos, pues maana, probablemente, tendremos que hacer una marcha muy
larga, es preciso que est V. gil y dispuesto.

El negro comprendi lo justas que eran las observaciones de su amigo,
con tanto ms motivo, cuanto que estaba abrumado de cansancio; los
sabuesos de su antiguo amo le haban perseguido tan de cerca, que
en las cuatro ltimas noches no haba podido dormir. As pues,
prescindiendo de toda vergenza mal entendida, se tendi en el suelo
con los pies junto al fuego, y se durmi casi al momento.

Tranquilo permaneci sentado sobre la piragua, con su rifle entre las
piernas, a fin de estar dispuesto para cualquier alarma, y qued
sumido en profundas reflexiones, al paso que vigilaba con el mayor
cuidado los alrededores y prestaba atento odo al ruido ms leve.


[1] Nada hay que nos parezca tan ridculo como ese lenguaje
extravagante que se atribuye a los negros, lenguaje que, en primer
lugar, tiene la desventaja de hacer ms lenta la narracin, y que
adems es falso, doble razn que nos induce a no emplearle aqu, aunque
en concepto de algunos perjudique al colorido local. _(N. del A.)._




IV.

LA MANADA.


La noche estaba esplndida. El cielo, de un azul oscuro, se vea
tachonado por millones de estrellas que derramaban una luz dulce y
misteriosa.

El silencio del desierto era interrumpido por mil ruidos melodiosos
y animados; leves resplandores que se filtraban por entre las hojas
de los rboles corran sobre la fina yerba a manera de fuegos fatuos.
En la orilla opuesta del ro algunos robles secos y carcomidos se
alzaban cual fantasmas, y la brisa agitaba sus largas ramas cubiertas
de plantas trepadoras; mil rumores cruzaban el espacio; gritos
incalificables salan de las madrigueras invisibles de la selva; se
oan los suspiros ahogados del viento entre las hojas, el murmullo del
agua sobre los guijarros de la playa, y ese ruido, en fin, inexplicable
de las oleadas de la vida, ruido que procede de Dios, y al que hace ser
an ms imponente la soledad majestuosa de las llanuras americanas.

El cazador se dejaba arrastrar, a pesar suyo, por la omnipotente
influencia de aquella naturaleza primitiva que le rodeaba: al
encontrarse aislado as en ella, por todos los poros perciba su savia
fortalecedora; todo su ser se estremeca y se identificaba con la
escena sublime a que asista; apoderbase de l una melancola dulce
y serena: tan lejos de los hombres y de su mezquina civilizacin, se
senta ms cerca de Dios, y su fe cndida se aumentaba con toda la
admiracin que le causaban los secretos medio revelados de los grandes
arcanos de la naturaleza, secretos que sorprenda, por decirlo as, en
el acto.

Y es que el alma se engrandece, y los pensamientos se ensanchan con
el contacto de esa vida nmada, en la que cada minuto que trascurre
produce peripecias nuevas e imprevistas, en la que a cada paso ve el
hombre el dedo de Dios sealado de una manera evidente en los paisajes
speros y grandiosos que le rodean.

As esa existencia de peligros y de privaciones tiene, para los que la
han ensayado una vez siquiera, encantos y embriagueces inexplicables,
alegras incomprensibles, que hacen que siempre se las eche de menos,
porque solo en el desierto es donde el hombre siente que vive, donde
tiene la medida de sus fuerzas, y donde se le revela el secreto de su
poder.

As trascurran las horas con rapidez para el cazador, sin que el
sueo llegase todava a cerrar sus prpados; ya la fresca brisa de la
maana haca estremecer las altas copas de los rboles y rizaba la
tersa superficie del ro, en cuyas aguas plateadas se reflejaban las
grandes sombras de sus accidentadas orillas. En el horizonte, anchas
fajas rosadas anunciaban la prxima salida del sol; el bho, oculto en
la enramada, haba saludado por dos veces con su grito melanclico la
vuelta del da: eran prximamente las tres de la madrugada.

Tranquilo abandon el rstico asiento en que hasta entonces haba
permanecido en completa inmovilidad, sacudi el entorpecimiento que se
haba apoderado de l, y dio algunos paseos por la playa con el fin de
restablecer la circulacin de la sangre en todos sus miembros.

Cuando un hombre, no diremos se despierta, porque el buen canadiense
ni un solo instante haba cerrado los ojos durante el trascurso de
aquella larga velada, pero sacude el entorpecimiento en que le han
sumido el silencio, las tinieblas y sobre todo el fro penetrante de
la noche, necesita algunos minutos antes de que consiga entrar de
nuevo en posesin de todas sus facultades y restablecer el equilibrio
en su cerebro: esto fue lo que le sucedi al cazador. Sin embargo,
acostumbrado haca muchos aos a la vida del desierto, aquel espacio
de tiempo fue menos largo para l que para cualquier otro, y muy luego
recobr la plenitud de su inteligencia, sintindose tan despejado, y
con la mirada tan penetrante y el odo tan sutil, como en la noche
anterior. Disponase, por lo tanto, a despertar a su compaero, que
segua durmiendo con ese sueo bueno y reparador que en este mundo solo
disfrutan los nios y los hombres cuya conciencia est pura de todo mal
pensamiento, cuando de improviso se par, prestando atento odo con
marcada inquietud.

Desde las escondites profundidades del bosque que formaba un espeso
cortinaje detrs de su campamento, el canadiense haba odo alzarse un
ruido inexplicable que aumentaba por momentos, y que muy luego adquiri
las proporciones de los violentos estampidos del trueno.

Este ruido se acercaba cada vez ms: eran patadas secas, fuertes y
apresuradas, estremecimientos y roces de rboles y de ramas, mugidos
sordos que parecan sobrehumanos, en fin, un rumor incalificable,
espantoso, indefinible, que, acercndose ya bastante, resonaba como el
ruido sordo y continuo de una gran masa de agua cuando va a producir
una inundacin.

Quoniam, que haba despertado sobresaltado por aquel tumulto singular,
estaba de pie, con su rifle en la mano y la vista fija en el cazador,
dispuesto a obrar a la primera seal, aunque sin adivinar lo que
pasaba, con la imaginacin embotada todava por la pesadez del sueo, y
posedo de ese terror instintivo que se apodera del hombre ms valiente
cuando comprende que le amenaza un peligro terrible y desconocido.

As trascurrieron algunos minutos.

--Qu haremos? murmur Tranquilo con vacilacin, procurando, aunque
intilmente, explorar con la mirada las profundidades de la selva y
adivinar lo que ocurra.

De pronto reson a corta distancia un silbido agudo.

--Ah! exclam Tranquilo haciendo un movimiento de alegra y alzando
sbitamente la cabeza, por fin voy a saber a qu atenerme.

Y llevndose los dedos a la boca, imit el grito de la garza. En el
mismo instante se precipit un hombre fuera de la selva, y dando dos
saltos de tigre lleg junto al cazador.

--Ooah! exclam; Qu hace aqu mi hermano?

Aquel hombre era el Ciervo-Negro.

--Le estaba a V. aguardando, jefe, respondi el canadiense.

El piel roja era un hombre de veintisis a veintisiete aos, de
estatura mediana, pero muy bien proporcionada; llevaba el gran traje
de guerra de su nacin, y estaba pintado y armado como para ir a una
expedicin. Su semblante era hermoso; su fisonoma inteligente y leal
revelaba valor y bondad, y en todas sus facciones se reflejaba una
majestad suprema.

En aquel momento pareca que se hallaba posedo de una agitacin tanto
ms extraordinaria, cuanto que los pieles rojas consideran como punto
de honra el no dejarse conmover nunca por suceso alguno, por terrible
que sea; sus ojos lanzaban relmpagos, sus palabras eran breves, su voz
tena un acento metlico.

--Pronto! dijo, hemos perdido ya demasiado tiempo.

--Pues qu sucede? pregunt Tranquilo.

--Los bisontes! dijo el jefe.

--Oh! Oh! exclam Tranquilo con terror.

Haba comprendido: aquel ruido que estaba oyendo haca algn tiempo,
le produca una manada de bisontes que vena del este, y se diriga
probablemente a las praderas altas del oeste.

Lo que el cazador haba adivinado tan pronto necesita serle explicado
brevemente al lector, a fin de que pueda comprender el peligro terrible
a que de improviso se hallaban expuestos nuestros personajes.

Llmese manada, en las antiguas posesiones espaolas, a una reunin
de varios millares de animales salvajes. Los bisontes, en sus
emigraciones peridicas durante la estacin de los amores, se renen
algunas veces en manadas de quince o veinte mil cabezas, que forman
una tropa compacta, y viajan juntos; aquellas reses caminan siempre en
derechura delante de s, oprimindose unas contra otras, trasponiendo
y derribando cuantos obstculos se oponen a su paso. Desgraciado el
temerario que intentase detener O variar la direccin de su furibunda
carrera, porque sera destrozado y molido como paja bajo los pies de
aquellos animales estpidos, que pasaran por cima de su cuerpo sin tan
siquiera verle.

As pues, la posicin de nuestros personajes era muy crtica, porque la
casualidad les haba colocado precisamente en frente de una manada que
llegaba sobre ellos con la rapidez del rayo.

Toda fuga era imposible; no haba que pensar en ello, y la resistencia
era an ms imposible.

El ruido se acercaba con una rapidez espantosa; ya se oan clara y
distintamente los mugidos salvajes de los bisontes mezclados con
los aullidos de los lobos rojos y con los speros maullidos de los
jaguares, que iban saltando por los flancos de la manada y cazando a
los rezagados o a los que se apartaban imprudentemente a la derecha o a
la izquierda.

Con un cuarto de hora ms que trascurriese, nuestros tres hombres
quedaban perdidos; pues la espantosa masa apareca barrindolo todo en
su paso con esa fuerza irresistible de la fiera, a la que nada puede
vencer.

Lo repetimos, la posicin era crtica.

El Ciervo-Negro se diriga al punto de cita que l mismo haba
designado al cazador canadiense; ya no distaba ms que tres o cuatro
leguas del sitio en que pensaba encontrar a su amigo, cuando su odo
ejercitado percibi el ruido de la furibunda carrera de los bisontes.
Cinco minutos le bastaron para comprender la inminencia del peligro
que amenazaba al cazador: con esa rapidez de decisin que caracteriza
a los pieles rojas en los casos apurados, resolvi avisar a su amigo y
salvarle o perecer con l; entonces se lanz a la carrera, salvando con
vertiginosa rapidez el espacio que le separaba del sitio de la cita,
sin tener ms que un pensamiento fijo, el de tomar una gran delantera a
la manada, de modo que el cazador pudiese salvarse: desgraciadamente,
por rpida que fuese su carrera, y los indios son afamados por su
fabulosa agilidad, no pudo llegar bastante a tiempo para poner en salvo
a aquel a quien quera librar.

Cuando el jefe, despus de haber avisado al cazador, hubo reconocido la
inutilidad de sus esfuerzos; verificse en l una reaccin sbita; sus
facciones, animadas por la inquietud, recobraron su rigidez habitual;
una sonrisa triste arque sus labios desdeosos, y se dej caer al
suelo murmurando con voz sombra:

--Wacondah no ha querido!

Pero Tranquilo no acept la posicin con igual resignacin y fanatismo;
el cazador perteneca a esa raza de hombres enrgicos cuyo carcter,
de un temple muy fuerte, nunca se deja abatir, y que luchan hasta el
ltimo instante.

Cuando vio que el piel roja, con el fatalismo propio de su raza,
abandonaba la partida, resolvi hacer un esfuerzo supremo e intentar un
imposible.

A veinte pasos ms all del sitio en que el cazador haba establecido
su campamento, haba varios rboles derribados por el suelo, muertos de
vejez, y, por decirlo as, amontonados unos sobre otros; luego, detrs
de aquella especie de atrincheramiento natural, se alzaba un grupo de
cinco o seis robles aislados de todos los dems, y que formaban como un
oasis en medio de los arenales de la orilla del ro.

--Alerta! grit el cazador. Quoniam, recoja V. toda la lea seca que
pueda, y vngase ac; jefe, haga V. lo mismo.

Los dos hombres obedecieron sin comprender, pero tranquilizados por la
sangre fra de su compaero.

En pocos momentos qued amontonada sobre los rboles derribados una
cantidad considerable de lea seca.

--Bueno! grit el cazador; Vive Dios! An no se ha perdido todo:
buen nimo!

Llevando entonces a aquella hoguera improvisada los restos de la lumbre
que haba encendido en su campamento para combatir el fro de la noche,
atiz y aviv el fuego con materias resinosas, y en menos de cinco
minutos una ancha llamarada se alz oscilando hacia el cielo, y form
una cortina espesa y de ms de diez metros de extensin.

--En retirada! En retirada! exclam el cazador; Seguidme!

El Ciervo-Negro y Quoniam se precipitaron en pos de l.

El canadiense no fue muy lejos; cuando hubo llegado al grupo de rboles
de que hemos hablado, trep al ms corpulento con sin igual destreza y
agilidad, y muy luego sus compaeros y l se encontraron encaramados
a cincuenta metros de altura, cmodamente establecidos sobre fuertes
ramas, y ocultos por completo entre las hojas.

--As, dijo el canadiense con la mayor sangre fra; ste es nuestro
ltimo recurso. En cuanto aparezca la columna, fuego sobre los
flanqueadores; si el resplandor de las llamas asusta a los bisontes,
nos salvamos; si no, no nos quedar ms remedio que morir. Pero al
menos habremos hecho todo lo posible para salvar nuestras vidas.

El fuego encendido por el cazador haba tomado proporciones
gigantescas; se haba ido extendiendo, inflamando las yerbas y los
arbustos, y aunque estaba demasiado lejos de la selva para poder
incendiarla, muy luego form una cortina de llamas de cerca de un
cuarto de milla de longitud, y cuyos resplandores rojizos tean a lo
lejos el cielo y daban al paisaje un aspecto de grandiosidad imponente
y salvaje.

Los cazadores, desde el sitio en que se haban refugiado, dominaban
aquel ocano de llamas, que no poda alcanzarles, y se cernan, por
decirlo as sobre l.

De pronto se oy un crujido horrible, y en el linde de la selva
apareci la vanguardia de la manada.

--Atencin! exclam el cazador echndose el rifle a la cara.

Los bisontes, sorprendidos de improviso por la vista de aquel muro
de llamas que se alzaba sbitamente ante ellos, deslumbrados por el
resplandor del fuego, y al mismo tiempo abrasados por aquel calor tan
fuerte, vacilaron por un instante como si se hubiesen consultado, y en
seguida se precipitaron hacia adelante con un furor ciego, lanzando
bramidos de clera.

Sonaron tres tiros.

Los tres bisontes que iban ms adelantados cayeron revolcndose en las
angustias de la agona.

--Estamos perdidos, dijo Tranquilo framente.

Los bisontes seguan avanzando.

Pero muy luego el calor lleg a ser insoportable; el humo, lanzado por
la brisa en direccin de la manada, ceg a las reses, y entonces se
verific una reaccin; hubo un momento de parada, seguido muy pronto de
un movimiento de retroceso.

Los cazadores, con el pecho anheloso, seguan con una mirada ansiosa
las singulares peripecias de aquella escena terrible. Era una cuestin
de vida o muerte para ellos la que en aquel momento se decida; su
existencia estaba colgada de un hilo, por decirlo as.

Entre tanto la imponente masa segua avanzando. Los animales que
guiaban a la manada no pudieron resistir al empuje de los que les
seguan; fueron derribados y pisoteados por los que venan detrs;
pero estos, abrumados a su vez por el calor, quisieron tambin
retroceder; en aquel momento supremo algunos bisontes se desbandaron
a derecha e izquierda, y esto bast para que los dems les siguiesen;
entonces se establecieron dos corrientes, una por cada lado del fuego,
y la manada, cortada en dos, pas como un torrente que ha roto sus
diques, reunindose en la playa y vadeando el ro en columna cerrada.

Era un espectculo horrible el que ofreca aquella manada huyendo
aterrada y lanzando gritos de terror, perseguida por las fieras y
encerrando en su centro el fuego encendido por el cazador, que pareca
un faro lgubre destinado a iluminar el camino.

Muy luego se echaron los bisontes al ro, que atravesaron en lnea
recta, y su prolongada columna oscura serpente en la opuesta orilla,
en donde no tard en desaparecer la cabeza de la manada.

Los cazadores estaban salvados, merced a la presencia de nimo y sangre
fra del canadiense; sin embargo, todava permanecieron ocultos durante
dos horas entre las ramas que les cobijaban.

Los bisontes continuaban pasando por derecha e izquierda. El fuego se
haba apagado por falta de alimento; pero ya estaba dada la direccin a
las reses, y al llegar a la apagada hoguera, que no era ya ms que un
montn de cenizas, la columna se divida por s sola y desfilaba por
ambos lados.

Al fin apareci la retaguardia, hostigada por los jaguares que
saltaban por sus flancos, y despus todo concluy. El desierto,
cuyo silencio haba sido turbado por un instante, volvi a caer en
su habitual tranquilidad. Solo una ancha senda trazada en medio del
bosque y sembrada de rboles destrozados atestigu el paso furibundo de
aquella tropa desordenada.

Los cazadores respiraron; a la sazn podan abandonar sin peligro su
fortaleza area y bajar de nuevo al suelo.




V.

EL CIERVO-NEGRO.


Tan pronto como nuestros tres personajes hubieron bajado del rbol,
reunieron los tizones desparramados de la hoguera casi apagada, con el
fin de encender el fuego para condimentar el almuerzo.

Los vveres no les escaseaban, y no se vieron obligados a recurrir a
sus provisiones particulares, pues varios bisontes tendidos sin vida
en el suelo les ofrecan con profusin el manjar ms suculento del
desierto.

Mientras que Tranquilo se ocupaba en preparar convenientemente un lomo
de bisonte, el negro y el piel roja se examinaban con una curiosidad
que se revelaba por mutuas exclamaciones de sorpresa.

El negro se rea como un loco considerando el aspecto singular
del guerrero indio, cuyo rostro estaba pintado de cuatro colores
diferentes, y que llevaba un traje tan raro en concepto del buen
Quoniam, quien, segn ya hemos dicho, nunca se haba encontrado con
indios.

El jefe manifestaba su sorpresa de diferente manera. Despus de haber
permanecido mucho tiempo inmvil mirando al negro, se acerc a l, y
sin decir una palabra le cogi de un brazo y comenz a frotarle con
toda su fuerza con una punta de su manto de piel de bisonte.

El negro, que al pronto se haba prestado gustoso al capricho del
indio, no tard en impacientarse; al pronto procur desasirse, pero no
lo pudo conseguir, pues el jefe le sujetaba con fuerza y proceda de
una manera concienzuda a su operacin singular. Entre tanto, Quoniam, a
quien aquel frote continuo comenzaba no solo a incomodar, sino a hacer
sufrir en extremo, principi a lanzar gritos horribles, haciendo los
mayores esfuerzos para librarse de su impasible verdugo.

Los gritos de Quoniam llamaron la atencin de Tranquilo; levant la
cabeza y acudi presuroso a libertar al negro, que lanzaba miradas
extraviadas, saltaba a uno y otro lado, y aullaba como un condenado.

--Por qu atormenta mi hermano as a ese hombre? pregunt el
canadiense interponindose.

--Yo? repuso el jefe con sorpresa; no le atormento; su disfraz no es
necesario y se lo quito.

--Cmo, mi disfraz? exclam Quoniam.

Tranquilo le impuso silencio con un gesto, y prosigui diciendo:

--Ese hombre no est disfrazado.

--A qu pintarse as todo el cuerpo? repuso obstinadamente el jefe;
los guerreros no se pintan ms que el rostro.

El cazador no pudo contener una carcajada, y tan luego como recobr su
seriedad, dijo:

--Mi hermano se equivoca; ese hombre pertenece a otra raza. El Wacondah
le ha hecho la piel negra, as como ha hecho roja la de mi hermano
y blanca la ma. Todos los hermanos de ese hombre son de su color;
el Gran Espritu lo ha querido as, a fin de no confundirlos con las
naciones de los pieles rojas y de los rostros plidos; mire mi hermano
su manto de piel de bisonte y ver que no se le ha pegado el ms mnimo
tomo negro.

--Oeht! dijo el indio bajando la cabeza como un hombre que se halla
colocado ante un problema insoluble; el Wacondah todo lo puede.

Y obedeci maquinalmente al cazador, dirigiendo una mirada distrada a
la punta de su manto, que an no haba pensado en soltar.

--Ahora, continu diciendo Tranquilo, srvase V., jefe, considerar a
este hombre como a un amigo, y hacer por l lo que en caso necesario
hara V. por m; pues se lo agradecer en extremo.

El jefe se inclin con gracia, y tendiendo la mano al negro, le dijo:

--Las palabras de mi hermano el cazador resuenan en mi odo con
la dulzura del canto del _cenzontle_. El _Wah-rush-ar-menec_ (el
Ciervo-Negro) es un sachem en su nacin, su lengua no est partida,
y las palabras que sopla su pecho son claras, porque proceden de su
corazn; el Cara-Negra tendr su puesto en el fuego del consejo de los
Pawnees, porque desde este momento es amigo de un jefe.

Quoniam salud al indio y correspondi cordialmente a su apretn de
mano, dicindole:

--No soy ms que un pobre negro; pero mi corazn es puro, y mi sangre
corre tan roja por mis venas como si yo fuese blanco o indio. Ambos
tenis derecho para pedirme mi vida; os la dar con alegra.

Despus de este mutuo cambio de seguridades amistosas, los tres hombres
se sentaron en el suelo y se dispusieron para almorzar.

Merced a las emociones sufridas durante la maana, los aventureros
tenan un apetito feroz; devoraron el lomo de bisonte, que desapareci
casi por completo bajo sus reiterados ataques, y que regaron con
algunos cuernos de agua mezclada con ron, del cual llevaba Tranquilo
una pequea provisin en una calabaza colgada de su cintura.

Cuando el almuerzo hubo terminado, encendironse las pipas, y cada cual
se puso a fumar silenciosamente y con esa gravedad propia de las gentes
que viven en los bosques.

Cuando la pipa del jefe se hubo apagado, sacudi sus cenizas
golpendola sobre la ua del dedo pulgar de la mano izquierda, se la
coloc en el cinto, y volvindose hacia Tranquilo, le dijo:

--Quieren mis hermanos celebrar consejo?

--S, respondi el canadiense. Cuando me separ de V. en el Alto
Misuri, a fines de la luna de _Mikini-Quisis_ (mes de las frutas
quemadas, julio), me cit V. para la caleta de los sauces secos
del Ro del Alce, para el diez de setiembre, da de la luna de
_Inaqui-Quisis_ (mes de las hojas que caen, setiembre), dos horas antes
de la salida del sol. Ambos hemos sido exactos. Ahora aguardo a que se
sirva V. explicarme, jefe, por qu me ha dado esta cita.

--Tiene razn mi hermano: el Ciervo-Negro hablar.

Despus de haber pronunciado estas palabras, el semblante del indio
pareci que se oscureca, y qued sumido en una meditacin profunda que
sus compaeros respetaron, aguardando con paciencia a que volviese a
tomar la palabra.

Por fin, al cabo de un cuarto de hora el jefe indio se pas la mano
por la frente varias veces, levant la cabeza, dirigi en torno suyo
una mirada investigadora, y se decidi a hablar, pero en voz baja
y contenida, como si an en aquel desierto hubiese temido que sus
palabras fuesen escuchadas por odos enemigos.

--Mi hermano el cazador me conoce desde mi infancia, dijo, puesto que
ha sido criado por los sachems de mi nacin; as pues, nada le dir
de m. El gran cazador plido tiene en su pecho un corazn indio; el
Ciervo-Negro le hablar como a un hermano. Hace tres lunas el jefe
estaba cazando con su amigo a los alces y los gamos en las praderas del
Misuri, cuando un guerrero Pawnee lleg a rienda suelta, llam al jefe
aparte y habl en secreto con l durante largas horas. Recuerda eso mi
hermano?

--Perfectamente, jefe: recuerdo que, despus de aquella conversacin
prolongada, el Zorro-Azul, que as se llamaba el guerrero Pawnee,
parti con la misma rapidez con que haba llegado; y mi hermano, que
hasta aquel momento haba estado alegre y gozoso, se torn triste de
improviso. A pesar de las preguntas que dirig a mi hermano, no quiso
revelarme la causa de aquella tristeza sbita, y al da siguiente, al
salir el sol, se separ de m citndome para hoy aqu.

--S, respondi el indio, eso es exacto, as pas todo; pero lo que
entonces no poda yo decir, se lo voy a manifestar ahora a mi hermano.

--Mis odos estn abiertos, respondi el cazador inclinndose; temo
que mi hermano no tenga que comunicarme desgraciadamente sino malas
noticias.

--Mi hermano juzgar, dijo el indio: he aqu las noticias que me trajo
el Zorro-Azul. Un da lleg a las orillas del Ro del Elk, en donde
se alzaba la aldea de los Pawnees-Serpientes, un rostro plido de los
Cuchillos Largos del oeste, seguido de unos treinta guerreros de los
rostros plidos, de varias mujeres y de grandes casas de medicina
arrastradas por bisontes rojos sin joroba y sin crin. Aquel rostro
plido se detuvo a dos tiros de flecha de la aldea de mi nacin, en
la orilla opuesta del ro, encendi hogueras y acamp. Mi padre, como
sabe mi hermano, era el primer sachem de la tribu; mont a caballo, y
seguido de algunos guerreros, pas el ro y se present al extranjero
con el fin de darle la bienvenida a su llegada al territorio de caza
de nuestra nacin y ofrecerle los refrescos que pudiese necesitar.

Aquel rostro plido era un hombre de elevada estatura, de facciones
duras y acentuadas. La nieve de varios inviernos haba blanqueado su
cabellera. Al or las palabras de mi padre, se ech a rer, y respondi:

--Es V. el jefe de los pieles rojas de esa aldea?

--S, dijo mi padre.

Entonces el rostro plido sac un gran _collar_ (carta) en el cual
estaban dibujadas figuras singulares, y ensendosele a mi padre, le
dijo:

--Vuestro abuelo plido de los Estados Unidos me ha concedido la
propiedad de todas las tierras que se extienden desde la cascada del
Antlope hasta el lago de los Bisontes. He aqu, aadi dando con el
dorso de su mano sobre el collar, lo que prueba mi derecho.

Mi padre y los guerreros que le acompaaban se echaron a rer.

--Nuestro abuelo plido, respondi mi padre, no puede dar lo que no
le pertenece; esas tierras de que V. habla constituyen el territorio de
caza de mi nacin desde que la gran tortuga sali del seno del mar para
sostener al mundo sobre su concha.

--No entiendo lo que V. dice, repuso el rostro plido; solo s que
esas tierras me han sido dadas, y que, si no consiente V. en retirarse
y dejarme su libre goce, yo sabr obligarte a ello.

--S, dijo Tranquilo interrumpindole; he ah el sistema de esos
hombres: el asesinato y la rapia!

--Mi padre se retir al or aquella amenaza, continu diciendo el
indio; inmediatamente tomaron las armas los guerreros, las mujeres
fueron escondidas en unas cuevas, y la tribu entera se dispuso para la
resistencia. Al da siguiente, al amanecer, los rostros plidos pasaron
el ro y atacaron la aldea. El combate fue largo y encarnizado; dur
todo el espacio de tiempo comprendido entre dos soles; pero qu podan
hacer unos pobres indios contra los rostros plidos armados con rifles?
Fueron vencidos y obligados a emprender la fuga. Dos horas despus
la aldea estaba reducida a cenizas, y los huesos de los antepasados
desparramados en todas direcciones. Mi padre haba sido muerto en la
batalla.

--Oh! exclam el canadiense lleno de dolor.

--An no es eso todo, repuso el jefe; los rostros plidos descubrieron
la cueva en que se haban refugiado las mujeres de la tribu, y todas,
o al menos casi todas, porque solo diez o doce lograron escaparse
llevndose sus nios, fueron asesinadas a sangre fra con todo el
refinamiento de la ms horrible barbarie!

El jefe, despus de haber pronunciado estas palabras, ocult el rostro
en su manto de piel de bisonte, y sus compaeros oyeron los sollozos
que en vano procuraba ahogar.

--He ah, repuso al cabo de un momento, las noticias que me comunic el
Zorro-Azul: mi padre haba muerto en sus brazos legndome su venganza;
mis hermanos, perseguidos como fieras por sus feroces enemigos,
obligados a esconderse en el fondo de las selvas ms impenetrables,
me haban elegido para ser jefe suyo: acept haciendo jurar a los
guerreros de mi nacin que, en los rostros plidos que se apoderaron de
nuestra aldea y asesinaron a nuestros hermanos, haban de vengar todo
el mal que nos hicieron. Desde nuestra separacin no he desperdiciado
un solo instante para reunir todos los elementos de mi venganza. Hoy
todo se halla dispuesto; los rostros plidos se han adormecido en una
seguridad engaosa: su despertar ser terrible. Me seguir mi hermano?

--S, vive Dios! Le seguir a V., jefe, y le ayudar con todo mi
poder, respondi Tranquilo resueltamente; porque su causa es muy justa.
Pero impongo una condicin.

--Hable mi hermano.

--La ley del desierto dice: ojo por ojo, diente por diente, es verdad;
pero puede V. vengarse sin deshonrar su victoria con crueldades
intiles. No siga V. el ejemplo que le han dado; sea V. humano, jefe, y
el Grande Espritu sonreir a sus esfuerzos y le ser propicio.

--El Ciervo-Negro no es cruel, respondi el jefe; deja eso para los
rostros plidos; no quiere ms que la justicia.

--Lo que dice V. est muy bien, jefe, y me alegro de orle hablar
as. Pero ha tomado V. bien sus medidas? Son sus fuerzas bastante
considerables para asegurarle el triunfo? Ya sabe V. que los rostros
plidos son numerosos, y que nunca dejan impune una agresin; suceda lo
que quiera, debe V. prepararse para ver represalias terribles.

El indio se sonri con desdn y respondi:

--Los Cuchillos Grandes del Oeste son unos perros y unos conejos
cobardes; las mujeres de los Pawnees les darn unas sayas; el
Ciervo-Negro ir con su tribu a establecerse en las grandes praderas
de los Comanches, quienes les recibirn como hermanos, y los rostros
plidos no sabrn donde encontrarlos.

--Eso est bien pensado, jefe. Pero desde que fue V. expulsado de su
aldea, no ha mantenido V. espas cerca de los americanos para que le
tengan al corriente de todas sus acciones? Eso era muy importante para
el buen xito de sus proyectos posteriores.

El Ciervo-Negro se sonri, pero no contest, de lo cual dedujo el
canadiense que el piel roja, con esa sagacidad y esa paciencia que
caracterizan a los hombres de su raza, haba adoptado todas las
precauciones necesarias para asegurar el buen xito del golpe de mano
que quera intentar contra los nuevos colonos.

Tranquilo, por la educacin semi-india que haba recibido, y por el
odio hereditario que, como verdadero canadiense, profesaba a la raza
anglo-sajona, se hallaba del todo dispuesto a ayudar al jefe Pawnee a
tomar sobre los norteamericanos una venganza terrible por los insultos
que de ellos haba recibido: pero con esa rectitud que constitua el
fondo de su carcter, no quera dejar que los indios cometiesen con sus
enemigos esas crueldades espantosas a que con sobrada frecuencia se
dejan arrastrar en la primera embriaguez de la victoria. Por eso la
determinacin que haba adoptado tena doble objeto: primero asegurar,
si era posible, el triunfo de sus amigos, y despus emplear toda su
influencia sobre ellos para contenerlos terminado el combate, e impedir
que saciasen su rabia sobre los vencidos, y especialmente sobre las
mujeres y los nios.

Para esto no se ocult del Ciervo-Negro, y, segn hemos visto, impuso
como condicin expresa de su cooperacin, que de seguro no era cosa de
desdear por los indios, que no se cometiese ninguna crueldad intil.

Quoniam, por su parte, no anduvo con tantos escrpulos. Enemigo
natural de los blancos, y sobre todo de los norteamericanos, aprovech
presuroso la ocasin que se le presentaba para hacerles todo el dao
posible y vengarse de los malos tratos que haba sufrido, sin tomarse
la molestia de reflexionar que las gentes contra quienes iba a pelear,
eran completamente inocentes respecto de las injurias que l haba
recibido. Aquellos individuos eran norteamericanos, y esta razn
bastaba en demasa para justificar a los ojos del vengativo negro la
conducta que se propona observar cuando llegase el momento oportuno.

Al cabo de algunos instantes el canadiense volvi a tomar la palabra.

--Dnde estn los guerreros de V.? pregunt al jefe.

--Los he dejado a tres soles de marcha del sitio en que nos hallamos:
si mi hermano no tiene ya nada que le detenga aqu, nos pondremos en
marcha al instante, a fin de reunirnos con ellos lo ms pronto posible,
pues mis guerreros aguardan mi regreso con impaciencia.

--Entonces marchemos, dijo el canadiense; el da an no est muy
adelantado, pero es intil que perdamos el tiempo en charlar como
viejas curiosas.

Los tres hombres se levantaron, se abrocharon los cintos, se echaron
los rifles al hombro, se internaron presurosos por la senda que
la manada de los bisontes haba trazado en la selva, y muy luego
desaparecieron bajo la enramada.




VI.

LA CONCESIN.


Abandonaremos durante algn tiempo a nuestros tres viajeros, y usando
de nuestro privilegio de narrador, trasportaremos la escena de nuestro
relato a algunos centenares de millas ms lejos, a un frtil y verde
valle del alto Misuri, ese ro majestuoso de aguas claras y limpias,
en cuyas orillas se alzan hoy tantas ciudades y pueblos prsperos y
florecientes, cuya corriente surcan en todas direcciones los magnficos
vapores americanos, pero que, en la poca en que pasaba nuestra
historia, era todava casi desconocido, y no reflejaba en sus profundas
aguas ms que los corpulentos y frondosos rboles de las misteriosas
selvas vrgenes que cubran sus bordes.

En el extremo de una especie de horquilla formada por dos afluentes
bastante considerables del Misuri, se extiende un ancho valle cerrado
en un lado por montaas escabrosas, y en el otro por una prolongada
cordillera de altas y fragosas colinas.

Este valle, cubierto casi en toda su extensin por poblados bosques
llenos de caza de todas clases, era un sitio de reunin predilecto
de los indios Pawnees, de los que una tribu numerosa, la de las
Serpientes, se haba establecido por completo en el ngulo de la
horquilla con el fin de hallarse ms cerca de su territorio de caza
favorita. La aldea de los indios era bastante considerable: contaba
unos trescientos cincuenta hogares, lo cual es enorme para los pieles
rojas, quienes generalmente no gustan de reunirse en gran nmero en
un mismo sitio, por temor de tener que sufrir el hambre; pero la
posicin de la aldea estaba tan bien escogida que esta vez los indios
prescindieron de su costumbre. En efecto, por un lado el bosque les
suministraba ms caza de la que podan consumir; por otro el ro
abundaba en peces de todas clases y de un sabor delicioso; y las
praderas que les rodeaban estaban cubiertas todo el ao de una yerba
crecida y sustanciosa que ofreca excelente pasto para los caballos.
Haca varios siglos quizs que los Pawnees-Serpientes se haban fijado
definitivamente en aquel bienaventurado valle que, merced a su posicin
abrigada por todas partes, disfrutaba de un clima dulce y exento de
esas grandes perturbaciones atmosfricas que con tanta frecuencia
trastornan las altas latitudes americanas. Los indios vivan all
tranquilos e ignorados, ocupndose en cazar y pescar, enviando a lo
lejos todos los aos reducidas expediciones de jvenes a seguir el
sendero de la guerra bajo las rdenes de los jefes ms afamados de la
nacin.

De improviso aquella existencia pacfica fue turbada para siempre;
el asesinato y el incendio se haban extendido cual un sudario
siniestro por todo el valle; la aldea fue destruida por completo, y sus
habitantes muertos sin compasin.

Los norteamericanos haban llegado a tener noticia por fin de aquel
Edn ignorado, y su presencia en aquel rincn de tierra, nuevo para
ellos, y su toma de posesin, se haban sealado, como siempre, con el
robo, el rapto y el asesinato.

No reproduciremos aqu el relato hecho al canadiense por el
Ciervo-Negro; nos limitaremos tan solo a consignar que aquel relato era
exacto y fiel en todas sus partes, y que el jefe, al hacerle, lejos
de recargarle con enfticas exageraciones, le haba suavizado por el
contrario con una justicia y una imparcialidad poco comunes.

Penetraremos en el valle unos tres meses despus de la llegada de los
americanos, tan fatal para los pieles rojas, y describiremos en pocas
palabras la manera en que los nuevos colonos se haban establecido
en el territorio de donde tan cruelmente expulsaron a los legtimos
propietarios.

Tan luego como los norteamericanos fueron dueos absolutos del terreno,
comenzaron lo que llaman un desmonte.

Hace unos treinta aos, el gobierno de los Estados Unidos tena, y
probablemente tendr an en la actualidad, la costumbre de recompensar
los servicios de sus antiguos oficiales hacindoles concesiones
de terrenos en las fronteras de la Repblica ms amenazadas por
los indios. Esta costumbre ofreca la doble ventaja de extender
paulatinamente los lmites del territorio americano; rechazando a los
pieles rojas a los desiertos, y de no abandonar sin recursos, en su
vejez, a unos soldados valientes que, durante la mayor parte de su
vida, haban derramado noblemente su sangre por la patria.

El capitn Jaime Watt era hijo de un oficial distinguido de la guerra
de la Independencia: el coronel Lionel Watt, ayudante de campo de
Washington, haba asistido, al lado de este celebre fundador de la
Repblica americana, a todas las batallas dadas a los ingleses: herido
de gravedad en el sitio de Boston, con gran sentimiento suyo se vio
obligado a volver a la vida privada; pero fiel a sus principios de
lealtad, tan luego como su hijo Jaime lleg a los veinte aos, le hizo
ocupar su puesto bajo las banderas.

En la poca en que le ponemos en escena, Jaime Watt era un hombre de
unos cuarenta y cinco aos, aunque representaba diez ms por lo menos,
por las innumerables fatigas de la dura vida militar en que haba
trascurrido su juventud.

Era un hombre de cinco pies y ocho pulgadas de estatura, robusto
y vigoroso, ancho de hombros, seco, nervioso y dotado de una
constitucin de hierro; su rostro, cuyas lneas eran de extremada
rigidez, tena impresa esa expresin de enrgica voluntad mezclada
con indiferencia, rasgo peculiar de la fisonoma de los hombres cuya
existencia no ha sido sino una serie continua de peligros vencidos.
Su cabellera corta y canosa, su tez tostada, sus ojos negros y
penetrantes, su boca bien rasgada, pero de labios algo delgados, daban
a su semblante un aspecto de severidad inflexible que no careca de
grandeza.

El capitn Watt, casado haca dos aos con una preciosa joven a quien
adoraba, era padre de dos hijos, un nio y una nia.

Su mujer, llamada Fanny, era parienta suya lejana. Era morena, con unos
ojos azules encantadores, y tena un carcter dulce y modesto. A pesar
de ser mucho ms joven que su marido, puesto que an no tena veintids
aos, Fanny le profesaba el ms puro y acendrado cario.

Cuando el veterano militar vio que era padre, cuando comenz a
experimentar las alegras ntimas de la familia, se verific en l una
revolucin completa; le inspir sbita repugnancia la carrera militar,
y ya no dese ms que los goces tranquilos del hogar.

Jaime Watt era uno de esos hombres para quienes la concepcin de un
proyecto va seguida inmediatamente despus de su ejecucin. Por eso,
tan luego como se le ocurri la idea de retirarse del servicio la
realiz, resistindose a todas las reflexiones y objeciones que sus
amigos le hacan.

Sin embargo, aunque el capitn deseaba volver a la vida privada, no
era su intencin en manera alguna abandonar el uniforme para vestirse
el traje de paisano. La vida montona de las ciudades de la Unin nada
agradable poda ofrecer para un antiguo soldado cuyo estado normal,
durante todo el curso de su existencia, haba sido, por decirlo as, la
agitacin y el movimiento.

Por consiguiente, despus de haberlo reflexionado maduramente, se fij
en un trmino medio que, a su modo de ver, deba salvar lo que la vida
civil pudiese tener de demasiado sencilla y tranquila para l.

Este medio era l de solicitar una concesin de territorio en la
frontera india, desmontar aquel terreno con sus enganchados y sus
criados, y vivir all feliz y ocupado, como un seor de la edad media,
en medio de sus vasallos.

Este pensamiento le halagaba tanto ms al capitn, cuanto que
le pareca que de este modo continuaba en cierto modo sirviendo
activamente a su pas, puesto que plantaba los primeros jalones de una
prosperidad futura, y haca surgir los primeros resplandores de la
civilizacin en unas tierras entregadas todava a todos los horrores de
la barbarie.

El capitn haba estado ocupado durante mucho tiempo con su compaa en
defender las fronteras de la Unin contra las depredaciones continuas
de los pieles rojas, y en oponerse a sus incursiones. As pues, tena
un conocimiento superficial, si se quiere, pero suficiente, de las
costumbres indias y de los medios que era preciso emplear para no ser
hostigado por aquellos vecinos turbulentos.

En el curso de las numerosas expediciones que su servicio le oblig a
hacer, el capitn visit muchas llanuras frtiles, muchos territorios
cuyo aspecto le haba agradado; pero haba uno, sobre todo, cuyo
recuerdo quedaba pertinazmente grabado en su memoria: era l de un
valle delicioso que vislumbr un da como en un sueo, despus de una
cacera verificada en compaa de un habitante de los bosques, cacera
que dur ms de tres semanas y que le llev insensiblemente ms lejos
de lo que ningn hombre civilizado haba visitado hasta entonces en el
desierto.

Haca ms de veinte aos que no haba vuelto a ver aquel valle, y le
recordaba como si le hubiese abandonado la vspera, vindole, por
decirlo as, hasta en sus ms mnimos pormenores. Esta obstinacin
de su memoria para representarle de continuo aquel rincn de tierra,
concluy por fascinar en tal manera la mente del capitn, que, cuando
hubo adoptado la resolucin de abandonar el servicio y solicitar una
concesin, fue all, y no a ninguna otra parte, a donde resolvi
retirarse.

Jaime Watt tena numerosos protectores en las oficinas de la
Presidencia; adems, los servicios de su padre y los suyos hablaban muy
alto en su favor, y por lo tanto no experiment dificultad alguna para
obtener la concesin que solicitaba.

Le presentaron varios planos levantados anteriormente y mandados
copiar haca mucho tiempo por el gobierno, dicindole que escogiese
el territorio que mejor le conviniese; pero el capitn haca mucho
tiempo que haba escogido el que quera. Rechaz los planos que le
presentaban, sac de su bolsillo un gran pedazo de piel de alce
curtida, le desdobl y se le ense al comisario encargado de las
concesiones, dicindole que no quera ms que aquella.

El comisario frunci el entrecejo: era amigo del capitn, y no pudo
contener un gesto de espanto al or su peticin.

Aquel terreno estaba situado en medio del territorio indio, a ms
de cuatrocientas millas de la frontera americana. Era una locura,
un suicidio, lo que quera cometer el capitn; le sera imposible
mantenerse en medio de las tribus belicosas, que le envolveran por
todas partes. No trascurrira un mes sin que fuese desapiadadamente
asesinado con toda su familia, y los criados tan faltos de juicio que
se atreviesen seguirle.

A todas las objeciones que su amigo aglomeraba sin cesar para hacerle
variar de idea, el capitn solo responda con un movimiento de cabeza
acompaado de esa sonrisa propia de los hombres que han adoptado una
resolucin irrevocable.

Al fin, el comisario, perdiendo toda esperanza de convencerle, y
apurados ya sus argumentos, concluy por decirle de una manera
terminante que era imposible darle tal concesin, porque aquel
territorio perteneca a los indios, y adems una de sus tribus tena
all una aldea desde tiempo inmemorial.

El comisario haba guardado este argumento para lo ltimo, convencido
de que el capitn nada podra oponerle y se vera obligado a modificar,
cuando menos, sus proyectos.

El buen comisario se haba equivocado: no conoca tan bien como se lo
figuraba el carcter de su amigo.

Este, sin alterarse por el gesto triunfante con que el comisario haba
acompaado su peroracin, sac framente de otro bolsillo un segundo
pedazo de piel de alce curtida, y sin decir una palabra, se lo present
a su amigo.

El comisario lo cogi dirigindole una mirada interrogadora; el capitn
le hizo una sea con la cabeza, indicndole que lo examinase con la
vista.

El comisario lo desdobl vacilando. Teniendo en cuenta el modo de
proceder del veterano, sospechaba que aquel documento contena una
respuesta perentoria.

En efecto, apenas le hubo examinado un instante, le tir encima de la
mesa con un gesto violento de mal humor.

Aquella piel de alce contena la venta del valle y de todo el
territorio circunvecino, hecha por _Itsichaich_ o Cara de Mono, uno
de los sachems principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes, en
su nombre y en el de los dems jefes de la nacin, mediante cincuenta
fusiles, catorce docenas de cuchillos de desollar, sesenta libras
de plvora, sesenta libras de balas, dos barriles del licor llamado
_whiskey_, y veintitrs uniformes completos de soldados de la milicia.

Cada uno de los jefes haba puesto su jeroglfico al pie del acta de
venta y debajo del de Cara de Mono.

Diremos al instante que aquel documento era falso, pues en este asunto
el capitn haba sido completamente engaado por Cara de Mono.

Este jefe, expulsado de la tribu de los Pawnees-Serpientes por varias
causas que revelaremos cuando sea ocasin oportuna, haba falsificado
aquel documento, primero con el objeto de robar al capitn, y despus
con el fin de vengarse de sus compatriotas, porque saba muy bien
que si Watt obtena la autorizacin del gobierno, no vacilara para
apoderarse del valle, fuesen las que quisieran las consecuencias de
esta expoliacin; el capitn solo haba exigido que el piel roja le
sirviese de gua, en lo cual consinti el indio sin dificultad alguna.

Ante el acta de venta que tena a la vista, el comisario hubo de
confesarse vencido y dar, de buen o mal grado, la autorizacin tan
pertinazmente solicitada por el capitn.

Tan luego como todos los documentos estuvieron registrados en debida
forma, firmados y autorizados con el gran sello, el capitn comenz los
preparativos de su viaje sin perder un solo instante.

Mistress Watt quera demasiado a su marido para oponer la ms leve
observacin a sus proyectos: habindose criado ella tambin en un
desmonte poco lejano de la frontera, estaba casi familiarizada con
los indios, y la costumbre de verlos le haba enseado a no temerlos.
Adems, le importaba muy poco el lugar de su residencia con tal que
tuviese consigo a su marido.

El capitn, tranquilo por parte de su mujer, puso manos a la obra con
la actividad febril que le caracterizaba.

La Amrica es la tierra de los prodigios, es quizs el nico pas
del mundo en que se pueden encontrar, en el espacio de veinticuatro
horas, los hombres y las cosas indispensables para la ejecucin de los
proyectos ms excntricos y descabellados.

El capitn no se haca ilusiones en manera alguna acerca de las
consecuencias probables de la determinacin que haba adoptado;
y por lo tanto, quera precaverse en lo posible contra todas las
eventualidades, y procurar la seguridad de las personas que haban de
acompaarle al terreno de la concesin, especialmente la de su mujer y
sus hijos.

Por lo dems, no tard mucho en hacer su eleccin. Entre sus antiguos
compaeros, es decir, entre sus antiguos soldados, haba muchos que
deseaban en extremo seguirle, y sobre todo un sargento viejo, llamado
Walter Bothrel, que haba servido bajo sus rdenes durante cerca de
quince aos, y que a la primera noticia que tuvo de la declaracin de
retiro de su jefe, fue a buscarle y le dijo que, puesto que abandonaba
el servicio, era intil que l permaneciese en las filas, y que estaba
seguro de que su capitn no le negara el favor de permitirle que le
siguiese.

La oferta de Bothrel fue aceptada con jbilo por el capitn, que
conoca a fondo a su sargento, especie de perro por lo fiel, hombre de
un valor a toda prueba, y con el cual poda contar por completo.

Al sargento fue a quien el capitn confi el encargo de organizar
el destacamento de cazadores que se propona llevar consigo para
defenderse, si a los indios se les antojaba atacar a la nueva colonia.

Bothrel cumpli la orden que haba recibido con esa conciencia
inteligente que empleaba en todas las cosas, y muy luego encontr en la
misma compaa del capitn treinta hombres resueltos y fieles que se
alegraron infinito de seguir la fortuna de su ex-jefe y unirse a l.

El capitn, por su parte, haba enganchado unos quince obreros de todas
clases, herreros, carpinteros, etc., que le firmaron un compromiso por
cinco aos, con arreglo al cual, trascurrido este espacio de tiempo, y
mediante un ligero censo, seran dueos del terreno que el capitn les
concediese, y en el cual se estableceran con sus familias. An este
mismo censo haba de caducar al cabo de cierto tiempo.

Estando ya terminados, por fin, todos los preparativos, los colonos,
en nmero de cincuenta hombres y unas doce mujeres prximamente, se
pusieron en marcha para dirigirse al territorio de la concesin. Era
a mediados de mayo, y llevaban consigo una larga hilera de carros
cargados con gneros de todas clases y un numeroso rebao de reses
destinadas a alimentar a la colonia y a dar cras.

Cara de Mono serva de gua, segn se haba convenido. Haciendo al
indio la justicia debida, diremos que desempe concienzudamente la
misin de que se haba encargado, y que durante un largo viaje de cerca
de tres meses, atravesando desiertos infestados de fieras de todas
clases y surcados en todas direcciones por hordas de indios salvajes,
logr librar a aquellos a quienes diriga de la mayor parte de los
peligros que a cada paso les amenazaban.




VII.

CARA DE MONO.


Ya hemos visto de qu modo se apoder el capitn del territorio que le
haba sido concedido. Ahora vamos a explicar cmo se estableci en l y
qu precauciones adopt para no ser molestado por los indios a quienes
tan brutalmente haba desposedo, y que, segn el carcter vengativo
que ya les conoca, probablemente no se daran por vencidos y no
dejaran de probar fortuna de un momento a otro para tomar una revancha
sangrienta y una venganza terrible por el insulto que recibieron.

El combate contra los indios fue rudo y encarnizado; pero, merced a
Cara de Mono, que haba revelado al capitn los puntos ms dbiles del
_Atepelt_ (aldea), y merced sobre todo a la superioridad de las armas
de fuego de los americanos, los indios se haban visto fatalmente
obligados a emprender la fuga y abandonar a los vencedores cuanto
posean, triste botn que solo consista en pieles de animales y en
algunas vasijas hechas con tosca arcilla.

El capitn, tan luego como fue dueo de la plaza, comenz su obra y
principi a fundar la nueva colonia. Comprenda la necesidad de ponerse
lo ms pronto posible al abrigo de un golpe de mano.

El sitio que ocupaba la aldea fue completamente desembarazado de las
ruinas que le obstruan; luego los jornaleros se pusieron a nivelar el
suelo y a abrir un foso circular de seis metros de anchura y cuatro de
profundidad, al que, por medio de un canal, se puso en comunicacin con
el afluente del Misuri por un lado, y por el otro con el mismo ro.
Detrs de este foso, y en lo alto del talud formado por las tierras
extradas y all amontonadas, plantaron una hilera de estacas de cuatro
metros de altura unidas unas a otras por medio de fuertes garfios de
hierro, cuidando de dejar intervalos casi invisibles por los cuales
era fcil pasar el can de un rifle y hacer fuego a cubierto. En este
atrincheramiento se practic una puerta bastante ancha para que por
ella pudiese pasar un carro cargado, y que comunicaba con el exterior
por medio de un puente levadizo echado sobre el foso y que se alzaba
todos los das al ponerse el sol.

Una vez adoptadas estas precauciones preliminares, una extensin de
terreno de cuatro mil metros cuadrados prximamente qued rodeada de
agua y defendida en todos sus puntos por una empalizada, excepto en la
parte que daba al Misuri, en donde se haba considerado que la anchura
y la profundidad del ro ofrecan suficientes garantas de seguridad.

En el espacio libre que quedaba dentro de la empalizada fue donde el
capitn se dispuso a construir los edificios y dependencias de la
colonia.

Al principio, y como se practica en todos los desmontes, los edificios
haban de ser tan solo de madera, es decir, construidos con troncos de
rboles a los cuales se les dejaba la corteza; la madera no escaseaba,
merced al bosque situado cuando ms a cien metros de distancia de la
colonia.

Los trabajos fueron impulsados con tal actividad, que dos meses despus
de la llegada del capitn a aquel sitio, todos los edificios estaban
terminados y la distribucin interior casi completa.

En el centro de la colonia y sobre una eminencia formada al efecto,
haban construido una especie de torre octgona de unos veinticinco
metros de altura, cuyo techo formaba terrado, y dividida en tres pisos:
en el bajo estaban la cocina y las habitaciones comunes; los cuarto
superiores estaban destinados a los individuos de la familia y de su
servidumbre, es decir, al capitn, a su mujer, a sus dos hijos, a las
dos criadas de estos, muchachas jvenes y vigorosas del Kentucky, de
mejillas rosadas y abultadas, y cuyos nombres eran Betzy y Emmy; a
la cocinera mistress Margaret, respetable matrona que entraba ya en
su noveno lustro, aunque solo confesaba treinta y cinco aos de edad
y todava tena pretensiones de belleza, y por ltimo, al sargento
Bothrel. Aquella torre estaba cerrada con una puerta muy slida,
forrada de hierro, y en cuyo centro se abra un postigo para reconocer
a los que llamaban.

A diez metros prximamente de la torre, y comunicando con ella por
medio de un pasadizo subterrneo, estaban la habitacin de los
cazadores, la de los obreros de todas clases, y por ltimo, la de los
pastores y labradores.

Despus se vean las cuadras para los caballos y los establos para las
reses.

Luego, diseminados en varios puntos, extensos cobertizos, grandes
talleres y vastos almacenes destinados a guardar los productos de la
colonia.

Pero estos diferentes edificios haban sido construidos de modo que
estaban aislados y bastante lejos unos de otros para que, en caso de
incendio (y esto era lo que se haba tenido presente para colocarlos
as), la prdida de un edificio no produjese irremisiblemente la de
otro. De trecho en trecho se haban abierto varios pozos, con el fin
de distribuir agua abundante por todas partes sin necesidad de ir a
buscarla al ro.

En fin, para resumir, diremos que el capitn, como soldado viejo,
experimentado y acostumbrado a todos los ardides de la guerra de las
fronteras, haba adoptado las precauciones ms minuciosas para precaver
un ataque, y sobre todo para evitar una sorpresa.

Haban trascurrido tres meses desde que se establecieron all los
norteamericanos. Aquel valle, en otro tiempo inculto y cubierto de
bosques, se hallaba ya labrado en su mayor parte; los desmontes,
verificados en grande escala, haban llevado los linderos de la selva
a cerca de dos kilmetros de la colonia; todo ofreca la imagen de la
prosperidad y del bienestar en aquel sitio en que tan poco tiempo antes
la incuria de los pieles rojas dejaba que la naturaleza produjese con
entera libertad los pocos pastos indispensables para sus ganados.

En el interior de la colonia, todo ofreca el espectculo ms vivo
y animado, mientras que fuera, las reses pastaban bajo la custodia
de algunos ganaderos montados y bien armados; los rboles seculares
caan bajo los repetidos hachazos de los jornaleros; dentro, todos los
talleres estaban en plena actividad, densas columnas de humo se alzaban
de las fraguas, el ruido de los martillazos se mezclaba con el rechinar
de las sierras; en las orillas del ro, enormes pilas de tablas se
alzaban a poca distancia de otros rimeros de lea; varias embarcaciones
estaban amarradas en la playa, y de vez en cuando se oan resonar a lo
lejos los tiros de los cazadores que ejecutaban una batida en el bosque
con el fin de proveer de caza a la colonia.

Eran prximamente las cuatro de la tarde. El capitn, montado en un
magnfico caballo negro y cuatralbo, cruzaba al paso una pradera
recientemente desmontada.

Una sonrisa de satisfaccin ntima animaba el rostro severo del
antiguo soldado al ver el cambio prodigioso que su voluntad y su
febril actividad haban verificado en tan poco tiempo en aquel rincn
de tierra ignorado, llamado en un porvenir no lejano, segn toda
probabilidad, a adquirir una gran importancia comercial debida a su
posicin tan ventajosa. Acercbase a la colonia, cuando un hombre,
oculto hasta entonces detrs de un montn de cepas y races de rboles
colocadas all para secarse, apareci sbitamente junto a l.

El capitn reprimi un gesto de mal humor al ver a aquel hombre, que
era Cara de Mono.

Diremos aqu algunas palabras acerca de este personaje, que est
llamado a representar un papel bastante importante en la presente
narracin.

_Itsichaich_ era un hombre de unos cuarenta aos, de elevada estatura
y bien formado; tena un rostro astuto y ratero, animado por dos
ojos muy pequeos; su nariz encorvada en forma de pico de papagayo,
y su boca grande, con labios delgados y comprimidos, le daban una
expresin ladina y malvada que, no obstante la obsequiosidad cautelosa
y zalamera de sus modales y la dulzura calculada de su voz, inspiraba
una repulsin instintiva e invencible a todos aquellos a quienes la
casualidad pona en contacto con l.

Al revs de lo que por lo general suele suceder, la costumbre de
verle, en vez de disminuir y desterrar esta impresin desagradable, la
acrecentaba ms y ms.

Haba cumplido honrada y concienzudamente sus deberes de gua
conduciendo a los norteamericanos sin tropiezo alguno hasta el sitio a
donde se dirigan; pero desde aquella poca se haba quedado con ellos,
y por decirlo as, se haba avecindado en la colonia en donde andaba de
un lado para otro a su antojo, sin que nadie se cuidase de lo que haca.

Algunas veces desapareca sin decir una palabra, permaneca ausente
durante algunos das, y luego volva de improviso, sin que fuese
posible arrancarle ningn dato, ni saber lo que haba hecho, ni a donde
haba ido.

Sin embargo, haba una persona a quien el semblante sombro del indio
haba causado constantemente un terror vago, y que nunca pudo dominar
la repulsin que le inspiraba, sin que le fuese dado explicar en qu
se fundaba aquel sentimiento que experimentaba: aquella persona era
mistress Watt. El amor maternal hace ser muy perspicaz: la joven
adoraba a sus hijos, y cuando algunas veces el piel roja fijaba por
casualidad una mirada indiferente en las inocentes criaturas, la pobre
madre senta un estremecimiento en todos sus miembros, y se apresuraba
a apartar de la vista de aquel hombre a los dos tiernos seres que eran
todo para ella en este mundo.

Algunas veces haba procurado hacer que su marido compartiese sus
temores; pero a todas sus observaciones contestaba tan solo el capitn
encogindose de hombros de un modo significativo, suponiendo que con el
tiempo se debilitara aquella impresin y concluira por desaparecer.
Sin embargo, como mistress Watt volva de continuo a la carga con
la perseverancia y la obstinacin de una persona cuyas ideas estn
positivamente fijadas y no han de variar, el capitn, impacientado y no
teniendo razn alguna plausible para proteger contra su mujer, a quien
amaba y respetaba, a un hombre hacia el cual no senta la ms leve
estimacin ni simpata, le prometi por fin que la desembarazara de
l; y como en aquel momento haca algunos das que el indio se hallaba
ausente de la colonia, form el propsito de verle en cuanto volviese y
pedirle una explicacin de su conducta misteriosa: en el caso de que el
indio no le diese una respuesta categrica y satisfactoria, le dira de
una manera terminante que no quera volverle a ver en la colonia, y que
por lo tanto se alejase al momento y para siempre.

He ah en que disposicin de nimo se hallaba el capitn respecto de
Cara de Mono, cuando la casualidad coloc a ste en su camino, en el
momento en que menos lo esperaba.

Al ver al indio, el capitn par a su caballo.

--Est mi padre visitando el valle? le dijo el Pawnee.

--S, contest el capitn.

--Oh! repuso el indio dirigiendo una mirada en torno suyo, todo ha
variado mucho: ahora las reses de los Grandes Cuchillos del Oeste
pastan tranquilamente en el territorio de que fueron, desposedos los
Pawnees-Serpientes.

El indio pronunciaba estas palabras con una voz triste y melanclica
que dio en que pensar al capitn, y le inspir cierta inquietud.

--Es pesar lo que quiere V. manifestar, jefe? le pregunt. Me
parecera eso muy inoportuno, sobre todo en boca de V., que fue quien
me vendi el territorio que ocupo.

--Es verdad, dijo el indio moviendo la cabeza; Cara de Mono no tiene
derecho para quejarse: l fue quien vendi a los rostros plidos del
Oeste el terreno en que descansan sus padres, y en donde l mismo y sus
hermanos han cazado tantas veces el elk y el jaguar.

--Vamos, jefe, le encuentro a V. lgubre hoy: qu tiene V? Estaba
V. acostado esta maana sobre el lado izquierdo al despertar? dijo el
capitn aludiendo a una de las supersticiones ms acreditadas entre los
indios.

--No, repuso el indio, el sueo de Cara de Mono ha estado exento de
malos pronsticos, nada ha venido a alterar la tranquilidad de su alma.

--Felicito a V. por ello, jefe.

--Mi padre dar tabaco a su hijo a fin de que fume la pipa de la
amistad a su regreso.

--Puede ser, pero antes tengo que hacer a V. una pregunta.

--Mi padre puede hablar, los odos de su hijo estn abiertos.

--Hace ya mucho tiempo, jefe, que nos hallamos establecidos aqu.

--S, est comenzando la cuarta luna.

--En efecto, desde nuestra llegada nos ha dejado V. muchas veces sin
avisarnos.

--Para qu? Supongo que el aire y el espacio no pertenecen a los
rostros plidos, el guerrero Pawnee es dueo de ir a donde mejor le
parezca. Era un jefe afamado en su tribu.

--Todo eso puede ser muy cierto, jefe, y no me importa en manera
alguna; pero lo que me importa mucho es la seguridad de mi familia y de
los hombres que me han acompaado hasta aqu.

--Pues en qu puede atentar Cara de Mono a esa seguridad? dijo el piel
roja.

--Voy a decrselo a V., jefe; esccheme atentamente, pues lo que voy a
manifestarle es muy serio.

--Cara de Mono no es ms que un pobre indio, respondi el piel roja con
irona; el Gran Espritu no le ha dado el talento claro y sutil de los
rostros plidos; sin embargo, procurar comprender.

--No es V. tan sencillo como quiere aparentarlo en este momento, jefe.
Estoy seguro de que me comprender V. perfectamente si quiere tomarse
ese trabajo.

--El jefe procurar hacerlo.

El capitn contuvo a duras penas un movimiento de impaciencia, y
continu diciendo:

--No estamos aqu en una de las grandes ciudades del interior de la
Unin americana, en donde la ley protege a los ciudadanos y garantiza
su seguridad; todo lo contrario, nos hallamos en el territorio de los
pieles rojas, alejados de toda proteccin que no sea la de nuestras
propias fuerzas; de nadie podemos aguardar auxilio, y estamos rodeados
de enemigos vigilantes que acechan el momento propicio para atacarnos
y asesinarnos si pueden; as pues, es deber nuestro velar con el mayor
cuidado por nuestra seguridad, que se vera gravemente comprometida por
la imprudencia ms leve. Comprende V. eso, jefe?

--S, mi padre ha hablado bien; su cabeza est cenicienta; su sabidura
es grande.

--As pues, repuso el capitn, debo vigilar con el mayor cuidado los
pasos de todas las personas que ms o menos directamente pertenecen a
la colonia; y cuando su conducta me parezca sospechosa, debo pedirles
explicaciones que no tienen derecho para negarme. Ahora bien, jefe, me
veo obligado a confesar a V. con sumo sentimiento que la vida que lleva
V. de algn tiempo a esta parte me parece ms que sospechosa, que ha
llamado mi atencin, y que espero me d V. una contestacin que disipe
mis dudas.

El piel roja haba permanecido impasible; ni un msculo de su rostro
se haba movido. El capitn, que le examinaba atentamente, no pudo
sorprender en sus facciones la ms leve huella de emocin. El indio
aguardaba ya la pregunta que en aquel momento le dirigan, y se hallaba
dispuesto a contestar.

--Cara de Mono ha conducido a mi padre y a sus hijos desde las grandes
aldeas de piedra de los Grandes Cuchillos del Oeste hasta aqu. Ha
tenido mi padre que dirigir alguna reconvencin al jefe?

--Ninguna, tengo que confesarlo, respondi el capitn con franqueza; ha
desempeado V. su encargo honradamente.

---Por qu ahora cubre una piel el corazn de mi padre y se ha
introducido en su alma la sospecha respecto de un hombre contra el
cual confiesa l mismo que nunca ha podido formular la ms leve
reconvencin? Es sa, por ventura, la justicia de los rostros plidos?

--No nos salgamos de la cuestin, jefe, y sobre todo no la alteremos,
si V. gusta, porque yo no podra seguirle en todos sus circunloquios
indios. As pues, me limitar a significarle a V. de una manera
explcita que, si no quiere decirme claramente el motivo de sus
reiteradas ausencias y darme una prueba positiva de su inocencia, no
volver V. a poner los pies en el interior de la colonia, y le obligar
a alejarse para siempre del territorio que ocupo.

Un relmpago de odio chispe en los ojos del piel roja; pero apagando
instantneamente la llama de su mirada, respondi con su voz ms dulce:

--Cara de Mono es un pobre indio; sus hermanos le rechazaron por razn
de su amistad con los rostros plidos, y esperaba encontrar entre los
Grandes Cuchillos del Oeste, ya que no cario, al menos gratitud por
los servicios que les prest. Se ha equivocado.

--No se trata ahora de eso, repuso el capitn impacientado; quiere V.
contestar, s o no?

El indio se puso derecho, y acercndose a su interlocutor bastante
cerca para tocarle, le lanz una mirada de clera y de reto, y le dijo:

--Y si me niego a contestar?

--Si te niegas, miserable, te prohbo que vuelvas a presentarte
delante de m en tiempo alguno; y si te atreves a desobedecerme, te
castigar con el ltigo con que pego a mis perros!

Apenas hubo pronunciado el capitn estas palabras insultantes cuando ya
se arrepinti: estaba solo y sin armas con el hombre a quien acababa de
inferir una injuria mortal, y por lo tanto trat de arreglar el asunto
diciendo:

--Pero Cara de Mono es un jefe, es prudente, y me responder, porque
sabe que le estimo.

--Mientes! Perro de los rostros plidos, exclam el indio rechinando
los dientes con rabia; me odias casi tanto como yo te odio!

El capitn, exasperado, levant la fusta que llevaba en la mano; pero
en el mismo instante, el indio, saltando como una pantera, se lanz
sobre la grupa del caballo, levant de la silla al capitn, le arroj
rudamente al suelo, y cogiendo las riendas, le dijo:

--Los rostros plidos son unas viejas cobardes; los guerreros Pawnees
los desprecian y les enviarn unas sayas.

Despus de haber pronunciado estas palabras con un tono de amargo
sarcasmo, que sera imposible reproducir, el indio se inclin sobre el
cuello del caballo, afloj las riendas, lanz una carcajada estridente
y parti a escape tendido, sin cuidarse del capitn a quien abandon
medio aturdido y contuso por su cada.

Jaime Watt no era hombre capaz de sufrir un trato semejante sin
procurar vengarse; se levant tan de prisa como pudo, y llam a gritos
para que acudiesen junto a l los cazadores y los leadores diseminados
por la llanura.

Algunos vieron una parte de lo ocurrido y se precipitaron presurosos
para auxiliar a su capitn; pero mientras llegaban a donde l estaba y
les explicaba el suceso dndoles sus rdenes para que persiguiesen de
una manera encarnizada al fugitivo, ste haba desaparecido ya en medio
de la selva, que era a donde haba dirigido su rpida carrera.

Sin embargo, los cazadores, a cuyo frente se haba puesto el sargento
Bothrel, se precipitaron en persecucin del indio jurando cogerle vivo
o muerto.

El capitn les sigui con la mirada hasta que los hubo visto internarse
unos despus de otros entre los rboles; en seguida regres a la
colonia con paso lento, reflexionando acerca de la escena que acababa
de mediar entre el piel roja y l, y con el corazn oprimido por un
presentimiento sombro. Un instinto secreto le deca que, para que Cara
de Mono, por lo general tan prudente y circunspecto, hubiese obrado de
aquel modo, era preciso que se juzgase muy fuerte y muy seguro de la
impunidad.




VIII.

LA DECLARACIN DE GUERRA.


Hay un hecho incomprensible que muchas veces, durante el curso
accidentado de nuestras largas peregrinaciones por Amrica, hemos
tenido ocasin de comprobar, y es que con frecuencia, sin que sea
posible explicar el sentimiento que se experimenta, se adivina, por
decirlo as, la aproximacin de una desgracia; se sabe que se est
amenazado, aunque sin poder fijar cuando ni como llegar el peligro;
el da parece que se pone ms sombro; los rayos del sol pierden su
brillo; los objetos exteriores toman una apariencia lgubre; hay en el
aire estremecimientos singulares; en fin, parece que todo se resiente
de la impresin de una inquietud indefinida y vaga.

Sin que nada hubiese llegado a justificar los temores del capitn
despus de su altercado con el Pawnee, no solo l, sino la poblacin
entera de la colonia se encontraba, en la misma noche de aquel da,
bajo la influencia de un terror secreto.

A las seis, como de costumbre, haban tocado la campana para llamar
a los leadores y los ganaderos; todos haban regresado, las reses
haban sido encerradas en sus respectivos establos, y en la apariencia,
al menos, nada extraordinario pareca que haba de turbar la vida
tranquila de los colonos.

El sargento Bothrel y sus compaeros haban perseguido durante varias
horas a Cara de Mono; pero solo encontraron el caballo de que tan
audazmente se apoder el indio, y que probablemente abandon despus
para ocultar sus huellas con ms facilidad.

Ningn rastro de indio exista en los alrededores de la colonia. Sin
embargo, el capitn, ms inquieto de lo que aparentaba, haba doblado
los centinelas destinados a velar por la comn seguridad, y mand al
sargento que cada dos horas patrullase por los atrincheramientos.

Luego que se hubieron adoptado estas diferentes precauciones, la
familia y los criados se reunieron en la sala baja de la torre para
la velada, segn la costumbre establecida desde los primeros das de
residencia.

El capitn, sentado en un gran silln junto al fuego, porque las noches
comenzaban a ser frescas, sola leer en algn libro antiguo de teora
militar, mientras que mistress Watt se ocupaba con sus criadas en
repasar la ropa de la casa.

En aquella noche, el capitn, en vez de leer, permaneca con los brazos
cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en el fuego, y pareca que
reflexionaba profundamente.

Al fin levant la cabeza, y volvindose hacia su mujer, le dijo:

--No oyes cmo lloran los nios?

--En verdad que no s que tienen hoy, respondi la joven; no se les
puede acallar. Hace lo menos una hora que Betzy est con ellos, y no
consigue dormirlos.

--Ve all, hija ma, quizs sea eso ms conveniente que dejarlos
confiados as al cuidado de una criada.

Mistress Watt sali sin responder, y muy luego se oy su voz en el piso
superior, que era donde estaba situado el cuarto de los nios.

El capitn se dirigi entonces al viejo sargento que estaba en un
rincn de la sala ocupado en componer un yugo, y le dijo:

--Con que segn eso, Bothrel, les ha sido a VV. imposible alcanzar a
ese maldito indio que tan rudamente me tir al suelo esta tarde?

--Ni hemos podido verle, mi Capitn, respondi el sargento; esos indios
parecen culebras; por todas partes se deslizan. Afortunadamente he
encontrado a Boston; el pobre animal pareca que se alegraba mucho de
vernos.

--S, s, Boston es un noble animal, y hubiera sido para m un gran
sentimiento el perderle. No le ha herido el indio? Ya sabe V. que esos
demonios tienen la costumbre de tratar bastante mal a los caballos.

--Nada tiene segn he podido ver. Probablemente el indio se habr visto
obligado a abandonarle al conocer que le bamos persiguiendo.

--As debe ser. Ha examinado V. cuidadosamente las cercanas?

--Con el mayor esmero, mi Capitn, y nada sospechoso he visto. Los
pieles rojas se han de mirar mucho antes de atacarnos; les sacudimos
demasiado de firme para que lo hayan olvidado.

--No opino como V., Bothrel; los indios son muy vengativos. Estoy
convencido de que querrn vengarse de nosotros, y de que algn da,
quizs muy prximo, les oiremos lanzar su grito de guerra en el valle.

--No lo deseo, si he de decir la verdad; pero creo que si se aventuran
a hacerlo, se encontrarn con la horma de su zapato.

--Tambin yo lo creo; pero sera una triste sorpresa la que nos diesen,
sobre todo ahora que, merced a nuestros trabajos y cuidados, nos
hallamos prximos a recibir el premio de nuestras fatigas y a obtener
ya algn resultado.

--Es verdad, sera sensible, porque un ataque de esos bandidos nos
causara prdidas incalculables.

--Desgraciadamente no podemos hacer ms que mantenernos alerta, sin que
nos sea dado prevenir los proyectos que sin duda estn formando contra
nosotros esos diablos rojos. Ha colocado V. bien los centinelas segn
se lo encargu, Bothrel?

--S, mi Capitn, y sobre todo les he mandado que estn muy vigilantes.
No creo que los Pawnees, por muy astutos que sean, logren sorprendernos.

--No hay que asegurar nada, Bothrel, respondi el capitn moviendo la
cabeza con aire de duda.

En el mismo instante, y como si la casualidad hubiese querido darle la
razn, se agit con fuerza la campana situada en el recinto exterior
y que serva para avisar a los habitantes de la colonia que alguien
solicitaba entrar.

--Qu significa eso? exclam el capitn mirando a un reloj colgado de
la pared en frente de l; son cerca de las ocho de la noche: quin
puede venir tan tarde? No ha regresado ya toda nuestra gente?

--S, mi Capitn, nadie ha quedado fuera. Jaime Watt se levant; cogi
su rifle, y haciendo una sea al sargento para que le siguiese, se
dispuso a salir.

--A dnde quieres ir, amigo mo? le pregunt una voz inquieta y dulce.

El capitn se volvi y se encontr con su mujer, que haba entrado de
nuevo en la sala sin que l la viese.

--No has odo la campana? le dijo. Alguien solicita entrar.

--S, ya lo he odo; pero eres t quien debe ir a abrir la puerta a
estas horas?

--Mistress Watt, respondi el capitn con frialdad pero con energa,
soy el jefe de esta colonia, y precisamente a estas horas es cuando
debo ir a abrir la puerta, porque puede ser peligroso hacerlo, y me
corresponde dar a todos ejemplo de valenta y de la manera en que se ha
de cumplir el deber.

En aquel momento son por segunda vez la campana.

--Partamos! aadi el capitn volvindose hacia el sargento.

La joven no contest y se dej caer sobre un silln, muy plida y
estremecindose de inquietud.

Entre tanto el capitn haba salido, seguido de Bothrel y de cuatro
cazadores, armados todos con rifles.

La noche estaba oscura, no haba ni una sola estrella en el cielo, que
estaba muy negro; era imposible distinguir los objetos a la distancia
de dos pasos; una brisa fra bramaba sordamente. Bothrel haba cogido
una linterna para alumbrar el camino.

--Cmo es que el centinela colocado en el puente levadizo no ha dado
el quin vive? pregunt el capitn.

--Quizs habr temido dar la alarma, sabiendo que desde la torre
oiramos el sonido de la campana.

El capitn murmur algunas palabras de disgusto y continuaron
avanzando. Muy luego oyeron un ruido sordo de voces, y prestaron atento
odo. Era el centinela quien hablaba.

--Paciencia, deca; ya vienen; veo brillar una linterna, y solo tendrn
VV. que aguardar algunos minutos. nicamente les aconsejo, por su
propio inters, que no se muevan, pues de lo contrario les planto a VV.
un balazo.

--Diablo! respondi desde fuera una voz burlona, entienden VV. ah
dentro la hospitalidad de una manera singular. No importa; aguardar, y
puede V. levantar el can de su rifle, pues no tengo la pretensin de
lanzarme yo solo a dar el asalto.

En aquel momento lleg el capitn a los atrincheramientos.

--Qu hay, Bob? pregunt al centinela.

--A la verdad que no lo s a punto fijo, mi Capitn, respondi Bob.
All, en la orilla del foso, hay un individuo que se ha empeado en
entrar.

--Quin es V. y qu quiere? grit el capitn.

--Y V., quin es? replic el desconocido.

--Soy el capitn Jaime Watt, y le advierto que la entrada en la
colonia les est vedada, a estas horas, a los vagabundos desconocidos.
Vuelva V. a la salida del sol, y quizs entonces consentir en dejarle
penetrar en el interior de mi posesin.

--Tenga V. cuidado con lo que va a hacer, respondi el forastero; su
obstinacin en dejarme en la orilla de este foso podr costarle cara.

--Tenga V. cuidado a su vez, replic el capitn con impaciencia, que no
estoy de humor para escuchar amenazas.

--No le amenazo a V., solo le advierto. Hoy ha cometido V. ya una falta
grave; no vaya V. a cometer otra ms grave esta noche obstinndose en
no recibirme.

Esta respuesta sorprendi al capitn y le hizo reflexionar.

Al cabo de un instante dijo:

--Pero, si yo consiento en dejarle a V. entrar, quin me garantiza que
no me har V. traicin? La noche est oscura, y puede V. tener consigo
una tropa numerosa sin que yo la vea.

--No tengo conmigo ms que un solo compaero de quien respondo con mi
cabeza.

--Ya! dijo el capitn cada vez ms indeciso; y de V. quin me
responde?

--Yo!

--Quin es V. que habla nuestra lengua con tal perfeccin que se le
podra tomar por un compatriota nuestro?

--Poca es la diferencia: soy canadiense y me llamo Tranquilo.

--Tranquilo! exclam el capitn. Es V. entonces ese celebre cazador
de los bosques a quien apellidan el Cazador de tigres?

--No s si soy clebre, Capitn; de lo que me hallo persuadido es de
que soy el hombre a quien V. se refiere.

--Si en efecto es V. Tranquilo, le dejar entrar; pero quin es el
hombre que le acompaa y de quin me responde?

--El Ciervo-Negro, primer sachem de los Pawnees-Serpientes.

--Oh! Oh! murmur el capitn, y qu viene a hacer aqu?

--Ya lo sabr V. si quiere abrirnos la puerta.

--Corriente! exclam el capitn; pero tenga V. en cuenta que, a la
ms leve apariencia de traicin, V. y su compaero sern muertos sin
misericordia.

--Y har V. muy bien si falto a la palabra que le doy.

El capitn, despus de haber encomendado a sus compaeros que se
mantuviesen dispuestos para cualquier evento, mand que bajasen el
puente levadizo.

Tranquilo y el Ciervo-Negro entraron.

Ambos iban sin armas, O al menos no las llevaban a la vista.

Ante una prueba tan grande de confianza, el capitn se avergonz de sus
sospechas, y despus que se hubo vuelto a alzar el puente levadizo,
despidi a su escolta y solo conserv junto a s a Bothrel.

--Sganme VV., dijo a los dos forasteros.

Estos se inclinaron sin responder, y caminaron junto a l.

Llegaron a la torre sin haber pronunciado una palabra.

El capitn los introdujo en la sala en que mistress Watt se hallaba
sola y poseda de la ms viva inquietud.

Su marido le hizo una sea para que se retirase; ella le dirigi una
mirada suplicante que el capitn comprendi, porque no insisti, y la
joven permaneci silenciosa en el sitio en que se hallaba.

Tranquilo tena la misma expresin de fisonoma serena y franca que
ya le conocemos; nada en su aspecto pareca demostrar que tuviese
intenciones hostiles respecto de los colonos.

El Ciervo-Negro, por el contrario, estaba, sombro y severo.

El capitn ofreci asientos junto al fuego a sus huspedes.

--Sintense VV., Seores, les dijo, que deben tener necesidad de
calentarse. Vienen VV. a verme como amigos o como enemigos?

--Es ms fcil hacer esa pregunta que contestar a ella, dijo el cazador
con tono bonachn; hasta ahora nuestras intenciones son buenas: V.
mismo, Capitn, decidir la manera en que hemos de separarnos.

--En todo caso, no se negarn VV. a aceptar algn refresco?

--Por ahora ruego a V. que nos dispense, respondi Tranquilo, quien
pareca hallarse encargado de llevar la voz por s y por su compaero;
creo que vale ms resolver desde luego la cuestin que aqu nos trae.

Ya! dijo el capitn, disgustado interiormente por aquella negativa que
nada bueno le presagiaba; entonces hable V., que ya le escucho, y no
depender de m que no quede todo arreglado entre nosotros.

--Lo deseo de todo corazn, Capitn, y con tanto ms motivo cuanto que
si estoy aqu, solo puede ser con el objeto de evitar las consecuencias
de una mala inteligencia o de un momento de arrebato.

El capitn se inclin en seal de agradecimiento, y el canadiense
volvi a tomar la palabra diciendo:

--Es V. un antiguo militar, caballero, y con V. los discursos ms
cortos deben ser los mejores. He aqu, en dos palabras, el motivo que
nos trae: los Pawnees-Serpientes acusan a V. de haberse apoderado, por
traicin, de su aldea, y de haber asesinado a la mayor parte de sus
parientes y amigos. Es cierto?

--Es cierto que me he apoderado de la aldea; pero tena derecho para
hacerlo, puesto que los pieles rojas se negaban a entregrmela; pero
niego que lo haya hecho por traicin: por el contrario, los Pawnees
fueron quienes se condujeron traidoramente conmigo.

--Oh! exclam el Ciervo-Negro levantndose con viveza, el rostro
plido tiene en la boca una lengua embustera!

--Silencio! grit Tranquilo obligndole a ocupar de nuevo su puesto;
djeme V. desenredar esta madeja, que me parece est bastante
embrollada. Perdone V. si insisto, caballero, repuso dirigindose al
capitn; pero la cuestin es grave y la verdad debe ser conocida.
Cuando usted lleg, no fue recibido como amigo por los jefes de la
tribu?

--En efecto, nuestras primeras relaciones fueron amistosas.

--Entonces, por qu llegaron a ser hostiles?

--Ya se lo he dicho a V.: porque contra la fe jurada y la palabra dada
se negaron a cederme el terreno.

--Cmo? Ceder el terreno!

--Seguramente, puesto que me haban vendido el territorio que ocupaban.

--Oh! Oh! Capitn, eso exige explicacin.

--Es muy fcil darla; y para probar la buena fe con que obro en este
asunto, voy a ensear a V. el acta de venta.

El cazador y el Ciervo-Negro cambiaron una mirada de sorpresa.

--Pues ya no lo entiendo, dijo Tranquilo.

--Aguarde V. un instante, repuso el capitn, que voy a buscar ese
documento y se le ensear.

Y sali de la habitacin.

--Oh! Caballero, exclam mistress Watt juntando las manos en ademan
suplicante; trate V. de evitar una contienda.

--Ah! Seora, respondi el cazador con tristeza; segn el aspecto que
van tomando las cosas, lo juzgo muy difcil.

--Vean VV., dijo el capitn entrando en la sala, y les ense el
documento.

A los dos hombres les bast con dirigirle una mirada para conocer el
engao.

--Ese documento es falso, dijo Tranquilo.

--Falso! Es imposible, exclam el capitn lleno de estupor. Entonces
me han engaado de una manera odiosa.

--Es lo que por desgracia ha sucedido en el caso presente!

--Y qu hacemos? murmur maquinalmente el capitn.

El Ciervo-Negro se levant y dijo con majestuoso acento:

--Escuchen los rostros plidos, que un sachem va a hablar.

El canadiense quiso interponerse; pero el jefe le impuso silencio con
un gesto, y prosigui diciendo:

--Mi padre ha sido engaado; es un guerrero justo; su cabeza
est canosa; el Wacondah le ha dado la sabidura; tambin los
Pawnees-Serpientes son justos, quieren vivir en paz con mi padre,
puesto que se halla inocente de la falta que se le imputa y de la cual
debe responder otro.

El principio de este discurso sorprendi agradablemente a los oyentes
del jefe; la joven sobre todo, al or aquellas palabras, sinti que su
inquietud iba desapareciendo y que la alegra renaca en su corazn.

--Los Pawnees-Serpientes, continu el sachem, restituirn a mi padre
todas las mercancas que le han sido estafadas; l, por su parte, se
comprometer a abandonar los territorios de caza de los Pawnees y a
retirarse en compaa de todos los rostros plidos que han venido con
l; los Pawnees renunciarn a la venganza que queran tomar por el
asesinato de sus hermanos, y el hacha de guerra ser enterrada entre
los pieles rojas y los rostros plidos del Oeste. He dicho.

Despus de estas palabras hubo un momento de silencio.

Los circunstantes estaban llenos de estupor. Aquellas condiciones eran
inaceptables, y por lo tanto, la guerra llegaba a ser inminente.

--Qu responde mi padre? pregunt el jefe al cabo de un instante.

--Ay de m! Jefe, respondi el capitn con dolor, no puedo aceptar
tales condiciones, es imposible. Lo ms que puedo hacer es duplicar el
precio que antes pagu.

El jefe se encogi de hombros desdeosamente y dijo con una sonrisa de
desprecio:

--El Ciervo-Negro se haba equivocado; los rostros plidos tienen
verdaderamente la lengua partida.

Fue imposible hacer comprender al sachem la verdadera situacin de las
cosas: con esa obstinacin ciega que caracteriza a su raza, nada quiso
or, y cuanto ms intentaron probarle que estaba equivocado, ms se
convenci de que la razn estaba de su parte.

A una hora avanzada de la noche se retiraron el canadiense y el
Ciervo-Negro, acompandoles el capitn hasta los atrincheramientos.

Cuando hubieron salido, Jaime Watt se volvi muy pensativo a la torre.
En el umbral de la puerta tropez con un objeto bastante voluminoso y
se baj para ver lo que era.

--Oh! exclam al levantarse, Con que realmente quieren la guerra?
Vive Dios! Ya aprendern a conocerme.

El objeto con que haba tropezado el capitn era un haz de flechas
atadas con una piel de serpiente; los dos extremos de esta piel y las
puntas de las flechas estaban teidas en sangre.

El Ciervo-Negro, al retirarse, haba dejado caer detrs de s la
declaracin de guerra.

Toda esperanza de paz quedaba desvanecida, y era preciso disponerse
para combatir.

Pasado el primer momento de estupor, el capitn recobr su sangre fra,
y aunque todava no haba amanecido, hizo que despertasen a todos los
colonos y los reuni delante de la torre con el fin de celebrar consejo
y discurrir los medios de neutralizar el peligro que amenazaba a la
colonia.




IX.

LOS PAWNEES SERPIENTES.


Aclararemos ahora algunos puntos de esta narracin que pueden parecerle
oscuros al lector.

Los pieles rojas, por grandes que sean sus defectos, profesan a las
comarcas en que han nacido un cario que raya en fanatismo y al que
nada puede sustituir.

Cara de Mono no haba mentido cuando dijo al capitn Jaime Watt que l
era uno de los jefes principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes:
esto era muy cierto; solo que se haba guardado muy bien de revelarle
la razn por la cual le haban expulsado de la tribu.

Pero esta razn ha llegado ya el momento de decir cual fue.

Cara de Mono no solo se hallaba dotado de una ambicin desenfrenada,
sino que tambin, cosa bastante extraordinaria en un indio, estaba
completamente desprovisto de creencias religiosas y de esas debilidades
y esa credulidad supersticiosa a que son por dems accesibles sus
compatriotas; adems era un hombre sin fe, sin honor y de costumbres
ms que de pravedad.

Habiendo sido llevado muy joven a las ciudades de la Unin americana,
tuvo ocasin de ver de cerca la civilizacin excntrica de los
Estados Unidos: incapaz de comprender lo bueno y lo malo de aquella
civilizacin, y de mantenerse en un justo lmite, como sucede siempre
en tales circunstancias, se haba dejado seducir por lo que ms
halagaba a sus inclinaciones y gustos, y de las costumbres de los
blancos solo haba tomado lo que deba terminar y completar su precoz
depravacin.

Por eso, cuando se hall de regreso en su tribu, sus costumbres y su
lenguaje estuvieron en tan total desacuerdo con lo que se haca y se
deca en torno suyo, que no tard en excitar el menosprecio y el odio
de sus compatriotas.

Sus enemigos ms encarnizados fueron naturalmente los sacerdotes, es
decir, los brujos, a quienes en varias ocasiones haba tratado de poner
en ridculo.

Desde el momento en que Cara de Mono se hubo malquistado con el
omnipotente partido de los brujos, se hundieron sus proyectos
ambiciosos; todas sus intrigas fracasaron, pues una oposicin sorda
derribaba constantemente los proyectos que l formaba en el mismo
momento en que crea verlos alcanzar buen xito.

Durante un espacio de tiempo bastante largo, el jefe, no sabiendo a
quien culpar, se mantuvo prudentemente en la defensiva, vigilando
de una manera activa los pasos de sus enemigos, y aguardando con la
paciencia astuta que constitua el fondo de su carcter a que la
casualidad llegase a revelarle el nombre del hombre en quien deba
recaer su venganza. Como todas sus medidas estaban muy bien tomadas,
no tard en descubrir que aquel a quien deba atribuir los continuos
descalabros que sufra, no era sino el brujo principal de la tribu.

Este brujo era un anciano querido y respetado de todos por razn de
su sabidura y su bondad. Cara de Mono disimul su odio durante algn
tiempo; pero un da en pleno consejo, a consecuencia de una discusin
bastante fuerte, se dej arrebatar por la ira, y precipitndose sobre
el desventurado anciano, le dio de pualadas delante de todos los
jefes de su tribu, sin que los circunstantes pudiesen oponerse a la
realizacin de su intento.

El asesinato del brujo llev a su colmo el horror que inspiraba aquel
miserable; en el acto los jefes le expulsaron del territorio de la
nacin, negndole el fuego y el agua, y amenazndole con los mayores
castigos si se atreva a presentarse delante de ellos.

Cara de Mono, harto dbil para resistirse a la ejecucin de esta
sentencia, se alej con el corazn henchido de rabia y profiriendo las
amenazas ms terribles.

Ya hemos visto de qu manera se veng vendiendo el territorio de su
tribu a los americanos, y causando as la ruina de los que le haban
castigado. Pero tan luego como hubo conseguido esa venganza que por
tanto tiempo anhelara, se verific una trasformacin singular en el
corazn de aquel hombre. La vista de aquella comarca en que l naci y
en donde descansaban las cenizas de sus padres despert en l, con suma
intensidad, el sentimiento de la patria, sentimiento que juzgaba ya
muerto y que solo estaba adormecido en el fondo de su corazn.

La vergenza por la accin odiosa que haba cometido entregando a
los enemigos de su raza los territorios de caza que l mismo haba
recorrido con plena libertad durante tanto tiempo, el encarnizamiento
con que los americanos se ocupaban en variar el aspecto de la comarca
y en destruir sus rboles seculares, cuya sombra haba cobijado los
consejos celebrados por su nacin, todas estas razones reunidas le
haban hecho reflexionar; y desesperado por el sacrilegio que el odio
le impulsara a cometer, procur acercarse de nuevo a sus compatriotas
con el fin de ayudarles a recobrar lo que por su culpa haban perdido.

Es decir resolvi hacer traicin a los amigos nuevos en provecho de los
antiguos.

Aquel hombre se hallaba desventuradamente lanzado a una senda fatal en
la que cada paso que daba deba ser sealado por un crimen.

Le fue ms fcil de lo que pensaba el ponerse de nuevo en contacto con
sus compatriotas. Estos vagaban dispersos y llenos de desesperacin por
los bosques inmediatos a la colonia.

Cara de Mono se present audazmente a ellos; se guard muy bien
de revelarles que l era la nica causa de las desgracias que les
abrumaban. Por el contrario, les expuso como un mrito su regreso,
dicindoles que la noticia de las calamidades que de improviso haban
cado sobre ellos era la causa exclusiva de su llegada; que si hubiesen
continuado siendo felices, nunca le habran visto; pero que ante
una catstrofe tan espantosa como la que les haba abrumado, todo
sentimiento deba desaparecer y ceder el puesto a la venganza comn que
era preciso tomar de los rostros plidos, esos implacables y eternos
enemigos de la raza roja.

En resumen, supo hacer tan bello alarde de buenos sentimientos,
supo presentar bajo un aspecto tan favorable el paso que daba en
aquel momento, que consigui engaar completamente a los indios,
y persuadirles de la pureza de sus intenciones y de su buena fe.
Entonces, con la diablica inteligencia de que se hallaba dotado,
urdi una vasta trama contra los americanos, trama en la cual tuvo
la habilidad de hacer que entrasen otros pueblos indios aliados de
su tribu, y al paso que en la apariencia segua siendo amigo de los
colonos, organiz y prepar silenciosamente su completa ruina.

La influencia que en poco tiempo haba logrado adquirir sobre su tribu
era inmensa; solo tres hombres conservaban contra l una desconfianza
instintiva, y vigilaban con el mayor cuidado todos sus actos: estos
tres hombres eran el cazador canadiense Tranquilo, el Ciervo-Negro y el
Zorro-Azul.

Tranquilo no acertaba a explicarse la conducta del jefe: le pareca
extraordinario que este hombre hubiese llegado a ser tan amigo de los
americanos: varias veces le haba pedido explicaciones acerca de esto;
pero Cara de Mono nunca le respondi sino de una manera ambigua, o bien
eludi la cuestin.

Tranquilo, cuyas sospechas se acrecentaban de da en da, y que tena
empeo en saber de un modo positivo a que atenerse respecto de aquel
hombre cuyos manejos le parecan cada vez ms sospechosos, consigui
que en el gran consejo de la nacin le designasen con el Ciervo-Negro
para ir a llevar la declaracin de guerra al capitn Watt.

A Cara de Mono le disgust la eleccin de los enviados, pues saba que
eran secretamente enemigos suyos; pero disimul su resentimiento con
tanto ms motivo, cuanto que las cosas estaban demasiado adelantadas ya
para retroceder, y todo se hallaba dispuesto para la expedicin.

As pues, Tranquilo y el Ciervo-Negro partieron con el encargo de
declarar la guerra a los rostros plidos.

--O mucho me equivoco, deca el canadiense a su amigo mientras iban
andando, o estoy seguro de que vamos a saber algo nuevo acerca de Cara
de Mono.

--Lo cree V. as?

--Apostara cualquier cosa. Estoy convencido de que el muy tuno juega
con dos barajas, y nos est engaando a todos en provecho suyo.

--No tengo gran confianza en l; pero no puedo creer que lleve tan
lejos su descaro.

--Muy pronto sabremos a que atenernos; pero en todo caso promtame V.
una cosa.

--Cul es?

--La de que solo yo he de hablar. S mejor que V. la manera en que es
preciso obrar con los rostros plidos del Oeste.

--Corriente, respondi el Ciervo-Negro, obrar V. como mejor le plazca.

Cinco minutos despus llegaron a la colonia. Ya hemos referido en el
captulo precedente la manera en que fueron recibidos, y lo que pas
entre ellos y el capitn Watt.

Esa costumbre de declarar la guerra a sus enemigos, establecida entre
los indios a quienes en Europa se acostumbra a considerar como salvajes
estpidos, puede parecer extraordinaria; pero no hay que equivocarse:
los pieles rojas tienen un carcter eminentemente caballeresco, y a no
ser que se trate de una _razzia_, es decir, de un robo de caballos o
de ganados, nunca atacarn a un enemigo sin habrselo advertido con
anticipacin a fin de que est en guardia.

Por lo dems, ese espritu caballeresco hbilmente explotado por los
norteamericanos, quienes, debemos confesarlo para su vergenza eterna,
carecen por completo de l, es l que ha valido a los blancos la mayor
parte de las victorias conseguidas sobre los pieles rojas.

A poca distancia de la colonia encontraron los dos hombres sus
caballos, que haban dejado maneados. Montaron y se alejaron con
rapidez.

--Vamos! dijo Tranquilo, qu piensa V. de todo esto?

--Mi hermano tena razn: Cara de Mono siempre nos ha hecho traicin;
es evidente que ese documento emana de l.

--Qu piensa V. hacer?

--Todava no lo s; quizs sera peligroso arrancarle la mscara en
este momento.

--No opino como V., jefe; la presencia de ese traidor entre nosotros no
puede menos de perjudicar a nuestra causa.

--Vemosle venir ante todo.

--Corriente, pero permtame V. una observacin.

--Ya escucho a mi hermano.

--Cmo es que, despus de haber conocido la falsedad del acta de
venta, se ha obstinado V. en declarar la guerra a ese Cuchillo Largo
del Oeste, puesto que est probado que ha sido engaado por Cara de
Mono?

El jefe se sonri de una manera astuta, y dijo:

--El rostro plido se ha dejado engaar porque le convena.

--No le entiendo a V., jefe.

--Voy a explicarme. Sabe mi hermano como se hace una venta de terreno?

--En verdad que no. Confieso que, como por mi parte hasta ahora nunca
he tenido ningn terreno que vender ni comprar, no me he cuidado de eso
en manera alguna.

--Ooah! Entonces voy a decrselo a mi hermano.

--Me alegro mucho. Lo que ms deseo es instruirme, y luego eso podr
servirme en alguna ocasin, dijo el canadiense riendo.

--Cuando un rostro plido quiere comprar el territorio de caza de una
tribu, va a buscar a los sachems principales de la nacin, y despus
de haber fumado en el consejo la pipa de paz, les expone su peticin:
las condiciones son discutidas: si las dos partes contratantes se
ponen de acuerdo, el brujo principal de la nacin dibuja un plano del
territorio; el rostro plido entrega las mercancas; todos los jefes
ponen su jeroglfico al pie del plano; los rboles son sealados con el
hacha; se establecen las fronteras, e inmediatamente toma posesin el
comprador.

--Vamos, dijo Tranquilo, eso es muy sencillo.

--En qu consejo ha fumado la pipa el jefe de la Cabeza Gris? Dnde
estn los sachems que han tratado con l? Que me ensee los rboles que
han sido sealados.

--En efecto, creo que eso le sera difcil, repuso el cazador.

--Cabeza Gris, continu diciendo el jefe, saba que Cara de Mono le
engaaba; pero el territorio le convena y contaba con la fuerza de las
armas para mantenerse en l de buen o mal grado.

--Es probable.

--Vencido por la evidencia y conociendo demasiado tarde que ha obrado
de una manera inconsiderada, ha credo resolver todas las dificultades
ofrecindonos algunos bultos ms de mercancas. Cundo han tenido los
rostros plidos una lengua recta y honrada?

--Gracias, dijo el cazador riendo.

--No hablo de la nacin de mi hermano, que nunca he tenido que
quejarme de ella: solo me refiero a los Cuchillos Largos del Oeste.
Sigue creyendo mi hermano que he hecho mal en dejar caer las flechas
ensangrentadas?

--Quizs en esta ocasin, jefe, haya V. sido un poco precipitado y se
habr dejado arrebatar por la clera; pero tiene V. tantos motivos para
aborrecer a los norteamericanos que no me atrevo a censurarle.

--Segn eso, puedo contar con la cooperacin de mi hermano?

--Por qu se lo he de negar a V., jefe? Su causa sigue siendo la que
era, es decir, justa. Es deber mo ayudarle, y lo har, suceda lo que
quiera.

--Och! Doy gracias a mi hermano; su rifle nos ser muy til.

--Hemos llegado: ya es tiempo de adoptar una determinacin respecto de
Cara de Mono.

--Ya est tomada, respondi el jefe lacnicamente.

En aquel momento desembocaron en una vasta explanada en cuyo centro
haba varias hogueras encendidas.

Quinientos guerreros indios, pintados y arpados como para entrar en
combate, estaban tendidos sobre la yerba en diferentes puntos, mientras
que sus caballos, enjaezados y preparados, estaban maneados y coman su
pienso.

En torno de la hoguera principal se hallaban colocados varios jefes que
fumaban silenciosamente.

Los dos jinetes que llegaban echaron pie a tierra y se dirigieron con
rapidez hacia aquella hoguera, por delante de la cual se paseaba con
agitacin Cara de Mono.

Ambos se colocaron junto a los dems jefes y encendieron sus pipas;
aunque todos aguardaban su llegada con impaciencia, nadie les
interrog, pues la etiqueta india se opone a que un jefe tome la
palabra antes de acabar de fumar su pipa.

Cuando el Ciervo-Negro hubo concluido, sacudi las cenizas de la pipa,
se la puso al cinto y dijo:

--La orden de los sachems est cumplida; las flechas ensangrentadas han
sido entregadas a los rostros plidos.

Al or esta noticia, los jefes inclinaron la cabeza en seal de
satisfaccin.

Cara de Mono se acerc y pregunt:

--Ha visto mi hermano el Ciervo-Negro a Cabeza Gris?

--S, respondi el jefe secamente.

--Qu piensa mi hermano? repuso Cara de Mono insistiendo.

El Ciervo-Negro le dirigi una mirada torva: y replic:

--Qu importa en este momento el pensamiento del jefe, puesto que el
consejo de los sachems ha resuelto la guerra?

--Las noches son largas, dijo entonces el Zorro-Azul; se van a quedar
mis hermanos aqu fumando?

Tranquilo tom la palabra y dijo:

--Los Grandes Cuchillos estn sobre aviso, en este momento velan;
vuelvan mis hermanos a montar a caballo y retrense, que la hora no es
propicia.

Los jefes hicieron un ademn de asentimiento.

--Ir de descubierta, dijo Cara de Mono.

--Bueno! respondi el Ciervo-Negro con una sonrisa feroz, mi hermano
es hbil, ve muchas cosas y nos dar noticias.

Cara de Mono se dispuso a montar en un caballo que un guerrero le
llevaba; pero de improviso el Ciervo-Negro se levant, se precipit
sobre l, y apoyndole rudamente una mano en un hombro, le oblig a
caer de rodillas en el suelo.

Los guerreros, sorprendidos por esta agresin sbita, cuyo motivo no
adivinaban, cambiaban entre s miradas de sorpresa, aunque sin hacer el
ms leve movimiento para interponerse entre los dos jefes.

Cara de Mono levant bruscamente la cabeza, e intentando desembarazarse
de la frrea presin que le tena clavado al suelo, dijo:

--Turba por ventura el Espritu del mal el cerebro de mi hermano?

El Ciervo-Negro se sonri de una manera siniestra, y sacando de su
cinto el cuchillo de desollar crneos, dijo con voz sombra:

--Cara de Mono es un traidor: ha vendido sus hermanos a los rostros
plidos y va a morir.

El Ciervo-Negro, a ms de ser un guerrero afamado, tena en la tribu
una merecida reputacin de sabidura y de lealtad; nadie puso en duda
la acusacin que acababa de pronunciar, pues adems haca mucho tiempo
que conocan a Cara de Mono, desgraciadamente para l.

El Ciervo-Negro alz su cuchillo, cuya hoja azulada, herida por los
reflejos de la llama de la hoguera, produjo un relmpago siniestro;
pero Cara de Mono, haciendo un esfuerzo supremo, logr desembarazarse,
salt como una fiera y desapareci entre los matorrales, lanzando una
carcajada estridente.

El cuchillo haba resbalado, y solo cort un poco las carnes sin causar
herida grave al astuto y diestro indio.

Hubo un momento de estupor, y luego todos se levantaron tumultuosamente
para lanzarse en persecucin del fugitivo.

--Deteneos! exclam Tranquilo con voz fuerte; ahora es ya demasiado
tarde. Apresuraos a atacar a los rostros plidos antes de que ese
miserable haya tenido tiempo para avisarlos, porque sin duda medita ya
nuevas traiciones.

Los jefes reconocieron la conveniencia de este consejo, y los indios se
prepararon para el combate.




X.

LA BATALLA.


Entre tanto, segn dijimos anteriormente, el capitn Watt haba reunido
delante de la torre a todos los individuos de la colonia.

El nmero de los combatientes ascenda a sesenta y dos, comprendidas
las mujeres.

A las seoras europeas puede parecerles singular que contemos a las
mujeres en el nmero de los combatientes; en efecto, en el viejo mundo
ha pasado para siempre, por fortuna, el tiempo de las Marfisas y las
Bradamantas, y merced al creciente progreso de la civilizacin, el
bello sexo no se ve reducido a competir en valor con los hombres.

En la Amrica septentrional, en la poca en que pasaba nuestra
historia, y an hoy en da en las praderas y en los desmontes, no
sucede as: muchas veces, cuando el grito de guerra de los indios llega
a resonar sbitamente en los odos de los colonos, las mujeres se ven
obligadas a abandonar las labores propias de su sexo para coger un
rifle con sus manos delicadas y consagrarse con resolucin a la comn
defensa.

En caso necesario podramos citar muchas de esas heronas de dulce
mirada y ojos de ngel que, en ocasiones dadas, han cumplido
valerosamente con su deber de guerreras, y han peleado como verdaderos
diablillos contra los indios.

Mistress Watt no era una herona, ni con mucho, pero era hija y
mujer de militares; haba nacido y se haba criado en la frontera
india; varias veces oli la plvora y vio correr la sangre, y adems
era madre. Se trataba de defender a sus hijos; toda su timidez haba
desaparecido para ser sustituida por una resolucin enrgica y fra.

Su ejemplo haba electrizado a las dems mujeres de la colonia, y todas
se haban armado, resueltas a combatir al lado de sus maridos y de sus
padres.

Repetimos, pues, que, entre hombres y mujeres, el capitn tena en
torno suyo sesenta y dos combatientes.

Intent disuadir a su mujer de que tomase parte en la lucha; pero
aquella dulce criatura, a quien hasta entonces haba visto tan tmida
y obediente, se neg terminantemente a renunciar a su propsito, y el
capitn se vio precisado a dejarla obrar a su antojo.

Entonces adopt sus disposiciones de defensa. Veinticinco hombres
fueron distribuidos por los atrincheramientos bajo las rdenes de
Bothrel. El capitn se reserv el mando de una partida de veinticuatro
cazadores, destinada a acudir a los puntos que se hallasen ms
expuestos. Las mujeres, bajo las rdenes de mistress Watt, quedaron
custodiando la torre, en donde fueron colocados los enfermos y los
nios. Luego aguardaron la llegada de los indios.

Era prximamente la una de la madrugada cuando el cazador canadiense
y el jefe Pawnee se marcharon de la colonia. A las dos y media todo
estaba ya dispuesto para la defensa.

El capitn hizo su ltima ronda en torno de los atrincheramientos
para cerciorarse de que todo se hallaba en orden; y despus de haber
mandado apagar todos los fuegos, sali secretamente de la colonia por
una puertecita practicada en los atrincheramientos, y que solo l y el
sargento Bothrel conocan.

Echaron una tabla sobre el foso, y el capitn pas seguido tan solo de
Bothrel y de un cazador llamado Bob, mozo resuelto y robusto a quien ya
hemos tenido ocasin de mencionar.

La tabla fue escondida con el mayor cuidado a fin de que sirviese a la
vuelta, y los tres hombres se deslizaron como fantasmas en medio de la
oscuridad de la noche.

Cuando hubieron llegado a un centenar de metros de la colonia, el
capitn se detuvo.

--Seores, les dijo en voz tan baja, que tuvieron que inclinarse hacia
l para orle, les he escogido a VV. porque la expedicin que vamos a
intentar es peligrosa, y necesitaba tener conmigo hombres resueltos.

--De qu se trata? pregunt Bothrel.

--La noche est tan oscura, que esos malditos paganos, si quisieran,
podran llegar hasta la misma orilla del foso sin que nos fuese dado
verlos. As pues, he resuelto prender fuego a los rboles cortados y
amontonados de trecho en trecho, y a las races reunidas tambin en
montones. En ocasiones dadas es preciso saber hacer sacrificios. Esas
hogueras que ardern durante mucho tiempo, derramarn una claridad
resplandeciente que nos permitir distinguir a nuestros enemigos a
gran distancia y dirigirles certeros tiros.

--La idea es excelente, respondi Bothrel.

--S, respondi el capitn; solo que no se nos debe ocultar que es
en extremo peligrosa. Es indudable que los exploradores indios se
hallan ya desparramados por la llanura, acaso muy cerca de nosotros; y
cuando estn ya encendidas dos o tres hogueras, si nosotros los vemos,
tampoco ellos dejarn de vernos. Cada uno de nosotros se va a proveer
de los objetos necesarios, y con la rapidez de nuestros movimientos
procuraremos frustrar las tretas de esos demonios. Acurdense VV. de
que obraremos aisladamente, y de que cada uno de nosotros tiene que
encender cuatro o cinco hogueras; por lo tanto no debemos contar unos
con otros. Manos a la obra!

Distribuyronse entre los hombres los combustibles y las materias
inflamables, y se separaron.

Cinco minutos ms tarde brill una chispa, luego otra, despus otra, al
cabo de un cuarto de hora haba diez hogueras encendidas.

Dbiles al pronto, pareci que vacilaban durante algunos instantes;
luego creci la llama, tom consistencia, y muy pronto toda la llanura
se vio iluminada por el reflejo sangriento de aquellas antorchas
inmensas.

El capitn y sus compaeros haban sido ms afortunados de lo que
esperaban en su expedicin; pues consiguieron incendiar los montones de
madera desparramados por el valle sin llamar la atencin de los indios.
Se apresuraron a regresar a todo correr a los atrincheramientos. Ya
era tiempo, porque de improviso reson detrs de ellos un grito de
guerra terrible y apareci en el lindero del bosque una tropa numerosa
de guerreros indios que corran a rienda suelta y blandan sus armas
cual una legin de demonios.

Pero llegaron demasiado tarde para apoderarse de los americanos, pues
estos haban pasado el foso y se hallaban al abrigo de sus golpes.

Una descarga de fusilera salud la llegada de los indios: varios
cayeron del caballo y los dems volvieron grupas y se alejaron con
precipitacin.

El combate estaba empeado, pero ya le importaba muy poco al capitn:
merced a su feliz ocurrencia era imposible una sorpresa, porque se vea
como si fuese de da.

Hubo un momento de descanso, que los americanos aprovecharon para
volver a cargar sus armas.

Los colonos haban tenido un momento de inquietud al ver encenderse
unas en pos de otras, en la pradera, aquellas hogueras inmensas;
creyeron que era un ardid de los indios; pero muy luego quedaron
desengaados con el regreso del capitn; y al contrario, se felicitaron
por aquella inspiracin magnfica que les permita asestar tiros
certeros.

Sin embargo, los Pawnees no haban renunciado a su proyectado ataque, y
segn toda probabilidad, solo se retiraban para deliberar.

El capitn, con un hombro apoyado en la empalizada, examinaba
atentamente la llanura desierta, cuando le pareci observar un
movimiento desusado en un sembrado de trigo bastante extenso situado a
unos dos tiros de fusil de la colonia.

--Alerta! dijo; el enemigo se acerca.

Cada cual puso el dedo en el gatillo.

De improviso se oy un gran ruido, y la pila de madera ms lejana se
hundi con estrpito lanzando millares de chispas.

--Vive Dios! exclam el capitn, hay en eso alguna diablura india: es
imposible que esa pila enorme de lea est ya consumida.

En el mismo instante se hundi otra, y despus otra, y otra, hasta
cuatro.

Ya no quedaba duda alguna acerca de la causa de aquellos hundimientos
sucesivos: los indios, cuyos movimientos se hallaban neutralizados por
la luz que derramaban aquellos faros monstruosos, haban adoptado la
sencilla determinacin de apagarlos, lo cual pudieron hacer con entera
seguridad porque aquellos fuegos estaban fuera del alcance de los tiros.

Apenas caa la lea al suelo, la dispersaban por todos lados y la
apagaban con bastante facilidad.

Esta medida haba permitido a los indios que se acercasen algn tanto a
las empalizadas sin ser vistos.

Sin embargo, no todos los montones de lea estaban derribados; los que
an quedaban se hallaban todos bastante prximos a la plaza para ser
defendidos por los fuegos de esta.

A pesar de todo, los Pawnees intentaron apagarlos.

Pero entonces comenz de nuevo el fuego de fusilera, y las balas
cayeron como una granizada sobre los sitiadores, que despus de
haberse sostenido durante algunos minutos, se vieron obligados al fin
a emprender la fuga, porque no puede darse el nombre de retirada a la
precipitacin con que se alejaron.

Los americanos se echaron a rer y comenzaron a silbar a los fugitivos.

--Creo, observ Bothrel en tono de broma, que esas buenas gentes
encuentran nuestra sopa demasiado caliente y sienten haber venido a
probarla.

--En efecto, contest el capitn, esta vez no parece que se hallen
dispuestos a volver.

El capitn se equivocaba, porque en aquel mismo instante los indios
volvan a rienda suelta.

Nada pudo contenerlos, y a pesar del fuego de fusilera, al cual
desdearon responder, llegaron hasta la orilla del foso.

Verdad es que, cuando hubieron llegado all, volvieron grupas y se
marcharon con la misma rapidez con que haban venido, pero no sin dejar
sembrados en su camino numerosos cadveres desapiadadamente derribados
por las balas americanas.

Pero el proyecto de los Pawnees haba alcanzado buen xito, y los
blancos observaron demasiado tarde, con gran disgusto, que se haban
apresurado por dems a alegrarse de su fcil triunfo.

Cada jinete Pawnee llevaba a la grupa un guerrero que, llegado al foso,
haba echado pie a tierra, y aprovechando la confusin y el humo que
impedan fuese visto, se haba guarecido ms o menos bien detrs de
los troncos derribados y de los accidentes del terreno, tanto que,
cuando el humo se hubo disipado, en el momento en que los americanos se
inclinaban por encima de la empalizada para examinar los resultados de
la carga ejecutada por sus enemigos, fueron saludados a su vez por una
descarga de fusilera y de largas flechas acanaladas que derribaron a
quince hombres.

Hubo un movimiento de desatentado terror entre los blancos al sufrir
aquel ataque verificado por enemigos invisibles.

Quince hombres menos de un solo golpe eran una prdida terrible para
los colonos; el combate adquira serias proporciones que amenazaban
degenerar en derrota, porque los indios nunca haban desplegado tanta
energa ni encarnizamiento en un ataque.

No haba medio de vacilar: a toda costa era preciso desalojar a
aquellos enemigos audaces del puesto en que tan temerariamente se
haban emboscado.

El capitn se decidi a hacerlo.

Reuniendo unos veinte hombres resueltos, mientras los dems vigilaban
en las empalizadas, mand bajar el puente levadizo y se lanz
intrpidamente fuera.

Entonces los enemigos se batieron al arma blanca y lucharon cuerpo a
cuerpo.

La pelea se torn horrible: los blancos y los pieles rojas, enlazados
como serpientes, ebrios de coraje y cegados por el odio, procuraban
mutuamente darse de pualadas.

De improviso una claridad inmensa ilumin aquella escena de carnicera,
y en la colonia resonaron gritos de terror.

El capitn volvi la cabeza y lanz un grito de desesperacin al
contemplar el espectculo horrible que se ofreca ante su vista.

La torre y los edificios principales estaban ardiendo; a la claridad de
las llamas se vea a los indios saltar como demonios persiguiendo a los
defensores de la colonia que, agrupados en varios puntos, intentaban
todava una resistencia casi imposible.

He aqu lo que haba sucedido.

Mientras que el Ciervo-Negro, el Zorro-Azul y los dems jefes
principales de los Pawnees intentaban el ataque por el frente de la
colonia, Tranquilo, seguido de Quoniam y de unos cincuenta guerreros
escogidos, se embarc en unas piraguas de piel de bisonte, baj
silenciosamente por el ro y fue a desembarcar en la misma colonia sin
dar la ms leve alarma, por la sencilla razn de que los americanos no
podan temer de ningn modo una sorpresa por la parte del Misuri.

Sin embargo, debemos hacer al capitn la justicia de decir que no
haba dejado indefenso aquel punto; coloc all centinelas, pero
desgraciadamente, en el desorden que sigui a la ltima carga de los
indios, los centinelas, creyendo que nada tenan que temer por aquella
parte, haban abandonado su puesto para acudir a donde juzgaban que el
peligro era ms apremiante, y ayudar a sus compaeros a rechazar al
enemigo.

Esta falta imperdonable perdi a los defensores de la colonia.

Tranquilo desembarc sin disparar un tiro.

Los Pawnees, tan luego como hubieron entrado en la colonia, arrojaron
teas incendiarias a los edificios construidos todos con madera, y
lanzando su grito de guerra, se precipitaron sobre los americanos, a
quienes cogieron por retaguarda colocndolos as entre dos fuegos.

Tranquilo, Quoniam y algunos guerreros que no se haban separado de
ellos, se dirigieron a la torre.

Mistress Watt, aunque atacada por sorpresa, se dispuso para defender
valerosamente el puesto confiado a su custodia.

El canadiense se acerc a ella con las manos alzadas al cielo en seal
de paz y exclam:

--Rndanse VV., en nombre del cielo, o quedan perdidas: la colonia ha
cado en nuestro poder.

--No! respondi la joven resueltamente; no me rendir a un villano que
hace traicin a sus hermanos para abrazar el partido de los indios.

--Es V. injusta para conmigo, replic el cazador con tristeza; vengo a
salvar a V.

--No quiero ser salvada por V.

--Mujer desventurada! Si no lo hace V. por s, hgalo al menos por sus
hijos; mire V., ya est ardiendo la torre.

La joven alz los ojos, lanz un grito de horror y se precipit llena
de desconsuelo en el interior del edificio.

Las dems mujeres, fiando en la palabra del cazador, no intentaron
resistirse y entregaron sus armas.

Tranquilo confi la custodia de aquellas pobres mujeres a Quoniam,
agregndole algunos guerreros, y se alej rpidamente con la intencin
de hacer cesar la carnicera que continuaba en todos los puntos de la
colonia.

Quoniam entr en la torre, en donde encontr a mistress Watt medio
asfixiada y estrechando a sus hijos en sus brazos con inaudita fuerza.
El buen negro carg a la joven sobre sus robustos brazos; y reuniendo a
todas las mujeres y los nios, los condujo a las orillas del Misuri, a
fin de ponerlos fuera del alcance del fuego y esperar a que el combate
concluyese, sin exponer a las prisioneras al furor de los vencedores.

A la sazn, aquello no era ya un combate sino una carnicera, a la que
an hacan ms espantosa los brbaros refinamientos de los indios que
se encarnizaban con indecible rabia contra sus desventurados enemigos.

El capitn, Bothrel, Bob y unos veinte americanos, los nicos colonos
que an estaban vivos, reunidos en el centro de la explanada, se
defendan con la energa de la desesperacin contra una nube de indios,
resueltos a dejarse matar antes que caer en manos de los feroces
Pawnees.

Sin embargo, Tranquilo, a fuerza de splicas y arrostrando mil
peligros, consigui hacer que depusiesen las armas y que cesase por fin
la carnicera.

De pronto se oyeron gritos, llantos y splicas hacia la parte del ro.

El cazador se lanz rpidamente hacia all, agitado por un
presentimiento sombro.

El Ciervo-Negro y sus guerreros le seguan. Cuando llegaron al sitio en
que Quoniam haba reunido a las mujeres, se ofreci ante su vista un
espectculo espantoso.

Mistress Watt y otras tres mujeres yacan sin movimiento en el suelo en
medio de un charco de sangre. Quoniam estaba tendido delante de ellas,
con dos heridas, una en la cabeza y otra en el pecho.

Fue imposible obtener de las dems mujeres ningn dato acerca de lo que
haba pasado, porque estaban casi locas de terror.

Los hijos del capitn haban desaparecido!




XI.

LA VENTA DEL POTRERO.


Usando ahora de nuestro privilegio de novelistas, trasladaremos la
escena de nuestro relato al Texas, y volveremos a tomar nuestra
historia unos diecisis aos despus de los acontecimientos referidos
en el captulo anterior.

El alba comenzaba a teir las nubes con sus nacaradas tintas,
las estrellas se apagaban unas en pos de otras en las sombras
profundidades del cielo; y en la ltima lnea azul del horizonte,
un reflejo de un color rojo vivo, precursor de la salida del sol,
anunciaba que tardara muy poco en ser de da. Los millares de pjaros
invisibles, frioleramente cobijados en la enramada, se despertaban de
repente y entonaban alegres su melodioso concierto matutino, mientras
que los aullidos de las fieras, al retirarse de beber y regresar con
lento paso a sus inexploradas guaridas, se iban tornando cada vez ms
sordos y oscuros.

En aquel momento se levant la brisa; se engolf en la densa nube de
vapores que, a la salida del sol, se exhalan de la tierra en aquellas
regiones intertropicales, la hizo revolotear un instante, la desgarr
y la disip por el espacio, haciendo aparecer sin transicin, cual una
decoracin de teatro, el paisaje ms delicioso que puede imaginar el
alma soadora de un pintor o de un poeta.

En Amrica, sobre todo, es donde parece que la Providencia se ha
complacido en prodigar los efectos ms imponentes de paisaje, variando
hasta lo infinito los contrastes y las armonas de aquella naturaleza
poderosa que solo all se encuentra.

En el seno de una inmensa llanura, rodeada completamente por la poblada
enramada de una selva virgen, se dibujaban los caprichosos giros de
un camino arenoso, cuyo color amarillento se destacaba de un modo
agradable sobre el verde oscuro de las crecidas yerbas y el blanco
plateado del agua de un ro angosto al que los primeros rayos del
sol hacan resplandecer cual un conjunto de pedrera. Cerca del ro,
prximamente en el centro de la llanura, se alzaba una casa blanca con
columnas que formaban un prtico, y con un tejado encarnado.

Esta casa, coquetamente tapizada con plantas trepadoras que se
extendan en anchos mechones por sus paredes, era una venta u hostera,
edificada en lo alto de una leve eminencia. Llegbase a ella por una
pendiente insensible, y merced a su posicin, dominaba aquel paisaje
inmenso y grandioso, como el que abarca con su vista el cndor cuando
se cierne cerca de las nubes.

Delante de la puerta de la venta, unos veinte vagones, pintorescamente
agrupados, acababan de ensillar sus caballos, mientras que unos
arrieros se ocupaban presurosos en cargar siete u ocho mulas.

En el camino, algunas millas ms all de la venta, se vean, como
puntos negros casi imperceptibles, varios jinetes que se alejaban con
rapidez, y estaban prximos a internarse en la selva de que hemos
hablado, selva que se elevaba gradualmente y estaba dominada por
una faja de altas montaas, cuyas cumbres fragosas y escarpadas se
confundan casi con el azul del cielo.

Se abri la puerta de la venta, y un oficial joven sali tarareando; le
acompaaba un fraile gordo y rollizo, provisto de un voluminoso abdomen
y de una cara muy alegre; detrs de ellos apareci en el umbral de la
puerta una encantadora joven de dieciocho a diecinueve aos, rubia y
delgada, con los ojos azules y los cabellos dorados, linda y graciosa.

--Vamos, vamos, dijo el capitn, porque el oficial llevaba las
insignias de aquel grado, a caballo, que ya hemos perdido demasiado
tiempo.

--Hum! dijo el fraile, apenas hemos tenido tiempo para desayunarnos.
Por qu diablos tiene V. tanta prisa, Capitn?

--Santo varn, repuso el capitn en tono irnico, si quiere V.
quedarse, es muy dueo de hacerlo.

--No, no, me voy con V.! exclam el fraile haciendo un gesto de
espanto; cspita! Quiero aprovechar la escolta de V.

--Pues entonces dese V. prisa, porque dentro de cinco minutos voy a dar
la orden de marcha.

El oficial, despus de haber dirigido una mirada a la llanura, hizo
sea a su asistente para que le acercase el caballo y mont con
ligereza y con esa gracia peculiar de los jinetes mejicanos. El fraile
ahog un suspiro de sentimiento, pensando probablemente en la suculenta
hospitalidad que abandonaba para correr los peligros de un viaje largo,
y ayudado por los arrieros consigui subirse a duras penas sobre una
mula, cuyo lomo se dobl al recibir aquel peso enorme.

--Uf! murmur, ya estoy.

--A caballo! grit el capitn.

Los dragones obedecieron en seguida, y durante algunos segundos se oy
un golpeteo de hierro.

La joven de quien hemos hablado haba permanecido hasta entonces
inmvil y silenciosa en el umbral de la puerta, al parecer poseda por
una agitacin secreta y dirigiendo en torno suyo miradas inquietas, que
fijaba en dos o tres campesinos que, recostados con indolencia en las
tapias de la venta, observaban los movimientos de la caravana con una
mirada a la vez indiferente y curiosa; pero en el momento en que el
capitn iba a dar la orden de marcha, la joven se acerc resueltamente
a l, y presentndole un mechero, le dijo con voz dulce y melodiosa:

--Seor Capitn, se le ha apagado a V. el cigarro.

--Es verdad! respondi el oficial, e inclinndose con galantera hacia
ella, cogi el mechero, se sirvi de l, y se lo devolvi diciendo:

--Gracias, hermosa nia.

La joven aprovech el momento en que el rostro del oficial se
aproximaba al suyo para decirle rpidamente y en voz muy baja estas
palabras:

--Tenga V. cuidado!

--Cmo? dijo el oficial mirndola fijamente.

La joven, sin contestar, puso el dedo ndice en sus rosados labios, y
volvindose con viveza, entr corriendo en la venta.

El capitn se enderez sobre la silla, frunci su negro entrecejo y
dirigi una mirada amenazadora a los dos o tres individuos que estaban
recostados en la tapia; pero muy luego sacudi la cabeza y murmur con
desdn:

--Bah! No se atreveran.

Entonces desenvain su sable, cuya hoja lanz un relmpago deslumbrador
al ser herida por los rayos del sol, y ponindose a la cabeza de la
escolta dijo:

--En marcha!

Partieron.

Las mulas siguieron el esquiln de la _nena_ o mula que sirve de gua,
y los dragones, dispuestos en torno de la recua, la encerraron en su
centro.

Durante algunos instantes, los pocos campesinos que haban presenciado
la partida de la tropa siguieron con la vista su marcha por las
sinuosidades del camino; luego entraron en la venta uno tras otro.

La joven estaba sola sentada sobre un escao, y al parecer ocupndose
con actividad en componer un vestido. Sin embargo, por el temblor casi
imperceptible que agitaba su cuerpo, por el rubor de su frente y por la
mirada tmida que dej filtrar bajo sus largos prpados al ver entrar a
los campesinos, era fcil adivinar que la calma que finga estaba muy
lejos de su corazn, y que, por el contrario, la atormentaba un temor
secreto.

Los campesinos eran tres, todos ellos hombres en la fuerza de la edad,
de facciones duras y acentuadas, de mirada torva y de modales bruscos y
brutales.

Llevaban el traje mejicano de las fronteras, e iban bien armados.

Se sentaron en un banco colocado delante de una mesa tosca, y uno de
ellos dio un puetazo fuerte sobre la tabla y se volvi hacia la joven
dicindola bruscamente:

--Queremos beber!

La joven se estremeci y levant la cabeza en seguida.

--Qu desean VV., caballeros? pregunt.

--Mezcal.

La joven se levant y se apresur a servirles. El que haba hablado
la agarr del vestido y la detuvo en el momento en que se dispona a
alejarse, dicindola:

--Aguarde V. un momento, Carmela.

--Deje V. mi vestido, Ruperto, dijo Carmela haciendo un gestecito de
mal humor; me le va V. a rasgar.

--Bah! repuso Ruperto rindose con insolencia, tan torpe me juzga V.?

--No, pero no me convienen esos modales.

--Oh! Oh! No est V. siempre tan arisca, mocita.

--Qu quiere V. decir? repuso Carmela ruborizndose.

--Basta! Yo me entiendo, pero por el momento no se trata de eso.

--Pues de qu se trata? pregunt la joven con fingida sorpresa; no le
he servido a V. ya el mezcal que pidi?

--S, s, pero tengo que decirla una cosa.

--Bueno, pues diga V. pronto y djeme marchar.

--Mucha prisa tiene V. de escaparse. Teme V. que su novio la sorprenda
hablando conmigo?

Los compaeros de Ruperto se echaron a rer, y la joven se qued muy
cortada.

--No tengo novio, Ruperto, ya lo sabe V., contest al fin con los ojos
arrasados en agua, y hace V. mal en insultar a una pobre muchacha
indefensa.

--Bueno, bueno! Yo no insulto a V., Carmela; qu mal hay en que una
linda nia tenga un novio, y aunque sean dos?

--Djeme V., exclam la joven haciendo un movimiento brusco para
desembarazarse.

--No la dejo a V. hasta tanto que haya contestado a mi pregunta.

--Pues haga V. pronto esa pregunta y concluyamos.

--Pues bien, arisca nia, tenga V. la bondad de repetirme lo que dijo
en voz baja a ese almibarado capitn.

--Yo! respondi Carmela algo confusa; qu quiere V. que le haya dicho?

--He ah justamente el asunto, nia: no quiero que le haya V. dicho
cierta cosa, y por eso deseo saber que ha sido ello.

--Djeme V. en paz, Ruperto, no est V. contento sino cuando me
atormenta.

El mejicano la mir fijamente y le dijo con sequedad:

--No cambie V. de conversacin, Carmela; la pregunta que la dirijo es
muy grave.

--Es posible, pero nada tengo que contestar.

--Porque sabe V. que ha obrado mal.

--No entiendo.

--De veras! Pues bien, entonces voy a explicrselo. En el momento en
que el oficial iba a marchar le ha dicho V.: Tenga V. cuidado! Se
atrever V. a negarlo?

La joven se puso muy plida, e intentando chancearse dijo:

--Puesto que me ha odo V., por qu me lo pregunta?

Los otros dos campesinos haban fruncido el entrecejo al or la
acusacin de Ruperto; la posicin iba siendo grave.

--Oh! Oh! dijo uno de ellos levantando sabiamente la cabeza, de
veras ha dicho eso?

--As parece, puesto que yo lo o, repuso brutalmente Ruperto.

La joven dirigi una mirada de espanto en torno suyo, como para
implorar una proteccin ausente.

--No est aqu, dijo Ruperto con malvada expresin, y por lo tanto es
intil que le busque V.

--Quin? dijo Carmela vacilando entre lo vergonzoso de la suposicin y
el espanto de su posicin peligrosa.

--l! respondi Ruperto con irona. Escuche V., Carmela: varias veces
se ha enterado V. ya de nuestros negocios ms de lo que convena;
repetir ahora las palabras que hace un instante, dijo V. al capitn:
tenga V. cuidado!

--S, dijo brutalmente el segundo interlocutor, porque podramos
olvidar que no es V. ms que una chiquilla y hacerla pagar muy caras
sus delaciones.

--Bah! dijo el tercero, que hasta entonces se haba contentado con
beber sin tomar parte en la conversacin, la ley debe ser igual para
todos: si Carmela nos ha vendido, es preciso que se la castigue.

--Bien dicho, Bernardo! exclam Ruperto dando un puetazo sobre la
mesa; justamente somos los suficientes para pronunciar la sentencia.

--Dios mo! grit Carmela desembarazndose con viveza de la presin
del hombre que hasta entonces la haba mantenido sujeta, djeme V.!
djeme V.!

--Detenedla! exclam Ruperto levantndose, pues de lo contrario va a
suceder alguna desgracia.

Los tres hombres se precipitaron hacia la joven; esta, medio muerta de
terror, haca esfuerzos intiles para abrir la puerta de la venta y
escaparse.

Pero de improviso, en el momento en que los tres hombres ponan sus
rudas y callosas manos sobre los hombros blancos y delicados de
Carmela, la puerta de la venta, que en vano procuraba abrir, se abri
de par en par, y en sus umbrales apareci un hombre.

--Qu sucede aqu? pregunt con voz sombra; y cruzando los brazos
sobre el pecho, permaneci inmvil en su sitio mirando alternativamente
a los circunstantes.

Era tan amenazador el acento de aquel hombre, sus ojos lanzaban unos
relmpagos tan sombros, que los tres hombres, aterrados, retrocedieron
maquinalmente hasta la tapia de en frente, murmurando con espanto:

--El Jaguar! El Jaguar!

--Slveme V.! Slveme V.! exclam la joven precipitndose hacia l
llena de desconsuelo.

--S, dijo el Jaguar con voz profunda; s, te salvar, Carmela, y
desgraciado l que toque a un solo cabello tuyo!

Entonces, cocindola suavemente en sus nervudos brazos, la coloc con
el mayor cuidado en una butaca, en donde la joven qued medio desmayada.

El hombre a quien tan bruscamente acabamos de poner en escena, era muy
joven todava; su rostro imberbe hubiera parecido el de un nio si sus
facciones correctas y de una belleza casi femenina no hubiesen estado
animadas por dos ojos grandes y negros, cuya mirada tena un brillo
fulgurante y una fuerza magntica que pocos hombres se juzgaban capaces
de soportar.

Su estatura era alta, su cuerpo esbelto y elegante, sus miembros
bien proporcionados, su pecho ancho, sus cabellos, tan negros como
el azabache, se escapaban con profusin de su sombrero de vicua,
guarnecido con una ancha redecilla de oro, y caan sobre sus hombros en
rizos numerosos.

Llevaba el vistoso y esplndido traje mejicano; sus calzoneras de
terciopelo de color de violeta, abiertas por encima de la rodilla y
guarnecidas con una gran cantidad de botones de oro cincelados, dejaban
ver sus piernas finas y nerviosas, elegantemente calzadas con unas
medias de seda de color de perla; su manga (especie de capote) echada
sobre su hombro, estaba guarnecida con un ancho galn de oro; una foja
de crespn blanco oprima su cintura y sostena un par de pistolas y
un machete sin vaina, de hoja ancha y brillante, colgado de una anilla
de acero bruido; un rifle americano, adornado con embutidos de plata,
estaba colgado de su hombro por medio de un portafusil.

En el aspecto de aquel hombre, tan joven todava, haba una atraccin
en tal manera poderosa, una fuerza dominadora tan singular, que no se
le poda ver sin quererle o aborrecerle, tal era la impresin profunda
que, sin querer, produca, sin excepcin, sobre todos aquellos con
quienes la casualidad le pona en contacto.

Nadie saba quin era aquel hombre, ni de donde vena; hasta su nombre
era desconocido, puesto que se haban visto precisados a ponerle un
apodo al que l responda por cierto sin mostrarse lastimado.

En cuanto a su carcter, las escenas que van a seguir, le darn a
conocer lo suficiente para que, por ahora, estemos exentos de dar
pormenores ms detallados.




XII.

CONVERSACIN.


Habase disipado gradualmente empero el primer impulso de terror que
obligara a los tres hombres a retroceder cuando apareci el Jaguar:
ante el aspecto inofensivo del hombre a quien haca mucho tiempo que
estaban acostumbrados a temer, recobraron, ya que no el valor, por lo
menos el descaro.

Ruperto, el ms bribn de los tres, fue quien primero recobr su sangre
fra, y reflexionando que el individuo que les haba causado tanto
susto se hallaba solo, y que por lo tanto no poda tener la fuerza de
su parte, se adelant con resolucin hacia l y le dijo brutalmente:

--Rayo de Dios! Deje V. a esa remilgada; ha merecido, no solo lo que
le sucede, sino tambin el castigo que vamos a imponerle ahora mismo.

El joven se enderez como si le hubiese picado una serpiente, y
lanzando a su interlocutor una mirada llena de amenazas, le dijo:

--Calle! Es a m a quien habla V. de ese modo?

--Pues a quin ha de ser? repuso Ruperto con insolencia, si bien
senta cierta inquietud por la manera en que haba sido acogida su
interpelacin.

--Ah! dijo nicamente el Jaguar, y sin aadir una palabra se adelant
con lento paso hacia Ruperto, a quien mantena inmvil con su mirada
fascinadora, y que le vea llegar con un espanto que iba creciendo por
instantes.

Cuando el joven estuvo a dos pasos del campesino, se detuvo.

Esta escena, tan sencilla en la apariencia, deba tener, sin embargo,
una significacin terrible para los circunstantes, porque todos los
pechos estaban anhelosos, todas las frentes plidas.

El Jaguar, con el rostro lvido, las facciones crispadas, los ojos
inyectados en sangre y el entrecejo fruncido, adelant el brazo para
coger a Ruperto, quien, vencido por el terror, no hizo el movimiento
ms leve para librarse de aquella presin que, sin embargo, saba que
deba ser mortal.

De improviso Carmela salt como una corza asustada, y se arroj entre
los dos hombres.

--Oh! exclam juntando las manos; tenga V. compasin de l, no le
mate V., por Dios!

El semblante del Jaguar vari sbitamente y se revisti de una
expresin de inefable dulzura.

--Corriente! dijo, puesto que tal es la voluntad de V., no morir;
pero ha insultado a usted, Carmela, y debe ser castigado. De rodillas,
miserable, aadi dirigindose a Ruperto y apoyando pesadamente la
mano en su hombro; de rodillas y pide perdn a este ngel.

Ruperto, ms bien que arrodillarse se dej caer al sentir el peso de
aquella mano de hierro, y se arrastr hasta los pies de la joven,
murmurando con voz tmida:

--Perdn! Perdn!

--Basta! dijo entonces el Jaguar con terrible acento; levntate y da
gracias a Dios porque todava esta vez te has librado de mi venganza.
Abra V. la puerta, Carmela.

La joven obedeci.

--A caballo, prosigui el Jaguar; id a esperarme al Ro Seco, y sobre
todo, bajo pena de muerte, que nadie se mueva hasta mi llegada. Id!

Los tres hombres bajaron la cabeza y salieron sin contestar: un momento
despus se oy resonar en el camino el galope de sus caballos que se
alejaban.

Los dos jvenes quedaron solos en la venta.

El Jaguar se sent delante de la mesa en que un momento antes estaban
bebiendo los tres hombres, apoy la cabeza en ambas manos y pareci que
quedaba sepultado en serias reflexiones.

Carmela le miraba con una mezcla de inters y de temor, sin atreverse a
dirigirle la palabra.

Por ltimo, cuando hubo trascurrido un espacio de tiempo bastante
largo, el joven levant la cabeza y mir en torno suyo como si
despertase de un sueo profundo.

--Ha permanecido V. ah? dijo a la joven.

--S, respondi Carmela con dulzura.

--Gracias, Carmela, es V. buena y solo V. me quiere, cuando todos me
aborrecen.

--No hago bien?

El Jaguar se sonri con tristeza; pero respondi a esta pregunta
haciendo otra, tctica habitual de todo aquel que no quiere revelar su
pensamiento.

--Ahora, dijo, cunteme francamente lo que ha pasado entre V. y esos
miserables.

La joven pareci como que vacilaba un instante; sin embargo, se decidi
y confes las palabras que haba dicho al capitn de dragones.

--Ha hecho V. mal, le dijo severamente el Jaguar; la imprudencia de
V. puede tener consecuencias muy graves; sin embargo, no me atrevo a
censurarla. Es V. mujer, y por consiguiente ignora muchas cosas. Est
V. sola aqu?

--Enteramente sola.

--Qu imprudencia! Cmo puede Tranquilo abandonar a V. de ese modo?

--Su deber le detiene actualmente en Mezquite; dentro de pocos das
debe dar una gran batida.

--Bien; pero al menos Quoniam debi quedar al lado de V.

--No ha podido, porque Tranquilo necesitaba su ayuda.

--Parece que el diablo se mezcla en todo esto, dijo el Jaguar en tono
de mal humor; es preciso estar loco para abandonar as a una joven
sola en una venta situada en medio de una comarca tan desierta, y eso
durante semanas enteras.

--No me hallaba sola, pues haban dejado conmigo a Lanzi.

--Ah! Y qu se ha hecho?

--Un poco antes de salir el sol le envi a ver si traa alguna caza.

--Muy bien pensado, por vida ma! As ha permanecido V. expuesta a
las groseras y al mal trato del primer tuno a quien se le antojase
insultarla.

--No cre que hubiese peligro.

--Supongo que ahora estar V. ya desengaada?

--Oh! dijo Carmela haciendo un movimiento de terror, juro a V. que no
me volver a suceder.

--Muy bien; pero me parece que oigo los pasos de Lanzi.

La joven se asom a la puerta y dijo:

--S, ah viene.

En efecto, en aquel momento entr el hombre de quien haban hablado.

Era un individuo de unos cuarenta aos, de fisonoma inteligente y
audaz; llevaba sobre sus hombros un magnfico gamo atado, sobre poco
ms o menos, del mismo modo que los cazadores suizos acostumbran a
llevar las gamuzas. Su mano derecha empuaba una escopeta.

Hizo un gesto de disgusto al ver al Jaguar; sin embargo le salud y
puso su gamo encima de la mesa.

--Hola! Hola! dijo el Jaguar en tono de buen humor, parece que ha
hecho V. buena cacera, Lanzi; los gamos no escasean en la llanura, eh?

--He conocido un tiempo en que abundaban ms, respondi Lanzi en tono
brusco; pero ahora, aadi moviendo tristemente la cabeza, apenas
puede un pobre hombre matar un par de ellos en todo un da.

El joven se sonri y dijo:

--Ya volvern.

--No, no, replic Lanzi; los gamos, una vez espantados, nunca vuelven a
las comarcas que abandonaron, por grande inters que tengan en hacerlo.

--Pues entonces, amigo mo, es preciso que se resigne V. y se consuele.

--Eh! No hago otra cosa! murmur Lanzi volviendo la espalda con
aspecto descontento.

Y despus de esta rplica volvi a cargar el gamo sobre sus hombros y
entr en otra habitacin.

--Lanzi no est hoy muy amable, dijo el Jaguar cuando se hubo vuelto a
quedar solo con Carmela.

--Le disgusta encontrar a V. aqu.

El Jaguar frunci el entrecejo y pregunt:

--Por qu es eso?

Carmela se ruboriz y baj los ojos sin responder; el Jaguar la examin
un momento con una mirada penetrante.

--Ya lo entiendo, dijo por fin; mi presencia en esta hostera desagrada
a alguien, quizs a l.

--Por qu ha de desagradarle? Me parece que l no es el amo.

--Es cierto! Entonces es al padre de V. a quien le desagrada, verdad?

La joven hizo una sea afirmativa.

El Jaguar se levant con violencia y se pase presuroso por la sala
de la venta, con la cabeza baja y los brazos a la espalda. Al cabo de
algunos minutos de este paseo, que Carmela observaba con una mirada
inquieta, el Jaguar se par bruscamente delante de ella, levant la
cabeza, y mirndola con fijeza pregunt:

--Y a V., Carmela, le desagrada mi presencia en este sitio?

La joven permaneci silenciosa.

--Responda V.! repuso el Jaguar.

--No he dicho eso, murmur Carmela vacilando.

--No, repuso el Jaguar con una sonrisa amarga; pero lo piensa V.,
Carmela, solo que no tiene V. valor suficiente para confesrmelo cara a
cara.

La joven levant la cabeza con viveza y respondi con febril animacin:

--Es V. injusto para conmigo, injusto y malo. Por qu he de desear que
V. se aleje? Nunca me ha hecho V. dao; al contrario, siempre le he
encontrado dispuesto a defenderme. Hoy mismo, todava, no ha vacilado
V. para librarme del mal trato de los miserables que me insultaban.

--Ah! Lo confiesa V.?

--Por qu no he de confesarlo, si es cierto? Tan ingrata me juzga V.?

--No, Carmela; solo que al fin es V. mujer, repuso el Jaguar con
amargura.

--No entiendo lo que quiere V. decir, no quiero entenderlo. Aqu,
cuando mi padre, o Quoniam, o cualquier otro, acusa a V., solo yo soy
quien le defiende. Es culpa ma si, por su carcter y por la vida
misteriosa que hace, est V. colocado fuera de la existencia comn?
Soy responsable acaso del silencio que se obstina V. en guardar acerca
de cuanto le concierne personalmente? V. conoce a mi padre, y sabe cuan
bueno, franco y valiente es; muchas veces y por medios indirectos, ha
procurado arrastrar a V. a una explicacin leal, y siempre ha rechazado
V. sus tentativas. As pues, a nadie culpe V. ms que a s mismo por el
aislamiento en que se encuentra y por la soledad que se establece en
torno de V.; y no dirija reconvenciones a la nica persona que hasta
ahora se ha atrevido a sostenerle y defenderle contra todos.

--Es verdad! respondi el Jaguar con amargura: soy un loco y reconozco
mis errores para con V., Carmela, porque dice V. muy bien: entre toda
esa gente, solo V. ha sido buena y compasiva para con el rprobo, para
con el hombre a quien persigue el odio general.

--Odio tan estpido como injusto.

--Y del cual no participa V., verdad? pregunt el joven con viveza.

--No, no participo de l; pero padezco al ver la obstinacin de V.,
porque, a pesar de todo lo que cuentan, le juzgo bueno.

--Gracias, Carmela! Quisiera poder probar inmediatamente que tiene
V. razn y dar un ments a los que me insultan de un modo cobarde
cuando estoy ausente, y tiemblan cuando me presento delante de ellos.
Desgraciadamente, eso es imposible por ahora; pero tengo la esperanza
de que llegar un da en que me ser lcito darme a conocer tal como en
realidad soy, y arrancarme la mscara que ya me pesa; entonces...

--Entonces? pregunt Carmela viendo que se interrumpa.

El Jaguar vacil un instante, y despus dijo con voz ahogada:

--Entonces tendr que hacer a V. una pregunta y dirigirle una peticin.

La joven se ruboriz levemente; pero reponindose en seguida, murmur
en voz baja:

--Me encontrar V. dispuesta a responder a ambas cosas.

--De veras? exclam el Jaguar con alegra.

--Se lo juro a V.

Un relmpago de felicidad ilumin, cual un rayo de sol, la fisonoma
del joven.

--Bien, Carmela! dijo con profundo acento. Cuando llegue el momento
oportuno, recordar su promesa.

Carmela baj la cabeza haciendo una sea de mudo asentimiento.

Hubo un momento de silencio. La joven se dedicaba a los quehaceres
de la casa con esa gracia y esa ligereza de pjaro, propias de las
mujeres; el Jaguar se paseaba por la sala con aspecto preocupado; al
cabo de algunos instantes se acerc a la puerta y mir hacia fuera.

--Es preciso que me marche, dijo.

--Ah! exclam Carmela fijando en l una mirada escudriadora.

--S; tenga V. la bondad de mandar a Lanzi que prepare mi caballo;
quizs si se lo dijese yo mismo, lo hara de mala gana; me ha parecido
ver que no soy santo de su devocin.

--Voy all, respondi la joven sonriendo.

--El Jaguar la mir alejarse y ahog un suspiro.

--Qu es esto que siento? murmur apoyando la mano con fuerza sobre
su corazn, como si acabase de sufrir un dolor repentino; ser por
ventura lo que llaman amor? Estoy loco! repuso al cabo de un instante;
acaso puedo yo amar? El Jaguar! Acaso se puede amar al rprobo?

Una sonrisa amarga contrajo sus labios; su entrecejo se frunci, y
murmur con voz sorda:

--Cada cual tiene su misin en este mundo, y yo sabr cumplir la ma!

Carmela volvi a entrar y dijo:

--El caballo estar pronto dentro de un momento. Tome V. sus botas
vaqueras que Lanzi me ha encargado le entregue.

--Gracias, dijo el Jaguar.

Y se puso a atar a sus piernas esos dos pedazos de cuero labrado que
en Mjico hacen prximamente las veces de las polainas y sirven para
librar al jinete de los golpes del caballo.

Mientras que el Jaguar, con un pie apoyado en el banco y el cuerpo
inclinado hacia adelante, se ocupaba en atarse sus botas, Carmela le
examinaba atentamente con una expresin de vacilacin tmida.

El Jaguar repar en ello y le pregunt:

--Qu tiene V.?

--Nada, dijo la joven balbuceando.

--Me engaa V., Carmela. Vamos, el tiempo urge, dgame V. la verdad.

--Pues bien, respondi la joven con una vacilacin cada vez ms
marcada, tengo que pedir a V. un favor.

--A m?

--S.

--Hable V. pronto, nia; ya sabe que, sea lo que quiera, se lo concedo
de antemano.

--Me lo jura V.?

--Lo juro!

--Pues bien, suceda lo que quiera, deseo que si encuentra V. al capitn
de dragones que estaba aqu esta maana, le conceda V. su proteccin.

El joven se enderez como si le hubiese impulsado un resorte.

--Ah! exclam, con que es cierto lo que me han dicho?

--No s a qu alude V.; pero le reitero mi splica.

--No conozco a ese hombre, puesto que he llegado aqu despus que l se
march.

--S, le conoce V., repuso Carmela con acento resuelto; a qu buscar
un efugio si desea V. falsear la promesa que me ha hecho? Vale ms
obrar con entera franqueza.

--Est bien, respondi el Jaguar con voz sombra y con un tono de
irona mordaz; tranquilcese V., Carmela; defender a su amante.

Y se lanz precipitadamente fuera de la sala posedo de la ms violenta
clera.

--Oh! Qu bien hacen en llamar el Jaguar a ese demonio! exclam la
joven dejndose caer sobre un banco y prorrumpiendo en llanto. Es un
corazn de tigre lo que su pecho encierra!

Ocult su rostro entre ambas manos y prorrumpi en sollozos.

En el mismo instante se oy fuera el galope rpido de un caballo que se
alejaba.




XIII.

CARMELA.


Ahora, antes de continuar nuestra narracin, es preciso que demos a
nuestros lectores ciertos detalles importantes e indispensables para
los hechos que van a seguir.

Entre las provincias del vasto territorio de Nueva Espaa, hay una,
la ms oriental de todas, cuyo valor verdadero ignor constantemente
el gobierno de los virreyes, ignorancia continuada por la repblica
mejicana que, en la poca de la proclamacin de la independencia, no
la juzg digna de formar un Estado separado; y sin calcular lo que
ms tarde pudiera suceder, con la mayor indolencia la dej colonizar
por los norteamericanos, quienes ya en aquellos tiempos parece que
estaban atormentados por esa fiebre de invasin y de ensanche que hoy
ha llegado a ser una especie de locura endmica para aquellos dignos
ciudadanos. La provincia a que nos referimos es la de Tejas.

Aquella comarca magnfica es una de las mejor situadas que hay en
Mjico; bajo el punto de vista territorial es inmensa; ningn pas
tiene mejor riego: nueve ros considerables llevan al mar sus aguas
aumentadas por las innumerables corrientes que en todas direcciones
surcan y fertilizan aquella tierra: estos ros, profundamente
encajonados en terrenos movedizos, nunca forman, desparramndose a
lo lejos, esas inundaciones tan comunes en otros pases y que se
convierten en ftidos pantanos.

El clima de Tejas es sano y se halla exento de esas enfermedades
espantosas que han dado una celebridad tan siniestra a ciertas comarcas
del Nuevo Mundo.

Las fronteras naturales de Tejas son la Sabina al este, el Ro Rojo
al norte, al oeste una cordillera de altas montaas que cie vastas
praderas y el Ro Bravo del Norte; y por ltimo, desde la embocadura de
este ro hasta el de la Sabina, el golfo de Mjico.

Ya hemos dicho que los espaoles ignoraban casi por completo el valor
verdadero del Tejas, aunque haca mucho tiempo que le conocan, porque
es casi seguro que en 1536 Cabeza de Vaca cruz por l cuando desde la
Florida se traslad a las provincias septentrionales de Mjico.

Sin embargo, la honra del primer establecimiento que se intent formar
en aquel hermoso pas pertenece sin disputa a la Francia.

En efecto, el infortunado y clebre Roberto de la Salle, encargado por
el marqus de Seignelay de descubrir la embocadura del Misisip en
1684, se equivoc y entr en el Ro Colorado, por el cual baj con suma
dificultad hasta la laguna de San Bernardo, en donde tom posesin del
pas y construy un fuerte entre Velasco y Matagorda. No entraremos
aqu en mayores detalles acerca de aquel explorador audaz que por dos
veces intent trasladarse a las tierras desconocidas situadas al este
de Mjico, y que en 1687 fue cobardemente asesinado por unos malvados
que formaban parte de su tropa.

Un recuerdo ms reciente nos une de nuevo a Tejas, porque all fue
donde en 1817, y bajo el nombre de _Campo de Asilo_, intent el
general Lallemand fundar una colonia de franceses refugiados, restos
desventurados de los invencibles ejrcitos del primer imperio. Esta
colonia, situada a unas diez leguas de Galveston, fue completamente
destruida por orden del virrey Apodaca, en virtud del sistema desptico
observado siempre en el Nuevo Mundo por los espaoles de aquel tiempo,
y que consista en no dejar bajo ningn pretexto que se estableciesen
extranjeros en punto alguno de su territorio.

Se nos perdonar que hayamos dado estos pormenores prolijos cuando se
reflexione que aquel pas, libre tan solo de veinte aos a esta parte,
de una superficie de cerca de cuarenta y dos millones de hectreas,
habitado cuando ms por doscientos mil individuos, ha entrado sin
embargo en una era de prosperidad y de progreso que inevitablemente ha
de llamar la atencin de los gobiernos europeos y excitar las simpatas
de los hombres inteligentes de todas las naciones.

En la poca en que pasan los hechos que nos hemos propuesto referir, es
decir, en la segunda mitad del ao de 1812, el Tejas perteneca todava
a Mjico; pero haba comenzado ya su gloriosa revolucin, y luchaba
valerosamente para sacudir el vergonzoso yugo del gobierno central y
proclamar su independencia.

Pero antes de volver a tomar el hilo de nuestra historia, necesitamos
explicar cmo Tranquilo el cazador canadiense y Quoniam el negro, que
le deba su libertad, esos dos hombres a quienes dejamos en el alto
Misuri haciendo la vida libre de cazadores de los bosques, se hallaban
establecidos, por decirlo as, en el Tejas, y cmo el cazador tena una
hija, o al menos llamaba as al precioso ngel rubio y sonrosado que
hemos presentado al lector bajo el nombre de Carmela.

Unos doce aos antes del da en que comienza nuestro relato en la
venta del Potrero, Tranquilo haba llegado a aquella misma hostera
seguido de dos compaeros y una nia de cinco a seis aos, de cara
despabilada, ojos azules, labios rosados y cabellera dorada, que no era
sino Carmela; en cuanto a sus compaeros, uno era Quoniam, y el otro un
mestizo indio que atenda al nombre de Lanzi.

El sol se hallaba ya prximo a ocultarse cuando la reducida caravana
par delante de la venta.

El ventero, que en aquel pas desierto, situado en la frontera india,
estaba poco acostumbrado a ver viajeros, y sobre todo a una hora tan
avanzada, haba cerrado y atrancado la puerta de su casa, y se dispona
a entregarse al descanso, cuando la llegada imprevista de nuestros
personajes le oblig a modificar sus intenciones por aquella noche.

Sin embargo, solo con marcada repugnancia y despus de las repetidas
seguridades que le dieron los viajeros de que nada tena que temer por
parte de ellos, fue como se decidi a abrir la puerta e introducirlos
en la casa.

Por lo dems, desde el momento en que se decidi a recibirlos, el
ventero fue lo que deba ser, es decir, tan atento y servicial como
puede permitirlo el carcter de los hosteleros mejicanos, que, sea
dicho entre parntesis, son la raza menos hospitalaria que existe.

ste era un hombrecito repleto, de modales zalameros y mirada astuta,
ya de cierta edad, pero todava listo y vivo.

Cuando los viajeros hubieron instalado sus caballos en el corral
delante de una buena provisin de alfalfa, y que tambin ellos hubieron
cenado con el apetito propio de hombres que acaban de hacer una jornada
larga, se estableci cierta confianza entre el ventero y ellos, merced
a algunos tragos de refino de Catalua, generosamente ofrecidos por
el canadiense, y la conversacin se entabl bajo el pie de la ms
franca cordialidad, mientras que la nia, cuidadosamente envuelta en
el mullido zarap del cazador, dorma con esa tranquila y cndida
indiferencia peculiar de tan feliz edad, en la que lo presente es todo
y lo porvenir no existe todava.

--Eh! Compadre, dijo Tranquilo alegremente al ventero, echndole otro
vaso de refino, parceme que lleva V. aqu una vida muy feliz?

--Yo!

--Pardiez! Se acuesta V. a la misma hora que las gallinas, y estoy
seguro de que se levantar tarde.

--Qu otra cosa puedo hacer en este maldito desierto en donde he
venido a perderme por mis pecados?

--Segn eso, escasean los viajeros?

--S y no; depende de la manera en que V. lo entienda.

--Diablo! Me parece que no hay dos maneras de entenderlo.

--S, hay dos y muy diferentes.

--Hombre! Me alegrara de conocerlas.

--Es muy fcil. No faltan en el pas vagabundos de todos colores y
castas, y si yo quisiese llenaran mi casa todo el santo da; pero
llveme el diablo si me dejaran ver el color de su dinero.

--Ah! Muy bien. Pero supongo que esos seores no constituirn
exclusivamente la parroquia de V.

--No; hay tambin los indios bravos, los Comanches, los Apaches, los
Pawnees, y qu s yo cuantos ms, que de vez en cuando vienen a rondar
por los alrededores.

--Vamos! Es mal vecindario; y si no tiene V. ms que esos
parroquianos, comienzo a opinar como V.; sin embargo, algunas veces
debe V. recibir visitas ms agradables.

--S, de tarde en tarde algunos viajeros extraviados, como V., sin
duda; pero los ingresos estn siempre muy lejos de cubrir los gastos.

--Es claro. A la salud de V.

--A la de V.

--Pero entonces, permtame V. una observacin que quizs le parecer
indiscreta.

--Diga V., caballero; diga lo que guste; estamos hablando como buenos
amigos y no debemos contenernos.

--Tiene V. razn. Si se encuentra V. mal aqu, por qu diablos
permanece en este sitio?

--Ah! He ah la cuestin: a dnde quiere usted que vaya?

--Pardiez! No lo s, a cualquiera parte, en donde siempre estar V.
mejor que aqu.

--Ah! Si solo dependiese de mi voluntad! dijo el ventero lanzando un
suspiro.

--Tiene V. a alguien consigo aqu?

--No, estoy solo.

--Pues bien, entonces quin le detiene?

--Caramba! Qu ha de ser? El dinero! Todo cuanto yo posea, y no era
mucho, lo invert en edificar esta casa y establecerme en ella, y an
eso gracias a los peones de la hacienda.

--Hay alguna hacienda por aqu?

--S, a unas cuatro leguas de distancia est la hacienda del Mezquite.

--Ah! dijo Tranquilo muy pensativo, est bien, contine V.

--De ese modo ya comprende V. que si me voy, me veo obligado a
abandonarlo todo.

--Por qu no lo vende V.?

--Y quin lo compra? Cree V. que sea fcil encontrar por aqu un
individuo que tenga cuatrocientos o quinientos duros en el bolsillo y
que est dispuesto a hacer una tontera?

--Pardiez! No se sabe, acaso buscando podra encontrarse

--Vamos, caballero, tiene V. gana de burlarse!

--En verdad que no, dijo Tranquilo variando de tono repentinamente, y
voy a probrselo a usted.

--Veamos.

--Dice V. que vende su casa en cuatrocientos duros?

--He dicho cuatrocientos?

--No andemos con tretas, lo ha dicho V.

--Muy bien, lo admito; y qu ms?

--Qu ms? Que yo se la compro si V. quiere.

--Usted?

--Por qu no?

--Pardiez! Sera preciso verlo.

--Est visto: quiere V., s o no? Es cosa de tomarlo o dejarlo; quizs
dentro de cinco minutos habr variado de intencin, con que decdase V.

El ventero fij una mirada investigadora en el canadiense.

--Acepto! dijo.

--Corriente; solo que no le dar a V. cuatrocientos duros.

--Oh! entonces... dijo el ventero sobresaltado.

--Le dar a V. seiscientos.

El ventero se qued estupefacto y en seguida dijo:

--No me parece mal.

--Pero con una condicin, aadi Tranquilo.

--Cul es?

--La de que maana, tan luego como se haya efectuado la venta, montar
V. a caballo... Supongo que tendr V. un caballo?

--S Seor.

--Pues bien, montar V. en l, se marchar y no volver a parecer por
aqu.

--Oh! De eso puede V. estar muy seguro.

--Queda convenido?

--S Seor.

--Entonces, maana al salir el sol que estn preparados los testigos.

--Lo estarn.

En esto qued la conversacin. Los viajeros se envolvieron en sus
mantas y zaraps; se tendieron en el spero suelo de la sala y se
durmieron. El ventero les imit.

Segn lo haban convenido, el ventero, un poco antes de amanecer,
ensill su caballo y se ocup en procurarse los testigos necesarios
para la validez de la transaccin; con este objeto se fue a rienda
suelta a la hacienda del Mezquite, y al salir el sol estaba ya de
vuelta. Le acompaaban el mayordomo de la hacienda y siete u ocho
peones.

El mayordomo, que era el nico que saba leer y escribir, redact una
escritura de venta; luego reuni a todos los circunstantes y la ley en
alta voz.

Tranquilo sac entonces de su cinto treinta y siete onzas y media de
oro, y las extendi sobre la mesa.

--Seores, dijo el mayordomo dirigindose a los circunstantes, sean
VV. testigos de que el seor Tranquilo ha pagado los seiscientos pesos
fuertes estipulados para la compra de la venta del Potrero.

--Somos testigos, respondieron todos.

Entonces todas las personas presentes, con el mayordomo a la cabeza,
pasaron al corral situado en la parte trasera de la casa.

Cuando Tranquilo hubo llegado al corral, arranc un puado de yerba y
le tir por encima de su hombro; en seguida, cogiendo una piedra, la
tir al otro lado de la tapia: con arreglo a la ley mejicana acababa de
tomar posesin de la finca.

--Sean VV. testigos, Seores, volvi a decir el mayordomo, de que el
seor Tranquilo, aqu presente, toma legalmente posesin de esta finca.
Dios y libertad!

--Dios y libertad! exclamaron los circunstantes. Viva el nuevo
husped!

Habanse llenado todas las formalidades. Volvieron a entrar en la casa
en donde Tranquilo suministr sendos tragos de vino a sus testigos, a
quienes esta munificencia inesperada colm de alegra.

El antiguo ventero, fiel al convenio estipulado, dio un apretn de mano
al comprador, mont a caballo y se march desendole buena suerte.
Desde aquel da no se volvi a or hablar de l.

He ah cmo haba llegado el cazador a Tejas y cmo se estableci.

Dej a Lanzi y a Quoniam en la venta con Carmela. En cuanto a l,
merced a la proteccin del mayordomo, que le recomend a su amo D.
Hilario de Vaureal, entr en la hacienda del Mezquite en calidad de
tigrero o cazador de tigres.

Aunque la comarca escogida por el cazador para establecerse se hallaba
situada en los confines de la frontera mejicana, y que por esta razn
se hallaba casi desierta, de vez en cuando hubo ciertas suposiciones
entre los vaqueros y los peones acerca de las razones que podran
haber inducido a un cazador tan audaz y tan diestro como el canadiense
a retirarse all; pero todas las tentativas hechas por los curiosos
para averiguar aquellas razones, todas las preguntas que dirigieron,
quedaron sin resultado; los compaeros de Tranquilo y an l mismo
permanecieron mudos; en cuanto a la nia, ella nada saba.

Entonces los curiosos, frustrados en su esperanza y cansados de hacer
averiguaciones, renunciaron a encontrar la explicacin de aquel enigma,
confiando en el tiempo, ese gran aclarador de misterios, para saber por
fin la verdad tan cuidadosamente encubierta.

Pero transcurrieron las semanas, los meses y los aos sin que nada
fuese a levantar ni una punta del velo que ocultaba el secreto del
cazador.

Carmela haba llegado a ser una joven deliciosa; la venta se haba
hecho con una buena parroquia. Aquella frontera, tan tranquila hasta
entonces por razn de su alejamiento de las ciudades y pueblos, se
resinti del movimiento que las ideas revolucionarias imprimieron al
centro del pas; los viajeros llegaron a ser ms frecuentes, y el
cazador, que hasta entonces pareca que se haba cuidado muy poco de
lo porvenir, fiando para su seguridad en el aislamiento de su morada,
comenz a sentirse inquieto, no por s, sino por Carmela, que se
hallaba expuesta, casi sin defensa, a las tentativas audaces, no solo
de los enamorados a quienes su hermosura atraa cual la miel a las
moscas, sino tambin de los hombres sin fe y sin conciencia que los
disturbios haban hecho surgir por todas partes, y que vagaban por los
caminos como coyotes, en busca de una presa que devorar.

El cazador, no queriendo dejar por ms tiempo a la joven en la posicin
peligrosa en que las circunstancias la colocaban, se ocup activamente
en conjurar las desgracias que prevea, pues si bien por ahora es
imposible saber los vnculos que le unan con Carmela, quien le daba el
nombre de padre, diremos que en realidad la profesaba paternal cario
y tena para con ella una abnegacin absoluta; en esto le imitaban
Quoniam y Lanzi. Para aquellos tres hombres, Carmela no era una mujer,
ni una nia, sino un dolo a quien adoraban de rodillas y por el cual
habran sacrificado con jbilo hasta sus vidas a la ms leve indicacin
suya.

Una sonrisa de Carmela les haca felices, el ms mnimo gesto de mal
humor suyo les pona tristes.

Debemos aadir que Carmela, a pesar de que conoca toda la extensin de
su poder, no abusaba de l, y que su mayor alegra consista en verse
rodeada por aquellos tres corazones que le eran tan fieles.

Ahora que hemos dado ya estos datos, muy incompletos sin duda alguna,
pero los nicos que nos es posible suministrar, volveremos a tomar
nuestro relato en el punto en que lo dejamos en nuestro penltimo
captulo.




XIV.

LA CONDUCTA DE PLATA.


Volveremos ahora a la caravana que vimos salir de la venta del Potrero
al amanecer, y por cuyo jefe pareca que tanto se interesaba Carmela.

Este oficial era un joven de unos veinticinco aos, de facciones finas
y distinguidas, de semblante audaz; llevaba con suprema elegancia el
uniforme brillante de capitn de dragones.

D. Juan Melendez de Gngora, aunque perteneca a una de las familias
ms nobles y ms antiguas de Mjico, haba querido deber tan solo a s
mismo sus ascensos en el ejrcito, pretensin singular en un pas en
que el honor militar es considerado casi como nada, y en donde solo
los grados superiores dan a los que los disfrutan una consideracin
que, por parte de la poblacin, es ms bien efecto del miedo que de la
simpata.

Sin embargo, D. Juan haba perseverado en sus ideas excntricas, y cada
grado que obtena era, no la recompensa de un pronunciamiento bien
hecho en favor de tal o cual general ambicioso, sino el premio por
alguna accin brillante. D. Juan perteneca a esa clase de verdaderos
mejicanos que aman realmente a su pas, y que, celosos de su honra,
suean para l una rehabilitacin, si no imposible, al menos, muy
difcil de conseguir.

Es tan grande la fuerza de la virtud, an sobre las naturalezas
degeneradas, que el capitn don Juan Melendez de Gngora era respetado
por todos los hombres que se ponan en contacto con l, y an por
aquellos que menos lo queran.

Por lo dems, la virtud del capitn nada tena de austera ni exagerada;
era un militar franco, alegre, servicial, valiente como un len, y
siempre dispuesto a auxiliar, con su brazo o con su bolsillo, a todos
aquellos que a l recurran, ya fuesen amigos o enemigos. He ah como
era, fsica y moralmente considerado, el hombre que mandaba la escolta
y que haba concedido su proteccin al fraile que cabalgaba al lado
suyo.

Este digno fraile, de quien ya hemos tenido ocasin de decir algunas
palabras, merece una descripcin especial.

En cuanto a su fsico, era un hombre de unos cincuenta aos, casi tan
alto como ancho, bastante parecido a un tonel al cual se le hubiesen
puesto pies y cabeza, y sin embargo dotado de una fuerza y una agilidad
poco comunes; su nariz amoratada, sus labios abultados y su rostro
colorado le daban una fisonoma jovial a la que hacan aparecer
irnica y burlona dos ojillos grises y hundidos, llenos de fuego y de
resolucin.

En cuanto a su parte moral, en nada se diferenciaba de la generalidad
de los frailes mejicanos, es decir, que era en extremo ignorante,
glotn, borracho, muy aficionado a mujeres, y supersticioso en sumo
grado; en fin, el mejor compaero de bromas que pudiera imaginarse,
ocupando bien su puesto en todas las reuniones y diciendo siempre algn
sabroso chiste.

Qu singular casualidad poda haberle llevado tan lejos hacia la
frontera? Esto era lo que nadie saba y de lo que nadie se cuidaba,
pues todos conocan el carcter vagabundo de los frailes mejicanos que
pasan toda su vida corriendo de continuo de una parte para otra sin
objeto y sin inters alguno las ms veces, y solo con arreglo a su
capricho.

En aquella poca, el Tejas, reunido con la provincia de Coahuila,
formaba todava un solo estado con el nombre de Tejas y Coahuila.

La caravana mandada por el capitn D. Juan Melendez haba salido ocho
das antes de Nacogdoches para trasladarse a Mjico; solo que el
capitn, con arreglo a instrucciones que recibiera, haba abandonado el
camino ordinario, que estaba inundado de gavillas de bandidos de todas
clases, y haba dado un gran rodeo para evitar ciertos pasos peligrosos
de la sierra de San Sabas, que sin embargo tena que cruzar, pero por
la parte de las praderas altas, es decir, por el sitio en que las
elevadas mesetas, bajndose gradualmente, no ofrecen ya esos accidentes
de terreno tan temibles para los viajeros.

Preciso era que las diez mulas escolladas por el capitn estuviesen
cargadas con una mercanca muy preciosa para que el gobierno federal, a
pesar de las pocas tropas que tena en el Estado, se hubiese decidido
a hacerlas acompaar por cuarenta dragones mandados por un oficial
tan afamado como D. Juan, cuya presencia en aquellas circunstancias,
sin duda alguna habra sido muy necesaria, si no indispensable, en
el interior del Estado, para reprimirlas tentativas revolucionarias y
mantener a los habitantes en la senda del deber.

En efecto, aquellas mercancas eran muy preciosas: aquellas mulas
conducan tres millones de duros que de seguro habran sido una buena
presa para los insurgentes si hubiesen cado en sus manos.

Estaba ya lejano el tiempo en que, bajo la dominacin de los virreyes,
el pabelln espaol, enarbolado a la cabeza de un convoy de cincuenta
o sesenta mulas cargadas de oro, bastaba para proteger eficazmente
una conducta de dinero y hacerla atravesar sin el ms leve riesgo el
territorio de Mjico en toda su anchura; tan grande era el terror
inspirado por el solo nombre de la Espaa.

A la sazn no eran ciento, ni siquiera sesenta mulas, sino solo diez
las que cuarenta hombres resueltos pareca que no haban de bastar para
proteger.

El gobierno haba juzgado oportuno emplear la mayor prudencia para
expedir aquella conducta de dinero, esperada en Mjico hacia mucho
tiempo; habase guardado el ms profundo silencio acerca del da y la
hora de la partida y del camino por donde se dirigira.

Los fardos fueron hechos de modo que ocultaban lo mejor posible el
gnero de mercanca que contenan; las mulas, enviadas una despus de
otra en medio del da, y confiadas nicamente a sus arrieros, solo a
quince leguas de la ciudad se haban reunido con la escolta que, bajo
un pretexto plausible, haca un mes que estaba acantonada en un antiguo
presidio.

As pues, todo se haba previsto y calculado con el mayor esmero y la
mayor inteligencia para hacer llegar con seguridad aquella mercanca
preciosa; los arrieros, que eran los nicos que conocan el valor de su
cargamento, tenan buen cuidado de no revelar el secreto, puesto que lo
poco que posean serva de fianza para la seguridad de su flete, y para
ellos era cuestin de verse completamente arruinados si los robaban en
el camino.

La conducta de plata avanzaba en el mejor orden al ruido del esquiln
de la _nena_: los arrieros cantaban alegremente arreando a cada momento
a sus mulas.

Las banderolas de las largas lanzas de los dragones flotaban con
gracia, agitadas por la matutina brisa, y el capitn escuchaba con
indiferencia la charla del fraile, al paso que de vez en cuando diriga
a la desierta llanura una mirada escudriadora.

--Vamos, vamos, fray Antonio, dijo a su obeso compaero, ahora ya no
debe V. sentir el haberse puesto en camino tan temprano; la maana est
magnfica, y todo nos anuncia un buen da.

--S, s, respondi el fraile riendo, gracias a Nuestra Seora de la
Soledad, Seor Capitn, estamos en las mejores condiciones que pueden
imaginarse para hacer un viaje.

--Vaya, me alegro de ver a V. tan contento; tem que el despertar algo
brusco de esta maana le hubiese puesto de mal humor.

--A m! Vlgame Dios, Seor Capitn, respondi el fraile con fingida
humildad, nosotros, indignos miembros de la Iglesia, debemos someternos
sin murmurar a todas las tribulaciones que el Seor tenga a bien
enviarnos, y luego la vida es tan corta, que ms vale no ver ms que su
lado bueno, a fin de no perder en vanos pesares los pocos momentos de
alegra a que podemos tener derecho.

--Bravo! He ah una filosofa que me gusta. Es V. un buen compaero,
padre, y espero que viajaremos mucho tiempo juntos.

--Eso depender algn tanto de V., Seor Capitn.

--De m! Cmo es eso?

--Pardiez! Ser segn la direccin que se proponga V. seguir.

--Ya! dijo D. Juan; pues hacia dnde va usted, padre?

Esta antigua tctica de responder a una pregunta con otra es excelente,
y casi siempre da buen resultado. Esta vez el fraile qued cogido;
pero, siguiendo la costumbre de sus colegas, su respuesta fue lo que
deba ser, es decir, evasiva.

--Oh! Para m, dijo con fingida indiferencia, todos los caminos son
casi iguales; mi hbito me asegura buena cara y buena acogida en todos
los puntos a donde la casualidad me lleve.

--Es verdad, y por lo mismo debe sorprenderme la pregunta que me
dirigi V. hace un momento.

--Oh! No merece la pena de que piense V. en eso, Seor Capitn;
sentira en el alma haberle incomodado, y le pido humildemente que me
dispense.

--No me ha incomodado V. en manera alguna, padre; ninguna razn tengo
para ocultar el camino que me propongo seguir; esa recua de mulas que
voy escoltando no me interesa lo ms mnimo; maana o pasado, a ms
tardar, pienso separarme de ella.

El fraile no pudo reprimir un gesto de sorpresa.

--Ah! De veras? dijo lanzando una mirada penetrante a su interlocutor.

--S por cierto, continu diciendo con indiferencia el capitn; esos
pobres hombres me han rogado que les acompae durante algunos das, por
temor de las gavillas que infestan los caminos. Segn parece, llevan
mercancas de bastante valor y no les gustara ser robados.

--Ya lo creo!

--As pues, no he querido negarles ese favor insignificante que no me
causaba sino muy poca molestia; pero tan luego como se juzguen seguros,
los abandonar para internarme en las praderas con arreglo a las
instrucciones que he recibido, porque ya sabe V. que los indios bravos
comienzan a agitarse.

--No, no lo saba.

--Pues s, as sucede. He ah una ocasin magnfica que se le presenta
a V., fray Antonio; no debe desperdiciarla.

--Que se me presenta una ocasin magnfica! repuso el fraile con
sorpresa; quiere V. decirme cul es, Seor Capitn?

--La de predicar a los infieles y ensearles las dogmas de nuestra
santa fe, dijo D. Juan con imperturbable sangre fra.

Al or tan, singular proposicin, el fraile hizo una mueca espantosa, y
dando un estallido con los dedos, exclam:

--Vaya al diablo la ocasin! Qudese para otros necios, que yo no
tengo la ms leve vocacin para el martirio.

--Como V. padre; y sin embargo, hace V. mal.

--Es muy posible, Seor Capitn; pero llveme el diablo si le acompao
a V. a ver esos perros infieles; dentro de dos das me separo de V.

--Tan pronto?

--Ya lo creo! Puesto que se dirige V. a las praderas y abandonar a la
recua que va escoltando en el rancho de San Jacinto, que es el ltimo
punto de las posesiones mejicanas en la frontera del desierto.

--Es muy probable.

--Pues bien, yo continuar caminando con los arrieros; como entonces
habremos pasado ya todos los sitios peligrosos, nada tendr que temer,
y mi viaje continuar de la manera ms agradable que puede imaginarse.

--Ah! dijo el capitn dirigindole una mirada penetrante.

Pero no pudo continuar esta conversacin, que pareca interesarle
mucho, porque un jinete de la vanguardia lleg a rienda suelta, se par
junto a l, y acercndose a su odo, le dijo algunas palabras en voz
baja.

El capitn dirigi en torno suyo una mirada investigadora, se afirm
en la silla, y dirigindose al soldado, dijo:

--Est bien. Cuntos son?

--Dos, mi Capitn.

--Viglelos V., aunque sin dejarles sospechar que van prisioneros;
cuando lleguemos al primer alto los interrogar. Vaya V. a reunirse con
sus compaeros.

El soldado se inclin respetuosamente sin responder, y se alej al
mismo paso con que haba llegado.

Haca mucho tiempo que el capitn Melendez haba acostumbrado a sus
subordinados a no discutir sus rdenes y a obedecerlas sin vacilar.

Hacemos notar este hecho, porque es muy raro en Mjico, en donde la
disciplina militar es casi nula y la subordinacin casi desconocida.

D. Juan mand a la escolta que estrechase sus filas y apresurase el
paso.

El fraile haba visto con secreta inquietud el coloquio que medi entre
el oficial y el soldado, y del cual no pudo coger ni una palabra.
Cuando el capitn, despus de vigilar atentamente la ejecucin de las
rdenes que haba dado, volvi a ocupar su puesto junto a fray Antonio,
este intent chancearse acerca de lo que acababa de suceder y de la
expresin de gravedad que haba oscurecido repentinamente el semblante
del oficial.

--Oh! Oh! le dijo lanzando una carcajada ruidosa, qu mal humorado
est V., Capitn! Ha visto V. volar tres bhos por su derecha? Los
paganos aseguran que es mal presagio.

--Puede ser! respondi el capitn con sequedad.

El tono con que fueron pronunciadas estas palabras nada tena de
amable ni amistoso, y el fraile comprendi que toda conversacin sera
imposible en aquel momento. Se dio por advertido, se mordi los labios
y continu caminando silencioso al lado de su compaero.

Una hora despus llegaron al sitio en que deban acampar; ni el oficial
ni el fraile haban pronunciado una palabra: solo que, a medida que se
acercaban al paraje designado para hacer alto, uno y otro pareca que
iban estando ms inquietos.




XV.

EL ALTO.


En el momento en que la caravana llegaba al sitio designado para hacer
alto, el sol haba desaparecido por completo en el horizonte.

Aquel paraje, situado en la cumbre de una colina bastante escarpada,
haba sido elegido con esa sagacidad que distingue a los arrieros del
Tejas o de Mjico; toda sorpresa era imposible, y los rboles seculares
que guarnecan la cresta de la colina podan ofrecer seguro abrigo
contra las balas en caso de un ataque.

Las mulas fueron descargadas; pero contra el uso consagrado en tales
casos, los fardos, en vez de servir de parapeto o atrincheramiento al
campamento, fueron amontonados y colocados fuera del alcance de los
merodeadores que la casualidad o la codicia pudiesen atraer hacia
aquella parte cuando fuesen ms densas las tinieblas.

Encendironse en crculo siete u ocho hogueras grandes para alejar a
las fieras; las mulas recibieron su racin de maz sobre unas mantas
tendidas en el suelo. Despus, tan luego como se hubieron colocado los
centinelas en torno del campamento, los soldados y los arrieros se
ocuparon con actividad en preparar una cena frugal que las fatigas del
da hacan necesaria.

El capitn Melendez y el fraile, un poco retirados y colocados junto a
una hoguera encendida expresamente para ellos, comenzaron a fumar sus
pajillas, mientras que el asistente del oficial preparaba a toda prisa
la cena para su amo, cena que, debemos confesarlo, era tan sencilla
como la de los dems individuos de la caravana, pero que el hambre
tena el privilegio de hacer que fuese, no solo apetitosa, sino tambin
casi suculenta, a pesar de que solo se compona de algunas lonchas de
tocino y de cuatro o cinco galletas.

El capitn termin muy luego su cena. Se levant, y como haba
anochecido por completo, fue a recorrer los centinelas para cerciorarse
de que todo estaba en orden. Cuando hubo vuelto a ocupar su puesto
junto al fuego, fray Antonio, con los pies hacia la lumbre y
cuidadosamente envuelto en su mullido zarap, dorma o al menos as lo
pareca.

D. Juan le examin un instante con una expresin indescriptible de
odio y de desprecio, movi la cabeza dos o tres veces con aspecto
meditabundo, y llamando a su asistente que estaba de pie a pocos pasos
de l aguardando sus rdenes, le mand que los dos prisioneros fuesen
conducidos a su presencia.

Estos prisioneros haban sido mantenidos hasta entonces en un sitio
apartado. Aunque se les trataba con suma consideracin, les fue fcil
observar que se les custodiaba y vigilaba con el mayor cuidado; sin
embargo, ya fuese porque no les importase, o por cualquiera otra causa,
no dieron a entender que comprendiesen se les detena como cautivos,
porque les haban dejado sus armas; y al ver sus formas musculosas y
sus facciones enrgicas, a pesar de que los dos tenan ya una edad
provecta, era de suponer que cuando llegase el momento en que quisiesen
recobrar su libertad, seran hombres muy capaces de reconquistarla por
la fuerza.

Sin hacer observacin alguna siguieron al asistente del jefe, y muy
luego se hallaron delante de este.

La noche estaba oscura; pero las llamas de la hoguera derramaban una
claridad bastante viva para iluminar el rostro de los dos hombres.

Al verlos, D. Juan no pudo contener un gesto de sorpresa; entonces
uno de los prisioneros se puso con viveza un dedo en los labios para
encomendarle la prudencia, y con una ojeada le design al fraile
tendido cerca de ellos.

El capitn comprendi aquel aviso silencioso, al cual contest con una
leve inclinacin cabeza, y fingiendo la mayor indiferencia, se puso a
liar un cigarrillo y dijo:

--Quines son VV.?

--Unos cazadores, respondi uno de los prisioneros sin vacilar.

--Hace algunas horas se les encontr a VV. parados en la orilla del ro.

--Es cierto.

--Qu hacan VV. all?

El prisionero dirigi en torno suyo una mirada investigadora, y luego,
fijando de nuevo los ojos en su interlocutor, dijo:

--Antes de seguir contestando a las preguntas de V., deseara dirigirle
una a mi vez.

--Cul es?

--Con qu derecho me interroga V.?

--Mire V. en torno suyo, respondi el capitn con irona.

--S, entiendo, con el derecho de la fuerza, verdad? Desgraciadamente
ese derecho no le reconozco yo. Soy un cazador libre, no reconozco
ningn dueo ni ms ley que mi voluntad.

--Hola! Hola! compaero, muy orgulloso es su lenguaje!

--Es l de un hombre acostumbrado a no doblegarse ante ningn poder
arbitrario; para apoderarse de m ha abusado V., no de su fuerza,
porque sus soldados me habran muerto antes que obligarme a seguirles
si tal no hubiese sido mi intencin, sino de la facilidad con que me
fie de ellos; as pues, protesto ante V. y reclamo que inmediatamente
se me ponga en libertad.

--Las palabras altaneras de V. no me imponen en manera alguna; y si se
me antojase hacerle a V. hablar, sabra obligarle a ello por medio de
ciertos argumentos irresistibles que tengo a mi disposicin.

--S, dijo el prisionero con amargura, los mejicanos se acuerdan de sus
antepasados los espaoles, y en caso necesario saben echar mano del
tormento. Pues bien, intntelo V., Capitn, quin se lo impide? Espero
que mis pobres canas no flaquearn ante el juvenil bigote de V.

--Dejemos eso, exclam el capitn en tono de mal humor; si yo le
permitiese a V. marcharse, libertara a un amigo o a un enemigo?

--Ni lo uno ni lo otro.

--Calle! Qu quiere V. decir?

--Me parece que mi respuesta es muy clara.

--Sin embargo, no la entiendo.

--Se la explicar a V. en dos palabras.

--Hable V.

--Colocados ambos en posiciones diametralmente opuestas, la casualidad
se ha complacido hoy en reunirnos. Si ahora nos separamos, no
llevaremos en nuestros corazones ningn sentimiento de odio como
resultado de nuestro encuentro, puesto que ninguno de nosotros habr
tenido motivo de queja del otro, y que probablemente no volveremos a
vernos.

--Ya! Sin embargo, es evidente que cuando mis soldados les
encontraron, aguardaban VV. a alguien en este camino.

--Por qu cree V. eso?

--Pardiez! Segn V. me ha dicho, son VV. cazadores, y no veo la caza
que podan encontrar en la orilla del camino.

El prisionero se ech a rer, y marcando intencionalmente sus palabras,
repuso:

--Quin sabe? Acaso acechbamos una caza ms preciosa de lo que V.
imagina y de la que querra V. tener su parte.

El fraile hizo un movimiento leve y abri los ojos como si despertase
en aquel momento.

--Calle, dijo dirigindose al capitn y conteniendo un bostezo, no
duerme V., Seor Don Juan?

--Todava no, respondi este; estoy interrogando a los dos hombres de
que se apoder mi vanguardia hace algunas horas.

--Ah! dijo el fraile dirigiendo a los desconocidos una mirada
desdeosa, me parece que esos pobres diablos no son muy temibles.

--De veras?

--No s; pero qu puede V. recelar de esos dos hombres?

--Eh! Quizs sean espas.

Fray Antonio se revisti de un aire paternal y replic:

--Espas! Teme V. acaso una emboscada?

--En las circunstancias en que nos encontramos, creo que esa suposicin
no sera muy inverosmil.

--Bah! En un pas como ste y con una escolta como la que V. lleva
bajo sus rdenes, sera cosa extraordinaria; adems, segn he odo
decir, esos dos hombres se han dejado coger sin la menor resistencia,
cuando les habra sido tan fcil escaparse.

--Es verdad.

--Por lo tanto es evidente que ninguna mala intencin abrigaban. Si yo
me hallase en lugar de V., les dejara que se marchasen a donde mejor
les pareciese.

--Es esa la opinin de V.?

--S por cierto.

--Mucho parece que se interesa V. por esos dos desconocidos.

--Nada de eso: digo a V. lo que me parece justo, y nada ms. Ahora obre
V. como se le antoje, que yo me lavo las manos.

--Quizs tenga V. razn. Sin embargo, no pondr en libertad a estos dos
individuos, hasta tanto que me hayan dicho el nombre de la persona a
quien aguardaban.

--Aguardaban a alguien acaso?

--Al menos as lo dicen.

--Es verdad, Capitn, repuso el prisionero que haba hablado hasta
entonces; pero, aunque sabamos que V. vena, no era a V. a quien
esperbamos.

--Pues entonces a quin era?

--Tiene V. absoluto empeo en saberlo?

--S por cierto.

--Pues entonces responda V., fray Antonio, dijo el prisionero en tono
zumbn; porque solo V. puede revelar el nombre que el seor capitn nos
exige.

--Yo! exclam el fraile dando un salto, lleno de clera y ponindose
plido como un cadver.

--Hola! Hola! dijo el capitn volvindose hacia l, esto comienza a
ser interesante.

Era un espectculo singular el que ofrecan aquellos cuatro hombres
de pie y frente a frente, en torno de aquella hoguera cuyas llamas
iluminaban sus rostros con reflejos fantsticos.

El capitn fumaba indolentemente su cigarrillo de papel, mirando con
expresin burlona, al fraile en cuyo rostro sostenan el miedo y
el descaro una lucha cuyas peripecias todas era fcil seguir. Los
dos cazadores, con las manos cruzadas sobre el extremo del can
de sus largos rifles, se sonrean con sorna y pareca que gozaban
interiormente con el embarazo y confusin del hombre a quien acababan
de poner en escena de una manera tan brusca y brutal.

--Vamos, no se muestre tan sorprendido, fray Antonio, dijo por fin el
prisionero, pues bien sabe V. que a V. era a quien esperbamos.

--A m! repuso el fraile con voz ahogada, por mi alma que ese
miserable est loco!

--No estoy loco, padre, y puede V. ahorrarse los eptetos con que se
complace en regalarme el odo, respondi el prisionero con sequedad.

--Vamos, resgnese V., dijo brutalmente el cazador que hasta entonces
haba permanecido silencioso. No tengo ganas de bailar en el extremo de
una cuerda por darle a V. gusto.

--Lo cual suceder sin duda alguna, observ tranquilamente el capitn,
si VV. no se deciden, Seores, a darme una explicacin clara y
categrica acerca de su conducta.

--Eh! Ya lo ve V., fray Antonio, replic el prisionero; la posicin
principia a ser escabrosa para nosotros. Vamos, haga V. bien las cosas.

--Oh! exclam el fraile ciego de rabia, he cado en un lazo terrible!

--Basta! dijo el capitn con voz fuerte; est farsa ha durado
ya demasiado, fray Antonio. No es V. quien ha cado en un lazo
horrible; por el contrario, a m era a quien quera V. poner en ese
caso: hace mucho tiempo que conozco a V. y tengo los pormenores ms
circunstanciados acerca de sus proyectos. Era una partida peligrosa
la que estaba V. jugando hace mucho tiempo; no se puede servir a la
vez a Dios y al diablo sin que al fin y a la postre se descubra todo.
nicamente he querido carear a V. con estas buenas gentes a fin de
confundirle y arrancarle la hipcrita mscara con que se encubre.

Al or este rudo apostrofe, el fraile se qued cortado por un momento,
doblegado ante la evidencia de los cargos que se le dirigan; al fin
levant la cabeza, y volvindose hacia el capitn, le dijo con tono
altanero:

--De qu se me acusa?

D. Juan se sonri con desprecio, y respondi:

--Se le acusa a V. de haber querido hacer caer la conducta de plata
confiada a mi cuidado en una emboscada preparada por V., y en la que
en este momento nos aguardan sus dignos secuaces para robarnos y
asesinarnos. Qu responde V. a eso?

--Nada! dijo el fraile con sequedad.

--Hace V. bien, porque sus negativas no seran aceptadas. Solo que,
ahora que est V. confeso y convicto, no se me escapar sin que le deje
un recuerdo eterno de nuestro encuentro.

--Cuidado con lo que va V. a hacer, Seor Capitn, que pertenezco a la
Iglesia, y este hbito me hace ser inviolable.

Una sonrisa burlona arque los labios del capitn, y dijo en tono
irnico:

--No quede por eso: le quitarn a V. el hbito.

La mayor parte de los soldados y los arrieros, despertados por las
voces que daban el fraile y el oficial, se haban ido acercando poco a
poco, y seguan atentamente el curso de la discusin.

El capitn seal al fraile con el dedo, y dirigindose a los soldados,
les dijo:

--Quiten VV. el hbito a ese hombre, tenle a un rbol y aplquenle
doscientos chicotazos.

--Miserables! grit el fraile fuera de s, a aquel de vosotros que
se atreva a tocarme le maldigo: por haber puesto la mano sobre un
ministro del altar, estar condenado eternamente!

Los soldados se detuvieron asustados ante este anatema.

El fraile se cruz de brazos, y desafiando al oficial con aspecto
triunfante, le dijo:

--Desventurado insensato! Podra castigarte por tu audacia, pero te
perdono. Dios se encargar de mi venganza. l ser quien te castigue
cuando haya sonado la hora. Adis. Vamos! Abridme camino, vosotros.

Los dragones, confundidos y atemorizados, se apartaron lentamente y
vacilando ante l; el capitn, obligado a reconocer su impotencia,
apretaba los puos y diriga miradas colricas en torno suyo.

El fraile haba salido casi de entre las filas de los soldados cuando
de pronto sinti que le detenan de un brazo; se volvi con la
intencin evidente de reprender severamente al individuo bastante audaz
para atreverse a tocarle; pero la expresin de su rostro vari de
improviso al conocer al que le detena mirndole con aspecto burln,
pues no era sino el prisionero desconocido, causa primera del insulto
que se le haba inferido.

--Aguarde V. un momento, padre, dijo el cazador. Comprendo que esos
hombres, que son catlicos, teman la maldicin de V. y no se atrevan
a ponerle la mano encima por miedo a las llamas eternas; pero yo, es
muy diferente; soy hereje, como V. sabe, y por lo tanto nada aventuro
desembarazndole de su hbito. As pues, si V. lo permite, voy a
hacerle ese pequeo favor.

--Oh! dijo el fraile rechinando los dientes, te matar, John; te
matar, miserable!

--Bah! Bah! La gente amenazada vive mucho tiempo, repuso John
obligndole a despojarse del hbito de fraile que vesta.

Despus aadi:

--Eso es! Ahora, amigos mos, podis ejecutar con entera seguridad las
rdenes de vuestro capitn: ese hombre es ya, para vosotros, lo mismo
que cualquier otro.

La accin atrevida del cazador haba roto sbitamente el encanto que
contena a los soldados. Tan luego como el temido hbito dej de cubrir
los hombros del fraile, sin escuchar ya los ruegos ni las amenazas se
apoderaron del reo, a pesar de sus gritos le ataron con solidez a un
rbol, y le administraron concienzudamente los doscientos chicotazos
decretados por el capitn, mientras que los cazadores presenciaban la
ejecucin, contando con sorna los golpes y rindose a carcajadas al
ver las contorsiones del miserable a quien el dolor haca retorcerse
como una serpiente.

Al llegar al latigazo ciento veintiocho, el fraile call: el sistema
nervioso, completamente trastornado, le dej insensible; sin embargo
no se haba desmayado, sus dientes estaban apretados, una espuma
blanquecina se escapaba de sus labios; miraba con fijeza delante de s
sin ver, sin dar ms pruebas de que exista que los profundos suspiros
que de vez en cuando agitaban su poderoso pecho.

Cuando se hubo concluido la ejecucin y le desataron, cay y permaneci
en el suelo como una masa inerte.

Le volvieron a poner su hbito y le dejaron all, sin cuidarse de lo
que pudiese acontecerle.

Los dos cazadores se haban alejado despus de hablar algunos instantes
en voz baja con el capitn.

El resto de la noche trascurri sin incidente alguno.

Algunos minutos antes de salir el sol, los soldados y los arrieros se
levantaron para cargar las mulas y preparar lo todo para continuar el
viaje. Luego se dio la orden para ponerse en marcha.

--Dnde est el fraile? exclam de pronto el capitn; no podemos
abandonarle as. Tenderle sobre una mula, y le dejaremos en el primer
rancho que encontremos.

Los soldadas se apresuraron a obedecer y a buscar a fray Antonio; pero
todas las pesquisas fueron intiles: haba desaparecido sin dejar
rastro alguno de su fuga.

D. Juan frunci el entrecejo al recibir esta noticia; pero despus
de un momento de reflexin, movi la cabeza a uno y otro lado con
indiferencia y dijo:

--Me alegro, porque nos hubiera estorbado en el camino.

La conducta de plata se puso en marcha y continu su viaje.




XVI.

RESUMEN POLTICO.


Antes de ir ms lejos, diremos en pocas palabras cual era la situacin
poltica de Tejas en el momento en que pasa la historia que hemos
acometido la empresa de referir.

Desde el tiempo de la dominacin espaola los habitantes de Tejas
revindicaron su libertad con las armas en la mano; pero despus de
varios triunfos y reveses, fueron definitivamente derrotados en la
batalla de Medina, dada el 15 de agosto de 1813, fecha nefasta, por el
coronel Arredondo, jefe del regimiento de Extremadura, al cual se haba
agregado la milicia del estado de Coahuila. Desde aquella poca hasta
la segunda revolucin mejicana, el Tejas permaneci humillado bajo el
intolerable yugo del rgimen militar, y entregado sin defensa a los
incesantes ataques de los indios Comanches.

En varias ocasiones haban formulado pretensiones los Estados Unidos
respecto de aquel pas, sosteniendo que las fronteras naturales de
Mjico y de la confederacin eran el Ro Bravo. Pero obligados en 1819
a reconocer ostensiblemente que sus pretensiones eran infundadas,
buscaron un medio indirecto para apoderarse de aquel rico territorio y
enclavarle en sus fronteras.

Entonces fue cuando desplegaron esa poltica astuta y pacientemente
maquiavlica que al fin haba de hacerles triunfar.

En 1821, los primeros emigrados americanos hicieron su aparicin
tmidamente y casi de incgnito en los _brazos_, desmontando las
tierras, colonizando a la sordina, y tornndose en pocos aos tan
poderosos que en 1824 haban hecho ya progresos bastante grandes para
formar una masa compacta de cerca de cincuenta mil individuos. Los
mejicanos, ocupados incesantemente en luchar unos contra otros en sus
interminables guerras civiles, no comprendieron la trascendencia de la
emigracin americana que ellos mismos haban estimulado en su principio.

Apenas haban trascurrido ocho aos desde la llegada de los primeros
americanos a Tejas, y ya stos componan casi toda su poblacin.

El gabinete de Washington no ocultaba ya sus proyectos y hablaba
claramente de comprar a Mjico el territorio de Tejas, en el cual haba
desaparecido casi por completo el elemento espaol para ceder el puesto
al espritu emprendedor y mercantil de los anglo-sajones.

El gobierno mejicano, despertando por fin de su prolongado letargo,
comprendi el peligro que le amenazaba de la doble invasin de los
habitantes del Misuri y del Tejas en el estado de Santa Fe. Quiso
contener la emigracin americana; pero era demasiado tarde: la ley
promulgada por el congreso de Mjico fue impotente, y no se detuvo
la colonizacin a pesar de los puestos mejicanos diseminados por la
frontera, y encargados de detener a los emigrados y obligarles a
retroceder.

El general Bustamante, presidente de la repblica, comprendiendo
que muy pronto tendra que luchar con los americanos, se prepar
silenciosamente para el combate, y bajo diferentes pretextos fue
dirigiendo al Ro Rojo y a la Sabina varios cuerpos de tropas que no
tardaron en formar un contingente de mil doscientos hombres.

Sin embargo, todo estaba tranquilo en la apariencia; nada haca prever
la poca en que comenzara la lucha, cuando una perfidia del gobernador
de las provincias orientales la hizo estallar de repente en el momento
en que menos se pensaba.

He aqu el hecho:

El comandante de Anhuac, sin ningn motivo plausible, mand arrestar y
meter en la crcel a varios colonos americanos.

Los habitantes de Tejas haban aguantado hasta entonces, sin quejarse,
las innumerables vejaciones que les hacan sufrir los oficiales
mejicanos; pero al ver este ltimo abuso de fuerza, se alzaron como
de comn acuerdo y se presentaron armados delante del comandante,
exigiendo con amenazas y gritos de clera que inmediatamente se
pusiese en libertad a sus conciudadanos.

El comandante, harto dbil para resistirse abiertamente, fingi
conceder lo que le pedan; pero hizo presente que necesitaba dos das
para llenar cierta formalidad y poner a cubierto su responsabilidad.

Los insurgentes accedieron a concederle aquel plazo; y el oficial
lo aprovech para hacer que a toda prisa acudiese a auxiliarle la
guarnicin de Nacogdoches.

Esta guarnicin lleg en el momento en que los insurgentes, fiando en
la palabra del gobernador, se retiraban a sus casas.

Furiosos por haber sido burlados tan prfidamente, volvieron atrs e
hicieron una demostracin tan enrgica, que el oficial mejicano se
consider muy dichoso con evitar el combate y restituir los prisioneros.

En este intermedio, un pronunciamiento hecho en favor de Santa Anna
derrib del poder al general Bustamante a los gritos de Viva la
Federacin!

Lo que ms tema Tejas era el sistema del centralismo, del cual nunca
habra obtenido su reconocimiento como Estado separado, y por lo tanto
la poblacin de Tejas se mostr unnime en favor del federalismo.

Los colonos se sublevaron, y unindose a los insurgentes de Anhuac,
que an estaban con las armas en la mano, marcharon resueltamente sobre
el fuerte Velasco, al cual pusieron sitio.

El grito segua siendo Viva la Federacin! pero esta vez ocultaba
el grito de Viva la Independencia! que los de Tejas, harto
dbiles, no se atrevan a lanzar an.

El fuerte Velasco estaba defendido por una reducida guarnicin
mejicana, mandada por el valiente oficial llamado Ugartechea.

En aquel sitio extraordinario, en el que los sitiadores no respondan
a los caonazos de la fortaleza sino con tiros de carabina, los de
Tejas y los mejicanos hicieron prodigios de valor, y mostraron inaudito
encarnizamiento.

Los colonos, diestros tiradores, emboscados detrs de enormes
trincheras, tiraban como al blanco y cortaban a balazos las manos de
los artilleros mejicanos cada vez que se disponan a cargar sus piezas.
A tal extremo llegaron las cosas, que el comandante Ugartechea, viendo
caer mutilados a sus soldados ms valientes, se sacrific y l mismo
puso manos a la obra. Los de Tejas, que cien veces hubieran podido dar
muerte al valeroso comandante, sorprendidos al ver tan heroico valor,
cesaron el fuego, y Ugartechea se rindi por fin, renunciando a una
defensa que era ya imposible.

Este triunfo llen de jbilo a los colonos; pero Santa Anna no se dej
engaar por el objeto de la insurreccin de Tejas; comprendi que el
federalismo encubra un movimiento revolucionario muy pronunciado;
y lejos de fiarse de las apariencias de adhesin de los colonos, en
cuanto su poder se hubo consolidado lo suficiente para permitirle obrar
con energa contra ellos, despach a toda prisa al coronel Meja con
cuatrocientos hombres para que restableciese en Tejas la autoridad
mejicana ya muy debilitada.

Despus de muchas vacilaciones y manejos diplomticos, sin resultado
posible entre gentes cuya arma principal por ambas partes era la
perfidia, estall por fin la guerra con furor; se organiz en San
Felipe una comisin permanente de seguridad pblica, y se llam al
pueblo a tomar parte en la lucha.

Sin embargo, la guerra civil no haba estallado todava oficialmente,
cuando al fin apareci el hombre que deba decidir la suerte de Tejas y
a quien estaba reservada la gloria de hacerle ser libre: nos referimos
a Samuel Houston.

Desde aquel momento la insurreccin tmida y circunscrita de Tejas se
converta en una revolucin. Sin embargo, en la apariencia el gobierno
mejicano segua siendo dueo legtimo del pas, y a los colonos
naturalmente se les denominaba insurgentes y se les trataba como tales
cuando caan en manos de sus enemigos, lo cual equivale a decir, que
sin ninguna forma de proceso se les ahorcaba, ahogaba o fusilaba, segn
el sitio en que eran cogidos se prestaba a uno de estos tres gneros de
muerte.

En el da en que comienza nuestra historia haban llegado a su colmo la
exasperacin contra los mejicanos y el entusiasmo por la noble causa de
la independencia.

Unas tres semanas antes haba tenido efecto un encuentro formal entre
la guarnicin de Bejar y un destacamento de voluntarios de Tejas
mandado por Austin, que era uno de los jefes ms afamados de los
insurgentes; los colonos, no obstante su ignorancia de la tctica
militar y su inferioridad numrica, se batieron con tanto valor y
manejaron tan bien su nico can, que las tropas mejicanas, despus
de haber sufrido prdidas muy graves, se vieron obligadas a retirarse
precipitadamente sobre Bejar.

Este encuentro fue el primero que verific en el oeste de Tejas
despus de la toma del fuerte de Velasco, y decidi el movimiento
revolucionario, el cual se comunic con la rapidez con que se incendia
un rastro de plvora.

Entonces en todas partes alzaron tropas las ciudades para unirse al
ejrcito libertador, la resistencia se organiz en grande escala, y
algunos jefes de partida audaces comenzaron a recorrer el territorio en
todas direcciones, haciendo la guerra por su cuenta y sirviendo a su
manera la causa que abrazaban y que suponan defender.

El capitn D. Juan Melendez, rodeado por todas partes de enemigos tanto
ms temibles cuanto que le era imposible conocer su nmero y adivinar
sus movimientos, encargado de una misin en extremo delicada, teniendo
a cada paso el presentimiento de una traicin que le amenazaba sin
cesar, sin saber donde, como, ni cuando caera sobre l, tena que
emplear precauciones extremas y una severidad implacable si quera
conducir a buen puerto la carga preciosa que le estaba confiada; por
eso no vacil ante la necesidad de imponer un castigo ejemplar a fray
Antonio.

Haca ya mucho tiempo, que pesaban graves sospechas sobre el fraile;
su conducta ambigua haba producido inquietud y dado margen a sospechas
nada favorables para su honradez.

D. Juan; se haba, propuesto aclarar sus dudas en la primera ocasin
que se le presentase. Ya hemos dicho de qu modo lo logr haciendo una
contra-mina, es decir haciendo espiar al espa por otros ms diestros
que l, y colndole casi in fraganti.

Sin embargo, debemos hacer al digno fraile la justicia de decir
que para nada entraba la poltica en su modo de proceder; no, sus
pensamientos no se elevaban a tanta altura: sabiendo que el capitn
se hallaba encargado, de escoltar una conducta de plata, solo procur
hacerla caer en un lazo para tener una parte en sus despojos y hacer su
fortuna de un solo golpe, con el fin, de procurarse los goces de que
hasta entonces haba estado privado sus pensamientos, no haban ido ms
lejos; el buen hombre era simplemente un ladrn en despoblado, pero
nada tena de personaje poltico.

Le abandonaremos, por ahora, para seguir a los dos cazadores a quienes
deba el rudo castigo que recibi y que abandonaron el campamento tan
luego como hubo terminado la ejecucin.

Estos dos hombres se haban alejado con presuroso paso, y, despus de
bajar silenciosamente de la colina, se internaron en un poblado bosque
en donde les aguardaban, comiendo con la mayor tranquilidad su pienso,
dos magnficos caballos de las praderas, _mustangs_ medio salvajes, de
ojo vivo y remos finos y fuertes; estaban ensillados y dispuestos para
ser montados.

Despus de haberles quitado las trabas con que estaban maneados,
los cazadores les pusieron los frenos, montaron, y clavndoles las
espuelas, partieron a rienda suelta.

As corrieron durante mucho tiempo, tendidos sobre el cuello de sus
caballos, sin seguir ningn camino trazado, pero siempre en lnea
recta, sin cuidarse de los obstculos que encontraban al paso y que
trasponan con inaudita destreza; por ltimo, una hora antes de salir
el sol se detuvieron.

Haban llegado a la entrada de una garganta, flanqueada en ambos lados
por elevadas colinas, primeros estribos de las montaas cuyas fragosas
cumbres pareca que dominaban perpendicularmente la campia.

Los cazadores echaron pie a tierra antes de internarse en la garganta,
y despus de haber maneado sus caballos ocultndolos en unos
carrascales, comenzaron a explorar los alrededores con la sagacidad y
cuidado de los guerreros indios cuando buscan un rastro en el sendero
de la guerra.

Sus pesquisas fueron por mucho tiempo infructuosas, lo cual era fcil
conocer por las exclamaciones de disgusto que algunas veces proferan
en voz baja; por ltimo, al cabo de ms de dos horas, merced a los
primeros rayos del sol que, al salir, haba disipado sbitamente las
tinieblas, vieron ciertas huellas casi imperceptibles que les hicieron
estremecerse de jbilo.

Libres ya, al parecer, de la preocupacin que les atormentaba, fueron a
donde estaban sus caballos, se tendieron indolentemente en el suelo,
y buscando en sus alforjas sacaron de ellas todo lo necesario para un
modesto almuerzo que comieron con el apetito terrible propio de hombres
que haban pasado toda la noche cabalgando a escape tendido por montes
y valles.

Desde su partida del campamento mejicano, no haba mediado una sola
palabra entre ambos cazadores, quienes pareca que obraban bajo
la influencia de una preocupacin profunda que haca intil toda
conversacin.

Por lo dems, es una cosa notable la mudez de los hombres acostumbrados
a la vida del desierto: pasan das enteros sin pronunciar una palabra;
no hablan sino cuando la necesidad les obliga a ello, y la mayor parte
de las veces sustituyen las palabras con la mmica, que tiene sobre
aquellas la incontestable ventaja de no denunciar la presencia de los
que de ella se sirven a los odos de los enemigos invisibles que estn
de continuo en acecho y dispuestos a precipitarse como aves de rapia
sobre los imprudentes que se dejan sorprender.

Cuando el primer apetito de los cazadores se hubo aplacado algn tanto,
aquel a quien el fraile haba llamado John encendi su corta pipa, la
coloc en un ngulo de su boca, y pasando a su compaero la bolsa del
tabaco, le dijo a media voz, como si hubiese temido que le oyesen:

--Qu tal, Sam? Me parece que hemos salido bien, eh?

--En efecto, tal creo, John, respondi Sam inclinando afirmativamente
la cabeza. Es V. astuto como un diablo, amigo mo.

--Bah! dijo el otro con desdn, no hay mucho mrito en engaar a esos
brutos de mejicanos; son muy bestias.

--De todos modos el capitn ha cado en la red con una gracia
particular.

--Eh! No era al capitn a quien yo tema, porque hace mucho tiempo que
he sabido congraciarme con l, sino a aquel fraile maldito.

--Si no llegamos tan a tiempo, es muy probable que nos hubiese birlado
el negocio; no es verdad, John?

--Tal creo, Sam. Vive Dios! Me rea con toda mi alma al verle
retorcerse bajo los chicotazos.

--En efecto, era un espectculo hermoso; pero no teme V. que llegue a
vengarse? Esos frailes son rencorosos como demonios.

--Bah! Qu podemos temer de semejante gusano? Nunca se atrever a
mirarnos frente a frente.

--No importa; bueno es estar en guardia. Nuestro oficio es escabroso,
ya lo sabe V.; y puede suceder que algn da ese maldito animal nos
juegue una mala pasada.

--Bah! Djese V. de eso, lo que hemos hecho ha sido propio de una
guerra de buena ley. Est V. seguro de que el fraile, en una ocasin
anloga, no habra dejado de hacer lo propio con nosotros.

--Es verdad. Entonces, vaya al diablo! y con tanto ms motivo, cuanto
que la presa que codiciamos no poda llegar con ms oportunidad para
nosotros. Nunca me hubiera perdonado el dejarla escapar.

--Permaneceremos emboscados aqu?

--Es lo ms seguro. Siempre tendremos tiempo para reunirnos con
nuestros compaeros cuando veamos asomar la recua por la llanura.
Adems, no tenemos una cita en este sitio?

--Es verdad, ya no me acordaba.

--Y mire V., en hablando del lobo, ah viene justamente nuestro hombre.

Los cazadores se levantaron con viveza; cogieron sus armas, y se
escondieron detrs de una roca con el fin de hallarse dispuestos para
cualquier evento.

Oase el galope rpido de un caballo que se acercaba por momentos; muy
luego desemboc de la garganta un jinete, hizo saltar a su caballo
hacia adelante, y se detuvo tranquilo y altivo a dos pasos de distancia
de los cazadores.

Estos se lanzaron fuera de su escondite y se adelantaron hacia l con
el brazo derecho extendido y la mano abierta en seal de paz.

El jinete, que era un guerrero indio, correspondi a estas
demostraciones pacficas haciendo flotar su manto de piel de bisonte;
en seguida ech pie a tierra, y sin ms ceremonia fue a estrechar
amistosamente las manos que le tendan los cazadores.

--Bienvenido, jefe, dijo John; le aguardbamos a V. con impaciencia.

--Miren mis hermanos al sol, respondi el indio; el Zorro-Azul es
puntual.

--Es verdad, jefe, nada hay que decir: tiene usted una exactitud
notable.

--El tiempo a nadie aguarda; los guerreros no son mujeres: el
Zorro-Azul quisiera celebrar consejo con sus hermanos plidos.

--Corriente, repuso John, la observacin de V. es justa, jefe;
deliberemos. Anhelo ya entenderme definitivamente con V.

El indio salud gravemente a su interlocutor, se sent en el suelo,
encendi su pipa y comenz a fumar con recogimiento; los cazadores se
colocaron a su lado, y como l permanecieron silenciosos todo el tiempo
que dur el tabaco contenido en sus pipas.

Al fin el jefe sacudi la ceniza de la suya en la ua del dedo pulgar y
se dispuso a hablar.

En el mismo instante se oy una detonacin, y una bala lleg silbando a
cortar una rama casi encima de la cabeza del jefe.

Los tres hombres se levantaron de un salto, y cogiendo sus armas
se dispusieron a rechazar valerosamente a los enemigos que tan de
improviso les atacaban.




XVII.

TRANQUILO.


Entre la hacienda del Mezquite y la venta del Potrero, prximamente a
mitad de camino entre aquellos dos puntos, es decir, a unas cuarenta
millas de uno y otro, en la noche del da en que comienza nuestra
historia, haba dos hombres sentados a la orilla de un riachuelo
ignorado, y conversaban cenando un poco de carne tostada y manzanas
cocidas.

Aquellos dos hombres eran Tranquilo el canadiense y su amigo Quoniam el
negro.

A unos cincuenta pasos de ellos, en unos matorrales espesos, se vea un
potrillo de dos meses atado al pie de un catalpa gigantesco.

El pobre animal, despus de haber hecho vanos esfuerzos para romper las
ligaduras que le sujetaban, concluy por reconocer la inutilidad de sus
tentativas y se tendi tristemente en el suelo.

Los dos hombres a quienes dejamos jvenes al fin de nuestro prlogo,
a la sazn haban llegado ya a la segunda mitad de su vida. Aunque
la edad haba hecho poca impresin sobre sus cuerpos de hierro, sin
embargo algunas canas comenzaban a platear la cabellera del cazador, y
algunas arrugas precoces surcaban en varios puntos su rostro tostado
por la intemperie de las estaciones.

Sin embargo, fuera de estas leves seales que sirven como de sello a la
edad madura, nada denotaba en el canadiense la ms mnima decadencia;
por el contrario, sus ojos seguan siendo vivos, su cuerpo estaba
derecho y sus miembros se mantenan tan musculosos como antes.

En cuanto al negro, nada, al parecer, haba variado en su persona; no
haba enrojecido lo ms mnimo; solo que estaba bastante grueso y ya no
estaba esbelto, aunque nada haba perdido de su sin igual agilidad.

El sitio en que se hallaban acampados los dos cazadores, de seguro era
uno de los ms pintorescos de la pradera.

El viento de la noche haba despejado el cielo cuya bveda de un
azul oscuro apareca entonces tachonada por innumerables estrellas
en cuyo centro apareca la Cruz del Sur: la luna derramaba sus rayos
blanquecinos que prestaban a los objetos una apariencia fantstica;
la noche tena esa transparencia suave peculiar de los resplandores
crepusculares; a cada rfaga de la brisa, los rboles sacudan sus
hmedas copas y hacan llover perlas que esmaltaban los arbustos.

El ro corra tranquilo entre sus fragosas orillas, extendindose
a lo lejos como una ancha cinta de plata y reflejando en su serena
superficie los rayos temblorosos de la luna, que haba llegado casi a
los dos tercios de su carrera.

Tal era el silencio que reinaba en aquel desierto que en l se oa la
cada de una hoja seca o el estremecimiento de la rama agitada por el
paso de un reptil.

Los dos cazadores hablaban en voz baja; pero, cosa singular en hombres
tan acostumbrados a la vida de los bosques! Su campamento nocturno, en
vez de estar establecido en la cumbre de una altura, segn las reglas
invariables de la pradera, se hallaba, por el contrario, situado en el
borde de un talud que bajaba por una pendiente suave hasta el ro y en
cuyo barro se vean impresas numerosas huellas ms que sospechosas,
pues en su mayor parte eran de grandes fieras carnvoras.

A pesar del fro bastante penetrante de la noche y del abundante y
helado roco, los cazadores no haban encendido lumbre; sin embargo,
era evidente que les hubiera agradado mucho calentarse a la llama
ardiente de una hoguera; el negro, sobre todo, que estaba vestido muy
ligeramente con un calzn que dejaba sus piernas descubiertas y con un
pedazo de zarap lleno de agujeros, tiritaba dando diente con diente.

Tranquilo, que estaba mejor abrigado con el traje de los campesinos
mejicanos, pareca que no reparaba en el fro; con su rifle entre
las piernas, sondeando de vez en cuando las tinieblas con su mirada
infalible, o prestando atento odo a algn ruido que solo a l le era
dado percibir, hablaba con el negro sin dignarse parar mientes en sus
muecas ni en sus tiritones.

--Con que hoy no ha visto V. a la nia, Quoniam? dijo.

--No, hace ya dos das que no la veo, respondi el negro.

El canadiense suspir y repuso:

--Yo deba de haber ido all. Esa nia est muy aislada en la venta,
sobre todo ahora que la guerra ha desencadenado hacia aquella parte
a todas las gentes de mal vivir y a todos los merodeadores de las
fronteras.

--Bah! Carmela no es tonta y no se ver apurada para defenderse si la
insultan.

--Voto a bros! exclam el canadiense oprimiendo con ambas manos su
carabina, si alguno de esos malvados se atreviese con ella...

--No se atormente V. de esa manera, Tranquilo; ya sabe V. que si
alguien se atreviese a insultarle, la nia querida no carecera de
defensores. Adems, Lanzi no se separa de ella un solo instante, y ya
sabe V. que es fiel.

--S, murmur el cazador, pero al fin Lanzi no es ms que un hombre.

--Es V. atroz con las ideas que se le meten en la cabeza sin razn.

--Quiero mucho a esa nia, Quoniam!

--Pardiez! Vaya una cosa! Yo tambin la quiero. Mire V., si V.
quiere, en cuanto matemos al jaguar iremos al Potrero: le conviene?

--Est muy lejos de aqu.

--Bah! Tres horas de marcha todo lo ms. Diga V., Tranquilo, sabe
V. que hace mucho fro y que materialmente me estoy helando? Maldito
animal! Qu estar haciendo ahora? De seguro anda rondando por ah en
vez de venirse aqu en derechura.

--Para que le maten, verdad? dijo Tranquilo sonriendo. Quin sabe?
Acaso sospeche lo que le estamos preparando.

--Es muy posible: esos diablos de animales son tan astutos! Mire V.,
ya se estremece el potro: de seguro ha olfateado algo.

El canadiense volvi un poco la cabeza y dijo:

--No, todava no.

--Pues ya tenemos para toda la noche! murmur el negro haciendo un
gesto de mal humor.

--Qu siempre ha de ser V. el mismo, Quoniam! Impaciente y testarudo!
Por ms que le digo, se ha de obstinar siempre en no entender: cuntas
veces le he repetido que el jaguar es uno de los animales ms astutos
que existen? Aunque nos hayamos colocado en direccin contraria al
viento, para m es evidente que nos ha olfateado. Anda rondando
cautelosamente en torno nuestro, temiendo acercarse demasiado a nuestro
puesto; como V. dice, anda de un lado para otro sin objeto aparente.

--Ah! Y cree V. que todava durar mucho tiempo esta broma?

--No, porque ya debe comenzar a tener sed; en este momento lucha l con
tres sentimientos: el hambre, la sed y el miedo; est V. seguro de que
este ltimo ser el ms dbil, no es ms que cuestin de tiempo.

--Ya lo veo; hace cerca de cuatro horas que estamos aqu de plantn.

--Paciencia, que lo ms ya est hecho, y estoy seguro de que no
tardaremos en tener noticias suyas.

--Dios le oiga a V., porque me estoy muriendo de fro. Es grande al
menos el jaguar?

--S, sus huellas son anchas; pero, o mucho me engao, o est apareado.

--Lo cree V.?

--Casi me atrevera a apostarlo. Es imposible que un solo jaguar haga
tantos destrozos en menos de ocho das. Segn me lo ha asegurado don
Hilario, han desaparecido diez cabezas de ganado.

--Oh! exclam Quoniam restregando alegremente las manos, entonces
vamos a hacer buena cacera, es evidente que tiene cra.

--Eso mismo he supuesto yo: preciso es que tengan hijuelos cuando tanto
se acercan a las haciendas.

En aquel momento, un rugido ronco que se pareca algn tanto al
maullido lastimero de un gato, turb el silencio profundo del desierto.

--He ah su primera voz de alarma, dijo Quoniam.

--Todava est lejos.

--Oh! No tardar en acercarse.

--Todava no; no es a nosotros a quienes quiere atacar en este momento.

--Calle! Pues a quin?

--Escuche V.!

En aquel momento reson a poca distancia un grito semejante al primero,
pero que proceda del lado opuesto.

--Cuando yo deca que estaba apareado! repuso pacficamente el
canadiense.

--Yo no lo pona en duda. Si V. no conoce las costumbres de los tigres,
quin va a saberlas?

El pobre potro se haba levantado y todo su cuerpo temblaba; medio
muerto de miedo, con la cabeza oculta entre sus patas delanteras, se
mantena firme sobre sus cuatro remos lanzando una especie de quejido.

--Pobre animal inocente! dijo Quoniam, comprende que est perdido.

--Espero que no.

--El jaguar le ahogar.

--S, si no le matamos antes.

--Confieso a V., dijo el negro, que me alegrara mucho de que ese
desgraciado potro pudiese librarse.

--Se librar, dijo el cazador; le he escogido para Carmela.

--Bah! Entonces para qu le ha trado V. aqu?

--Para acostumbrarle al tigre.

--Calle! Es buena idea esa; entonces no tengo yo que cuidarme de ese
lado?

--No; piense V. tan solo en el jaguar que ha de venir por su derecha,
que yo me encargo del otro.

--Queda convenido.

Casi al mismo tiempo resonaron otros dos rugidos ms poderosos.

--Tiene sed, observ Tranquilo; se despierta su clera y comienza a
acercarse.

--Bueno! Debernos prepararnos ya?

--Aguarde V. todava, que nuestros enemigos vacilan; an no han llegado
al parasismo de la rabia que les hace olvidar toda prudencia.

El negro que se haba levantado volvi a sentarse filosficamente.

As trascurrieron algunos minutos. De vez en cuando, una rfaga
de viento nocturno, cargada de rumores vacilantes, pasaba como un
torbellino por encima de las cabezas de los cazadores y se perda a lo
lejos como un suspiro.

Los dos hombres estaban serenos e inmviles, con los ojos fijos en el
espacio, con el odo atento a los ruidos del desierto, con el dedo en
el gatillo del rifle, dispuestos a hacer frente a la primera seal al
enemigo invisible todava, pero cuya aproximacin y ataque inminentes
adivinaban instintivamente.

De pronto el canadiense se estremeci y se inclin con viveza hacia el
suelo.

--Oh! exclam enderezndose con ademan de terrible ansiedad, qu
sucede en el bosque?

Los rugidos del tigre estallaron como un trueno.

A ellos contest un grito terrible, y se oy el galope furibundo de un
caballo que se acercaba con vertiginosa rapidez.

--Alerta! Alerta! exclam Tranquilo; alguien se halla en peligro de
muerte, el tigre le persigue.

Los dos cazadores se lanzaron intrpidamente en direccin del sitio en
que sonaban los rugidos.

El bosque entero pareca que se estremeca; ruidos inexplicables
salan de las ignoradas guaridas, asemejndose unas veces a carcajadas
burlonas, y otras a gritos de angustia.

Los roncos maullidos de los jaguares continuaban sin interrupcin. El
galope del caballo que los cazadores oyeron primero pareca que se
haba convertido en mltiple, y resonaba en puntos opuestos.

Los cazadores, anhelosos y fuera de s, seguan corriendo en lnea
recta, saltando barrancos y zanjas con una rapidez aterradora; el
terror que experimentaban por los desconocidos a quienes queran
socorrer les prestaba alas.

De pronto, un grito de angustia ms estridente, ms desesperado que el
primero, se oy a corta distancia.

--Oh! Es ella! Es Carmela! exclam Tranquilo posedo de una especie
de vrtigo.

Y saltando como una fiera, se lanz hacia adelante seguido de Quoniam,
quien durante toda aquella loca carrera no se haba separado de l ni
una lnea.

De pronto rein en el desierto un silencio de muerte; todo ruido,
todo rumor haba cesado como por encanto; solo se oa la respiracin
anhelosa de los cazadores que seguan corriendo.

Alzse un rugido de furor lanzado por los tigres; un crujido de ramas
agit unos matorrales prximos, y una masa enorme, saltando desde lo
alto de un rbol, pas por encima del canadiense y desapareci; en el
mismo instante un relmpago rasg las tinieblas y son un tiro, al cual
respondieron casi en seguida un rugido de agona y un grito de espanto.

--nimo, nia! nimo! exclam una voz varonil y acentuada a poca
distancia; est V. salvada!

Los cazadores, por medio de un esfuerzo supremo de energa, apresuraron
ms an la rapidez casi increble ya de su carrera, y al fin
desembocaron en el teatro de la lucha.

Entonces se ofreci ante su aterrada vista un espectculo singular y
terrible.

En una explanada bastante pequea, una mujer desmayada estaba tendida
en el suelo junto a un caballo herido que se agitaba en las ltimas
convulsiones de la agona.

Aquella mujer estaba inmvil, como muerta.

Dos tigrecillos jvenes, acurrucados como gatos, fijaban en ella sus
ojos ardientes y se disponan a atacarla; a pocos pasos de all un
tigre herido se revolcaba en el suelo rugiendo con furor, y procuraba
arrojarse sobre un hombre que, con una rodilla en tierra, con el brazo
izquierdo envuelto en los numerosos pliegues de un zarap, echado
hacia adelante y empuando con la mano derecha un machete, esperaba
resueltamente su ataque.

Detrs de aquel hombre, un caballo, con el cuello estirado, el hocico
humeante y las orejas: tendidas hacia atrs, se estremeca lleno de
terror afirmndose en sus cuatro remos; otro tigre, encaramado en la
rama ms fuerte de un rbol, fijaba una mirada ardiente en el jinete
desmontado, azotando el aire con su poderosa cola y lanzando sordos
maullidos.

Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir lo vieron los cazadores
de una sola ojeada: con la rapidez del rayo y con un gesto de sublime
sencillez se repartieron los puestos los atrevidos aventureros.

Mientras Quoniam se precipitaba sobre los dos cachorros, y cogindolos
del cuello les estrellaba la cabeza en una roca, Tranquilo se echaba
el rifle a la cara y derribaba de un tiro a la hembra del tigre
precisamente en el momento en que desde el rbol se arrojaba sobre el
jinete; luego, volvindose con extremada viveza, mat de un culatazo al
segundo tigre y lo tendi a sus pies.

--Ah! dijo el cazador con un sentimiento de orgullo, poniendo su rifle
en el suelo y enjugndose la frente baada en sudor fro.

--Vive! exclam Quoniam, quien comprendi toda la angustia que
encerraba la exclamacin de su amigo; solo el terror la ha hecho
desmayarse; pero est salvada.

El cazador se quit lentamente el gorro, y alzando los ojos al cielo,
murmur con acento de indescriptible gratitud:

--Gracias! Dios mo.

Entre tanto, el jinete tan milagrosamente salvado por Tranquilo se
adelant hacia l, y tendindole la mano, le dijo:

--A cargo de revancha.

--Yo soy quien quedo en deuda con V., respondi con franqueza el
cazador: a no ser por la sublime abnegacin de V., hubiramos llegado
demasiado tarde.

--No he hecho ms de lo que hubiera ejecutado cualquier otro en mi
lugar.

--Puede ser. El nombre de V., hermano?

--Corazn Leal[1]. Y el de V.?

--Tranquilo. Desde hoy seremos amigos hasta la muerte.

--Acepto, hermano. Ahora pensemos en esa pobre joven.

Los dos hombres se estrecharon otra vez la mano y se acercaron a
Carmela, a quien Quoniam prodigaba todos los auxilios imaginables sin
lograr sacarla del profundo desmayo en que se hallaba sepultada.

Mientras Corazn Leal y Tranquilo sustituan a Quoniam junto a la
joven, el negro se apresur a reunir lea seca y encender fuego.

Sin embargo, al cabo de algunos minutos Carmela entreabri los ojos,
y muy luego se encontr bastante bien para explicar las causas de su
presencia en aquel bosque, en vez de estar tranquilamente dormida en la
venta del Potrero.

Este relato que, por razn de la debilidad de la joven y de las fuertes
emociones que haba experimentado, exigi varias horas, se le haremos
nosotros al lector en breves palabras en el captulo siguiente.


[1] Vanse los _Tramperos del Arkansas._




XVIII.

LANZI.


Carmela sigui con la vista durante mucho tiempo la carrera desordenada
del Jaguar por el campo. Cuando por fin le vio desaparecer a lo lejos
en medio de un bosque, baj tristemente la cabeza y volvi a entrar en
la venta con lento paso y muy pensativa.

--Le aborrece, murmur en voz baja y muy conmovida; le aborrece;
querr salvarle?

Se dej caer sobre un asiento, y durante algunos momentos qued sumida
en profundas reflexiones.

Al fin levant la cabeza: un rubor febril tea su rostro; sus ojos tan
dulces pareca que despedan relmpagos.

--Yo le salvar! exclam con soberana resolucin.

Despus de esta exclamacin se levant, y atravesando la sala con
presuroso paso, entreabri la puerta del corral y grit:

--Lanzi!

--Qu quiere V., nia? respondi el mestizo, que en aquel momento se
ocupaba en dar alfalfa a dos caballos de mucho precio pertenecientes a
la joven, y cuya custodia especial lo estaba confiada.

--Venga V.

--All voy al momento.

En efecto, al cabo de cinco minutos, todo lo ms, apareci en la puerta
de la sala.

--Qu desea V., Seorita? dijo con esa obsequiosidad tranquila,
habitual en los criados mimados por sus amos; estoy muy ocupado en este
momento.

--Es muy posible, mi buen Lanzi, respondi Carmela con dulzura; pero lo
que tengo que decir a V. no admite dilacin alguna.

--Oh! Oh! dijo el mestizo con cierto tono de sorpresa, pues qu
sucede?

--Nada de particular, amigo mo, todo est en orden en la venta, segn
costumbre; solo que tengo que pedir a V. un favor.

--Un favor, a m?

--S.

--Hable V., Seorita; ya sabe V. que le pertenezco en cuerpo y alma.

--Va siendo tarde, y es probable que en una hora tan avanzada no se
detenga ningn viajero en la venta.

El mestizo levant la cabeza, calcul mentalmente la marcha del sol, y
por fin dijo:

--No creo que vengan ya hoy viajeros; son cerca de las cuatro; sin
embargo, an podra suceder que viniesen.

--No hay motivo alguno para suponerlo.

--Es verdad, Seorita.

--Pues bien, entonces quisiera que cerrase V. la venta.

--Que cierre la venta! Por qu?

--Voy a decrselo a V.

--Es realmente muy importante?

--S por cierto.

--Entonces hable V., nia, soy todo odos.

La joven lanz una mirada profunda e interrogadora al mestizo, que
estaba de pie delante de ella, apoy los codos con coquetera sobre una
mesa, y dijo con tono indiferente:

--Tengo inquietud, Lanzi.

--Inquietud! Por qu?

--Por la prolongada ausencia de mi padre.

--Cmo! Pues si apenas hace cuatro das que estuvo aqu.

--Nunca me ha dejado sola tanto tiempo.

--Sin embargo... dijo el mestizo rascndose la cabeza algo confuso.

--En resumen, dijo la joven interrumpindole con resolucin, tengo
inquietud por mi padre y quiero verle. Va V. a cerrar la venta y a
ensillar los caballos, y nos iremos a la hacienda del Mezquite; no est
lejos, y dentro de cuatro o cinco horas podremos hallarnos de regreso.

--Pero es muy tarde...

--Razn ms para marcharnos al instante.

--Sin embargo...

--Nada de observaciones; haga V. lo que le mando.

El mestizo inclin la cabeza sin responder; saba que cuando su ama
hablaba as, era preciso obedecer.

La joven adelant un paso, puso su mano blanca y delicada sobre el
hombro del mestizo, y acercndole su cara fresca y preciosa, aadi con
una sonrisa dulce que hizo estremecer de alegra al pobre diablo:

--No se incomode V. por este capricho, mi buen Lanzi: sufro mucho!

--Incomodarme yo, nia! respondi el mestizo encogindose de hombros
de una manera significativa: eh! No sabe V. que yo me echara al
fuego por V.? Con mayor motivo har cuanto se le ponga en la cabeza.

Entonces se ocup con la mayor celeridad en atrancar con cuidado las
puertas y las ventanas de la venta, y en seguida se volvi al corral a
ensillar los caballos, mientras que Carmela, poseda de una impaciencia
nerviosa, se quitaba el traje que tena puesto y vesta otro ms cmodo
para el viaje que proyectaba, porque haba engaado al anciano criado:
no era al lado de Tranquilo a donde quera ir.

Pero Dios haba resuelto que el proyecto que agitaba en su traviesa
cabeza rubia no alcanzase buen xito.

En el momento en que Carmela, completamente vestida y dispuesta para
montar a caballo, entraba de nuevo en la sala, Lanzi apareci en la
puerta que daba al corral con el semblante trastornado por el terror.

Carmela corri presurosa hacia l creyendo que se haba hecho dao, y
le pregunt con inters:

--Qu tiene V.?

--Estamos perdidos! respondi Lanzi con voz sorda, dirigiendo en torno
suyo una mirada de espanto.

--Cmo, perdidos! exclam la joven tornndose plida como un cadver;
qu quiere usted decir, amigo mo?

El mestizo apoy un dedo en sus labios para: imponerla silencio; la
hizo sea de que le siguiese, y se desliz al corral con cauteloso paso.

Carmela sali detrs de l.

El corral estaba rodeado por un cercado de tablas de unos dos metros de
altura. Lanzi se acerc a un sitio en que haba una rendija bastante
ancha por donde se poda ver el campo, y sealndosela a su ama, le
dijo:

--Mire V.!

La joven obedeci y peg su rostro a las tablas.

Comenzaba a anochecer, y las tinieblas, a cada momento ms densas,
invadan rpidamente el campo. Sin embargo, la oscuridad no era todava
suficiente para impedir que Carmela distinguiese a algunos centenares
de metros una tropa numerosa de jinetes que corran a rienda suelta en
direccin a la venta.

Bastle a la joven una simple ojeada para conocer que aquellos Jinetes
eran indios bravos.

Aquellos guerreros, en nmero de cincuenta, vestan su traje completo
de combate, e inclinados sobre el cuello de sus corceles, tan indmitos
como ellos, blandan sus largas lanzas por encima de sus cabezas en
seal de reto.

--Son los Apaches! exclam Carmela retrocediendo llena de espanto.
Cmo es que han llegado hasta aqu sin que se haya tenido noticia de
su invasin?

El mestizo movi tristemente la cabeza, y dijo:

--Dentro de pocos minutos estarn aqu: qu hacemos?

--Defendernos! exclam resueltamente la joven. Parece que no tienen
armas de fuego; nosotros, guarecidos detrs de las paredes de nuestra
casa, podremos sostenernos fcilmente contra ellos hasta la salida del
sol.

--Y entonces? pregunt l mestizo en tono de duda.

--Entonces, repuso Carmela con exaltacin, Dios nos ayudar!

--Amn! respondi el mestizo menos convencido que nunca de la
posibilidad de tal milagro.

--Apresrese V. a bajar a la sala todas las armas de fuego que hay en
casa, que quizs esos paganos retrocedern si se ven recibidos con
energa; adems, quin sabe si nos atacarn?

--Eh! Esos demonios son muy astutos, y saben muy bien la gente que hay
en la casa. No cuente V. con que se retiren sin haberse apoderado de la
venta.

--Pues bien! exclam Carmela resueltamente, sea lo que Dios quiera!
Moriremos peleando con valor, en vez de dejarnos coger cobardemente y
ser esclavos de esos miserables sin corazn y sin piedad.

--Corriente! respondi el mestizo electrizado por las palabras
entusiastas de su ama, batalla! Ya sabe V., Seorita, que no me asusta
un combate; que se tengan firmes esos perros, porque si no se andan con
cuidado, quizs les juegue yo una mala pasada de la cual se acuerden
durante toda su vida!

La conversacin qued en esto por el momento, en atencin a la
necesidad en que nuestros personajes se encontraban de preparar
sus medios de defensa, lo cual verificaron con una celeridad y una
inteligencia, que demostraban que no era aquella la primera vez que se
encontraban en tan crtica posicin.

No se sorprenda el lector al ver el viril entusiasmo desplegado en
aquella ocasin por Carmela: en las fronteras, en donde de continuo se
hallan expuestos a las incursiones de los indios y de los merodeadores
de todas clases, las mujeres pelean al lado de los hombres, y olvidando
la debilidad de su sexo, cuando llega la ocasin, saben mostrarse tan
valientes como sus hermanos y sus maridos.

Carmela no se haba equivocado: era un destacamento de indios bravos
el que llegaba a galope. Muy pronto estuvieron junto a la casa y la
rodearon por completo.

Generalmente, los indios, en sus expediciones, proceden con suma
prudencia, sin mostrarse nunca a descubierto ni avanzar sino con
extremada circunspeccin: en esta ocasin fcil era conocer que se
juzgaban seguros del triunfo y que saban perfectamente que la venta se
hallaba desprovista de defensores.

Cuando hubieron llegado a unos veinte metros de la casa, se detuvieron,
echaron pie a tierra, y pareci que se consultaban unos a otros un
instante.

Lanzi haba aprovechado aquellos instantes de tregua para amontonar
sobre la mesa de la sala todas las armas de la casa, es decir, unas
diez carabinas.

Aunque las puertas y las ventanas estaban slidamente atrancadas,
merced a las numerosas aspilleras abiertas de trecho en trecho, era
fcil observar los movimientos del enemigo.

Carmela, armada con una carabina, se haba colocado con intrepidez
delante de la puerta, mientras que el mestizo, con semblante
preocupado, andaba de un lado para otro, entraba y sala, y pareca que
daba la ltima mano a un trabajo importante y misterioso.

--Vamos, dijo al cabo de un instante, ya est todo corriente. Vuelva V.
a poner esa carabina sobre la mesa, Seorita: no es con la fuerza, sino
nicamente por medio de la astucia como podemos vencer a esos demonios.
Djeme V. obrar.

--Cul es el proyecto de V.?

--Ya lo ver V. He serrado dos tablas del cercado del corral; monte
V. a caballo, y tan luego como me oiga abrir la puerta de la venta,
mrchese a escape tendido.

--Pero y V.?

--No se cuide V. de m, sino clave las espuelas a su caballo.

--No quiero abandonar a V.

--Bah! Bah! No andemos en tonteras; soy viejo, mi vida est ya en
un hilo, la de V. es preciosa, es menester salvarla. Djeme obrar a mi
antojo, le digo.

--No, a no ser que me diga V...

--No dir nada. Encontrar V. a Tranquilo en el Vado del Venado. Ni
una palabra ms!

--Ah! De veras? dijo Carmela. Pues bien! juro que no me mover de
junto a V., suceda lo que quiera.

--Est V. loca! No la he dicho que quiero jugar una mala pasada a los
indios?

--S.

--Pues bien, ya lo ver V.: solo que, como temo alguna imprudencia por
parte de V., deseo verla marchar delante. No hay ms que eso.

--Me dice V. la verdad?

--S por cierto! Dentro de cinco minutos me reunir con V.

--Me lo promete V.?

--No crea V. que me voy a entretener en quedarme aqu.

--Pero qu se propone V. hacer?

--Ah estn los indios. Salga V. y no olvide marchar a escape tendido
en cuanto yo abra la puerta, y dirigirse al Vado del Venado.

--Pero cuento con que...

--Ande V., ande V.; queda convenido, dijo Lanzi interrumpindola
bruscamente y empujndola hacia el corral.

La joven obedeci de muy mala gana; pero en aquel momento resonaron
en la puerta de la venta algunos golpes precipitados, y el mestizo
aprovech esta demostracin de los indios para cerrar la puerta del
corral.

--He jurado a Tranquilo protegerla, suceda lo que quiera, murmur, y no
puedo salvarla sino muriendo por ella. Pues bien, morir! Pero vive
Dios que he de hacerme unos funerales magnficos.

Llamaron de nuevo en la puerta; pero esta vez con tal violencia, que
era fcil prever que no resistiran por mucho tiempo las tablas.

--Quin est ah? pregunt el mestizo con voz serena.

--Gente de paz, respondieron desde fuera.

--Cspita! dijo Lanzi, para ser gente de paz tienen VV. una manera
singular de anunciarse.

--Abra V.! Abra V.! repuso la voz desde fuera.

--Con mucho gusto; pero quin me asegura que no quieren VV. hacerme
dao?

--Abra V. o echamos la puerta abajo. Y se repitieron los golpes.

--Oh! Oh! dijo el mestizo, no se andan ustedes en chiquitas! Ea, no
se cansen ms, que all voy.

Cesaron los golpes.

El mestizo desatranc la puerta y abri.

Los indios se precipitaron dentro de la casa lanzando gritos y aullidos
de alegra.

Lanzi se haba apartado para dejarles franco el paso. Hizo un gesto de
alegra al or el galope de un caballo que se alejaba con rapidez.

Los indios no pararon mientes en aquel incidente.

--Queremos beber! exclamaron.

--Qu quieren VV. que les d? pregunt el mestizo, quien procuraba
ganar tiempo.

--Agua de fuego! gritaron los indios.

Lanzi se apresur a servirles. Comenz la orga.

Los pieles rojas, sabiendo que nada tenan que temer por parte de
los habitantes de la venta, tan luego como se abri la puerta, se
precipitaron en tropel dentro de la sala, juzgando innecesario el
colocar centinelas: este descuido, con el cual contaba Lanzi, facilit
a Carmela el que se alejase sin ser vista ni molestada.

Los indios, y sobre todo los Apaches, tienen una pasin desenfrenada
por los licores fuertes: entre todos ellos, solo los Comanches tienen
una sobriedad a toda prueba. Hasta ahora han sabido librarse de esa
tendencia funesta a la embriaguez, que diezma y embrutece a sus
compatriotas.

Lanzi observaba con sorna las evoluciones de los pieles rojas que,
aglomerados en torno de las mesas, beban sendos tragos y vaciaban
a porfa las botas colocadas delante de ellos; los ojos de los
indios comenzaban a brillar; sus facciones se animaban; hablaban
desaforadamente todos a un tiempo sin saber ya lo que decan y sin
pensar ms que en emborracharse.

De pronto el mestizo sinti que le ponan una mano en el hombro.

Se volvi.

Un indio estaba de pie en frente de l con los brazos cruzados sobre el
pecho.

--Qu quiere V.? le pregunt.

--El Zorro-Azul es un jefe, respondi el indio, y tiene que hablar con
el rostro plido.

--No est satisfecho el Zorro-Azul acaso de la manera en que le he
recibido, as como a sus compaeros?

--No es eso; los guerreros beben, el jefe quiere otra cosa.

--Ah! dijo el mestizo, lo siento mucho, porque he dado cuanto tena.

--No, respondi secamente el indio.

--Cmo que no?

--Dnde est la joven de cabellos de oro?

--No le entiendo a V., jefe, dijo el mestizo, quien, por el contrario,
comprenda perfectamente.

El indio se sonri.

--Mire el rostro plido al Zorro-Azul y ver que es un jefe y no un
nio a quien se puede entretener con mentiras. Qu se ha hecho la
joven de cabellos de oro, la que habita aqu con mi hermano?

--La mujer de quien V. habla, si es la joven a quien pertenece esta
casa a la que V. se refiere...

--S.

--Pues bien, no est aqu.

El jefe le dirigi una mirada penetrante y dijo:

--El rostro plido miente.

--Bsquela V.

--Estaba aqu hace una hora.

--Es muy posible.

--Dnde est?

--Bsquela V.

--El rosto plido es un perro cuya cabellera he de arrancar.

--Buen provecho le haga a V., respondi el mestizo en tono de burla.

Desgraciadamente, Lanzi, al decir estas palabras, haba dirigido una
mirada triunfante hacia la parte del corral; el jefe cogi esta mirada
al vuelo, se precipit hacia el corral, abri la puerta y lanz un
grito de furor al ver la brecha practicada en el cercado: acababa de
comprender la verdad.

--Perro! exclam, y cogiendo del cinto su cuchillo de desollar, lo
lanz con rabia hacia su enemigo.

Pero el mestizo, que le vigilaba, esquiv el golpe, y el cuchillo fue a
clavarse en la pared a pocas pulgadas de su cabeza.

Lanzi se enderez, y saltando por encima del mostrador, se precipit
hacia el Zorro-Azul.

Los indios se levantaron tumultuosamente, y cogiendo sus armas saltaron
como fieras en persecucin del mestizo.

Este, cuando hubo llegado al umbral de la puerta del corral, se volvi,
descarg sus pistolas en medio de la multitud, mont precipitadamente a
caballo, y clavndole las espuelas en los ijares, le hizo trasponer el
boquern del cercado.

En el mismo instante se oy detrs de l un estrpito terrible; tembl
la tierra, y una masa confusa de piedras, vigas y escombros de todas
clases fue a caer en derredor del jinete y de su caballo.

La venta del Potrero acababa de volarse, sepultando bajo sus ruinas a
los Apaches que la haban invadido.

He ah la mala pasada que Lanzi se haba propuesto jugar a los indios.

Ahora se comprender por qu haba insistido para que Carmela se
alejase tan pronto.

Por una felicidad singular, ni el mestizo ni su caballo estaban
heridos; el _mustang_, con el hocico humeante, volaba por la pradera
como si hubiese tenido alas, hostigado de continuo por su jinete que le
estimulaba con el ademn y con la voz, porque le pareca or a poca
distancia detrs de s el galope de otro caballo que pareca que le
persegua.

Desgraciadamente la noche estaba demasiado oscura para que le fuese
posible cerciorarse de que no se equivocaba.




XIX.

LA CAZA.


Segn toda probabilidad, el lector juzgar que el medio empleado por
Lanzi para desembarazarse de los Apaches era un poco violento, y que
acaso no debiera haber recurrido a l sino en el ltimo extremo.

La justificacin del mestizo es tan sencilla como fcil de exponer:
los indios bravos, cuando pasan la frontera mejicana, se entregan sin
compasin a todo gnero de desrdenes, empleando la mayor crueldad
para con los desventurados blancos que caen en sus manos y a quienes
profesan un odio que nada puede saciar.

La posicin de Lanzi, solo, sin poder esperar auxilio de nadie en
un sitio tan aislado, en poder de unos cincuenta demonios sin fe ni
ley, era en extremo crtica, y mucho ms si se tiene en cuenta que
los Apaches, tan luego como hubiesen estado excitados por los licores
fuertes, cuyo abuso les produce una especie de locura furiosa, no
habran reconocido ya freno alguno; su carcter sanguinario hubiera
prevalecido, y entonces se habran entregado a las crueldades ms
injustificables por el solo placer de hacer sufrir a un enemigo de su
raza.

Adems, el mestizo tena una razn perentoria para no guardar
consideracin alguna: a toda costa era preciso asegurar, fuera como
quisiera, la salvacin de Carmela; pues haba hecho a Tranquilo el
juramento solemne de defenderla an con peligro de su propia existencia.

En el caso presente saba que su vida o su muerte dependan tan solo
del capricho de los indios, y por lo tanto no tena que guardar
consideracin alguna.

Lanzi era un hombre fro, positivista y metdico, que nunca obraba
sin haber reflexionado previamente y con madurez acerca de las
eventualidades probables del buen o mal xito. En aquella ocasin el
mestizo nada aventuraba, pues saba que de antemano estaba sentenciado
por los indios: si su proyecto alcanzaba buen xito, quizs conseguira
escaparse; si no, morira, pero como un valiente habitante de las
fronteras, arrastrando consigo a la tumba a un nmero considerable de
sus implacables enemigos.

Una vez adoptada su resolucin, la llev a cabo con la sangre fra que
hemos referido; merced a su presencia de nimo, haba tenido suficiente
tiempo para saltar sobre su caballo y fugarse.

Sin embargo, an no haba concluido todo: el galope que el mestizo oa
detrs de s le causaba viva inquietud, probndole que su proyecto no
le haba salido tan bien como l esperaba, y que alguno de sus enemigos
se haba librado y lanzado en seguimiento suyo.

El mestizo aument la rapidez de su carrera, oblig a su caballo a dar
infinitos rodeos y vueltas, con el fin de hacer que el enemigo que se
encarnizaba en perseguirle perdiese su rastro; pero todo fue intil,
pues siempre oa detrs de s el galope obstinado de su desconocido
perseguidor.

Por muy valiente que sea un hombre, por grande que sea la energa
de que se halle dotado, nada embota tanto su valor como el verse
amenazado en medio de las tinieblas por un enemigo invisible, y por
esto mismo inatacable: la oscuridad de la noche, el silencio que reina
en el desierto, los rboles que, en una carrera desatentada, desfilan
por derecha e izquierda cual una legin de fantasmas siniestros y
amenazadores, todo se rene para aumentar los terrores del desgraciado
que huye posedo de un vrtigo incalificable, sumido en una pesadilla
tanto ms horrible, cuanto que conoce el peligro y no sabe como
conjurarle.

Lanzi, con el entrecejo fruncido, los labios temblorosos, la frente
baada en fro sudor, corri as durante varias horas por medio del
campo, inclinado sobre el cuello de su corcel, sin seguir ninguna
direccin fija, perseguido siempre por el ruido del galope del caballo
lanzado en pos de l.

Cosa singular! Desde que aquel galope se oy por primera vez, no
pareca haberse acercado mucho; pudirase suponer que el desconocido
jinete, satisfecho con seguir la pista de aquel a quien persegua, no
se cuidaba de alcanzarle.

Entre tanto la primera exaltacin del mestizo se haba calmado
gradualmente, el aire fro de la noche haba ordenado algn tanto sus
ideas, recobraba su serenidad y con ella la lucidez necesaria para
juzgar bien su posicin.

Lanzi se avergonz de aquel terror pueril, indigno de un hombre como
l, que durante tanto tiempo y por inters de su seguridad personal
le haca olvidar el deber sagrado que se haba impuesto de proteger y
defender con riesgo de su vida a la hija de su amigo, o al menos a la
que consideraba como tal.

Al ocurrrsele este pensamiento, que hiri a su mente cual un rayo,
un rubor ardiente ti su rostro, surgi de sus ojos un relmpago, y
detuvo bruscamente su caballo, resuelto a concluir de una vez y a toda
costa con su perseguidor.

El caballo, detenido de pronto en su carrera, dobl sus temblorosas
piernas lanzando un relincho de dolor, y permaneci inmvil. En el
mismo instante dej de orse tambin el galope del corcel invisible.

--Eh! Eh! murmur el mestizo, esto comienza a complicarse.

Y sacando de su cinto una pistola, la amartill.

Inmediatamente oy, cual un eco fnebre, el ruido seco del muelle de
una pistola que tambin montaba su adversario.

Sin embargo, este ruido, en vez de aumentar los recelos del mestizo,
pareci que, por el contrario, los calmaba.

--Qu significa esto? dijo para s, moviendo la cabeza con marcada
preocupacin; me habr equivocado? No es con un apache, segn eso,
con quien tengo que habrmelas?

Despus de esta reflexin, durante la cual Lanzi haba procurado en
vano distinguir a su enemigo desconocido, grit con voz fuerte.

--Eh! Quin es V.?

--Y V.? respondi una voz varonil que sala de en medio de las
tinieblas con un acento tan resuelto por lo menos como el del mestizo.

--He ah una respuesta singular! repuso Lanzi.

--Ni ms ni menos singular que la pregunta de V.

Estas palabras haban sido pronunciadas en el castellano ms puro. El
mestizo, seguro ya de que tena que habrselas con un blanco, desterr
todo temor, y desmontando su pistola, volvi a colocrsela en el cinto,
diciendo en tono de buen humor:

--Lo mismo que yo, caballero, debe V. tener necesidad de tomar resuello
despus de una carrera tan larga: quiere V. que descansemos juntos?

--Con mucho gusto, respondi el otro.

--Calle! exclam una voz que el mestizo conoci en seguida, es Lanzi.

--S por cierto! exclam ste con jbilo, voto a bros! Doa Carmela,
no esperaba yo encontrar a V. aqu!

Nuestros tres personajes se reunieron. Las explicaciones fueron breves.

El miedo no calcula ni reflexiona. Carmela por un lado, Lanzi por otro,
arrebatados por un vano terror, haban huido sin procurar enterarse
del sentimiento que les impulsaba, excitados tan solo por el inters de
la propia conservacin, esa arma suprema dada por Dios al hombre para
hacerle evitar el peligro en los casos extremos.

La nica diferencia consista en que el mestizo se juzgaba perseguido
por los Apaches, mientras que Carmela crea tenerlos delante de s.

Cuando la joven, cediendo a las instancias de Lanzi, sali de la venta,
se precipit ciega por el primer sendero que se present delante de
ella.

Por fortuna suya, Dios haba querido que, en el momento en que la venta
se volaba con terrible estrpito, Carmela, medio muerta de terror y
derribada del caballo, fuese hallada por un cazador blanco. Este, lleno
de compasin al or el relato de las desgracias que la amenazaban, se
ofreci generoso a escoltarla hasta la hacienda del Mezquite, a donde
la joven deseaba ir para colocarse bajo la proteccin inmediata de
Tranquilo.

Carmela, despus de haber examinado con la vista al cazador, cuya
mirada franca y rostro simptico revelaban lealtad, acept su oferta
con gratitud, temblando que las tinieblas la hiciesen caer en medio de
las partidas de indios que sin duda infestaban los caminos, y a las
cuales la habra entregado inevitablemente su ignorancia respecto de
los sitios circunvecinos.

As pues, la joven y su gua se pusieron en marcha al instante en
direccin a la hacienda; pero, dominados por mil recelos, el galope
del caballo del mestizo les hizo creer en la presencia de una
partida enemiga delante de ellos. Por eso pusieron todo su cuidado
en mantenerse a una distancia bastante grande para volver riendas y
escaparse al ms mnimo movimiento sospechoso de sus supuestos enemigos.

Esta explicacin disip toda inquietud entre los tres personajes;
Carmela y Lanzi se juzgaban muy felices por haberse encontrado de una
manera tan providencial.

Mientras el mestizo refera a su seorita la manera en que haba
concluido con los Apaches, el cazador, como hombre prudente, cogi de
las riendas a los caballos y los condujo a unos matorrales espesos en
donde los escondi con el mayor cuidado; en seguida volvi junto a sus
nuevos amigos, quienes se haban sentado en el suelo para descansar un
poco.

En el momento en que el cazador volva, Lanzi estaba diciendo a la
joven:

--Para qu se ha de cansar V. ms esta noche, Seorita? Nuestro nuevo
amigo y yo construiremos en un momento una choza para V., bajo la cual
estar perfectamente resguardada; dormir V. hasta la salida del sol,
y entonces nos encaminaremos a la hacienda. Por ahora no tiene V. que
temer ningn peligro, pues se halla protegida por dos hombres que no
vacilarn en sacrificar su vida por V. si es preciso.

--Le doy a V. gracias, mi buen Lanzi, respondi la joven: su cario
y lealtad me son conocidos, y no vacilara en confiarme a ellos si
en este momento me hallase atormentada por el temor de los Apaches.
Crea V. firmemente que la consideracin de los peligros a que puedo
hallarme expuesta por parte de esos paganos no entra para nada en mi
determinacin de ponerme en marcha lo ms pronto posible.

--Pues qu otra consideracin ms importante puede obligarla a V,
Seorita? dijo el mestizo con sorpresa.

--Amigo mo, ese es asunto entre mi padre y yo. Bstele a V. saber que
es de absoluta precisin que yo le vea y hable con l esta misma noche.

--Corriente! Puesto que V. lo quiere, Seorita, consiento en ello,
respondi el mestizo moviendo la cabeza. De todos modos confiese usted
que es un capricho singular.

--No, mi buen Lanzi, repuso la joven con tristeza, no es un capricho:
cuando conozca V. las razones que me obligan a obrar as, estoy
convencida de que me dar la razn.

--Puede ser; pero entonces por qu no me las dice V. al instante?

--Porque me es imposible.

--Silencio! exclam el cazador interponindose bruscamente; toda
discusin es ociosa en este momento: es preciso marchar cuanto antes.

--Qu quiere V. decir? exclamaron Carmela y Lanzi haciendo un
movimiento de espanto.

--Que los Apaches han encontrado nuestro rastro y acuden con rapidez:
antes de veinte minutos estarn aqu; esta vez no ha lugar a
equivocarse, son ellos.

Hubo un momento de silencio.

Carmela y Lanzi prestaron atento odo.

--No oigo nada, dijo el mestizo al cabo de un instante.

--Ni yo tampoco, murmur la joven.

El cazador se sonri con dulzura y dijo:

--En efecto, nada deben VV. or todava, porque sus odos no estn
tan acostumbrados como los mos a percibir los rumores ms leves del
desierto. Tengan VV. fe en mis palabras, fen en una experiencia que
nunca me ha fallado: nuestros enemigos se acercan.

--Qu hacemos? murmur Carmela.

--Huir, exclam el mestizo.

--Escuchen VV., repuso el cazador impasible, los Apaches son numerosos,
son muy astutos, pero solo por medio de la astucia podemos vencerlos.
Si intentamos resistirles, somos perdidos; si huimos los tres juntos,
tarde o temprano caeremos en sus manos. Mientras yo me quedo aqu, V.
huir con la seorita. nicamente cuide V. de forrar los pies de los
caballos para ensordecer el ruido de sus pasos.

--Pero y V.? exclam la joven con viveza.

--No he dicho ya que me quedar aqu?

--S, pero entonces caer V. en sus manos y ser V. asesinado
inevitablemente.

--Puede ser! respondi el cazador con inexplicable expresin de
melancola; pero al menos mi muerte habr servido para algo, puesto que
habr salvado a VV.

--Muy bien, caballero, dijo Lanzi, doy a V. gracias por su oferta.
Desgraciadamente, ni puedo ni quiero aceptarla: las cosas no han
de pasar as. Yo he sido quien ha comenzado el negocio, y pretendo
terminarle yo solo a mi manera. Mrchese V. con la seorita,
entrguela en manos de su padre, y si no me ve V. volver y l le
pregunta lo que ha pasado, diga V. sencillamente que he cumplido mi
promesa dando mi vida por doa Carmela.

--Nunca consentir en ello! exclam enrgicamente la joven.

--Silencio! dijo el mestizo interrumpindola bruscamente, mrchense,
mrchense, que no se puede perder un solo instante.

Y a pesar de la resistencia de la joven, la levant en sus robustos
brazos y se la llev corriendo hacia los matorrales.

Carmela comprendi que nada podra alterar la resolucin del mestizo y
se resign.

El cazador acept el sacrificio de Lanzi con la misma sencillez con
que haba ofrecido el suyo, pues la conducta del mestizo le pareca
muy natural. As pues, no opuso la ms leve objecin y se ocup con
actividad en preparar los caballos.

--Ahora mrchense VV., dijo el mestizo tan luego como el cazador y la
joven estuvieron a caballo, mrchense, y sea lo que Dios quiera!

--Y V., amigo mo? dijo todava Carmela.

--Yo, respondi el mestizo moviendo la cabeza con expresin
indiferente, an no he cado en poder de esos diablos rojos. Vamos, en
marcha!

Y en seguida, para cortar toda conversacin, sacudi un zendo latigazo
a los caballos. Los nobles animales arrancaron a galope, y muy luego
desaparecieron de su vista.

El pobre hombre lanz un suspiro tan luego como se hubo quedado solo.

--Ah! murmur con tristeza, esta vez mucho me temo que todo haya
concluido para m. Pero no importa, qu diablo! Luchar hasta el fin,
y si los indios me cogen, su trabajillo les ha de costar.

Despus de haber adoptado esta determinacin enrgica, que pareci le
restitua todo su valor, el buen mestizo mont a caballo y se mantuvo
dispuesto a obrar.

Los Apaches se acercaban con un ruido semejante al estampido de un
trueno prolongado.

Ya se podan distinguir vagamente sus negras siluetas que se perfilaban
en la sombra.

Lanzi cogi la brida con los dientes, agarr una pistola con cada mano,
y cuando juzg propicio el momento, clav las espuelas en los ijares
de su caballo y se lanz a escape tendido al encuentro de los pieles
rojas, cortndolos en diagonal.

Cuando hubo llegado cerca de ellos, descarg sus armas en medio del
grupo, lanz un grito de reto y continu huyendo con creciente rapidez.

Entonces sucedi lo que el mestizo haba previsto. Sus tiros haban
sido certeros: dos Apaches cayeron con el pecho atravesado de parte a
parte. Los indios, furiosos al ver aquel ataque audaz que estaban muy
lejos de esperar por parte de un solo hombre, lanzaron un grito de
coraje y se precipitaron en seguimiento suyo.

Ya lo hemos dicho: esto era lo que quera Lanzi.

--Eso es! dijo al ver el buen xito de su treta, ya estn reunidos,
y no hay que temer que se desparramen por la llanura; los otros estn
salvados. En cuanto a m... bah! Quin sabe?

Carmela y el cazador solo se haban librado de los Apaches para caer en
medio de los jaguares; pero ya hemos visto como se salvaron, merced al
auxilio de Tranquilo.




XX.

CONFIDENCIAS.


Tranquilo haba escuchado atentamente la narracin de la joven, con la
cabeza baja y el entrecejo fruncido; cuando Carmela call, la mir un
momento con expresin interrogadora.

--Y es eso todo? le pregunt.

--Todo, contest Carmela con timidez.

--Y de Lanzi, de mi pobre Lanzi, no han tenido VV. ms noticias?

--Ninguna. Hemos odo dos tiros, el galope furioso de varios caballos,
el grito de guerra de los Apaches, y luego todo ha vuelto a quedar
silencioso.

--Qu habr sido de l? murmur con tristeza el tigrero.

--Es un hombre resuelto, y me parece que conoce la vida del desierto,
repuso Corazn Leal.

--S, replic Tranquilo; pero est solo.

--Es verdad, dijo el cazador, y solo contra cincuenta quizs.

--Oh! exclam el canadiense, dara diez aos de mi vida por tener
noticias suyas.

--Cspita, compadre! exclam una voz gozosa, yo se las traigo a V. muy
fresquitas, y nada le pido por ellas.

Los circunstantes no pudieron menos de estremecerse al or aquella voz,
y se volvieron con viveza hacia el lado en que haba sonado.

Apartronse las ramas y apareci un hombre.

Era Lanzi.

El mestizo pareca estar tan tranquilo y tan descansado como si nada
le hubiese sucedido; solo que su semblante, por lo general fro y an
de mal gesto, tena una expresin de alegra burlona inexplicable, sus
ojos chispeaban, y una sonrisa irnica vagaba por sus labios.

--Pardiez! amigo mo, dijo Tranquilo tendindole la mano, sea V. mil
veces bienvenido entre nosotros: estbamos con suma inquietud por su
suerte.

--Doy a V. gracias, compadre; pero, afortunadamente para m, el peligro
no era tan inminente como se hubiera podido suponer, y he conseguido
desembarazarme con bastante facilidad de esos demonios de Apaches.

--Tanto mejor! Importa muy poco la manera en que haya V. conseguido
escaparse. Est V. sano y salvo, y eso es lo principal. Ahora que
estamos reunidos, ya pueden venir si gustan, que encontrarn con quien
entenderse.

--No harn tal. Adems, tienen otra cosa que hacer en este momento.

--Eso cree V.?

--Estoy seguro de ello. Han visto un campamento de soldados mejicanos
que van escoltando una conducta de plata, y como es natural, intentan
apoderarse de ella, tanto que a esa circunstancia enteramente fortuita
debo yo en parte mi salvacin.

--Eh! Tanto peor para los mejicanos, dijo con indiferencia el
canadiense, cada cual para s y Dios para todos. Que se arreglen como
puedan, que no nos importan sus asuntos.

--Eso mismo pienso yo.

--Todava nos quedan tres horas de noche: aprovechmoslas para
descansar, con el fin de estar dispuestos para encaminarnos a la
hacienda en cuanto salga el sol.

--El consejo es bueno y debe seguirse, dijo Lanzi, quien se tendi
inmediatamente con los pies junto al fuego, se envolvi en su zarap y
cerr los ojos.

Corazn Leal, que sin duda opinaba del mismo modo, sigui su ejemplo.

En cuanto a Quoniam, despus de haber desollado concienzudamente los
tigres y sus cachorros, se haba tendido delante del fuego, y haca dos
horas que dorma con un sueo profundo y con esa indiferencia indolente
que caracteriza a la raza negra.

Tranquilo se volvi entonces hacia Carmela. La joven estaba sentada a
pocos pasos de l; miraba al fuego con ademn pensativo y en sus ojos
brillaban algunas lgrimas.

--Vamos, nia! le dijo el canadiense con dulzura, qu haces ah?
Debes estar molida de cansancio; por qu no tratas de descansar un
rato?

--Para qu? murmur Carmela con tristeza.

--Para qu? repuso con viveza el tigrero, a quien el acento de la
joven hizo estremecer; para qu ha de ser? Para que recobres tus
fuerzas.

--Djeme V. velar, padre; no podra dormir por mucho cansancio que
tenga; el sueo huira de mis prpados.

El canadiense la examin un instante con la mayor atencin, y luego
moviendo la cabeza con visible preocupacin, dijo:

--Qu significa eso?

--Nada, padre mo, respondi Carmela procurando sonrer.

--Nia! Nia! murmur Tranquilo, aqu hay algo! Yo no soy ms que
un pobre cazador, muy ignorante respecto de las cosas del mundo y sin
malicia alguna. Pero te quiero, hija ma, y mi corazn me dice que
sufres.

--Yo! exclam Carmela haciendo un gesto negativo.

Pero de improviso prorrumpi en llanto, y reclinndose en el pecho leal
del cazador, ocult all su cabeza y murmur con voz ahogada:

--Ah! Padre! Padre! Soy muy desgraciada!

Tranquilo, al or esta exclamacin arrancada por la fuerza del
dolor, se enderez como si una serpiente le hubiese picado; sus ojos
chispearon, fij en la joven una mirada impregnada en amor paternal, y
obligndola suavemente a que le mirase de frente, exclam con ansiedad:

--Desgraciada, t, Carmela? Qu ha pasado, Dios mo!

La joven, haciendo un esfuerzo supremo, logr calmarse; sus facciones
recobraron su habitual mansedumbre, enjug sus lgrimas, y sonriendo al
cazador que la miraba con inquietud, le dijo con voz zalamera:

--Perdneme V., padre mo, estoy loca.

--No, no! respondi Tranquilo moviendo la cabeza a uno y otro lado, no
ests loca, hija ma, solo que me ocultas algo.

--Padre mo! dijo Carmela ruborizndose y bajando los ojos muy confusa.

--S franca conmigo, chiquilla; no soy por ventura tu mejor amigo?

--Es verdad!

--Me he negado nunca a satisfacer tus ms mnimos caprichos?

--Oh! Nunca!

--Me has encontrado alguna vez demasiado severo para ti?

--No por cierto!

--Pues bien, entonces por qu no me confiesas francamente lo que te
atormenta?

--Es que... murmur Carmela vacilando.

--Vamos, qu? dijo el cazador con voz insinuante.

--No me atrevo.

--Segn eso, es cosa muy difcil de decir?

--S.

--Bah! Sigue hablando, chiquilla. Dnde has de encontrar un confesor
tan indulgente como yo?

--En ninguna parte, ya lo s.

--Pues entonces habla.

--Es que temo que V. se enfade.

--Ms me hars enfadar si te obstinas en guardar silencio.

--Pero...

--Escucha. Carmela, t misma, al referirnos, hace un momento, todo lo
que ha pasado hoy en la venta, confesaste que habas querido venir a
buscarme a donde quiera que me encontrase y en esta misma noche; es
verdad, s o no?

--S, padre mo.

--Pues bien, heme aqu, ya escucho; adems, si lo que tienes que
decirme es tan importante como me das margen a suponerlo, creo que
hars muy bien en darte prisa.

La joven se estremeci, dirigi una mirada al cielo cuyas sombras
comenzaban a teirse con fajas blanquecinas, y toda vacilacin
desapareci entonces de su semblante.

--Tiene V. razn, padre mo, dijo con voz firme. Tengo que hablar a V.
de un asunto de la mayor importancia, y quizs lo haya retrasado ya en
demasa, porque es cosa de vida o muerte.

--Me asustas!

--Escuche V.

--Habla, hija, habla sin temor, y cuenta con el cario que te tengo.

--Cuento con eso, padre mo, y todo lo sabr V.

--Bien.

Carmela pareci que se recoga un instante; luego dejando caer su
manita en la ruda y ancha mano de su padre, mientras que sus largas y
sedosas pestaas se bajaban tmidamente para velar su mirada, comenz
a hablar con voz dbil al pronto, pero que muy luego se seren y se
torn firme y clara.

--Lanzi le ha dicho a V. que el encuentro de una conducta de plata
acampada a poca distancia del sitio en que nos hallamos, le haba
ayudado a librarse de la persecucin de los indios. Padre mo, esa
conducta de plata pernoct anoche en la venta; el capitn que manda la
escolta es uno de los oficiales ms distinguidos del ejrcito mejicano;
en varias ocasiones ha odo V. hablar de l con elogio, y an creo que
le conoce V. personalmente: se llama D. Juan Melendez de Gngora.

--Ah! dijo Tranquilo.

La joven se detuvo palpitante.

--Contina, repuso el canadiense con dulzura.

Carmela le mir de reojo, vio que se sonrea, y se decidi a hablar.

--La casualidad ha llevado ya varias veces al capitn Melendez a la
venta. Es todo un caballero, amable, corts, fino, atento, y nunca
hemos tenido la ms mnima queja de l, como se lo dir a V. Lanzi.

--Estoy convencido de ello, hija ma: el capitn Melendez es tal como
me lo pintas.

--Verdad que s? dijo la joven con viveza.

--S, es todo un caballero. Desgraciadamente hay muy pocos oficiales
como l en el ejrcito mejicano.

--Esta maana se puso en marcha la conducta de plata, escoltada por
el capitn y sus soldados. Dos o tres individuos de mala catadura se
haban quedado en la venta. Estuvieron viendo marchar a los soldados
con una sonrisa burlona; luego se sentaron a la mesa, se pusieron a
beber y quisieron principiar a hablarme de una manera poco decente y a
decirme ciertas palabras que una muchacha honrada nunca debe escuchar,
llegando hasta el extremo de amenazarme.

--Ah! exclam Tranquilo interrumpindola y frunciendo el entrecejo; y
conoces a esos tunos?

--No, padre mo; son de esos merodeadores de las fronteras como hay
tantos por aquella parte; pero, aunque los he visto varias veces,
ignoro sus nombres.

--Poco importa; no te d cuidado, que yo los descubrir.

--Oh! Padre mo, hara V. mal en atormentarse por eso, se lo juro.

--Bueno, bueno, eso es cuenta ma.

--Afortunadamente para m, en aquel intermedio lleg un jinete cuya
presencia bast para imponer silencio a los tales hombres y obligarles
a ser de nuevo lo que siempre debieran haber sido conmigo, es decir,
atentos y respetuosos.

--Y sin duda, dijo el canadiense, ese jinete que lleg tan
oportunamente para ti, sera algn amigo tuyo.

--Solo un conocido, padre mo, dijo Carmela ruborizndose levemente.

--Ah! Muy bien.

--Pero es muy amigo de V., al menos as lo supongo.

--Ya! Y de ese sabes el nombre, hija ma?

--S por cierto!

--Y cul es? Si no te disgusta demasiado decrmelo.

--Nada de eso. Se llama el Jaguar.

--Oh! Oh! repuso el cazador frunciendo el entrecejo, qu poda tener
que hacer en la venta?

--No lo s, padre. Dijo algunas palabras en voz baja a los hombres
de quienes he hablado a V., estos se levantaron inmediatamente de la
mesa, montaron a caballo y se alejaron a galope sin hacer la ms mnima
observacin.

--Es singular! murmur el canadiense.

Hubo un momento de silencio bastante prolongado. Tranquilo reflexionaba
profundamente: era evidente que buscaba la solucin de un problema que
sin duda le pareca muy difcil de resolver.

Al fin levant la cabeza y pregunt a la joven:

--No tenas que decirme ms que eso? Hasta ahora nada extraordinario
veo en lo que me has contado.

--Aguarde V., dijo Carmela.

--Ah! Entonces no has concluido?

--Todava no.

--Bueno, contina.

--Aunque el Jaguar habl en voz muy baja con aquellos hombres; sin
embargo, por algunas palabras que o... sin querer, se lo juro a V.,
padre mo...

--Estoy persuadido de ello. Y qu adivinaste por esas pocas palabras?

--Es decir, cre comprender...

--Es lo mismo: sigue.

--Cre comprender que hablaban de la conducta de plata.

--Y por consiguiente, del capitn Melendez, verdad?

--S, y an estoy segura de que pronunciaron su nombre.

--Eso es. Y entonces supusiste que el Jaguar tena intencin de atacar
la conducta y dar muerte al capitn, verdad?

--No digo eso, padre mo! repuso la joven balbuceando y muy
desconcertada.

--No, pero lo temes.

--Dios mo! repuso Carmela con cierto gestecillo de mal humor, no es
natural que me interese por un valiente oficial que...?

--Es muy natural, hija ma, no te lo censuro; aun dir ms, y es que,
segn creo, tus suposiciones se acercan mucho a la verdad; con que as
no te enfades.

--Lo cree V., padre? exclam la joven juntando las manos con terror.

--Es muy probable, repuso tranquilamente el canadiense. Pero sosigate,
hija ma, aadi con tono bondadoso; aunque hayas tardado acaso
demasiado en hablarme, quizs lograr apartar el peligro que en este
momento amenaza al hombre por quien tanto te interesas.

--Oh! Haga V. eso, padre mo, se lo suplico!

--Al menos pondr los medios, hija; he ah lo nico que puedo
prometerte por ahora. Pero y t, qu vas a hacer?

--Yo?

--S, mientras mis compaeros y yo intentemos salvar al capitn?

--Seguir a VV., padre mo, si V. me lo permite.

--Corriente, porque yo tambin creo que lo ms prudente ser eso. Con
que profesas al capitn tanto afecto, puesto que tan ardientemente
deseas salvarle?

--Yo, padre mo? respondi la joven con entera franqueza, nada de
eso, solo que me parece que sera espantoso dejar matar a un oficial
valiente cuando se le puede salvar.

--Entonces aborreces al Jaguar, sin duda alguna?

--No por cierto, padre: a pesar de su carcter exaltado, me parece que
tiene un corazn noble, y an V. mismo le estima, lo cual es para m la
razn ms poderosa. Lo que me hace padecer es ver en abierta oposicin
a dos hombres que, si se conociesen, estoy persuadida de que muy pronto
simpatizaran mutuamente, y por eso no quisiera que hubiese sangre
derramada entre ambos.

Estas palabras fueron pronunciadas por la joven con tan cndida
franqueza que el canadiense permaneci algunos instantes completamente
atnito; el leve destello de verdad que crea haber percibido, se le
escapaba de improviso sin que le fuese posible explicarse como haba
desaparecido; ya nada comprenda en la conducta de Carmela, ni en los
motivos que la impulsaban a obrar; pues no haba razn alguna para
desconfiar de su buena fe en cuanto haba dicho.

Despus de haber mirado atentamente a la joven durante un momento,
movi dos o tres veces la cabeza como un hombre completamente
desorientado, y sin aadir una palabra, se dispuso a despertar a sus
compaeros.

Tranquilo era uno de los cazadores ms experimentados de los bosques
de la Amrica del Norte, todos los secretos del desierto le eran
conocidos; pero ignoraba por completo ese gran misterio que se llama el
corazn de las mujeres, misterio tanto ms difcil de penetrar cuanto
que las mismas mujeres le ignoran casi siempre, pues por lo general
obran bajo la impresin del momento, bajo el dominio de la pasin y sin
segunda intencin.

El canadiense en pocas palabras puso a sus compaeros al corriente
de su proyecto, y estos, segn l lo esperaba, no opusieron objecin
alguna y se dispusieron a seguirle.

Diez minutos despus montaban a caballo y abandonaban el campamento en
pos de Lanzi que les serva de gua.

En el momento en que desaparecan bajo la enramada, el bho hizo
resonar su grito matutino, precursor de la salida del sol.

--Dios mo! murmur Carmela con angustioso acento, llegaremos a
tiempo?




XXI.

EL JAGUAR.


Cuando el Jaguar se march de la venta del Potrero, iba posedo de
extremada agitacin; las palabras de la joven resonaban en su odo con
un acento irnico y burln; la ltima mirada que le haba dirigido le
persegua como un remordimiento: el joven se arrepenta amargamente
de haber interrumpido de una manera tan brusca su conversacin con
Carmela, estaba descontento de la manera en que haba respondido a
sus splicas, en fin, se hallaba en la mejor disposicin de nimo
imaginable para cometer uno de los actos de crueldad a que con sobrada
frecuencia le haba arrastrado su carcter violento y que haban
marcado su fama con un sello vergonzoso, actos que se arrepenta en
extremo de haber cometido cuando era ya demasiado tarde.

Corra a escape tendido por medio de la pradera, ensangrentando con las
espuelas los ijares de su caballo, que se encabritaba a impulso del
dolor, profiriendo maldiciones ahogadas, y dirigiendo en torno suyo
unas miradas tan feroces como las de una fiera cuando anda en busca de
una presa.

Hubo un momento en que tuvo intenciones de volver a la venta, arrojarse
a los pies de la joven, y reparar, en una palabra, la falta que le
hiciera cometer la pasin sorda que le agitaba, prescindiendo de toda
clase de celos y ponindose completamente a disposicin de Carmela para
cuanto se le antojase mandarle.

Pero, como suele suceder con la mayor parte de las buenas resoluciones,
sta no tuvo ms que la duracin de un relmpago. El Jaguar reflexion,
y con la reflexin volvieron la duda y los celos, y como consecuencia
inmediata, un nuevo furor ms insensato y ms loco que el primero.

El joven fue galopando as durante mucho tiempo sin seguir, al parecer,
ninguna direccin determinada; sin embargo, de vez en cuando y a largos
intervalos se paraba, se empinaba sobre los estribos, exploraba la
llanura con una mirada de guila, y luego volva a arrancar a rienda
suelta.

Hacia las tres de la tarde se adelant a la conducta de plata; pero
como la haba visto desde lejos, le fue fcil evitar su encuentro,
oblicuando levemente a la derecha y metindose por medio de un
poblado bosque que le hizo ser invisible durante un espacio de tiempo
suficiente para que no temiese ser descubierto por los exploradores
destacados a vanguardia.

Sin embargo, una hora prximamente antes de la puesta del sol, el
joven, que por centsima vez acababa de pararse con el fin de explorar
los alrededores, lanz un grito de jbilo contenido: por fin iba a
reunirse con aquellos a quienes tanta prisa tena de alcanzar.

A unos quinientos pasos del sitio en que el Jaguar estaba parado en
aquel momento, una partida de treinta a treinta y cinco jinetes segua
en buen orden la senda calificada con el pomposo nombre de carretera
que cruzaba la pradera.

Aquella partida, compuesta en su totalidad de blancos, segn era fcil
conocerlo por sus trajes, pareca que ostentaba en su marcha cierto
aspecto militar. Adems, todos aquellos jinetes iban ampliamente
provistos de armas de todas clases.

Al comenzar la presente narracin, mencionamos a varios jinetes que se
hallaban prximos a desaparecer a lo lejos cuando los dragones salan
de la venta del Potrero: eran precisamente los que el Jaguar acababa de
ver.

El joven se llev las dos manos abiertas a la boca para formar una
especie de bocina, y por dos veces lanz un grito agudo, estridente y
prolongado.

Aunque la partida se hallaba en aquel momento bastante lejos, al or la
seal, los jinetes se detuvieron como si los pies de sus caballos se
hubiesen clavado sbitamente al suelo.

El Jaguar se inclin entonces sobre su silla, hizo saltar a su caballo
por encima de los matorrales, y en pocos minutos lleg junto a aquellos
que se haban detenido para esperarle.

El joven fue acogido con gritos de jbilo, y todos los circunstantes se
estrecharon en torno suyo dando muestras del mayor inters.

--Gracias, amigos mos, dijo el joven, gracias por las pruebas de
simpata que me dais; pero os ruego que me concedis un momento de
atencin, pues el tiempo urge.

Restablecise el silencio como por encanto; pero las miradas
chispeantes que se fijaban en el joven revelaban a las claras que la
curiosidad, no por ser muda, era menos ardiente.

--No se haba V. equivocado, John, continu el Jaguar dirigindose a
uno de los individuos colocados ms cerca de l, la conducta de plata
viene detrs de nosotros: no la llevamos ms que tres o cuatro horas de
delantera. Segn me lo haba V. advertido, viene escoltada, y la prueba
de que atribuyen mucha importancia a su seguridad es que la escolta la
manda el capitn Melendez.

Al or esta noticia, los oyentes hicieron un gesto de desagrado.

--Paciencia! repuso el Jaguar con una sonrisa burlona; donde no basta
la fuerza queda la astucia. El capitn Melendez es todo un valiente y
un hombre de experiencia, convengo en ello; pero y nosotros no somos
tambin valientes? La causa que defendemos no es bastante hermosa para
excitarnos a proseguir de todos modos nuestra empresa?

--S! S! Hurra! Hurra! exclamaron todos los circunstantes
blandiendo sus armas con entusiasmo.

--John, V. ha entablado ya relaciones con el capitn, le conoce a V.
Qudese aqu con otro de nuestros amigos, y djense coger prisioneros
los dos. Confo en VV. para disipar las sospechas que pueda abrigar la
mente del capitn.

--Descuide V., yo me encargo de ello.

--Muy bien. Solo que le aconsejo a V. se ande con cuidado con l,
porque es rudo adversario.

--Ah! De veras?

--S. Sabe V. quien le acompaa?

--No por cierto.

--Fray Antonio.

--Vive Dios! Qu me dice V.? Diantre! Hace V. bien en avisarme.

--Ya lo veo!

--Oh! Oh! Querr por ventura ese fraile maldito hacernos mal tercio?

--Mucho lo temo. Ese hombre, como V. sabe, se halla relacionado con
todas las gentes de mal vivir, sean del color que quieran, que vagan
por el desierto, y an pasa por ser uno de sus jefes. Puede muy bien
habrsele ocurrido la idea de apropiarse la conducta de plata.

--Vive Dios! Yo lo impedir. Confe V. en m: le conozco muy bien, y
hace demasiado tiempo, para que l quiera ponerse en abierta oposicin
conmigo. Si se atreviese a intentarlo, yo sabra reducirle a la
impotencia.

--Est muy bien. Ahora, en cuanto haya V. obtenido los ltimos datos
que necesitamos para obrar, no pierda V. un solo instante para volver a
reunirse con nosotros, porque estaremos casi contando los minutos hasta
su regreso.

--Queda convenido. El punto de reunin sigue siendo la barranca del
Gigante?

--S

--Una palabra todava.

--Diga V. pronto.

--Y el Zorro-Azul?

--Diablo! Me le hace V. recordar, que ya le haba olvidado.

--Debo aguardarle?

--S por cierto.

--Entrar en tratos con l? Ya sabe V. que se puede fiar muy poco en
la palabra de los Apaches.

--Es verdad! repuso el joven con ademn pensativo; sin embargo,
nuestra posicin, en este momento, es en extremo difcil. Estamos
abandonados a nuestras propias fuerzas, por decirlo as: nuestros
amigos vacilan; todava no se atreven a decidirse en favor nuestro,
mientras que nuestros enemigos, por el contrario, levantan la cabeza,
cobran nimo y se disponen a atacarnos con vigor. Aunque a mi corazn
le repugna semejante alianza, es evidente para m que si los Apaches
consienten en ayudarnos de una manera franca y decidida, su auxilio nos
ser muy til.

--Tiene V. razn. En la situacin en que nos encontramos, desterrados
de la sociedad, perseguidos como fieras, acaso fuera imprudente
rechazar la alianza que nos proponen los pieles rojas.

--En fin, amigo mo, doy a V. carta blanca; los acontecimientos
le inspirarn la mejor manera de obrar. Confo por completo en la
inteligencia y adhesin de V.

--No se arrepentir V. de ello.

--Ahora separmonos, y buena suerte!

--Adis, hasta la vista.

--Hasta maana.

El Jaguar hizo una seal postrera de despedida a su amigo o a su
cmplice, segn le plazca al lector denominarle, se coloc a la cabeza
de la partida y arranc a galope.

Este John no era sino John Davis el mercader de esclavos a quien sin
duda recordar el lector haber visto aparecer en los primeros captulos
de la presente historia. El cmo le encontramos en Tejas formando parte
de una partida de _outlaws,_ y de perseguidor convertido a su vez en
perseguido, sera cosa sobrado larga de explicar en este momento;
pero nos reservamos dar acerca de esto al lector la correspondiente
satisfaccin cuando sea ocasin oportuna.

John y su compaero se dejaron coger prisioneros por los exploradores
del capitn Melendez, sin cometer la falta de oponer la ms leve
resistencia. Ya hemos referido en un captulo anterior la manera en que
se haban conducido en el campo mejicano. No volveremos a ocuparnos de
estos hechos y seguiremos al Jaguar.

El joven pareca ser y era, en efecto, el jefe de los jinetes a cuyo
frente cabalgaba.

Estos individuos pertenecan todos a la raza anglo-sajona; es decir,
todos ellos eran norteamericanos.

Ahora bien: qu oficio ejercan? Uno muy sencillo.

Por el momento eran insurgentes. Llegados la mayor parte de ellos a
Tejas en la poca en que el gobierno mejicano haba autorizado la
emigracin americana, se fijaron en el pas, lo colonizaron y lo
desmontaron; en resumen, concluyeron por considerarle como una nueva
patria.

Cuando el gobierno de Mjico inaugur el sistema de vejaciones de que
ya no haba de apartarse, aquellas buenas gentes abandonaron el azadn
y el pico para empuar el rifle; montaron a caballo y se pusieron
en abierta insurreccin contra un opresor que quera arruinarlos y
desposeerlos.

Varias partidas de insurgentes se formaron as de improviso en
diferentes puntos del territorio de Tejas, luchando valerosamente
contra los mejicanos en cuantas partes los encontraban.
Desgraciadamente para ellos, aquellas partidas estaban aisladas;
ningn vnculo las una con otras para formar un contingente compacto
y temible; obedecan a jefes independientes unos de otros, que todos
queran mandar sin consentir en doblegar su voluntad bajo otra superior
y nica, medio exclusivo, sin embargo, para obtener resultados
positivos y conquistar esa independencia que, en el nimo de las
personas ms ilustradas del pas, era considerada an como una utopa
por razn de tan malhadada desunin.

Los jinetes a quienes hemos puesto en escena se haban colocado bajo
las rdenes del Jaguar, quien, no obstante su juventud, tena una fama
de valiente, prudente y hbil, harto slidamente establecida en toda la
comarca para que su solo nombre no inspirase terror a los enemigos con
quienes la casualidad le hiciese tropezar.

Los acontecimientos sucesivos probarn que los colonos, al elegirle por
jefe, no se haban equivocado respecto de l.

El Jaguar era realmente el jefe que tales hombres necesitaban; era
joven y hermoso, y se hallaba dotado de esa fascinacin que improvisa
los reyes. Hablaba poco; pero cada frase suya dejaba un recuerdo.

Haba comprendido lo que sus compaeros esperaban de l, y haba
realizado prodigios, porque, como sucede siempre con las almas que
han nacido para ejecutar cosas grandes, almas que se van elevando y
permanecen constantemente al nivel de los sucesos, su posicin, al
ensancharse, haba hecho ms vasta su inteligencia, por decirlo as;
su golpe de vista se haba tornado infalible, su voluntad era de
hierro; se identific tan bien con su nueva posicin, que ya no se
dej dominar ni avasallar por ningn sentimiento humano; su rostro fue
de mrmol para la alegra lo mismo que para el dolor; el entusiasmo de
sus compaeros en ciertas ocasiones no alcanzaba a hacer pasar por sus
facciones ni una llamarada ni una sonrisa.

El Jaguar no era un ambicioso vulgar; le haca padecer el desacuerdo
que reinaba entre los insurgentes; anhelaba obtener una fusin que
haba llegado a ser indispensable, y trabajaba con todo su poder para
llevarla a cabo; en una palabra, el joven tena fe! Crea, porque, a
pesar de las innumerables faltas cometidas desde el principio de la
insurreccin por los colonos de Tejas, haba conocido tanta vitalidad
en aquella obra de libertad tan mal dirigida hasta entonces, que
concluy por comprender que en toda cuestin humana hay algo ms
poderoso que la fuerza, el valor y an el genio, y es la idea cuyo
tiempo ha llegado, cuya hora ha sonado en el reloj de Dios. Entonces,
olvidando toda preocupacin, esper y confi en un porvenir seguro.

Para neutralizar todo lo posible el aislamiento en que dejaban a su
partida, el Jaguar inaugur una tctica que hasta entonces haba
triunfado siempre. Lo que se necesitaba era ganar tiempo y perpetuar la
guerra, aunque se sostuviese una lucha desigual. Para esto era preciso
envolver en el misterio su debilidad, mostrarse en todas partes, no
detenerse en ninguna, encerrar al enemigo en una red de adversarios
invisibles, obligarle a mantenerse de continuo con la bayoneta cruzada
en el vaco, con los ojos intilmente fijos en todos los puntos del
horizonte, hostigado sin cesar, aunque sin ser nunca atacado en
realidad ni formalmente por fuerzas respetables: ste fue el plan que
el Jaguar inaugur contra los mejicanos, a quienes enerv as en esa
fiebre de la ansiedad y de lo desconocido, que es la enfermedad ms
temible para los que tienen de parte suya a la fuerza.

Por eso el Jaguar y los cincuenta o sesenta jinetes que tena bajo su
mando eran ms temidos por el gobierno mejicano que todas las dems
fuerzas reunidas de los insurgentes.

As pues, un prestigio inaudito rodeaba al jefe temible de aquellos
hombres a quienes era imposible coger; un temor supersticioso les
preceda, y su sola aproximacin introduca el desorden entre las
tropas enviadas contra ellos.

El Jaguar aprovechaba hbilmente sus ventajas para intentar las
expediciones ms aventuradas y los golpes de mano ms temerarios.
El que en aquel momento meditaba era uno de los ms atrevidos que
haba concebido hasta entonces: trataba nada menos que de arrebatar
la conducta de plata y coger prisionero al capitn Melendez, oficial
a quien con razn consideraba como a uno de sus adversarios ms
temibles, y con el cual, por esto mismo, arda en deseos de medir sus
fuerzas, comprendiendo que si lograba vencerle, esta accin audaz dara
al instante mucho lauro a la insurreccin y le atraera numerosos
partidarios.

El Jaguar, despus de haber dejado detrs de s a John Davis, se
adelant con rapidez hacia un poblado bosque que se destacaba en
el horizonte con un color oscuro, y en el cual se propona acampar
aquella noche, pues no poda llegar a la barranca del Gigante hasta
el siguiente da muy tarde. Adems, quera quedarse cerca de los dos
hombres que haba destacado como exploradores, con el fin de hallarse
ms pronto al corriente del resultado de sus operaciones.

Un poco antes de la puesta del sol los insurgentes llegaron al bosque y
desaparecieron inmediatamente bajo la enramada.

Cuando el Jaguar hubo llegado a la cumbre de una pequea colina que
dominaba el paisaje, mand hacer alto y echar pie a tierra, y dio la
orden de acampar.

En el desierto se organiza muy pronto un campamento.

A fuerza de hachazos se desembaraza un espacio suficiente, se encienden
hogueras de trecho en trecho para alejar a las fieras, se manean los
caballos, se colocan los centinelas para velar por la comn seguridad,
luego cada cual se tiende delante de la lumbre, se envuelve en sus
mantas y todo est dicho. Aquellas rudas naturalezas, acostumbradas a
arrostrar la intemperie de las estaciones, duermen tan profundamente
bajo la celeste bveda como los habitantes de las ciudades en el seno
de sus suntuosas moradas.

Cuando cada cual se hubo entregado al descanso, el joven hizo una ronda
con el fin de cerciorarse de que todo estaba en orden, y luego volvi a
sentarse junto al fuego y qued sumido en serias meditaciones.

Trascurri la noche entera sin que hiciese el movimiento ms leve, y
sin embargo no dorma; sus ojos estaban abiertos y fijos en los tizones
de la hoguera que acababa de consumirse lentamente.

Cules eran los pensamientos que arrugaban su frente y le hacan
fruncir el entrecejo?

Nadie hubiera podido decirlo.

Quizs viajaba por la regin de las quimeras, quizs soaba despierto,
halagndose con una de esas hermosas ilusiones de los veinte aos, que
son tan embriagadoras y tan engaosas!

De pronto se estremeci y se enderez como si le hubiese impulsado un
resorte.

En aquel momento apareca el sol en el horizonte y comenzaba a disipar
lentamente las tinieblas.

El joven inclin el cuerpo hacia adelante y escuch.

Oyse a corta distancia el ruido seco que producen los muelles de un
fusil al montarse, y un centinela oculto entre los matorrales, grit
con voz breve y acentuada.

--Quin vive?

--Amigo! respondi otra voz desde ms lejos.

El Jaguar se estremeci, y hablando consigo mismo, murmur:

--Tranquilo aqu! Por qu razn me buscar?

En seguida se lanz en la direccin en que supona que haba de
encontrar al cazador de tigres.




XXII.

EL ZORRO-AZUL.


Volveremos ahora al Zorro-Azul y a sus dos compaeros, a quienes en un
captulo anterior abandonamos en el momento en que, oyendo silbar una
bala junto a sus odos, se atrincheraron instintivamente detrs de unas
rocas y unos troncos de rbol.

Tan luego como hubieron adoptado esta precaucin indispensable contra
sus invisibles agresores, los tres hombres examinaron sus armas
con cuidado a fin de hallarse dispuestos al combate, y en seguida
aguardaron con el dedo apoyada en el gatillo y dirigiendo a todas
partes una mirada investigadora.

As permanecieron durante un espacio de tiempo bastante largo, sin que
nada llegase a turbar de nuevo el silencio de la pradera, sin que el
ms leve indicio les hiciera sospechar que el ataque dirigido contra
ellos hubiese de reproducirse.

Posedos de la ms viva inquietud, sin saber a qu atribuir aquella
agresin ni qu enemigos tendran que temer, los tres hombres ignoraban
qu partido deberan adoptar, y cmo podran salir de una manera
honrosa de la posicin apurada en que la casualidad les haba colocado
de improviso de una manera tan singular, cuando el Zorro-Azul se
resolvi por fin a ir de descubierta.

Sin embargo, como el jefe tema, y con razn, caer en algn lazo
hbilmente preparado para apoderarse de l y de sus compaeros
sin disparar un tiro, antes de alejarse juzg prudente adoptar las
precauciones ms minuciosas.

Los indios tienen merecida nombrada por su astucia. Obligados, por
razn de la vida que llevan desde su nacimiento, a servirse de continuo
de las facultades fsicas con que les ha dotado la Providencia,
su odo, su olfato, y sobre todo su vista se han perfeccionado de
tal manera y han adquirido tan gran desarrollo, que pueden luchar
ventajosamente con las fieras, de las cuales son, en verdad, unos
plagiarios. Pero como tienen a su disposicin, en ventaja sobre los
animales, la inteligencia que les permite combinar sus acciones y
prever las consecuencias probables, han adquirido una ciencia felina,
si nos es lcito emplear esta expresin, que les hace ejecutar cosas
sorprendentes, y de las cuales solo pueden formarse una idea exacta
aquellos que les han visto trabajar, tanto es lo que su habilidad
excede de los lmites de lo posible.

Cuando se trata de seguir un rastro sobre todo, es cuando esa astucia
de los indios y ese conocimiento que poseen de las leyes de la
naturaleza adquieren proporciones extraordinarias. Por mucho cuidado
que haya tenido su enemigo, por grandes que sean las precauciones que
haya adoptado para ocultar sus huellas y hacerlas invisibles, siempre
concluyen por descubrirlas. Para ellos, el desierto no ha conservado
secretos; para ellos, esa naturaleza virgen y majestuosa es un libro
cuyas pginas todas conocen y en el cual leen de corrido sin que nunca
se equivoquen ni siquiera vacilen.

El Zorro-Azul, aunque era todava muy joven, haba adquirido ya
merecida nombrada de astucia y de sagacidad; por eso en la ocasin
presente, rodeado, segn toda probabilidad, de enemigos invisibles
cuyos ojos fijos sin cesar en el sitio que le serva de escondite
vigilaban atentamente todos sus movimientos, se prepar con mayor
prudencia que nunca para frustrar sus maquinaciones y contrarrestar sus
proyectos.

Despus de haber convenido con sus dos compaeros una seal para el
caso probable en que le fuese necesario su auxilio, se desembaraz de
su manto de piel de bisonte, cuyos anchos pliegues hubieran podido
entorpecer sus movimientos, se despoj de todos los adornos que cubran
su cabeza, su cuello y su pecho, y no conserv ms que su _mitasse_,
especie de calzn de dos pedazos que baja hasta los tobillos, est
cosido de trecho en trecho con pelo, y se halla sujeto en las caderas
por medio de una correa de piel de gamo sin curtir.

Cuando estuvo as, casi desnudo, se revolc varias veces en la arena
para hacer que su cuerpo tomase un color terroso; en seguida se colg
del cinto su _tomahawk_ y su cuchillo de desollar, armas de que nunca
se separa un indio; cogi su rifle con la mano derecha, y despus
de haber hecho una sea postrera de despedida a sus compaeros que
observaban atentamente estos diferentes preparativos, se tendi en el
suelo y comenz a arrastrarse como una culebra por entre la crecida
yerba.

Aunque haca ya mucho tiempo que haba salido el sol y derramaba con
profusin sobre la pradera torrentes de luz deslumbradora, la partida
del Zorro-Azul se efectu con tanto cuidado, que ya estaba lejos en
la llanura cuando sus compaeros le juzgaban todava muy cerca; ni
un tomo de yerba se haba agitado con su paso, ni un guijarro haba
rodado bajo sus pies.

De vez en cuando el piel roja se detena, exploraba los alrededores
con una mirada penetrante, y luego, cuando crea hallarse cerciorado
de que todo estaba tranquilo, de que nada haba revelado su presencia,
comenzaba de nuevo a arrastrarse sobre las rodillas y las manos en
direccin a la espesura del bosque, a cuyas cercanas lleg muy pronto.

As consigui situarse en un sitio enteramente desprovisto de rboles,
en donde la yerba, levemente pisoteada en varios puntos, le hizo
suponer que se aproximaba al paraje en que deban estar emboscados los
que haban hecho fuego.

El indio se detuvo con el objeto de estudiar cuidadosamente las huellas
que acababa de descubrir.

Aquellas huellas pareca que pertenecan a un solo individuo;
eran pesadas, anchas, hechas sin precaucin alguna, y pareca que
pertenecan a un hombre blanco que ignorase los usos de la pradera, ms
bien que a un cazador o a un indio.

Los matorrales estaban aplastados como si la persona que haba cruzado
por ellos lo hubiese hecho a viva fuerza y corriendo, sin tomarse el
trabajo de apartar las ramas; la tierra estaba pisoteada, y en algunos
sitios empapada en sangre.

l Zorro-Azul no alcanzaba a comprender aquel rastro singular, que en
nada se pareca a los que estaba acostumbrado a seguir.

Era aquello una ficcin empleada por sus enemigos para engaarle con
mayor facilidad, dejndole ver un rastro tosco destinado a ocultar el
verdadero? Era realmente, por el contrario, el rastro de un hombre
blanco perdido en el desierto, cuyas costumbres ignoraba?

El indio no saba en qu opinin fijarse, y su perplejidad era
extremada. Para l era evidente que de aquel sitio haba salido el tiro
con que fue saludado en el momento en que iba a comenzar su discurso;
pero con qu inters el hombre, quin quiera que fuese, que haba
escogida aquella emboscada, haba dejado huellas tan manifiestas de su
paso? Desde luego deba suponer que su agresin no quedara impune,
y que aquellos a quienes haba querido tomar por blanco se lanzaran
inmediatamente en persecucin suya.

En fin, despus de haber buscado durante mucho tiempo en su mente
la solucin de aquel problema y haberse devanado en balde los sesos
para obtener una conclusin probable, el piel roja, apuradas ya todas
las suposiciones, se fij en la primera que se le haba ocurrido, a
saber: que aquel rastro era ficticio y destinado tan sola a ocultar el
verdadero y a desorientar a los que les siguiesen.

El gran defecto de las gentes acostumbradas a proceder con ardides y
estratagemas es el de suponer que todos los hombres son como ellos,
y que no emplean ms que la astucia para combatirlos; por eso se
engaan con frecuencia, y la franqueza de los medios empleados por
sus adversarios les desorienta por completo, y con frecuencia les hace
perder una partida que en cualquiera otra ocasin habran ganado.

El Zorro-Azul observ muy luego que su suposicin era errnea, que
haba atribuido a su enemigo mucha ms astucia y sagacidad de la que en
realidad posea; y que donde crey ver un ardid en extremo complicado,
con el objeto de engaarle, no exista en realidad sino lo que desde
luego haba visto, es decir, nicamente el paso de un hombre.

El indio, despus de haber estado mucho tiempo vacilando y
tergiversando, se decidi por fin a continuar avanzando y a seguir
lo que juzgaba un rastro falso, convencido de que no tardara en
descubrir el verdadero; solo que, como estaba persuadido de que tena
que habrselas con gentes sumamente ladinas, aument su prudencia y
su precaucin, sin avanzar sino paso a paso, explorando con el mayor
cuidado los matorrales y jarales, y sin aventurarse en ellos sino
cuando crea estar seguro de que no tena que temer sorpresa alguna.

Este manejo dur bastante tiempo. Haca cerca de dos horas que se haba
separado de sus compaeros cuando de improviso se encontr en la errada
de una explanada bastante vasta de la cual no le separaba ms que un
cortinaje de hojarasca.

El indio se detuvo, se incorpor muy despacio, apart las ramas a
derecha e izquierda de modo que su vista pudiese examinar la explanada
sin que le descubriesen, y mir.

En los bosques americanos abundan mucha esas explanadas o plazoletas,
producidas unas veces por la cada de rboles que se mueren de viejos
y son materialmente deshechos por la accin del tiempo; y otras por
rboles heridos por el rayo y derribados a consecuencia de esos
huracanes terribles que tan a menudo trastornan por completo el suelo
del Nuevo Mundo. La explanada de que hablamos era bastante grande; un
ancho riachuelo la atravesaba en toda su longitud, y en el fango de sus
orillas se vean profundamente impresas las pisadas de las fieras, de
las cuales era aquel uno de los abrevaderos ignorados.

Un magnfico roble, cuya esplndida copa daba sombra a toda la
explanada, se alzaba prximamente en el centro de esta. Al pie de aquel
gigantesco husped de los bosques haba dos hombres.

El primero, vestido con un hbito de fraile, estaba tendido en el
suelo, con los ojos cerrados y el rostro cubierto de mortal palidez; el
segundo, arrodillado junto a l, pareca que le prodigaba los cuidados
ms solcitos.

Merced a la posicin que el piel roja ocupaba, le fue fcil distinguir
las facciones de este ltimo personaje, que se hallaba en frente de l.

Era un hombre de elevada estatura, pero en extremo flaco; su semblante,
que sin duda por lo mucho que habra estado a la intemperie, segn toda
probabilidad, haba adquirido el color del ladrillo, estaba surcado por
arrugas profundas; una barba blanca como la nieve le caa sobre el
pecho, mezclada con los largos rizos de su cabellera tambin blanca,
que se extenda en desorden por sus hombros; vesta el traje de los
partidarios norteamericanos mezclado con el traje mejicano, pues un
sombrero de vicua, guarnecido con una redecilla de oro, cubra su
cabeza; un zarap le serva de capote, y su pantaln de pana de color
de violeta estaba estrechamente sujeto por unas largas polainas de ante
que le suban hasta la rodilla.

Era imposible calcular la edad de aquel hombre. Aunque sus facciones
sombras y acentuadas, sus ojos oscuros en los cuales se reflejaban un
fuego sombro y una expresin extraviada, revelaban que haba llegado a
una vejez avanzada, ninguna seal de decrepitud se descubra en toda su
persona; su estatura pareca que no haba perdido ni una sola pulgada
de altura, tanto era lo derecho que an se mantena su cuerpo; sus
miembros nudosos, provistos de msculos duros como cuerdas, pareca que
se hallaban dotados de extraordinaria fuerza y agilidad; en resumen,
tena toda la apariencia de un partidario temible cuyo golpe de vista
deba ser tan seguro y el brazo tan fuerte como si solo hubiese tenido
cuarenta aos.

En su cinto llevaba un par de pistolas de can largo y un machete
de hoja recta y ancha metido, sin vaina, en una anilla de hierro
colocada en su costado izquierdo. Dos rifles, uno de los cuales sin
duda era suyo, estaban apoyados en el tronco del rbol, y un magnfico
_mustang,_ maneado a pocos pasos de distancia, coma los retoos de los
rboles.

Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir, el indio lo vio de una
sola ojeada; pero, al parecer, aquella escena, que estaba muy lejos
de esperar, no le tranquiliz en manera alguna, porque su entrecejo
se frunci y contuvo a duras penas una exclamacin de sorpresa y de
disgusto al ver a aquellos dos individuos.

Por un movimiento instintivo de prudencia amartill su rifle, y despus
que hubo adoptado esta precaucin, comenz a observar de nuevo lo que
hacan los dos personajes.

Entretanto, el hombre vestido de fraile hizo un movimiento leve como
para levantarse y entreabri los ojos; pero harto dbil todava,
probablemente, para soportar el resplandor de los rayos del sol, a
pesar de que solo se filtraban por entre las pobladas ramas, volvi
a cerrarlos en seguida; sin embargo, el individuo que le estaba
prodigando auxilios observ que haba vuelto en s, pues vio el
movimiento de sus labios que se agitaban como si hubiese murmurado una
oracin en voz baja.

Juzgando entonces que, por el momento al menos, sus cuidados no le eran
ya necesarios a aquel a quien socorra, el desconocido se levant,
cogi su rifle, apoy las dos manos cruzadas sobre la boca del can, y
aguard impasible, despus de haber dirigido a la explanada una mirada
circular cuya expresin sombra y rencorosa hizo estremecer de espanto
al jefe indio en el fondo de los matorrales en que se hallaba oculto.

Trascurrieron algunos minutos durante los cuales no se oy ms ruido
que el murmullo continuo del agua del riachuelo y el no menos
misterioso de los insectos de todas clases ocultos entre la yerba.

Al fin, el hombre tendido sobre la yerba hizo otro movimiento ms
pronunciado que el primero y abri los ojos.

Despus de haber dirigido en torno suyo una mirada extraviada, su
vista se fij con una especie de fijeza singular en el anciano alto
que continuaba inmvil junto a l y le examinaba con cierta mezcla de
compasin irnica y de melancola sombra.

--Gracias, murmur al fin el fraile con voz dbil.

--Gracias, por qu? respondi el desconocido con dureza.

--Porque me ha salvado la vida, hermano, repuso el herido.

--No soy hermano de V., fraile, exclam el desconocido con tono burln;
yo soy un hereje, un _gringo_, como a VV. les gusta llamarnos; mreme
V. bien, que no me ha examinado con cuidado: no tengo yo cuernos en la
cabeza y pies de macho cabro?

Estas palabras fueron pronunciadas con tal acento de sarcasmo, que el
fraile se qued cortado durante un momento.

--Quin es V.? le pregunt por fin con cierto temor secreto.

--Qu le importa a V.? dijo el otro con una risa que nada bueno
presagiaba; el diablo quizs.

El herido hizo un movimiento brusco para levantarse, y se santigu
repetidas veces balbuceando:

--Dios me libre de haber cado en manos del espritu del mal!

--Vamos, loco! tranquilcese V., repuso el desconocido encogindose
de hombros con desprecio; no soy el demonio, sino un hombre como V.,
quizs un poco menos hipcrita, y he ah toda la diferencia.

--Dice V. la verdad? Es V. realmente uno de mis semejantes dispuesto
a serme til?

--Quin puede responder de lo porvenir? repuso el desconocido con una
sonrisa enigmtica; hasta ahora al menos, creo que no haya usted tenido
motivo para quejarse de m.

--No, oh! no creo tal cosa, si bien desde que me desmay, mis ideas se
han embrollado por completo y de nada me acuerdo.

--Poco me importa, eso no es cuenta ma y nada le pregunto a V.;
bastante tengo yo con mis propios negocios sin cuidarme de los asuntos
de los dems. Vamos a ver, se siente V. mejor? Est V. bastante
aliviado para continuar su camino?

--Cmo! Continuar mi camino? pregunt el fraile aterrado; Se propone
V. abandonarme solo aqu, por ventura?

--Por qu no? Demasiado tiempo he perdido ya al lado de V., y ahora
debo pensar en mis negocios.

--Ah! exclam el fraile, despus del inters, que tan bondadosamente
me ha demostrado V., tendra valor suficiente para abandonarme as,
casi moribundo, sin cuidarse de lo que pudiera sucederme despus de su
marcha?

--Por qu no? repito. No conozco a V.; ninguna necesidad tengo de
auxiliarle. Al cruzar casualmente por esta explanada, le vi a V.
tendido ah sin aliento y plido como un cadver; le prodigu esos
cuidados que en el desierto a nadie se niegan: ahora ha vuelto V. en
s, ya no le soy til para nada, y me marcho. Puede haber cosa ms
sencilla ni ms lgica? Adis, y que el diablo, por quien me tomaba V.
hace un momento, le conceda su proteccin.

Despus de haber pronunciado estas palabras, con un tono de sarcasmo y
de irona amarga, el desconocido se ech su rifle al hombro y anduvo
algunos pasos en direccin a su caballo.

--Detngase V.! En nombre del cielo! exclam el fraile levantndose
con ms presteza de lo que hubiera podido esperarse de su estado de
debilidad, pero impulsado poderosamente por el miedo. Qu va a ser de
m, solo, en este desierto?

--Me importa muy poco, repuso el desconocido desembarazando framente
la punta de su zarap que el fraile haba agarrado. No dice por
ventura la mxima del desierto: Cada cual para s?

--Escuche V.! replic el fraile hablando muy de prisa, me llamo fray
Antonio y soy rico: si me protege V., le recompensar generosamente.

El desconocido se sonri con desdn y dijo: Qu tiene V. que temer? Es
V. joven, robusto, y se halla bien armado: no se encuentra, pues, en
estado de protegerse a s mismo?

--No, porque me hallo perseguido por enemigos implacables. Esta noche
pasada me han impuesto un tormento horrible e infamante: a duras penas
he conseguido escaparme de entre sus manos. Esta maana la casualidad
me puso en presencia de esos dos hombres. Al verlos, se apoder de m
una especie de locura furiosa, y se me ocurri la idea de vengarme;
les apunt e hice fuego, y en seguida comenc a huir sin saber a
donde me diriga, loco de clera y de espanto; cuando llegu aqu,
ca anonadado, abrumado, tanto por los sufrimientos que padec en la
pasada noche, como por el cansancio que me produjo una carrera larga y
precipitada por caminos endemoniados. Esos hombres, sin duda alguna, me
vienen persiguiendo; si me encuentran, lo cual conseguirn, porque son
unos cazadores de los bosques que conocen perfectamente el desierto,
me matarn sin compasin. No tengo ms esperanza que en V.; en nombre
de aquello que ms quiera V. en este mundo le suplico que me salve!
Slveme V. y mi gratitud no tendr lmites!

El desconocido haba escuchado este largo y pattico discurso sin que
se moviese un solo msculo de su rostro. Cuando el fraile se detuvo,
porque probablemente se le agotaron los argumentos y el aliento, el
otro apoy en el suelo la culata de su rifle, y respondi con sequedad:

--Todo lo que est V. diciendo puede ser muy cierto, pero me importa
tan poco como una hoja que se lleva el viento; salga V. de su apuro
como mejor le parezca, sus ruegos son intiles: si V. supiera quin
soy, se ahorrara el estarme calentando los odos tanto tiempo.

El fraile fijaba en aquel hombre singular una mirada de espanto, sin
saber ya qu decirle ni qu medio emplear para ablandar su corazn.

--Pero quin es V.? le pregunt, ms bien por decir algo que para
obtener una respuesta.

--Quin soy? dijo el desconocido con una sonrisa irnica; quiere V.
saberlo? corriente! Escuche V. a su vez, pues tengo que pronunciar muy
pocas palabras, pero bastarn para helar de espanto la sangre en sus
venas: soy el hombre a quien llaman el; _Desollador-Blanco!_ el _Sin
piedad!_

El fraile retrocedi algunos pasos tambalendose y juntando ambas manos
con esfuerzo.

--Dios mo! exclam con terror, Estoy perdido!

En aquel momento se oy a corta distancia el grito del mochuelo.

El cazador se estremeci.

--Nos escuchaban! exclam, y se precipit con rapidez hacia el lado
en que acababa de orse la sea, mientras que el fraile, medio muerto
de terror, se dejaba caer al suelo de rodillas y diriga al cielo una
oracin fervorosa.




XXIII.

EL DESOLLADOR-BLANCO.


Ahora tenemos que interrumpir durante algunos momentos nuestra
narracin con el fin de dar al lector ciertos pormenores acerca
del hombre singular que hemos puesto en escena en nuestro captulo
precedente, pormenores muy incompletos, sin duda alguna,
pero indispensables, sin embargo, para la inteligencia de los
acontecimientos sucesivos.

Si en vez de referir una historia verdica, inventsemos una novela,
de seguro nos guardaramos muy bien de introducir en nuestro relato
personajes como el que en este momento nos ocupa; desgraciadamente nos
vemos obligados a seguir la lnea que ya de antemano se halla trazada
ante nosotros, y a describir a nuestros personajes tales como son,
tales como han existido y como todava existen en su mayor parte.

Algunos aos antes de la poca en que comienza la primera parte de esta
narracin, comenz a circular casi sbitamente un rumor que al pronto
fue sordo, pero que muy luego adquiri cierta consistencia y grande
notoriedad en los vastos desiertos de Tejas, helando de espanto a los
indios bravos y a los aventureros de diferentes clases que recorren en
todos sentidos aquellas soledades inmensas.

Decase que un hombre que tena la apariencia de un blanco recorra
haca algn tiempo el desierto en persecucin de los pieles rojas, a
quienes pareca que haba declarado una guerra encarnizada; acerca de
aquel hombre que, segn decan, caminaba siempre solo, se referan
actos de una crueldad horrible y de una audacia inaudita. Dondequiera
que encontraba a los indios, fuera el que quisiese su nmero, los
atascaba; a los que caan en sus manos les desollaba el crneo, les
arrancaba el corazn del pecho, y a fin de que se conociese que haban
sucumbido bajo sus golpes, aquel hombre les haca sobre el estmago
una gran incisin en forma de cruz. Algunas veces, atravesando el
desierto en toda su extensin, aquel enemigo implacable de la raza roja
se deslizaba dentro de las aldeas, las incendiaba durante la noche
cuando cada cual se hallaba entregado al sueo, y entonces haca una
matanza espantosa asesinando a cuantos encontraba: mujeres, nios,
ancianos, nadie quedaba exceptuado.

No era solo a los indios a quienes aquel sombro enderezador
de entuertos persegua con odio implacable; los mestizos y los
cuarterones, los contrabandistas, los piratas, en fin todos esos
atrevidos merodeadores de las fronteras acostumbrados a vivir a costa
de la sociedad, tenan que arreglar con l una estrecha cuenta, solo
que a stos no les desollaba el crneo: se contentaba con atarlos
slidamente a un rbol, en donde los condenaba a morirse de hambre y a
ser presa de las fieras.

Durante los primeros aos, los aventureros y los pieles rojas,
impulsados por el sentimiento de un peligro comn, se coaligaron
varias veces para concluir con aquel enemigo feroz, apoderarse de l
e imponerle la pena del talin; pero aquel hombre pareca que estaba
protegido por un encanto que le haca librarse de cuantos lazos se le
tendan, y adivinar cuantas emboscadas se le preparaban. Era imposible
alcanzarle: sus movimientos eran tan rpidos e imprevistos, que con
frecuencia apareca a una distancia considerable del sitio en que se
le aguardaba, y en cuyas cercanas se le haba visto poco antes. Al
decir de los indios y de los aventureros, era invulnerable, y su pecho
rechazaba las balas y las flechas; aquel hombre, merced a la continua
fortuna que protega todas sus empresas, lleg a ser muy luego un
objeto de universal terror en la pradera. Sus enemigos, convencidos
de que cuanto intentasen contra l sera intil, renunciaron a una
lucha que juzgaron se diriga contra un poder superior; circularon
acerca de l las leyendas ms singulares; cada cual le temi como un
ser malfico; los indios le denominaron _Kiin-Stomann_, es decir, el
Desollador-Blanco, y los aventureros le designaron con el epteto de
_Sin Piedad._

Como se ve, estos dos nombres haban sido aplicados con razn a aquel
hombre para quien el asesinato y la carnicera pareca que eran el goce
supremo; tanto era el placer que experimentaba al sentir a sus vctimas
palpitar bajo su mano teida en sangre y al arrancarles el corazn
del pecho. Por eso, su solo nombre pronunciado en voz baja helaba de
espanto a los ms valientes.

Pero quin era aquel hombre?

De dnde proceda?

Qu catstrofe espantosa le haba lanzado al horrible gnero de vida
que llevaba?

Nadie haba podido responder a estas preguntas. Aquel individuo era un
enigma aterrador que nadie poda descifrar.

Era por ventura una de esas organizaciones monstruosas que, bajo la
exterioridad de un hombre, encierran un corazn de tigre?

Era ms bien un alma ulcerada por alguna desgracia terrible y cuyas
facultades todas se hallaban tendidas hacia un solo objeto, l de la
venganza?

Estas dos hiptesis eran tan posibles la una como la otra, y an acaso
ambas eran ciertas.

Sin embargo, como toda medalla tiene su reverso, y el hombre nunca es
completo para el bien ni para el mal, aquel individuo tena algunas
veces ciertas rfagas, no de compasin, sino quizs de cansancio,
momentos en que la sangre le suba a la garganta, le ahogaba y le haca
ser un poco menos cruel, un poco menos implacable, casi humano en
una palabra; pero aquellos momentos eran breves, aquellos _accesos_,
segn l mismo los llamaba, muy escasos: casi al momento prevaleca su
naturaleza, y entonces se tornaba tanto ms terrible cuanto ms prximo
se haba hallado a enternecerse.

He aqu cuanto se saba acerca de aquel individuo en el momento en
que le hemos puesto en escena de un modo tan singular; el auxilio que
haba prestado al fraile era tan ajeno a todos sus hbitos que por
fuerza deba hallarse entonces en uno de sus mejores accesos para haber
consentido, no solo en prodigar cuidados tan solcitos a uno de sus
semejantes, sino tambin en perder tanto tiempo escuchando sus ruegos y
lamentaciones.

Para concluir los datos que debemos dar acerca de tal personaje,
aadiremos que nadie saba si tena una residencia habitual; que no
se le conoca ninguna afeccin, ningn partidario; que siempre se le
haba visto solo, y que en los diez aos, que haca estaba recorriendo
el desierto en todas direcciones, su fisonoma no haba sufrido
alteracin alguna: siempre haba tenido la misma apariencia de vejez y
de fuerza; siempre la barba igualmente larga y blanca, y la cara llena
de arrugas.

Segn dijimos, el Desollador-Blanco se haba lanzado a los matorrales
con el fin de descubrir quien hizo aquella seal que le dio la alarma;
sus pesquisas fueron minuciosas, pero no obtuvieron ms resultado
que el de hacerle descubrir que no se haba equivocado, y que, en
efecto, un espa oculto en la espesura haba visto cuanto pasaba en la
explanada y odo cuanto en ella se deca.

El Zorro-Azul, despus de haber llamado a sus compaeros, se haba
echado hacia atrs con prudencia y viveza, convencido de que, a pesar
de todo su valor, si caa en manos del Desollador-Blanco, era hombre
perdido.

El Desollador se volvi muy pensativo junto al fraile, cuya oracin
duraba todava y adquira tales dimensiones que amenazaba con llegar a
ser interminable.

El Desollador mir un momento al fraile, mientras que una sonrisa
irnica vagaba por sus plidos labios; en seguida, aplicndole un
vigoroso culatazo entre los dos hombros, le dijo rudamente:

--Arriba!

El fraile cay sobre las manos y permaneci inmvil: creyendo que el
otro tena intencin de asesinarle, se resignaba con su suerte, y
aguardaba el golpe de gracia que, en concepto suyo, no deba tardar en
recibir.

--Vamos, arriba, fraile del diablo! repuso el Desollador; no has
mascullado bastante tus oraciones?

Fray Antonio levant muy despacio la cabeza: comenzaba a vislumbrar
alguna esperanza.

--Perdone V., respondi, he concluido; ahora estoy a sus rdenes: qu
desea V. de m?

Y en seguida se puso de pie como impulsado por un resorte, tanto
adivin por la expresin sombra de la mirada de su interlocutor que
una derrota, por buena que fuese, no sera admitida.

--Est bien, tuno: me parece que eres tan diestro para disparar un
tiro como para decir una oracin; carga tu rifle, porque ha llegado el
momento de batirte como un hombre, si no quieres ser muerto como un
perro.

El fraile dirigi una mirada de terror en torno suyo y dijo vacilando:

--Seor! Con que me es preciso batirme?

--S, a menos que no tengas empeo en conservar intacta tu piel, en
cuyo caso puedes quedarte quieto.

--Pero acaso haya algn otro medio...

--Cul?

--La fuga, por ejemplo, dijo el fraile con tono insinuante.

--Prueba ese medio, dijo el otro con tono burln.

El fraile, alentado por esta semi-concesin, continu diciendo con un
poco ms de atrevimiento:

--Tiene V. un caballo hermoso.

--Verdad que s?

--Magnfico! repuso fray Antonio extasindose.

--S, y no te pesara que yo te dejase montar en l a fin de huir ms
pronto, verdad?

--Oh! No lo crea V., dijo el fraile con un gesto negativo.

--Basta! repuso el Desollador interrumpindole con rudeza; piensa en
ti que tus enemigos llegan.

De un salto se puso en la silla, hizo dar una vuelta a su caballo y se
embosc detrs del tronco enorme de un roble.

Fray Antonio, estimulado por la aproximacin del peligro, cogi con
viveza su rifle y se coloc tambin detrs del rbol.

En el mismo instante se oy en los matorrales un crujido muy fuerte, se
apartaron las ramas y aparecieron unos quince hombres: eran guerreros
apaches, y en medio de ellos se hallaban el Zorro-Azul, John Davis y su
compaero.

El Zorro-Azul, aunque nunca se haba encontrado frente a frente con
el Desollador-Blanco, haba odo hablar de l muchas veces, tanto a
los indios como a los cazadores. Por eso cuando le oy pronunciar su
nombre, una angustia inexplicable le oprimi el corazn recordando
todas las crueldades de que sus hermanos haban sido vctimas por parte
de aquel hombre, y se le ocurri el pensamiento de apoderarse de l.
Se apresur a hacer la seal convenida con los cazadores, y lanzndose
por entre los jarales con esa velocidad singular que caracteriza a los
indios, fue al sitio que le aguardaban sus guerreros y les mand que
le siguiesen; al volver atrs encontr a los dos cazadores, quienes
haban odo su seal y acudan a auxiliarle.

En breves palabras les enter el Zorro-Azul de lo que pasaba: para ser
verdicos nos vemos obligados a confesar que esta confidencia, lejos de
excitar el nimo de los guerreros y los cazadores, calm de una manera
singular su ardor, revelndoles que iban a exponerse a un peligro
terrible luchando con un hombre tanto ms de temer cuanto que ninguna
arma poda herirle, y que los que hasta entonces se haban atrevido a
atacarle, haban sido vctimas de su temeridad.

Sin embargo, era demasiado tarde para retroceder, ya no haba
posibilidad de fugarse, y los guerreros, aunque de mala gana, se
decidieron a avanzar.

En cuanto a los dos cazadores, si bien no compartan por completo
la ciega credulidad y los temores supersticiosos de sus compaeros,
aquella lucha estaba muy lejos de agradarles. Sin embargo, contenidos
por la vergenza de abandonar a unos hombres a quienes se juzgaban muy
superiores en inteligencia y an en valor, se decidieron a seguirlos.

--Seor! exclam el fraile con voz lamentable cuando vio aparecer a
los indios, no me abandone V.!

--No, si no te abandonas a ti mismo, perilln, respondi el Desollador.

Los apaches, cuando hubieron llegado al lindero del bosque, siguiendo
su tctica habitual se guarecieron detrs de los troncos de los
rboles, y tan bien lo hicieron que aquella explanada angosta en
la que tantos hombres se disponan a empear un combate encarnizado
pareca que se hallaba completamente desierto.

Hubo un momento de silencio y de vacilacin.

El Desollador se decidi a ser el primero en hacer uso de la palabra y
grit:

--Eh! Qu quieren VV. aqu?

El Zorro-Azul iba a contestar, pero John Davis se lo impidi,
dicindole:

--Djeme V. a m.

Separndose entonces del tronco del rbol que le guareca, se adelant
resueltamente algunos pasos, y parndose hacia el centro de la
explanada, dijo en voz alta y firme:

--Dnde est V., l que habla? Teme V. darse a luz?

--Yo no temo nada, respondi el Desollador.

--Entonces djese V. ver para que le conozcan, repuso John en tono de
zumba.

El Desollador, tan luego como se vio interpelado de este modo, hizo
saltar a su caballo y fue a parar a dos pasos del cazador, diciendo,

--Heme aqu: qu me quiere V.?

Davis haba dejado llegar el caballo sin hacer ningn movimiento para
huir de l, y dijo.

--Eh! Tena ganas de ver a V.

--Es eso todo lo que tena V. que decirme? repuso el otro con tono
brusco.

--Vamos! Mucha prisa tiene V., que diablo! Djenos siquiera tiempo
suficiente para tomar resuello.

--Basta de chanzas que podran costarle a V. caras; dgame en seguida
cules son sus proposiciones, pues no tengo tiempo que perder en vanas
palabras.

--Eh! Cmo diablos sabe V. si tengo que hacerle proposiciones?

--A no ser por eso, estara V. aqu?

--Y esas proposiciones, sin duda las conocer V.?

--Es muy posible.

--Entonces qu respuesta me da V.?

--Ninguna.

--Cmo, ninguna?

--Prefiero pelear con VV.

--Oh! Oh! Rudo trabajo es el que se prepara V. ah! Sabe V. que
somos dieciocho?

--Me importa muy poco el nmero. Aunque fuesen VV. ciento me batira lo
mismo.

--Vive Dios! Por lo singular del hecho me gustara ver ese combate de
un hombre solo contra veinte.

--No ser muy largo.

Y al decir el Desollador estas palabras, hizo que su caballo
retrocediese algunos pasos.

--Aguarde V. un momento, qu diablo! dijo el cazador con viveza,
djeme V. decirle una palabra.

--Dgala V.

--Quiere V. rendirse?

--Cmo? Qu es eso?

--Le pregunto a V si quiere rendirse.

--Vamos! Est V. loco! repuso el Desollador con acento burln.
Rendirme, yo! V. ser quien pedir cuartel muy pronto.

--No lo creo, vive Cristo! An cuando hubiese V. de matarme.

--Vamos, vulvase V. pronto a su escondite, dijo el Desollador
encogindose de hombros; no quiero matarle a V. sin defensa.

--Pues Seor, tanto peor para V., dijo el cazador; le he advertido
lealmente, y ahora me lavo las manos, salga V. de su apuro como pueda.

--Gracias, repuso enrgicamente el Desollador, pero an no me encuentro
en el extremo de apuro que V. supone.

John Davis se content con encogerse de hombros sin dar ms respuesta,
y se volvi a guarecer detrs del rbol, caminando con lento paso y
silbando el _Yankee Doodle._

El Desollador no le haba imitado: aunque saba por dems que numerosos
enemigos le rodeaban y vigilaban sus movimientos, permaneci inmvil y
firme en medio de la explanada.

--Hola! grit con voz burlona, valerosos Apaches que os ocultis como
conejos en las madrigueras, ser preciso que vaya yo a buscaros para
decidiros a daros a luz? Vamos, venid, si no queris que crea que sois
unas viejas charlatanas y cobardes.

Estas palabras insultantes llevaron a su colmo la exasperacin de los
guerreros Apaches, quienes respondieron con un prolongado grito de
furor.

--Dejarn mis hermanos por ms tiempo que un solo hombre se est
burlando de nosotros? exclam el Zorro-Azul. Nuestra cobarda
constituye su fuerza. Precipitmonos con la rapidez del huracn sobre
ese genio del mal: no podr resistir al choque de tantos guerreros
afamados. Adelante, hermanos! Adelante! Sea nuestro el honor de haber
vencido al enemigo implacable de nuestra raza.

Y el valiente jefe, lanzando su grito de guerra que fue repetido
por sus compaeros, se precipit hacia el Desollador blandiendo
resueltamente su rifle por encima de su cabeza; todos los guerreros le
siguieron.

El Desollador les aguard sin cejar, pero tan luego como los vio a su
alcance, recogiendo las riendas y oprimiendo las rodillas hizo saltar
al noble animal en medio de los indios, y cogiendo su rifle por el
can y sirvindose de l como de una maza, comenz a pegar a derecha e
izquierda con un vigor y una rapidez que tenan algo de sobrenatural.

Entonces comenz una pelea espantosa; los indios se encarnizaban contra
aquel hombre que, como jinete hbil, haca dar a su caballo las vueltas
y los giros ms imprevistos, y por la rapidez de sus movimientos
impeda que agarrasen la brida y le parasen.

Los dos cazadores aguardaron al pronto con el arma descansada,
convencidos de que era imposible que un solo hombre pudiese, no ya
luchar, sino tan siquiera resistir dos minutos a unos enemigos tan
numerosos y tan valientes; pero muy luego conocieron con suma sorpresa
que se haban equivocado: ya varios indios yacan tendidos en el suelo
con el crneo partido por la terrible maza del Desollador, que no
desperdiciaba un solo golpe.

Los cazadores comenzaron entonces a variar de opinin acerca del
resultado de la lucha y quisieron acudir al auxilio de sus compaeros;
pero sus rifles les eran intiles en el continuo movimiento del
combate cuyo terreno variaba a cada instante, sus balas hubieran
podido equivocarse fcilmente y herir a un amigo en vez del enemigo a
quien queran derribar; entonces tiraron sus rifles, desenvainaron sus
cuchillos y se lanzaron al auxilio de los Apaches, que comenzaban a
flaquear.

El Zorro-Azul, peligrosamente herido, estaba tendido en el suelo sin
sentido; los guerreros que an se hallaban sanos comenzaban a pensar en
la retirada y a dirigir miradas ansiosas detrs de s.

El Desollador segua batindose con la misma furia, burlndose de sus
enemigos e insultndolos; su brazo se levantaba y se bajaba sin cesar.

--Ah! Ah! exclam al ver a los dos cazadores, quieren VV. su parte?
Vengan, vengan ac!

stos no se lo hicieron repetir y se precipitaron ciegos sobre l; pero
en mala hora lo hicieron: John Davis recibi un golpe con el pecho del
caballo que le hizo ir rodando por el suelo a ms de veinte pasos de
distancia, donde qued tendido; en el mismo instante su compaero caa
con el crneo roto y expiraba sin proferir ni una queja.

Esta ltima peripecia dio el golpe de gracia a los indios, que,
no pudiendo resistir ya el espanto que les inspiraba aquel hombre
extraordinario, comenzaron a huir en todas direcciones lanzando
aullidos de terror.

El Desollador dirigi a la ensangrentada plazoleta, en la que haba
unos diez cuerpos tendidos, una mirada de triunfo y de odio satisfecho,
y lanzando su caballo hacia adelante alcanz a uno de los fugitivos,
le levant agarrndole por la cabellera, se le puso atravesado sobre
el arzn de su silla, y desapareci en el bosque profiriendo un grito
horrible.

Ya no quedaban en la plazoleta del bosque ms que diez o doce cuerpos
tendidos en el suelo, de ellos solo dos o tres vivan an, y los dems
no eran sino cadveres.

Tambin esta vez el Desollador-Blanco se haba abierto paso de una
manera sangrienta.

En cuanto a fray Antonio, tan luego como vio empeado el combate juzg
intil aguardar su resultado; aprovech juiciosamente la ocasin, y
deslizndose con suavidad de rbol en rbol, llev a cabo una retirada
muy bien entendida y huy.




XXIV.

DESPUS DEL COMBATE.


Durante cerca de media hora, un silencio mortal rein en la explanada
que, a consecuencia del combate que hemos descrito en el captulo
anterior, ofreca el aspecto ms triste y lgubre que puede imaginarse.

Sin embargo, John Davis, que en realidad no haba recibido herida
alguna, puesto que su cada fue ocasionada tan solo por el choque del
poderoso caballo del Desollador, abri los ojos y dirigi en torno suyo
una mirada sorprendida; la cada haba sido bastante violenta para
causarle graves contusiones y sepultarle en un desmayo profundo; por
eso el americano, al volver en s, muy aturdido todava, no record en
el primer momento nada de lo que haba pasado, y se puso a reflexionar
muy seriamente cmo, era que se hallaba en aquella postura singular.

Sin embargo, poco a poco se fueron aclarando sus ideas y se acord
de aquella lucha extraordinaria y desproporcionada de un hombre solo
contra veinte, lucha de la cual sali victorioso el Desollador despus
de haber muerto o puesto en fuga a sus agresores.

--Eh! murmur, quien quiera que sea ese individuo, hombre o demonio,
vive Dios que es un mozo muy templado!

Se levant con alguna dificultad, tentndose con cuidado sus miembros
doloridos; luego, cuando se hubo cerciorado de que no tena lesin
alguna, repuso con evidente satisfaccin:

--A Dios gracias, he salido mejor de lo que me hubiera atrevido a
suponer despus de la manera en que fui derribado.

En seguida, dirigiendo una mirada de compasin a su compaero tendido
cerca de l, aadi:

--Ese pobre Sam no ha sido tan feliz como yo! Han concluido sus
correras. Qu rudo golpe ha recibido! Bah! exclam con esa filosofa
egosta del desierto, todos somos mortales y a cada cual le toca su
vez. Hoy l, maana yo; as va el mundo.

Entonces, apoyado en su rifle, porque todava le costaba algn
trabajo moverse, anduvo algunos pasos por la explanada, tanto para
desentumecer sus miembros, como para cerciorarse, por medio de una
experiencia postrera, de que se hallaba en buen estado.

Al cabo de algunos momentos de un ejercicio que restableci la
circulacin de la sangre y la elasticidad de las articulaciones,
completamente tranquilizado ya respecto de s mismo, se le ocurri la
idea de ver si entre los cuerpos tendidos en el suelo en torno suyo,
habra algunos que respirasen an.

--No son ms que indios, murmur, pero en ltimo resultado son hombres;
aunque se hallen casi privados de razn, la humanidad me impone el
deber de socorrerlos, sobre todo ahora que mi situacin no es nada
agradable, y si logro salvar a algunos de ellos, su conocimiento del
desierto podr serme de suma utilidad.

Esta ltima consideracin le decidi a auxiliar a unos hombres a
quienes, a no ser por eso, segn toda probabilidad, habra dejado
abandonados por completo a su suerte, es decir, entregados a los
dientes de las fieras que, en cuanto llegase la noche, atradas por el
olor de la sangre, no habran dejado de acudir a devorarlos.

Ahora es deber nuestro hacer al egosta ciudadano de los Estados
Unidos la justicia de decir que, tan luego como hubo adoptado aquella
determinacin, cumpli con sagacidad y conciencia el deber que se
haba impuesto, empresa fcil para l, en ltimo resultado, porque
los numerosos oficios que haba ejercido durante el curso de su
azarosa existencia, le haban hecho adquirir una experiencia y unos
conocimientos mdicos, que le ponan en el caso de prodigar a los
heridos los cuidados que su estado reclamaba.

Desgraciadamente la mayor parte de los individuos a quienes examin
haban recibido heridas tan graves, que haca mucho tiempo ya que se
hallaban sin vida, y todo socorro era intil.

--Diablo! Diablo! murmuraba el americano cada vez que se encontraba
con un cadver, estos pobres salvajes han sido muertos de mano
maestra! Al menos no han padecido mucho tiempo, porque con estas
heridas espantosas han debido entregar su alma al Creador casi
instantneamente.

As lleg hasta el sitio en que yaca el cuerpo del Zorro-Azul; una
ancha herida se abra en su pecho.

--Ah! He aqu al digno jefe, repuso; vaya una herida! Veamos si
tambin l est muerto.

Se inclin sobre el cuerpo inmvil y puso la bruida hoja de su
cuchillo delante de la boca del indio.

--No rebulle, continu diciendo con tono de desaliento, y creo que me
costar trabajo sacarlo del estado en que se encuentra.

Sin embargo, al cabo de algunos instantes, mir a la hoja de su
cuchillo y vio que estaba levemente empaada.

--Vamos, an no est muerto, y mientras el alma se halla agarrada al
cuerpo, todava hay esperanza. Probemos.

Despus de decir estas palabras, John Davis llen de agua su sombrero,
le ech algunas gotas de aguardiente y comenz a lavar cuidadosamente
la herida; cuando hubo hecho esto, la sonde y vio que era poco
profunda; segn toda probabilidad, la prdida de sangre era la que
haba producido el desmayo. Tranquilizado por esta reflexin muy
acertada, machac entre dos piedras algunas hojas de organo, hizo una
especie de cataplasma, la aplic a la herida y la vend slidamente por
medio de una tira de corteza de rbol; en seguida, entreabriendo con
la hoja de su cuchillo los dientes del indio, introdujo en su boca el
cuello de su calabaza y le hizo beber un gran trago de aguardiente.

El buen xito coron casi al instante los esfuerzos del americano,
porque el jefe lanz un suspiro profundo y abri los ojos casi
inmediatamente.

--Bravo! exclam John gozoso por el resultado inesperado que haba
obtenido. nimo, jefe, que est V. salvado. Vive Dios! Bien puede V.
alabarse de haberse librado en una tabla!

Durante algunos minutos el indio permaneci como atontado, dirigiendo
en torno suyo miradas de asombro, sin conocer la situacin en que se
encontraba ni los objetos que le rodeaban.

John le examinaba con sumo cuidado, dispuesto a auxiliarle si llegaba a
necesitarlo de nuevo, pero no fue preciso. Poco a poco pareci que el
piel roja se reanimaba; sus ojos perdieron la expresin de extravo que
tenan. Se incorpor, y pasndose la mano por la frente baada en fro
sudor, dijo:

--Ha concluido ya el combate?

--S, respondi John, porque nuestra derrota es completa. Bonita idea
fue la que se nos ocurri de apoderarnos de ese demonio!

--Segn eso, se ha escapado?

--S por cierto, y sin ninguna herida, despus de dar muerte a diez
guerreros de los de V., por lo menos, y partir el crneo hasta los
hombros a mi pobre compaero Sam.

--Oh! murmur sordamente el indio, eso no es un hombre, es el
espritu del mal!

--Que sea lo que quiera, voto al diablo! exclam John enrgicamente,
yo no he de quedarme con la duda, porque espero que algn da he de
volver a encontrarme con ese demonio.

--Que el Wacondah libre a mi hermano de ese encuentro, porque el
demonio le matara!

--Puede ser; por cierto que si no lo ha hecho hoy, no ha sido por culpa
suya; pero que se ande con cuidado! Quizs algn da nos encontraremos
frente a frente, con armas iguales, y entonces...

--Qu le importan a l las armas? No ha visto V. que nada pueden
hacerle y que su cuerpo es invulnerable?

--Eh! Es muy posible. Pero por ahora dejemos eso para cuidarnos de
asuntos que nos ataen ms de cerca. Cmo se encuentra V.?

--Mejor, mucho mejor, el remedio que me ha aplicado V. me ha hecho
mucho bien. Siento un bienestar indecible.

--Tanto mejor; ahora procure V. descansar dos o tres horas mientras yo
velo su sueo, y luego discurriremos los medios para salir del mal paso
en que nos hemos metido.

El piel roja se sonri al or estas palabras y dijo:

--El Zorro-Azul no es una vieja cobarde a quien un dolor de muelas o de
odos le incapacita de moverse.

--Ya s que es V. un guerrero valiente, jefe; pero la naturaleza tiene
sus lmites de los cuales no puede pasar; y por grandes que sean el
valor y la voluntad de V., la hemorragia abundante que le ha ocasionado
su herida debe haberle reducido a una debilidad extremada.

--Doy gracias a mi hermano, esas palabras son las de un amigo; pero el
Zorro-Azul es un sachem en su nacin, y solo la muerte debe dejarle
inmvil. Juzgue mi hermano la debilidad del jefe.

El indio, al pronunciar estas palabras, hizo un esfuerzo supremo;
resistindose al dolor, con esa energa y ese desprecio al sufrimiento
que caracterizan a la raza roja, consigui levantarse, y no solo se
mantuvo firme sobre sus pies, sino que anduvo algunos pasos sin auxilio
ajeno y sin que en su rostro se revelase la ms leve emocin.

El americano le miraba con profunda admiracin; l, que con justa razn
disfrutaba cierta nombrada de valiente, no poda imaginar que fuese
posible llevar tan lejos el triunfo de la fuerza moral sobre la fuerza
fsica.

El indio se sonri con orgullo al leer en los ojos del americano la
sorpresa que le causaba su accin.

--Sigue creyendo mi hermano que el Zorro-Azul est tan dbil? le
pregunt.

--En verdad, jefe, que ya no s qu pensar! Lo que le veo a V. hacer,
me confunde; me hallo dispuesto a suponerle capaz de ejecutar las cosas
ms imposibles.

--Los jefes de mi nacin son guerreros afamados que se ren del dolor,
y para quienes no existe el sufrimiento, dijo el piel roja con orgullo.

--Me hallo inclinado a creerlo as, segn el modo de proceder de V.

--Mi hermano es un hombre, me ha comprendido. Examinaremos juntos a los
guerreros tendidos en el suelo, y despus pensaremos en nosotros.

--En cuanto a sus pobres compaeros, jefe, me veo obligado a confesarle
que ya no tenemos que cuidarnos de ellos, pues todo auxilio les sera
intil: estn muertos.

--Bueno! Han sucumbido noblemente peleando. El Wacondah les recibir
en su seno y les har cazar con l en las praderas bienaventuradas.

--Amn!

--Ahora, ante todo, terminemos el asunto de que habamos comenzado a
hablar esta maana y que fue interrumpido tan fortuitamente.

John Davis, no obstante su hbito de la vida del desierto, estaba
confundido al ver la sangre fra de aquel hombre que, habindose
librado milagrosamente de la muerte, sufriendo el dolor producido por
una herida espantosa, y haciendo apenas algunos minutos que haba
recobrado el uso de sus facultades intelectuales, pareca que ya no
pensaba en lo que haba ocurrido, no consideraba los sucesos de que
estuvo prximo a ser vctima sino como accidentes muy naturales de la
existencia que llevaba, y con la ms entera libertad de nimo prosegua
una conversacin interrumpida por un combate terrible, tomndola
precisamente en el punto en que la haba dejado. Era porque el
americano, no obstante lo mucho que hasta entonces haba frecuentado el
trato de los pieles rojas, nunca se haba tomado el trabajo de estudiar
seriamente su carcter, pues se hallaba persuadido, como la mayor
parte de los blancos, de que los indios son seres casi desprovistos
de inteligencia, y de que la vida que llevan les rebaja casi hasta
el nivel de los animales, mientras que, por el contrario, esa vida
de libertad y de riesgos incesantes hace que el peligro les sea tan
familiar que han llegado a despreciarle y a no concederle sino una
importancia muy secundaria.

--Corriente, dijo al cabo de un instante, puesto que V. lo desea, jefe,
le trasmitir el mensaje que me han confiado.

--Sintese mi hermano a mi lado.

El americano se sent en el suelo junto al jefe, no sin cierta
preocupacin por motivo del aislamiento en que se encontraba en aquel
campo de batalla sembrado de cadveres; pero el indio pareca tan
sereno y tan tranquilo que a John Davis le dio vergenza mostrar su
inquietud; y fingiendo una indiferencia que se hallaba muy lejos de su
corazn, tom la palabra en estos trminos:

--Soy enviado cerca de mi hermano por un gran guerrero de los rostros
plidos.

--Le conozco: se llama el Jaguar. Su brazo es fuerte y su ojo brilla
como el del animal cuyo nombre lleva.

--Bien. El Jaguar desea enterrar el hacha entre sus guerreros y los de
mi hermano a fin de que la paz los rena y que, en vez de pelear, unos
contra otros, persigan a los bisontes en los mismos territorios de caza
y se venguen de sus enemigos comunes. Qu respuesta llevar al Jaguar?

El indio permaneci silencioso durante mucho tiempo; al fin levant la
cabeza y dijo:

--Abra mi hermano los odos: un sachem va a hablar.

--Ya escucho, respondi el americano.

El jefe repuso:

--Las palabras que sopla mi pecho son sinceras, el Wacondah me las
inspira; los rostros plidos, desde que fueron trados por el genio
del mal en sus grandes _barcas-medicinas_ a las tierras de mis padres,
siempre han sido enemigos encarnizados de los hombres rojos, invadiendo
sus territorios de caza ms ricos y frtiles, persiguindolos como
fieras en cuantas partes los encontraban, incendiando sus _callis_
(aldeas) y dispersando los huesos de sus antepasados a los cuatro
vientos del cielo. No ha sido esa la conducta observada constantemente
por los rostros plidos? Responda mi hermano.

--Eh! dijo el americano con cierto embarazo, no puedo negar, jefe,
que hay algo de verdad en lo que V. dice; sin embargo, no todos los
hombres de mi color se han portado mal con los pieles rojas; muchos
han procurado hacerles bien.

--Ooah! Dos o tres todo lo ms; pero eso no hace sino probar lo que yo
digo. Vengamos ahora a la cuestin que nos proponemos discutir.

--S, creo que ser lo mejor, respondi el americano muy contento
interiormente, por no tener que sostener una discusin en la que saba
que no haba de llevar la mejor parte.

--Mi nacin aborrece a los rostros plidos, repuso el jefe; el cndor
no hace su nido con el _mawkawis_, y el oso gris no acompaa al
antlope; yo mismo profeso a los rostros plidos un odio instintivo.
As pues, esta maana hubiera yo rechazado perentoriamente las
proposiciones del Jaguar: qu nos importan a nosotros las guerras que
los rostros plidos sostienen entre s? Cuando los coyotes se devoran
unos a otros, los gamos se regocijan; es para nosotros una alegra el
ver a nuestros opresores destrozarse recprocamente. En los momentos
presentes, aunque mi odio contina igualmente vivo, debo encerrarlo
en el fondo de mi corazn. Mi hermano me ha salvado la vida, me ha
socorrido cuando yo me hallaba tendido en el suelo exnime y el genio
del mal se cerna sobre mi cabeza; la ingratitud es un vicio blanco,
el agradecimiento es una virtud roja. Desde hoy mismo queda enterrada
el hacha entre el Jaguar y el Zorro-Azul por el espacio de cinco lunas
consecutivas. Durante esas cinco lunas, los enemigos del Jaguar lo
sern tambin del Zorro-Azul; los dos jefes pelearn uno junto al otro
como dos hermanos queridos; dentro de tres soles, el sachem se reunir
con el jefe plido a la cabeza de quinientos guerreros afamados, cuyos
talones estn adornados con numerosas colas de coyotes, y que forman la
parte ms escogida de la nacin. Qu har el Jaguar por el Zorro-Azul
y por sus guerreros?

--El Jaguar es un jefe generoso; si bien es terrible para con sus
enemigos, su mano est siempre abierta para sus amigos; cada guerrero
apache recibir un rifle, cien cargas de plvora y un cuchillo de
desollar crneos. El sachem, adems de estos regalos, recibir dos
pieles de vicua llenas de agua de fuego.

--Ooah! exclam el jefe con marcada satisfaccin, mi hermano ha
hablado bien, el Jaguar es un jefe generoso. He aqu mi _ttem_ en
seal de alianza, as como mi pluma de mando.

Al decir esto, el jefe sac de su morral o saco de medicina, que
llevaba colgado de los hombros, un pedazo cuadrado de pergamino, en
el cual se vea toscamente trazado el _ttem_ o animal emblema de la
tribu, se lo entreg al americano, que lo guard en seguida, y luego,
quitndose la pluma de guila hincada en su moo de guerra, se la dio
tambin.

--Doy gracias a mi hermano el sachem, dijo entonces John Davis, porque
ha accedido a mi proposicin, y no se arrepentir de haberlo hecho.

--Un jefe ha dado su palabra. Pero ya prolonga el sol las sombras de
los rboles; el mawkawis har resonar muy pronto su canto de la noche;
ha llegado la hora de tributar los ltimos honores a los guerreros que
han muerto, y de separarnos para ir a incorporarnos con nuestros amigos
respectivos.

--A pie, segn estamos, me parece que eso ser bastante difcil,
observ John.

El indio se sonri y dijo:

--Los guerreros del Zorro-Azul velan por l.

En efecto, apenas hubo hecho el jefe por dos veces una sea particular,
cuando unos cincuenta guerreros apaches invadieron la explanada y
fueron a formarse silenciosos en torno suyo.

Los fugitivos que consiguieron librarse del temible brazo del
Desollador-Blanco tardaron muy poco en reunirse; regresaron al
campamento y dieron a sus compaeros la noticia de la derrota
sufrida; entonces se envi un destacamento de jinetes, mandado por un
jefe subalterno, a buscar al sachem; pero estos jinetes, viendo al
Zorro-Azul en conferencia con un rostro plido, permanecieron en la
espesura aguardando con paciencia a que quisiese llamarlos.

El sachem mand enterrar los muertos. Entonces comenz la ceremonia de
los funerales, ceremonia que las circunstancias exigan se apresurase
algn tanto.

Los cadveres fueron lavados cuidadosamente y envueltos en mantos
nuevos de piel de bisonte; en seguida se los coloc sentados en unas
zanjas abiertas para cada uno de ellos, con sus armas, los frenos de
sus caballos y vveres, a fin de que de nada careciesen durante su
viaje hasta las praderas bienaventuradas, y que cuando llegasen junto
al Wacondah, pudiesen inmediatamente montar a caballo y cazar.

Cuando se hubieron verificado estas diferentes ceremonias, se llenaron
las zanjas y encima se colocaron piedras voluminosas para que las
fieras no pudiesen desenterrar los cadveres y devorarlos.

El sol se hallaba prximo a desaparecer en el horizonte cuando los
Apaches concluyeron por fin de tributar los ltimos honores a sus
hermanos. El Zorro-Azul se acerc entonces al cazador, que hasta aquel
momento haba permanecido como espectador, si no indiferente, al menos
impasible, de la ceremonia, y le dijo:

--Va a volver mi hermano junto a los guerreros de su nacin?

--S, respondi lacnicamente el americano.

--El rostro plido ha perdido su caballo: que monte en el _mustang_ que
le ofrece el Zorro-Azul, y antes de dos horas se hallar de regreso
entre los suyos.

John Davis acept con gratitud el regalo que tan generosamente le
ofrecan, mont en seguida a caballo, y despus de despedirse de los
indios, se separ de ellos y se alej con rapidez.

Los Apaches, por su parte, a una seal del jefe se internaron en el
bosque, y la explanada en que haban acontecido tan terribles sucesos
volvi a quedar sumida en la soledad y en el silencio.




XXV.

UNA EXPLICACIN.


El Jaguar, como todos los hombres cuya existencia trascurre en su mayor
parte en el desierto, se hallaba dotado de una prudencia excesiva unida
a una circunspeccin extremada.

Aunque era muy joven todava, su vida se haba hallado mezclada con tan
singulares peripecias, haba sido actor en escenas tan extraordinarias
que desde muy temprano se haba acostumbrado a encerrar sus emociones
en su corazn y a conservar en su semblante, viera o experimentara lo
que quisiera, esa impasibilidad marmrea que caracteriza a los indios,
y que estos han convertido en una arma temible contra sus enemigos.

Al or resonar de improviso en su odo la voz de Tranquilo, el joven
sinti que un estremecimiento interior agitaba todo su cuerpo, frunci
el entrecejo, y se pregunt a s mismo mentalmente cmo sera que el
cazador le iba a perseguir as hasta en su campamento, y qu razn
bastante poderosa le impulsara a obrar en tal manera, tanto ms
cuanto que sus relaciones con el canadiense, sujetas a frecuentes
intermitencias, se hallaban en aquel momento en trminos, si no del
todo hostiles, al menos muy lejos de ser amistosos.

Sin embargo, el Jaguar, en cuyo corazn el sentimiento del honor
hablaba siempre muy alto, y a quien el paso dado para con l por un
hombre del valor de Tranquilo halagaba mucho ms de lo que aparentaba,
ocult la preocupacin que le agitaba, y se adelant presuroso y con la
sonrisa en los labios al encuentro del cazador.

ste no iba solo: le acompaaba Corazn Leal.

El aspecto del canadiense, sin ser altanero, era reservado; sus modales
eran fros y su semblante estaba velado por una nube de tristeza.

--Sea V. muy bienvenido en mi campamento, cazador, le dijo
amistosamente el Jaguar tendindole la mano.

--Gracias, respondi lacnicamente el canadiense sin tocar la mano que
le presentaban.

--Me alegro mucho de ver a V., repuso el joven sin formalizarse. Qu
casualidad le ha trado hacia esta parte?

--Mi compaero y yo estamos de caza hace mucho tiempo; nos abruma el
cansancio; el humo del campamento de V. nos ha atrado aqu.

El Jaguar fingi creer que aceptaba aquella derrota torpemente
imaginada por un hombre que se lisonjeaba con razn de ser uno de los
cazadores ms robustos del desierto.

--Venga V., pues, a ocupar un puesto junto al fuego de mi tienda, y
srvase considerar como suyo cuanto hay aqu, obrando en consecuencia.

El canadiense se inclin sin responder, y con Corazn Leal sigui al
Jaguar, que les preceda y guiaba por las revueltas del campamento.

Cuando hubieron llegado junto a la hoguera, el joven ech en ella
algunos brazados de lea seca, los cazadores se sentaron sobre unos
crneos de bisonte colocados all a manera de escaos, y luego, sin
romper el silencio, llenaron sus pipas y se pusieron a fumar.

El Jaguar les imit.

Los blancos que recorren las praderas y cuya vida trascurre cazando por
aquellas vastas soledades, han contrado, casi sin apercibirse de ello,
la mayor parte de los hbitos y costumbres de los pieles rojas, con
quienes de continuo les ponen en contacto las exigencias de su posicin.

Hay una cosa digna denotarse, y es la tendencia que tienen los hombres
civilizados a volver a la vida salvaje, la facilidad con que los
cazadores, nacidos en su mayor parte en grandes centros de poblacin,
olvidan sus cmodos hbitos, abandonan las costumbres de las ciudades y
renuncian a los usos con arreglo a los cuales se han manejado durante
la primera parte de su vida, para adoptar los usos y an las costumbres
de los pieles rojas.

Muchos de los cazadores llevan tan lejos esta especie de mana que la
mayor lisonja que se les puede hacer es fingir que se les toma por
guerreros indios.

Debemos confesar que, en contraposicin de esto, los pieles rojas no
desean en manera alguna nuestra civilizacin, de la cual se cuidan muy
poco, y que aquellos a quienes, la casualidad o algn motivo comercial
conducen a las ciudades populosas como Nueva York o Nueva Orleans,
lejos de mostrarse maravillados por lo que ven, dirigen en torno suyo
miradas de compasin, sin comprender que haya hombres que consientan
gustosos en encerrarse en una especie de jaulas ahumadas que denominan
casas, y en gastar su vida en trabajos ingratos, en vez de irse a vivir
al aire libre en soledades extensas, cazando los bisontes, los osos y
los jaguares bajo la mirada de Dios.

Se equivocan por completo los salvajes al pensar as?

Es falso su raciocinio?

No lo creemos.

La vida del desierto, para el hombre cuyo corazn est todava
bastante abierto para comprender sus conmovedoras peripecias, tiene
encantos embriagadores que solo all se sienten, y que la existencia
matemticamente sujeta de las ciudades no puede hacer olvidar en manera
alguna si se llega a disfrutarlos una sola vez.

Con arreglo a los principios de la etiqueta india, muy estricta en
materias de urbanidad, ninguna pregunta debe dirigirse a los forasteros
que se sientan en el hogar del campamento mientras no entablan ellos
mismos la conversacin.

Bajo la choza del indio, un husped es considerado como si le enviase
el Gran Espritu; es sagrado para aqul a quien visita durante todo el
tiempo que guste permanecer junto a l, an cuando fuese su enemigo
mortal.

El Jaguar, muy enterado de las costumbres de los pieles rojas,
permaneci sentado silenciosamente junto a sus huspedes, fumando,
reflexionando y aguardando con paciencia a que tuviesen a bien hacer
uso de la palabra.

Por fin, despus de un espacio de tiempo bastante largo, Tranquilo
sacudi sobre la ua del dedo pulgar de su mano derecha la ceniza de su
pipa, y volvindose hacia el joven, le dijo:

--No me aguardaba V., verdad?

--En efecto, respondi el Jaguar. Sin embargo, crea que su visita, no
por ser inesperada, me es menos agradable.

El cazador arque los labios de una manera singular, y contestando ms
bien a su pensamiento que a las palabras del Jaguar, murmur:

--Quin sabe? Quizs s y quizs no. El corazn del hombre es un libro
indescifrable, en el cual solo los locos son los que creen que pueden
leer.

--No sucede as con el mo, cazador: le conoce V. lo bastante para
saberlo.

El canadiense movi la cabeza y repuso:

--Es V. joven todava; ese corazn de que me habla, hasta para V. mismo
es desconocido: en el corto periodo de existencia que hasta hoy cuenta,
el viento de las pasiones no ha soplado todava sobre V., y no le ha
doblegado bajo su presin potente. Para responder con esa seguridad,
aguarde V. a haber amado y sufrido; entonces, si ha sostenido V.
valerosamente el choque, si ha resistido al huracn de la juventud, le
ser lcito llevar erguida la frente.

Estas palabras fueron pronunciadas con acento severo; pero, sin
embargo, no revelaban la ms leve amargura.

--Se muestra V. duro hoy para conmigo, Tranquilo, respondi el joven
con tristeza. En qu puedo haber desmerecido a los ojos de V.? Qu
acto reprensible he cometido?

--Ninguno, al menos me complazco en creerlo as; pero temo que muy
pronto...

Se detuvo y movi dolorosamente la cabeza.

--Acabe V.! exclam el Jaguar con vehemencia.

--Para qu? repuso Tranquilo. Quin soy yo para imponer a V. una
moral que sin duda despreciara, y unos consejos que seran mal
recibidos? Ms vale guardar silencio.

--Tranquilo! respondi el joven con una emocin que no alcanz a
dominar, hace mucho tiempo que nos conocemos, y sabe V. la estimacin
y el respeto que le profeso; hable V.! Sea lo que quiera lo que tenga
V. que decir, por rudas que sean las reconvenciones que me dirija, le
juro a V. que le escuchar!

--Bah! Olvide V. lo que he dicho; he hecho mal en quererme mezclar en
sus asuntos. En la pradera cada cual debe pensar tan solo en s, y por
lo tanto no hablemos ms de ello.

El Jaguar le dirigi una mirada profunda, y respondi:

--Corriente! No hablemos ms de ello.

Se levant y dio algunos paseos con suma agitacin; luego, volviendo
bruscamente junto al cazador, le dijo:

--Dispnseme V. si no he pensado todava en ofrecerle algn refresco;
pero he aqu la hora del desayuno, y espero que V. y su compaero me
harn el favor de compartir mi frugal almuerzo.

Y el Jaguar, mientras hablaba as, fijaba en el canadiense una mirada
de singular expresin. Tranquilo vacil un momento y al fin dijo:

--Esta maana, al salir el sol, almorzamos mi compaero y yo algunos
minutos antes de entrar en el campamento de V.

--Estaba seguro de ello! exclam el joven con vehemencia. Oh! Oh!
Ahora se han disipado ya mis dudas, cazador: rehsa V. aceptar el agua
y la sal en mi hogar!

--Yo! Se equivoca V...

--Oh! repuso el Jaguar interrumpindole con violencia, nada de
negativas, Tranquilo; no busque V. pretextos indignos de V. y de m;
Cuerpo de Cristo! Es V. un hombre demasiado leal y sincero para no ser
franco. Lo mismo que yo conoce V. la ley de las praderas: no se rompe
el ayuno con un enemigo. Ahora, si le queda a V. en el fondo del alma
un solo y mnimo resto de esos sentimientos de benevolencia que tuvo V.
hacia m en otra poca, explquese claramente sin ambages ni rodeos,
lo exijo!

El canadiense pareci que reflexionaba durante algunos instantes, y
luego exclam de improviso con resolucin:

--A la verdad, tiene V. razn, Jaguar; ms vale explicarnos como
francos cazadores, que andar en rateras el uno con el otro como los
pieles rojas, y luego ningn hombre es infalible: puedo engaarme lo
mismo que cualquier otro, y bien sabe Dios que quisiera sucediese as.

--Le escucho a V., y le juro por mi honor que si las reconvenciones que
V. me dirige son fundadas, lo confesar.

--Bueno, dijo el cazador con tono ms amistoso del que hasta entonces
haba empleado, habla V. como un hombre; pero acaso preferira V. que
nuestra conversacin fuese reservada, aadi sealando a Corazn Leal,
quien por discrecin haca el ademn de retirarse.

--Al contrario, respondi el Jaguar con viveza, ese cazador es amigo de
V., espero que muy pronto lo ser mo, y nada quiero tener oculto para
l.

--Por mi parte, dijo Corazn Leal inclinndose, deseo ardientemente que
la ligera nube que se ha interpuesto entre V. y Tranquilo se disipe
cual el leve vapor que impulsa a lo lejos la brisa de la maana, a fin
de que as nos conozcamos mejor, y puesto que V. lo quiere, asistir a
la conferencia.

--Gracias, caballero. Ahora hable V., Tranquilo; estoy dispuesto a
escuchar los cargos que, segn dice, tiene que formular contra m.

--Desgraciadamente, dijo Tranquilo, la vida singular que V. lleva desde
su llegada a estas regiones se presta en sumo grado a las suposiciones
ms desfavorables; ha alistado V. bajo sus rdenes a una turba de
gentes de mal vivir, merodeadores de fronteras, desterrados de la
sociedad y que viven completamente fuera de la ley comn de los pueblos
civilizados.

--Pues qu, nosotros, hombres de los desiertos, habitantes de los
bosques y cazadores de las fronteras, estamos obligados a sujetarnos a
todas las mezquinas exigencias de las ciudades?

--S, hasta cierto punto; es decir, no nos es lcito ponernos en
estado de abierta rebelin contra las instituciones de hombres que,
a pesar de habernos separado de ellos, no por eso han dejado de ser
hermanos nuestros, y a quienes continuamos perteneciendo por nuestro
color, nuestra religin, nuestro nacimiento y los vnculos de familia
que nos unen con ellos y que no hemos podido romper.

--Corriente, admito en cierta manera la exactitud del raciocinio de V.;
pero suponiendo que los hombres que tengo bajo mi mando sean realmente
bandidos, merodeadores de fronteras, como V. los llama, sabe V. cul
es el mvil que les impulsa a obrar? Puede V. formular contra ellos
alguna acusacin?

--Paciencia, que an no he concluido.

--Pues entonces contine V.

--Luego, adems de esa partida de bandidos de la cual es V. el jefe
ostensible, ha formado usted alianza con los pieles rojas, con los
Apaches entre otros, que son los ladrones ms descarados de la pradera;
es verdad, s o no?

--S y no, amigo mo, pues la alianza que V. me echa en cara nunca
ha existido hasta ahora; pero en esta misma maana ha debido ser
estipulada entre dos amigos mos y el Zorro-Azul, que es uno de los
jefes apaches ms afamados.

--Ah! He ah una coincidencia desgraciada.

--Por qu?

--Sabe V. lo que han hecho en la pasada noche sus nuevos aliados?

--Cmo he de saberlo, si ignoro donde estn, y ni siquiera he recibido
todava la noticia oficial del tratado ajustado con ellos?

--Pues bien, voy a decrselo a V.: han atacado la venta del Potrero y
han robado cuanto en ella haba.

Las oscuras pupilas del Jaguar lanzaron un relmpago de furor; se
levant de un salto, y cogiendo con mano convulsa su rifle, exclam con
voz estridente:

--Vive Dios! De veras han hecho eso?

--Lo han hecho, y an se supone que ha sido por instigacin de V.

--El Jaguar se encogi de hombros con desdn, y dijo:

--Con qu objeto? Pero, y doa Carmela, qu ha sido de ella?

--Se ha salvado, a Dios gracias!

El joven lanz un suspiro de desahogo.

--Y ha credo V. tal infamia por parte ma? dijo en seguida en tono de
reconvencin.

--Ya no lo creo, respondi el cazador.

--Gracias! Gracias! Pero, vive Dios! juro a usted que esos demonios
han de pagar muy caro el crimen que han cometido. Ahora contine V.

--Desgraciadamente, si ha conseguido V. sincerarse de mi primer cargo,
dudo que le sea posible hacer otro tanto respecto del segundo.

--No importa, dgalo V.

--Est en camino para Mjico una conducta de plata mandada por el
capitn Melendez.

El joven se estremeci levemente y dijo con breve acento.

--Lo s.

El cazador fij en l una mirada interrogadora, y repuso con cierta
vacilacin:

--Se dice...

--Se dice, replic el Jaguar interrumpindole con energa, que yo sigo
el rastro de esa conducta de plata, y que cuando llegue el momento
propicio, la atacar al frente de mis bandidos, y me apoderar del
dinero, no es cierto?

--S.

--Tienen razn, respondi framente el joven; esa es, en efecto, mi
intencin. Qu ms?

Al or tan cnica respuesta, Tranquilo se estremeci de sorpresa y de
indignacin.

--Oh! exclam con dolor, con que es cierto lo que de V. se cuenta?
Es V. realmente un bandido?

El joven se sonri con amargura, y dijo con voz sorda:

--Puede ser! Tranquilo, tiene V. doble edad que yo; su experiencia es
grande: por qu juzgar temerariamente fiado en apariencias?

--Cmo fiado en apariencias! No lo ha confesado V. mismo?

--S, lo he confesado.

--Con que medita V. un robo?

--Un robo! exclam el Jaguar ruborizndose lleno de indignacin.

Pero serenndose en seguida, aadi:

--Es verdad! Debe V. suponerlo as!

--Qu otro nombre puede darse a una accin tan infame? exclam el
cazador con violencia.

El Jaguar levant la cabeza con viveza, como si hubiese tenido
intencin de responder; pero sus labios permanecieron mudos.

Tranquilo le mir un instante con cierta mezcla de compasin y de
cario; y luego, volvindose hacia Corazn Leal, dijo:

--Venga V., amigo mo, que ya hemos permanecido demasiado tiempo aqu.

--Detngase V.! exclam el joven; no me condene V. as; repito que V.
ignora los motivos que me impulsan a obrar!

--Esos motivos, sean los que quieran, no pueden ser honrosos; no veo en
ellos ms que el asesinato y el robo.

--Oh! dijo el joven ocultando con dolor su rostro entre ambas manos.

--Vmonos, repuso Tranquilo.

Corazn Leal haba examinado atenta y framente aquella escena singular.

--Aguarde V. un momento, dijo, y adelantndose algunos pasos, puso una
mano sobre el hombro del Jaguar.

ste levant la cabeza, y le pregunt:

--Qu me quiere V.?

--Escuche V., caballero, respondi Corazn Leal con voz profunda; no s
por qu, pero un presentimiento secreto me dice que la conducta de V.
no es infame, aunque todo induce a suponerlo, y que llegar un da en
que le sea a V. lcito explicarla y disculparse a los ojos de todos.

--Oh! Si me fuese posible hablar!

--Durante cunto tiempo cree V. que se ver obligado todava a guardar
silencio?

--Qu s yo? Eso depende de circunstancias independientes de mi
voluntad.

--Segn eso, no puede V. fijar una poca?

--Me es imposible: he hecho un juramento y debo cumplirle.

--Bien: promtame V. tan solo una cosa.

--Cul es?

--El no atentar a la vida del capitn Melendez.

El Jaguar vacil.

--Qu dice V.? repuso Corazn Leal.

--Que har todo lo posible por librar su vida.

--Gracias! exclam Corazn Leal.

En seguida, volvindose hacia Tranquilo que permaneca inmvil junto a
l, le dijo:

--Vuelva V. a ocupar su asiento, hermano, y almuerce con el Jaguar
sin escrpulo alguno, pues yo respondo de l con mi cabeza. Si dentro
de dos meses contados desde hoy, no le da a V. una explicacin
satisfactoria acerca de su conducta actual, yo, que no me hallo
ligado por juramento alguno, revelar a V. ese misterio que le parece
inexplicable y que en efecto lo es.

El Jaguar se estremeci, lanzando a Corazn Leal una mirada penetrante,
pero que se estrell en el rostro plcidamente indiferente del cazador.

El canadiense vacil algunos instantes; pero al fin volvi a ocupar su
asiento delante del fuego murmurando:

--Corriente, dentro de dos meses!

Y aadi mentalmente:

--Pero hasta entonces yo le vigilar.




XXVI.

EL PARTE.


El capitn Melendez tena prisa de atravesar el peligroso desfiladero
junto al cual haba hecho establecer el campamento. Saba cun grande
era la responsabilidad con que haba cargado al aceptar el mando de la
escolta, y no quera que, si llegaba a suceder una desgracia, tuviesen
que reconvenirle por incuria o descuido.

La suma que trasportaba la recua de mulas era importante. El gobierno
de Mjico, que siempre estaba apurado para procurarse dinero, la
aguardaba con impaciencia. No se le ocultaba al capitn que haran
pesar desapiadadamente sobre l la responsabilidad de un ataque, y que
sufrira todas sus consecuencias, fuera l que quisiera el resultado de
un combate con los merodeadores de fronteras.

Por eso su inquietud y su ansiedad crecan por momentos; la infamia
evidente de fray Antonio aumentaba ms an sus recelos, hacindole
sospechar una traicin probable. Sin que le fuese posible adivinar por
qu lado vendra el peligro, puede decirse que le senta acercarse paso
a paso, estrecharle por todas partes, y a cada momento aguardaba una
explosin terrible.

Esta intuicin secreta, este presentimiento providencial que desde
el fondo de su corazn le gritaba que anduviese con cuidado, le
pona en un estado de sobreexcitacin indescriptible, y le colocaba
en una situacin intolerable, de la cual quera salir a toda costa,
prefiriendo ver por fin el peligro y combatirle frente a frente, a
permanecer por ms tiempo recelando en el vaco.

Por eso aument su vigilancia, examinando por s mismo los alrededores
del campamento, presenciando la operacin de cargar las mulas que,
atadas unas detrs de otras en forma de reata, en caso de una alarma
deban ser colocadas en medio de los soldados ms fieles y resueltos de
la escolta.

Mucho antes de la salida del sol, el capitn, cuyo sueo no haba
sido ms que una continuacin de insomnios crueles, abandon el duro
lecho de pieles y mantas, sobre el cual haba buscado en vano algunas
horas de un reposo que haca imposible el estado nervioso en que se
encontraba, y comenz a pasearse con agitacin por el angosto espacio
que haba libre en el centro del campamento, envidiando a pesar suyo el
sueo descuidado y tranquilo de los soldados tendidos por el suelo y
envueltos en sus capotes.

Entre tanto iba amaneciendo gradualmente. El bho, cuyo canto matutino
anuncia la salida del sol, haba lanzado ya al viento sus notas
melanclicas. El capitn dio con el pie al arriero principal que estaba
tendido junto al fuego, y le despert.

El buen hombre se restreg los ojos varias veces, y cuando ya se
hubieron disipado las ltimas nubes del sueo y comenz a restablecerse
el orden en sus ideas, exclam ahogando un bostezo postrero:

--Diantre! Capitn, qu mosca le ha picado a V. para despertarme
sobresaltado tan temprano? Mire V., apenas blanquea el cielo en el
horizonte; djeme dormir una horita ms. Es una cosa tan buena el
sueo!

El capitn no pudo menos de sonrerse al orle; sin embargo, no
juzg que deba acceder a la reclamacin del arriero, pues las
circunstancias eran harto graves para desperdiciar el tiempo.

--Arriba! Arriba! Cuerpo de Cristo! exclam; recuerde V. que no
estamos todava en el Ro Seco, y que si queremos atravesar ese paso
peligroso antes de la puesta del sol, tenemos que apresurarnos.

--Es verdad, respondi el arriero, quien en un momento estuvo de
pie, gil y despabilado como si hubiese despertado una hora antes.
Perdneme, capitn, vive Dios! Tengo tanto inters como V. en no
tropezar con un mal encuentro. Con arreglo a la ley, mi fortuna
responde del cargamento que llevo, y si ocurriese una desgracia, me
vera reducido a la miseria con mi familia.

--Es muy cierto, no recordaba yo esa clusula de su contrato.

--No es extrao, porque a V. no le interesa; en cuanto a m, no me sale
de la cabeza, y le juro a V., Capitn, que desde que he emprendido este
malhadado viaje, me he arrepentido ya muchas veces de haber aceptado
las condiciones que me fueron impuestas: no s por qu se me figura
que no hemos de llegar sanos y salvos al otro lado de esas malditas
montaas.

--Bah! Esos son locuras, Seor Bautista. Se halla V. en excelentes
condiciones, bien escoltado; qu puede V. temer?

--Nada, ya lo s, y sin embargo estoy convencido de que no me equivoco
y de que este viaje ha de serme fatal.

Los mismos presentimientos agitaban al oficial; sin embargo, delante
del arriero no deba dejar traslucir lo ms mnimo de su inquietud
interior; por el contrario, necesitaba fortalecerle y restituirle el
valor que pareca prximo a abandonarle.

--Por mi alma que est V. loco! exclam. Vayan al diablo las ideas
descabelladas que se le han metido en la cabeza!

El arriero se revisti de una expresin grave y respondi:

--Es V. muy dueo de rerse de esas ideas, Seor D. Juan; es V. muy
instruido y naturalmente en nada cree. Pero yo no soy ms que un pobre
indio ignorante, y tengo fe en todo lo que mis padres creyeron antes
que yo. Mire V., Capitn, nosotros los indios, ya seamos civilizados o
salvajes, tenemos la cabeza dura, y todas las ideas nuevas de VV. no
pueden atravesar nuestro duro crneo.

--Veamos, explquese V., repuso el capitn, quien quera concluir de
una vez, aunque sin lastimar las preocupaciones del arriero; qu razn
le induce a V. a suponer que su viaje ser desgraciado? No es V. hombre
capaz de asustarse de su sombra; hace mucho tiempo que conozco a V. y
s que tiene probado valor.

--Doy a V. gracias, Capitn, por la buena opinin que de m tiene. S,
soy valiente y creo haberlo probado en varias ocasiones; pero ha sido
siempre ante los peligros que mi inteligencia comprenda, y no ante
unos peligros que se salen de las leyes naturales que nos rigen.

El capitn estaba mordindose los bigotes con impaciencia al ver la
molesta prolijidad del arriero; pero, como ya se lo haba dicho,
conoca al buen hombre y saba por experiencia que el procurar hacerle
abreviar un relato era perder lastimosamente el tiempo, y que era
preciso dejarle hablar a su manera.

Hay ciertos caracteres para los cuales, como sucede con la espuela
respecto de un caballo vicioso, el tratar de hacerlos adelantar
equivale, por el contrario, a llevarlos hacia atrs.

El joven domin, pues, su impaciencia, y respondi framente:

--Tuvo V., sin duda, algn mal presagio en el momento de su salida?

--En efecto, capitn, as fue; y de seguro que ante lo que vi, me
hubiera guardado muy bien de ponerme en camino si hubiese sido hombre
fcil de asustar.

--Y cul fue ese presagio?

--No se ra V., capitn: hasta la Sagrada Escritura dice que Dios,
en muchas ocasiones, se complace en dar a los hombres ciertos avisos
saludables a los que por desgracia no tienen suficiente juicio para dar
crdito.

Y al concluir estas palabras, lanz un suspiro.

--Es verdad, murmur el capitn a manera de asentimiento.

--Sepa V., pues, continu diciendo el arriero, halagado al recibir
aquella aprobacin por parte de un hombre como el oficial, que mis
mulas estaban aparejadas, aguardndome en el corral, custodiadas por
los peones, y me dispona para marchar. Sin embargo, como no quera
separarme de mi mujer, quizs para mucho tiempo, sin decirle adis otra
vez, me diriga hacia mi casa para darle otro abrazo, cuando al llegar
al umbral de la puerta levant maquinalmente los ojos y vi posados en
la azotea dos bhos que clavaban en m una mirada de infernal fijeza.
Al ver aquella aparicin inesperada, me estremec sin querer y mir a
otro lado. En aquel momento cruzaba por el camino un hombre moribundo,
llevado por dos soldados en una camilla y escoltado por un fraile que
le hacia recitar los salmos de la penitencia y le dispona con dulzura
para que muriese como buen cristiano; pero el herido, sin responder una
palabra, miraba al fraile sonrindose sardnicamente: de pronto aquel
hombre se incorpor en la camilla, sus ojos se animaron, se volvi
hacia m, me dirigi una mirada llena de sarcasmo y volvi a caer
murmurando estas dos palabras que sin duda se dirigan a m: Hasta
luego!

--Ah! dijo el capitn.

--Esa especie de cita que me daba aquel individuo nada tena de
agradable, verdad? repuso el arriero. Aquellas palabras me afectaron
mucho y me precipit hacia l con la intencin de dirigirle las
reconvenciones que me parecan oportunas: haba muerto!

--Y supo V. quin era aquel hombre?

--S, era un salteador que, en un encuentro con los cvicos, qued
mortalmente herido por estos, y le trasladaban al atrio de la catedral
para que acabase de expirar all.

--Y es eso todo? pregunt el capitn.

--S Seor.

--Pues bien, amigo mo, he hecho bien en insistir para averiguar los
motivos de la inquietud de V.

--Ah!

--S, porque el presagio que entonces le favoreci, le ha interpretado
V. de muy distinto modo del que debe hacerlo.

--Cmo as?

--Me explicar: ese presagio significa, por el contrario, que con
prudencia y con una vigilancia incansable frustrar V. las traiciones y
derribar a sus pies a los bandidos que se atrevan a atacarle.

--Oh! exclam el arriero con alegra, est usted seguro de lo que me
dice?

--Tan seguro como de mi salvacin en el otro mundo, respondi el
capitn santigundose devotamente.

El arriero tena una fe profunda en las palabras del capitn, a quien
profesaba suma estimacin por su probada superioridad; as pues, ni
siquiera pens en poner en duda la seguridad que le daba acerca del
error que haba cometido en la interpretacin del presagio que tanta
inquietud le causara. Recobr instantneamente su buen humor, y pegando
un estallido con los dedos, dijo:

--Cspita! Puesto que es as, a nada me expongo. Entonces ser
intil que yo d a Nuestra Seora de la Soledad el cirio que le haba
prometido?

--Completamente intil, contest el capitn.

El arriero enteramente tranquilizado ya, se apresur a dedicarse a
sus faenas habituales. As el capitn, fingiendo admitir las ideas
de aquel indio ignorante, haba sabido arrastrarle suavemente a
abandonarlas.

Entre tanto todo estaba ya en movimiento en el campamento; los arrieros
aparejaban y cargaban las mulas, mientras que los dragones se ocupaban
con actividad en ensillar sus caballos y prepararlos todos para la
marcha.

El capitn vigilaba los movimientos de todos con una impaciencia
febril, metiendo prisa a unos, riendo a otros y cerciorndose de que
sus rdenes se ejecutaban con puntualidad.

Cuando todos los preparativos hubieron terminado, el oficial mand que
almorzasen de pie y con los caballos del diestro, a fin de perder menos
tiempo, y en seguida dio la orden de marcha.

Los soldados montaron a caballo; pero en el momento en que la escolta
se pona en movimiento, oyse un gran estrpito en los jarales, las
ramas se apartaron bruscamente, y de improviso apareci a corta
distancia un jinete que vesta el uniforme de dragn mejicano y que
corra a rienda suelta hacia la tropa.

Cuando hubo llegado cerca del capitn, por un prodigio de equitacin
par de golpe su caballo, hizo respetuosamente el saludo militar, y
dijo:

--Dios guarde a V. Es al capitn D. Juan Melendez a quien tengo la
honra de hablar?

--Al mismo, respondi el oficial sorprendido. Qu me quiere V.?

--Tengo que entregar a V. un pliego en mano propia, repuso el soldado.

--Un pliego! De parte de quin?

--De parte del Excmo. Sr. General D. Jos Mara Rubio, y lo que
contiene este pliego debe ser importante, porque el general me mand
que me diese mucha prisa, y he anclado cuarenta y siete leguas en
diecinueve horas.

--Bueno, dmelo V., contest el capitn.

El dragn sac del pecho un pliego grande con un sello de lacre
encarnado, y se le present respetuosamente al capitn.

ste lo cogi y lo abri; pero antes de leerlo dirigi al soldado, que
estaba inmvil e impasible delante de l, una mirada recelosa que el
dragn sostuvo con imperturbable aplomo.

Aquel hombre pareca que tena a lo ms treinta aos; su estatura
era elevada y bien proporcionada; llevaba con cierto desembarazo el
uniforme que vesta; sus facciones inteligentes tenan cierta expresin
de astucia y de malicia, que hacan fuese an ms marcada sus ojos
negros y de continuo movimiento que no se fijaban en el capitn sino
con visible vacilacin.

Aquel individuo se pareca en conjunto a todos los dems soldados
mejicanos, y nada haba en l que pudiese llamar la atencin ni excitar
sospechas.

Sin embargo, solo con suma repugnancia fue como el capitn consinti
en entablar relaciones con l. De seguro que le habra sido difcil,
ya que no imposible, explicar la razn de aquel sentimiento; pero hay
en la naturaleza ciertas leyes cuya fuerza no puede ponerse en duda, y
ellas hacen que desde luego, y solo con ver a una persona, an antes
de dirigirle la palabra, esta persona nos sea simptica o antiptica,
y que instintivamente lleguemos a sentirnos bien o mal predispuestos
respecto de ella. De dnde procede esa especie de presentimiento
secreto que nunca se engaa en sus apreciaciones? No acertaramos a
explicarlo; nicamente nos limitamos a consignar un hecho positivo, del
cual nosotros mismos con suma frecuencia, durante el curso de nuestra
azarosa vida, hemos sufrido la influencia y reconocido la eficacia.

Debemos confesar que el capitn no senta la ms leve simpata hacia
el hombre de quien hablamos, y que, por el contrario, se hallaba muy
dispuesto a no tener la ms mnima confianza en l.

--En qu paraje se separ V. del general? pregunt dando vueltas
maquinalmente al pliego que tena abierto en la mano, pero en el cual
no haba fijado an la vista.

--En Pozo Redondo, mi Capitn, un poco antes de llegar a la Noria de
Guadalupe.

--Ah! Quin es V.? Cmo se llama V.?

--Soy asistente del seor General, y me llamo Gregorio Felpa.

--Conoce V. el contenido de este despacho?

--No; nicamente supongo que debe ser importante.

El soldado haba respondido a las preguntas del capitn con entero
desembarazo y con una franqueza de buena ley. Era evidente que no
menta.

D. Juan, despus de vacilar todava un momento, se decidi a leer; pero
muy luego se frunci su entrecejo, y una expresin de mal humor nubl
su semblante.

He aqu lo que contena aquel despacho:



                           POZO REDONDO, a.... de 18......

     El general D. Jos Mara Rubio, comandante general del
     estado de Tejas, tiene la honra de poner en conocimiento
     del capitn don Juan Melendez de Gngora que han estallado
     nuevos disturbios en el Estado; varias gavillas de
     ladrones y de merodeadores de fronteras, bajo las rdenes
     de diferentes jefes, recorren el campo, saqueando e
     incendiando las haciendas, deteniendo los convoyes e
     interceptando las comunicaciones. Ante hechos tan graves,
     que comprometen la fortuna pblica y la seguridad de los
     habitantes, el gobierno, segn su deber se lo impone de una
     manera imperiosa, ha tenido que adoptar medidas generales
     en inters de todos con el fin de reprimir esos desrdenes
     antes que se extiendan en mayor escala. Por consiguiente,
     el estado de Tejas queda declarado en estado de sitio, etc.
     (Aqu seguan las medidas adoptadas por el general para
     sofocar la rebelin, y luego el despacho continuaba en
     estos trminos): El general D. Jos Mara Rubio, enterado
     por algunos espas con cuya lealtad puede contar, de que
     uno de los jefes principales de los insurgentes a quien sus
     compaeros han puesto el sobrenombre de Jaguar, se dispone
     a arrebatar la conducta de plata confiada a la custodia
     del capitn D. Juan Melendez de Gngora, y de que con este
     objeto el referido cabecilla se propone emboscarse en Ro
     Seco, paraje muy favorable para una sorpresa, el general
     Rubio ordena al capitn Melendez que se deje guiar por el
     portador del presente despacho, hombre seguro y fiel, quien
     llevar la conducta de plata a la laguna del Venado, en
     donde verificar su unin con un destacamento de caballera
     enviado al efecto por el general, y cuya fuerza numrica
     pondr a la conducta de plata al abrigo de todo ataque.
     El capitn Melendez tomar el mando superior de todas las
     tropas, y en el ms breve espacio de tiempo posible se
     reunir con el infrascrito en su cuartel general.

     Dios y libertad!

            _El Comandante general del estado de Tejas,_

                     JOS MARA RUBIO.


El capitn, despus de haber ledo atentamente este despacho, levant
la cabeza y examin un instante al soldado con profunda y sostenida
atencin.

El dragn, con la mano apoyada en la empuadura de su sable, jugaba
indolentemente con la borla de su dragona, sin que al parecer se
cuidase en manera alguna de lo que pasaba en torno suyo.

--La orden es formal y terminante, murmur por dos veces el capitn;
debo conformarme con ella, y sin embargo, todo me dice que este hombre
es un traidor.

Luego aadi en alta voz:

--Conoce V. bien esta comarca?

--Soy hijo del pas, mi Capitn, respondi el dragn, y no hay por
aqu senda ni atajo que yo no recorriese cien veces siendo nio.

--Sabe V. que me tiene que servir de gua?

--El seor general me dispens la honra de decrmelo.

--Y cree V. estar seguro de podernos conducir sanos y salvos al sitio
en que nos esperan?

--Al menos pondr cuanto est de mi parte para conseguirlo.

--Bueno. Est V. cansado?

--Mi caballo lo est ms que yo. Si mandase usted que me diesen otro,
inmediatamente estara en disposicin de obedecer las rdenes de V.,
porque veo que tiene prisa de ponerse en marcha.

--Corriente. Escoja V. un caballo.

El soldado no dio lugar a que le repitiesen la orden. Varios caballos
de repuesto seguan a la escolta, y cogi uno de ellos sobre el cual
coloc el equipo del que dejaba. Al cabo de breves instantes estaba
hecho el cambio, y el jinete colocado en la silla.

--Estoy a las rdenes de V., mi Capitn, dijo el dragn.

--En marcha, respondi el oficial.

Y en seguida aadi mentalmente:

--No perder de vista a este tuno!




XXVII.

EL GUA.


La ley militar es inflexible y tiene reglas de las cuales nunca se
aparta, pues la disciplina no admite vacilaciones ni tergiversaciones.
El axioma desptico que tan en boga est en las cortes orientales:
Entender es obedecer, es vigorosamente cierto bajo el punto de vista
militar. Seguramente, por muy duro que esto pueda parecer al pronto,
es indudable que debe ser as, porque si a los inferiores se les
concediese el derecho de discusin respecto de las rdenes que reciben
de sus superiores, toda disciplina quedara destruida; los soldados, no
obedeciendo ya ms que a su capricho, llegaran a ser ingobernables, y
el ejrcito, en vez de prestar a su pas los servicios que ste tiene
derecho a exigir, llegara a ser una verdadera calamidad para l.

Estas reflexiones y muchas ms se agolpaban en confuso tropel a la
mente del capitn, mientras iba siguiendo muy pensativo al gua que el
despacho de su general le haba impuesto de una manera tan singular.
Pero la orden era clara, terminante; se vea obligado a obedecer y as
lo haca, aunque en su interior se hallaba convencido de que el hombre
en quien le obligaban a fiar, era, si no completamente un traidor, al
menos indigno de la confianza que en l se depositaba.

En cuanto al soldado, galopaba con la mayor indiferencia a la cabeza
del convoy, fumando, riendo y cantando, sin que pareciese que recelaba
en manera alguna las sospechas que sobre l recaan.

Verdad es que el capitn haba ocultado con el mayor cuidado en el
fondo de su corazn la mala opinin que formara respecto de su gua, y
que ostensiblemente pareca que tena en l la mayor confianza. En la
situacin crtica en que se hallaba el convoy, la prudencia exiga que
los que de l formaban parte no sospechasen la inquietud de su jefe, a
fin de que no se desmoralizasen con el temor de una traicin prxima.

El capitn, antes de ponerse en marcha, haba dado con cierta
afectacin las rdenes ms severas para que las armas se tuviesen en
buen estado, haba mandado una descubierta a vanguardia y flanqueadores
a los costados, con el fin de explorar las cercanas y cerciorarse de
que el paso estaba libre y no tena que recelar peligro alguno. En fin,
haba adoptado con el mayor esmero todas las medidas que la prudencia
exiga para garantizar el buen xito del viaje.

El gua, testigo impasible de estas precauciones, y por quien se
haban adoptado todas con tanta ostentacin, pareci que las aplauda,
apoyando las rdenes del capitn y haciendo observar la habilidad
que tenan los merodeadores de fronteras para deslizarse entre los
matorrales y las yerbas sin dejar rastro alguno, y la atencin que
deba consagrar la descubierta al cumplimiento del encargo que se le
confiaba.

Cuanto ms avanzaba el convoy hacia la parte de las montaas, ms
difcil y peligrosa se tornaba la marcha. Los rboles, que al pronto
estaban desparramados en mayor espacio de terreno, se haban ido
acercando unos a otros insensiblemente; a la sazn formaban un poblado
bosque, en cuyo centro era preciso abrirse paso con el hacha en
muchos sitios por razn de las guirnaldas de plantas trepadoras que
se enredaban unas con otras y algunas veces formaban un laberinto
impenetrable; adems se encontraban riachuelos que solan ser bastante
anchos y de orillas escabrosas y de difcil acceso, que los caballos y
las mulas tenan que vadear por medio de las iguanas y los aligtores,
muchas veces con el agua hasta las cinchas.

La espesa bveda de ramas bajo la cual avanzaba penosamente el convoy,
ocultaba por completo el cielo, y solo con sumo trabajo dejaba que se
filtrasen algunos rayos de sol que no bastaban del todo para disipar
la oscuridad que reina casi de continuo en las selvas vrgenes aun en
mitad del da.

Los europeos que, en materia de bosques, no conocen ms que los del
viejo mundo, no pueden formarse una idea, ni siquiera remota, de lo que
son aquellos inmensos ocanos de verdor que en Amrica denominan selvas
vrgenes.

All parece que todos los rboles se sostienen unos a otros, tanto es
lo enredados y mezclados que estn, atados y unidos entre s por redes
de plantas trepadoras que enlazan sus troncos, se retuercen en torno
de sus ramas, se introducen en el suelo para surgir de nuevo como los
tubos de un rgano inmenso, unas veces formando caprichosas parbolas,
otras subiendo y bajando sin cesar en medio de los inmensos grupos
de esa especie de murdago parsito, denominado tilansia, que cae en
anchos ramilletes del extremo de las ramas de todos los rboles. El
suelo cubierto de detritos de todas clases y del humus formado por los
rboles que se secan y perecen, se esconde bajo una alfombra de yerba
abundante y de muchos pies de altura. Los rboles, casi todos de la
misma clase, ofrecen tan poca variedad, que cada uno de ellos parece
que es una mera repeticin de todos los dems.

Estos bosques se hallan cruzados en todas direcciones por sendas
trazadas desde hace siglos por los pies de las fieras, y que conducen a
sus misteriosos abrevaderos: en diferentes puntos, y perdidos bajo la
enramada, varios pantanos infectos sobre los cuales revolotean nubes de
mosquitos, producen densas nieblas que se alzan de su seno y llenan la
selva de tinieblas; reptiles e insectos de todas clases se arrastran
silenciosos por el suelo, mientras que el canto de los pjaros y los
roncos gritos de las fieras forman un concierto aterrador que los ecos
de las lagunas repiten simultneamente.

Los ms aguerridos cazadores de los bosques solo temblando es como se
aventuran en las selvas vrgenes, porque es casi imposible orientarse
en ellas con certidumbre y no se puede fiar en las sendas que a cada
instante se mezclan y se confunden. Los cazadores saben por experiencia
que un hombre perdido en una de esas sendas, a no ser por algn
milagro, tiene que perecer en ella, encerrado entre las murallas que
forman la crecida yerba y los cortinajes de plantas trepadoras, sin
esperanza de verse socorrido ni salvado por un ser de su especie.

En una selva virgen era donde el convoy se haba internado en aquel
momento.

El gua, siempre tranquilo y descuidado, continuaba avanzando sin
vacilar lo ms mnimo, como si estuviese completamente seguro del
camino que segua, y contentndose, muy de tarde en tarde, con dirigir
una mirada distrada a la derecha o a la izquierda, pero sin contener
por eso el paso de su cabalgadura.

Sin embargo, era cerca del medioda, el calor iba siendo sofocante; los
caballos y los hombres, que estaban en marcha desde las cuatro de la
madrugada, por senderos en extremo dificultosos, se hallaban abrumados
de cansancio y reclamaban imperiosamente algunas horas de un descanso
indispensable para poder seguir adelante.

El capitn se decidi a hacer acampar a su gente en una de esas
plazoletas bastante extensas que con tanta frecuencia se encuentran
en aquellos parajes, y que estn formadas por la cada de rboles
derribados por los huracanes o muertos de vejez.

Son la voz de Alto! Los soldados y los arrieros lanzaron un suspiro
de satisfaccin, y se detuvieron en seguida.

El capitn, cuyos ojos se hallaban fijos casualmente en aquel momento
en el gua, vio en su frente una nube de descontento; sin embargo, el
soldado, conociendo que le observaban, se seren en seguida, fingi
compartir la general alegra, y ech pie a tierra.

Quitronse las sillas y aparejos a los caballos y las mulas, a fin de
que pudiesen pastar con entera libertad los retoos de los rboles y la
abundante yerba que creca por todas partes.

Los soldados tomaron su frugal comida y se tendieron sobre sus capotes
para dormir la siesta.

Muy luego estuvieron sepultados en el ms profundo sueo todos los
individuos que formaban parte del convoy; solo dos hombres velaban:
eran el capitn y el gua.

Probablemente cada uno de ellos se hallaba atormentado por reflexiones
bastante graves para desterrar el sueo y mantenerlos despiertos cuando
todo les convidaba al descanso.

A pocos pasos de la explanada, monstruosos iguanas estaban tendidos al
sol revolcndose en el fango ceniciento de un arroyo cuya agua corra
blandamente, con un murmullo leve, por entre los obstculos de todas
clases que entorpecan su curso. Nubes de insectos llenaban el aire
con el continuo zumbido de sus alas; las ardillas saltaban alegremente
de rama en rama; los pjaros, ocultos en la enramada, cantaban con
todas sus fuerzas, y algunas veces por encima de la crecida yerba se
vea aparecer la cabeza fina y los ojos asustados de un gamo o de un
_ashata_ que se lanzaba de pronto a la espesura con bramidos de terror.

Pero los dos hombres estaban sobrado preocupados por sus pensamientos
para observar lo que pasaba en torno suyo.

El capitn levant la cabeza: en aquel momento el gua clavaba en l
una mirada de singular fijeza. Avergonzado al verse sorprendido as
de improviso, procur desorientar al oficial dirigindole la palabra,
tctica antigua por la cual no se dej ste engaar.

--Qu da de calor! dijo el soldado con tono indiferente.

--S, contest lacnicamente el capitn.

--No tiene V. ganas de dormir?

--No.

--Pues yo siento mis prpados muy pesados, se me cierran los ojos sin
querer. Con permiso de V. voy a hacer como mis compaeros y a disfrutar
algunos instantes del excelente sueo que ellos estn saboreando con
tanta delicia.

--Aguarde V. un momento que tengo que decirle algunas palabras.

--A m?

--S.

--Corriente, dijo el soldado con la ms completa indiferencia.

Se levant ahogando un suspiro de pesadumbre, y fue a colocarse
junto al capitn, quien se apart para hacerle sitio bajo la sombra
protectora del rbol corpulento y frondoso que extenda por encima de
sus cabezas sus brazos de gigante cargados de pmpanos y de tilansia.

--Tenemos que hablar seriamente, repuso el capitn.

--Como V. guste.

--Puede V. ser franco?

--Cmo? dijo el dragn desconcertado por aquella pregunta a quemarropa.

--O si V. lo prefiere, puede V. ser leal?

--Segn.

El capitn le mir.

--Responder V. a mis preguntas?

--No lo s.

--Cmo que no lo sabe V.?

--Escuche V., mi Capitn, dijo el gua en tono inocentn: mi madre,
la buena mujer, me encarg siempre que desconfiase de dos clases de
personas: de los que piden prestado y de los que hacen preguntas;
porque deca, y con mucha razn, que los primeros atentan a nuestra
bolsa y los segundos a nuestro secreto.

--Tiene V. un secreto segn eso?

--Yo! No por cierto.

--Pues entonces qu teme V.?

--No mucho, en verdad. Vamos, pregnteme V., mi Capitn, que yo
procurar responder.

El campesino mejicano, indio manso o civilizado, se parece mucho al
labriego normando en que es casi imposible obtener de l una respuesta
positiva a la pregunta que se le dirige. El capitn se vio obligado a
contentarse con la semipromesa del gua, y repuso:

--Quin es V.?

--Yo!

--S.

El gua se ech a rer y dijo:

--Ya lo ve V.

El capitn movi la cabeza y replic:

--No le pregunto a V. lo que parece ser, sino lo que es en realidad.

--Eh! mi Capitn, quin puede responder de s y saber positivamente
lo que es?

--Escuche V., tuno, repuso el capitn con tono amenazador, no quiero
perder mi tiempo en seguir a V. en todos los circunloquios que se le
antoje inventar. Responda V. categricamente a mis preguntas, o si no...

--Si no? repiti el gua con tono de zumba.

--Le levanto a V. la tapa de los sesos como a un perro! replic el
capitn sacando una pistola de su cinto y amartillndola con rapidez.

Los ojos del soldado lanzaron un relmpago, pero sus facciones
permanecieron impasibles, y ni un msculo de su rostro se movi.

--Oh! Oh! Seor Capitn! tiene V. una manera singular de hacer
preguntas a sus amigos, dijo con voz sombra.

--Quin me asegura que V. lo es mo? No le conozco a V.

--Es verdad; pero conoce V. a la persona que me ha enviado; esa persona
es jefe de V. lo mismo que mo, y al venir aqu, he obedecido su
mandato como V. debe obedecerle conformndose con las rdenes que le ha
enviado.

--S; pero esas rdenes me han sido trasmitidas por V.

--Qu importa eso?

--Quin me asegura que ese despacho que he recibido ha sido entregado
realmente a V.?

--Cspita! mi Capitn, lo que est V. diciendo nada tiene de
lisonjero para m! repuso el gua con tono ofendido.

--Lo s; desgraciadamente vivimos en un tiempo en que es tan difcil
distinguir a los amigos de los enemigos, que nunca pueden adoptarse
sobradas precauciones para evitar el caer en un lazo. Estoy encargado
por el gobierno de desempear una misin en extremo delicada, y ms que
nadie debo obrar con reserva respecto de gentes que me son desconocidas.

--Tiene V. razn, mi Capitn; por eso, no obstante lo injuriosas
que sus sospechas son para m, no me enfado por lo que V. me dice:
las posiciones excepcionales exigen medidas excepcionales tambin.
nicamente procurar probar a V. con mi conducta que se ha equivocado
respecto de m.

--Me alegrar infinito de haberme equivocado; pero tenga V. cuidado!
Si observo la ms mnima cosa sospechosa, ya sea en los movimientos o
en las palabras de V., no vacilar en levantarle la tapa de los sesos.
Ahora ya est usted avisado, y puede obrar con arreglo a ello.

--Corriente, mi Capitn, correr ese riesgo. Suceda lo que quiera,
estoy seguro de que mi conciencia me absolver, porque habr puesto
cuanto est de mi parte para cumplir con mi deber.

Y esto lo dijo con tal aspecto de franqueza, que impuso al capitn a
pesar de sus sospechas.

--Veremos, dijo este. Saldremos pronto del bosque infernal en que
estamos?

--Ya no nos quedan ms que dos horas de marcha: a la puesta del sol nos
reuniremos con los que nos aguardan.

--Dios lo quiera! murmur el capitn.

--Amn! dijo el soldado con tono burln.

--Pero como ha juzgado V. conveniente no responder a ninguna de mis
preguntas, repuso el oficial, no llevar V. a mal que desde este
momento no le pierda de vista, y que cuando volvamos a ponernos en
marcha, le conserve a mi lado.

--Como V. guste, mi Capitn; tiene V. de su parte la fuerza, ya que no
el derecho, y me veo obligado a conformarme con su voluntad.

--Muy bien; ahora puede V. dormir si as le parece.

--Segn eso, nada ms tiene V. que decirme?

--Nada.

--Pues entonces voy a aprovechar el permiso que V. se sirve darme y a
tratar de recuperar el tiempo perdido.

Entonces el soldado se levant ahogando un bostezo prolongado, se alej
algunos pasos, se tendi en el suelo, cerr los ojos; y al cabo de
algunos minutos pareci que se hallaba sepultado en un sueo profundo.

El capitn continu velando. La conversacin que acababa de tener con
el gua no haba hecho sino aumentar su inquietud, probndole que
aquel hombre ocultaba una gran astucia bajo una forma tosca y trivial.
En efecto, no haba respondido a ninguna de las preguntas que le
dirigiera, y al cabo de algunos instantes logr obligar al capitn a
dejar el ataque por la defensa, dndole razones muy lgicas contra las
cuales nada se poda alegar.

As pues, en aquel momento se hallaba don Juan en la peor disposicin
de nimo en que puede encontrarse un hombre de corazn, descontento de
s mismo y de los dems, ntimamente persuadido de que tiene razn,
pero obligado, en cierto modo, a confesar que sta no est de su parte.

Como sucede siempre en tales casos, los soldados fueron quienes
sufrieron las consecuencias del mal humor de su jefe, porque el
oficial, temiendo agregar las tinieblas de la noche a las malas
probabilidades que se figuraba tener contra s, y deseando en extremo
no ser sorprendido por la oscuridad en medio del intrincado laberinto
de la selva, abrevi el alto mucho ms de lo que lo habra hecho en
cualquiera otra ocasin.

A las dos de la tarde prximamente, hizo tocar el botasillas, y dio la
orden de marcha.

Sin embargo, ya haba cedido el calor ms fuerte del da; los rayos
del sol, ms oblicuos, haban perdido una parte considerable de su
intensidad, y la marcha se continu bajo condiciones comparativamente
mejores que antes.

El capitn, segn lo haba prevenido, intim al gua la orden de
colocarse a su lado, y en cuanto le era posible, no le perda de vista
ni un segundo.

El dragn pareca que no se cuidaba en manera alguna de esta vigilancia
molesta; segua caminando, en la apariencia, con la misma indiferencia
que antes, fumando su cigarrillo de papel y tarareando a media voz
algunos trozos de _jarabes._

El bosque comenzaba a aclararse poco a poco; las explanadas o
plazoletas iban siendo ms frecuentes, y la vista abarcaba un horizonte
ms vasto. Todo induca a presumir que no se tardara en llegar al
lindero de la selva.

Sin embargo, a derecha e izquierda se vean movimientos de terreno; el
suelo comenzaba a elevarse insensiblemente, y la senda que segua el
convoy, se encajonaba cada vez ms a medida que iba avanzando.

--Llegamos ya a los estribos de la montaa? pregunt el capitn.

--Oh! No, todava no, respondi el gua.

--Sin embargo, muy pronto vamos a estar entre dos colinas.

--S, pero de poca elevacin.

--Es verdad; sin embargo, si no me engao, vamos a pasar un desfiladero.

--Pero tiene poca extensin.

--Debiera V. habrmelo advertido.

--Para qu?

--Para haber destacado una descubierta a vanguardia.

--Es cierto; pero an es tiempo de hacerlo si V. quiere: al extremo de
este desfiladero es donde se encuentran los que nos estn aguardando.

--Segn eso, llegamos ya?

--Casi, casi.

--Entonces apresuremos el paso.

--Con mucho gusto.

Y continuaron marchando.

De pronto el gua se detuvo y dijo:

--Eh! mi Capitn, mire V. all: no es un can de fusil lo que brilla
a la luz del sol?

El capitn alz los ojos con viveza hacia el sitio que le sealaba el
soldado.

En el mismo instante estall una descarga espantosa en ambos lados del
camino, y una granizada de balas llovi sobre el convoy.

Antes de que el capitn, furioso al ver aquella traicin indigna,
hubiese podido sacar una pistola de su cinto, cay al suelo arrastrado
por su caballo al que un balazo haba herido en el corazn.

El gua acababa de desaparecer sin que fuese posible saber cmo se
haba fugado.




XXVIII.

JOHN DAVIS.


John Davis, el mercader de esclavos, tena un temple sobrado fuerte
para que las escenas que haba presenciado durante aquel da, y en las
que en cierto momento represent l tambin un papel bastante activo,
hubiesen dejado en su mente una impresin muy duradera.

Despus de haberse separado del Zorro-Azul continu bastante tiempo
galopando y orientndose en direccin del sitio en que deba reunirse
con el Jaguar; pero poco a poco fue entregndose por completo a
sus cavilaciones, y como el caballo, con el instinto admirable que
distingue a estos nobles animales, comprendi que su jinete ya no se
cuidaba de l, fue disminuyendo gradualmente la rapidez de su marcha,
pasando del galope rpido a una media rienda, de sta al trote, y por
fin al paso, llevando la cabeza baja y cogiendo con el extremo del
hocico algunos bocados de yerba o algunas hojas.

John Davis senta su curiosidad muy excitada por la conducta de uno de
los personajes con quienes la casualidad le haba puesto en contacto
en aquella maana tan frtil en sucesos de todas clases. El personaje
que tena el privilegio de llamar en tan sumo grado la atencin del
americano, era el Desollador-Blanco.

La lucha heroica sostenida por aquel hombre solo contra una nube
de enemigos encarnizados, su fuerza herclea, la destreza con que
manejaba su caballo, todo le pareca prodigioso en aquel individuo
singular.

Muchas veces, en las veladas del vivac, haba odo hacer, acerca de
aquel cazador, los relatos ms extraordinarios y exagerados, sobre
todo a los indios a quienes inspiraba un terror cuya razn comprenda
ya desde que haba visto al hombre, porque ste se rea de las armas
dirigidas contra su pecho, y siempre sala sano y salvo de los combates
que empeaba, fuese el que quisiera el nmero de sus adversarios, y
pareca ms bien un demonio que una criatura humana. John Davis, a
pesar suyo, se estremeca con aquellos pensamientos y se felicitaba
por haberse librado tan milagrosamente del peligro que corri en su
encuentro con el Desollador.

Consignaremos de paso que no hay en el mundo pueblo alguno ms
supersticioso que el norteamericano. Esto es muy fcil comprenderlo:
aquella nacin, verdadera capa de arlequn, es un compuesto heterogneo
de todas las razas que pueblan al antiguo mundo; cada uno de los
representantes de estas razas lleg a Amrica llevando en su equipaje
de emigrado, no solo sus vicios y sus pasiones, sino tambin sus
creencias y sus supersticiones de todas clases, las ms locas, las ms
pueriles y las ms absurdas, con tanto ms motivo cuanto que la masa
de los emigrados que en diferentes pocas se refugiaron en Amrica, se
compona de gentes en su mayor parte desprovistas de toda instruccin:
bajo este punto de vista los norteamericanos, debemos hacerles esta
justicia, no han degenerado en manera alguna: hoy son por lo menos tan
groseros y tan brutales como lo eran sus antepasados.

Fcil ser imaginar la cantidad notable de leyendas de brujas, de
fantasmas, etc., que circulan por la Amrica del Norte, y lo mucho que
esas leyendas, conservadas por la tradicin, pasando de boca en boca, y
con el tiempo mezclndose unas con otras, han debido acrecentarse an
en un pas en que los aspectos grandiosos de la naturaleza arrastran de
por s la imaginacin a la melancola.

Por eso John Davis, aunque se jactaba de ser hombre despreocupado, no
dejaba de poseer, como todos sus compatriotas, una fuerte dosis de
credulidad, y aquel hombre, que sin duda no habra retrocedido, aunque
viese varios fusiles dirigidos contra su pecho, se estremeca de miedo
al or el ruido de una hoja que caa por la noche sobre su hombro.

Por lo dems, tan luego como a John Davis se le ocurri la idea de
que el Desollador-Blanco era un demonio, o cuando menos un brujo, se
apoder de ella, y esta suposicin llego a ser inmediatamente para l
un artculo de fe. Como es natural, al instante se sinti tranquilizado
por este descubrimiento; sus ideas volvieron a tomar su curso
ordinario, y la preocupacin que atormentaba a su mente desapareci
como por encanto; su opinin se hallaba ya completamente formada
respecto de aquel hombre, y si otra vez volva la casualidad a ponerlos
frente a frente, ya sabra cmo haba de proceder con l.

Juzgndose dichoso porque al fin haba encontrado aquella solucin,
levant alegremente la cabeza y dirigi en torno suyo una mirada
investigadora con el fin de enterarse de los sitios por donde iba
pasando.

Hallbase prximamente en el centro de una llanura extensa y poco
accidentada, cubierta de una yerba crecida, y sombreada en algunos
puntos por pequeos grupos de rboles.

Pero de improviso se empin sobre los estribos, coloc su mano derecha
sobre sus ojos a manera de pantalla, y mir atentamente.

A media milla, sobre poco ms o menos, del sitio en que estaba parado,
un poco hacia la derecha, es decir, precisamente en la direccin que
John se dispona a seguir, vea una delgada columna de humo que se
alzaba del centro de unos matorrales.

En el desierto un poco de humo que se vea en el camino, da siempre
amplio motivo de reflexin.

El humo se alza, por lo general, de un fuego en torno del cual se
hallan sentados varios individuos.

Ahora bien, el hombre, ms desgraciado en esto que las fieras, teme
siempre en la pradera el encuentro de su semejante, porque siempre hay
cien probabilidades contra una de que el individuo a quien llegue a ver
sea un enemigo.

Sin embargo, John Davis, despus de reflexionar maduramente, resolvi
avanzar hacia el humo que estaba viendo; desde la madrugada se hallaba
casi en ayunas, el hambre comenzaba a hostigarle, y adems senta gran
cansancio. Examin, pues, sus armas con la mayor atencin con el fin de
poder recurrir a ellas si era necesario, y clavando las espuelas a su
caballo, se encamin resueltamente hacia el humo, aunque vigilando con
esmero los alrededores por temor de ser sorprendido.

Al cabo de diez minutos lleg al sitio que se propona; pero como
a unos cincuenta pasos del grupo de rboles contuvo la carrera de
su caballo, volvi a colocar su rifle atravesado sobre el arzn de
su silla, su semblante perdi la expresin recelosa que tena, y se
adelant hacia la hoguera con la sonrisa en los labios y con el aspecto
ms pacfico y amistoso que pudo imaginar.

En medio de una espesura cuya sombra protectora ofreca cmodo abrigo
al viajero cansado, un hombre que vesta el uniforme de los dragones
mejicanos se hallaba indolentemente sentado delante de una hoguera que
le serva para condimentar su comida, mientras fumaba una pajilla. Una
larga lanza guarnecida de su banderola estaba apoyada cerca de l en el
tronco de un rbol, y un caballo completamente aparejado, pero al cual
haban quitado el freno, coma con la mayor tranquilidad los retoos de
los rboles y la tierna yerba de la pradera.

Aquel hombre pareca que tena veintisiete o veintiocho aos; su astuto
rostro estaba animado por unos ojillos vivos, y el color cobrizo de su
piel revelaba su origen indio.

Haca mucho tiempo que haba visto al jinete que se acercaba; pero
no pareci que le daba gran importancia, y con la mayor tranquilidad
continu fumando y vigilando su comida, sin adoptar contra la visita
imprevista que le llegaba ms precaucin que la de cerciorarse de si
su sable sala bien de su vaina. John Davis, cuando ya dist pocos
pasos del soldado, se detuvo, y llevndose la mano al sombrero, dijo:

--Ave Mara Pursima!

--Sin pecado concebida! respondi el dragn correspondiendo al saludo
del americano.

--Santas tardes, repuso John.

--Dios se las d a V. muy buenas, respondi inmediatamente el soldado.

Apuradas ya estas frmulas sacramentales de todo encuentro, se
prescindi de toda ceremonia y qued hecho el conocimiento.

--Eche V. pie a tierra, caballero, dijo el dragn; el calor es
sofocante en la pradera; tengo aqu una sombra excelente, y en este
momento estoy cociendo un pedazo de cecina con habichuelas encarnadas,
sazonadas con pimentn, que le han de gustar a V. mucho si quiere
hacerme el favor de participar de mi comida.

--Acepto con mucho gusto su amable convite, respondi el americano
sonriendo, y con tanto ms motivo, cuanto que confieso a V. que me
estoy muriendo de hambre y cayendo de cansancio.

--Cspita! Entonces me felicito de la afortunada casualidad que nos
rene. Eche V. pie a tierra sin ms tardanza.

--Eso mismo voy a hacer.

En efecto, el americano se ape de su caballo, le quit el freno, y
el noble animal fue al instante a reunirse con su compaero, mientras
que su amo, lanzando un suspiro de satisfaccin, se tendi en el suelo
junto al dragn.

--Parece que ha andado V. una jornada muy larga? pregunt el soldado.

--S Seor, respondi el americano, hace diez horas que estoy a
caballo, sin contar con que he pasado la maana batindome.

--Cuerpo de Cristo! Rudo trabajo ha hecho usted.

--Bien puede V. decirlo sin temor de equivocarse, porque, a fe de
cazador, que nunca he tenido tanto que hacer.

--Es V. cazador?

--Para servir a V.

--Hermoso oficio! dijo el soldado lanzando un suspiro. Yo tambin lo
he sido.

--Y le echa V. de menos?

--Cada da ms!

--Comprendo eso. Cuando se ha llegado a probar la vida del desierto,
siempre se quiere volver a ella.

--Ay! S por cierto.

--Por qu la abandon V., puesto que tanto le gustaba?

--Ah! Ah tiene V., dijo el soldado, el amor.

--Cmo el amor?

--S, comet la tontera de enamorarme de una muchacha que me hizo
sentar plaza.

--Diablo!

--S, y luego apenas me hube puesto el uniforme, me dijo que se haba
equivocado respecto de m, y que vestido de soldado estaba an ms feo
de lo que ella haba credo. En resumen, me dej plantado sin ceremonia
para irse con un arriero.

El americano no pudo menos de rerse al or tan singular historia.

--Es triste cosa, verdad? repuso el soldado.

--Muy triste, replic John Davis procurando en vano recobrar su
seriedad.

--Qu quiere V.! aadi melanclicamente el soldado, el mundo no
es ms que un continuo engao! Pero creo que nuestra comida est ya
en sazn, exclam variando de tono; percibo cierto olorcillo que me
advierte que es ya tiempo de quitarle del fuego.

Como John Davis ninguna objecin tena que oponer al dictamen del
soldado, ste llev a cabo en seguida su determinacin; retirse la
comida del fuego y fue puesta delante de los dos hombres, quienes
comenzaron a atacarla con tanto vigor, que muy luego qued agotada, a
pesar de que era abundante.

Aquel manjar suculento haba sido rociado con sendos tragos de refino
de Catalua, del que pareca que el soldado se hallaba abundantemente
provisto.

Todo ello concluy con el cigarrillo de rigor, ese complemento
indispensable de toda comida hispano-americana, y los dos hombres,
fortalecidos por el buen alimento con que haban provisto sus
estmagos, se encontraron muy contentos y en la mejor disposicin para
conversar con entera franqueza.

--Me parece V. hombre muy precavido, dijo el americano echando una
cantidad enorme de humo, de la que una parte sala por la boca y la
otra por la nariz.

--Es una reminiscencia de mi antigua vida de cazador. Los soldados,
por lo general, no suelen ser tan cuidadosos como yo, ni con mucho.

--Cuanto ms le observo a V., repuso John Davis, ms extrao me parece
que haya V. podido decidirse a adoptar un gnero de vida tan poco
lucrativo como el de soldado.

--Qu quiere V.! La fatalidad, y luego la imposibilidad en que me
encuentro de mandar el uniforme al diablo. Al menos tengo la esperanza
de ascender a cabo antes de un ao.

--Eh! No es mal grado, segn he odo decir; la paga debe ser buena.

--No sera mala si nos la diesen.

--Cmo es eso?

--S, parece que el gobierno no est muy holgado de dinero.

--Segn eso, sirven VV. al fiado?

--No hay otro remedio.

--Diablo! Pero perdneme V. si le hago todas estas preguntas, que
deben parecerle indiscretas.

--Nada de eso, no se contenga V., estamos hablando como dos amigos.

--Cmo se mantienen VV.?

--Ah! De una manera muy sencilla: tenemos lo casual.

--Lo casual! Y qu es eso?

--No lo entiende V.?

--Confieso que no.

--Pues voy a explicrselo

--Me dar V. mucho gusto.

--Sucede de vez en cuando que nuestro capitn o nuestro general nos
confa una misin.

--Muy bien.

--Y eso se paga aparte: cuanto mayor es el peligro, mayor es tambin la
recompensa.

--Siempre al fiado, por supuesto?

--No, diablo! Pagada de antemano.

--Y suelen VV. tener algunas veces encargos de esa especie?

--Muy a menudo, sobre todo en tiempo de pronunciamientos.

--S; pero hace cerca de un ao que ningn general se ha pronunciado.

--Desgraciadamente!

--De modo que estar V. exhausto de fondos?

--No del todo.

--Ha tenido V. alguna de esas misiones?

--Tengo una en este momento.

--Bien pagada?

--Regular.

--Habr indiscrecin en preguntar a V. cunto le han dado?

--Nada de eso: he recibido veinticinco onzas de oro.

--Cspita! La cantidad es bonita. Peligrosa debe ser el encargo para
haberle tasado tan alto.

--No deja de serlo.

--Ah! Pues entonces tenga V. cuidado!

--Gracias, pero no corro gran riesgo; solo se trata de entregar un
oficio.

--Verdad es que un oficio, repuso el americano con la mayor
indiferencia.

--Oh! ste es ms importante de lo que V. supone.

--De veras?

--S por cierto, pues se trata de varios millones.

--Qu est V. diciendo? exclam John Davis estremecindose sin querer.

El cazador, desde su encuentro con el soldado, haba maniobrado
astutamente para inducirle a revelar el motivo que le llevaba a
aquellos parajes desiertos, porque la presencia de un dragn aislado
as en la pradera le haba parecido muy singular, y con razn. As
pues, grande fue su alegra cuando vio al soldado caer por si mismo en
el lazo que le tenda.

--S, repuso el dragn, el general Rubio, de quien soy asistente, me ha
despachado con un parte para el capitn Melendez, que en este momento
va escoltando una conducta de plata.

--Lo cree V.?

--Cspita si lo creo! Cuando le digo a V. que llevo yo el oficio.

--Es verdad. Pero con qu objeto escribe el general al capitn?

El soldado mir un instante de soslayo al cazador, y luego, variando
repentinamente de tono y mirndole frente a frente, le dijo:

--Quiere V. que juguemos con cartas descubiertas?

John se sonri y respondi:

--Bueno! Veo que podremos entendernos, Por qu no? Entre caballeros,
las condiciones son las que lo hacen todo. As pues, jugaremos con
entera franqueza, eh?

--Queda convenido.

--Confiese V. que deseara en extremo conocer el contenido de este
oficio.

--Oh! Por mera curiosidad, se lo juro a V.

--Pardiez! Estoy convencido de ello. Pues bien, solo de V. depende el
lograrlo.

--Entonces no tardar mucho. Veamos las condiciones de V.

--Son muy sencillas.

--Dgalas V.

--Mreme V. bien. No me conoce V.?

--En verdad que no.

--Ya veo que tengo ms memoria que V.

--Es muy posible.

--Yo le conozco a V.

--S?

--Sin duda alguna.

--Me habr V. visto en alguna parte.

--Es probable. Pero esto importa muy poco: lo principal es que yo sepa
quin es V.

--Oh! Un simple cazador.

--S, y un amigo ntimo del Jaguar.

--Cmo! exclam el cazador estremecindose de sorpresa.

--No se asuste V. por tan poco: respndame tan solo si es verdad o no.

--Es verdad. De V. para m no s por qu habra de negarlo.

--Hara V. muy mal. Dnde est el Jaguar en este momento?

--No lo s.

--Es decir, no quiere V. revelrmelo.

--Justamente.

--Bien; pero, si yo lo desease, podra V. conducirme a su presencia?

--No veo en ello inconveniente alguno, si el asunto merece la pena.

--No he dicho ya que se trata de algunos millones?

--S por cierto, pero no me lo ha probado usted.

--Y esa prueba es la que V. exige?

--Nada ms.

--Eso es bastante difcil.

--No por cierto.

--Cmo as?

--Pardiez! Yo soy buen compaero, y solo quiero poner a cubierto mi
responsabilidad: enseme V. el oficio y con eso me contento.

--Y quedar V. satisfecho?

--Con tanto ms motivo cuanto que conozco la letra del general.

--Oh! Entonces est muy bien.

Y sacando el dragn de su pecho un ancho pliego, se lo ense al
americano, aunque sin soltarlo, y le dijo:

--Mire V.

John lo examin atentamente durante algunos minutos.

--Es realmente la letra del general, verdad? repuso el soldado.

--S.

--Consiente V. ahora en conducirme a donde se halle el Jaguar?

--Cuando V. quiera.

--Entonces al momento.

--Corriente, al momento.

Los dos hombres se levantaron a un tiempo, pusieron los frenos a sus
caballos, montaron y abandonaron a galope el sitio que, durante algunas
horas, les haba ofrecido tan grata sombra.




XXIX.

EL TRATO.


Los dos aventureros caminaban alegremente al lado uno de otro,
charlando acerca de la lluvia y el buen tiempo, dndose mutuamente
malicias del desierto, es decir, de las caceras y de las escaramuzas
con los indios, y hablando de los sucesos polticos que, desde haca
algunos meses, haban adquirido cierta gravedad y una importancia
peligrosa para el gobierno mejicano.

Pero mientras charlaban as sin tino, dirigindose mutuamente preguntas
cuyas respuestas no se tomaban el trabajo de escuchar, su conversacin
no tena ms objeto que el de ocultar la secreta preocupacin que les
agitaba.

En su discusin precedente cada uno de ellos haba querido andar con
astuciosas tretas, procurando arrancarse mutuamente sus secretos, el
cazador maniobrando para inducir al soldado a cometer una traicin, y
ste deseando ms que nada venderse y obrar en tal concepto. De esta
lucha de astucia result que los dos se encontraron de igual fuerza, y
que cada cual obtuvo el resultado que ambicionaba.

Pero, para ellos, la cuestin no estribaba precisamente en esto: como
sucede con todos los caracteres viciados, el buen xito, en vez de
satisfacerles, suscit en su mente una multitud de sospechas. John
Davis se preguntaba a s mismo qu causa habra inducido al dragn a
hacer traicin tan fcilmente a los suyos sin estipular desde luego
ventajas importantes para s, porque en Amrica todo se cotiza y la
infamia, sobre todo, produce mucho.

El dragn, por su parte, juzgaba que el cazador haba credo con
sobrada facilidad sus palabras, y no obstante los modales afectuosos de
su compaero, cuanto ms se acercaba al campamento de los merodeadores
de fronteras, ms se aumentaba su malestar, porque comenzaba a
temer que haba ido a dar de cabeza en un lazo y que se haba fiado
con sobrada imprudencia de un hombre cuya fama estaba muy lejos de
tranquilizarle.

He ah la disposicin de nimo en que los dos aventureros se hallaban
el uno respecto del otro una hora escasamente despus de haber
abandonado el sitio en que se encontraron de un modo tan fortuito.

Sin embargo, cada cual ocultaba con el mayor cuidado sus recelos en
el fondo de su corazn; nada dejaban traslucir exteriormente. Por el
contrario, aumentaban su cortesa y su urbanidad el uno para con el
otro, tratndose ms bien como hermanos queridos y gozosos por volver
a verse despus de una ausencia prolongada, que como hombres que dos
horas antes se haban hablado por primera vez.

Haca prximamente una hora que se haba puesto el sol, y la noche
cerraba por completo cuando llegaron a poca distancia del campamento
del Jaguar, cuyas hogueras brillaban en medio de la oscuridad,
reflejndose con efectos de luz a cual ms fantsticos sobre los
objetos inmediatos, y dando al paisaje agreste de la pradera un
carcter de salvaje majestad.

--Ya hemos llegado, dijo el cazador parando su caballo y volvindose
hacia su compaero; nadie nos ha visto: todava puede V. retroceder sin
temor de que nadie le persiga. Qu decide usted?

--Canario! Compaero, respondi el soldado encogindose levemente de
hombros con expresin desdeosa, no he venido hasta aqu para volverme
atrs desde la entrada del campamento. Permtame V. que le diga con el
debido respeto que su observacin me parece cuando menos singular.

--Era deber mo hacrsela a V.: quin sabe si maana se arrepentir V.
del paso aventurado que hoy Va a dar?

--Es muy posible; pero qu quiere V.? Correr ese riesgo: mi
determinacin est adoptada y es invariable. As pues, sigamos adelante
en nombre de Dios.

--Como V. guste. Antes de un cuarto de hora estar V. en presencia del
hombre a quien desea ver; se explicar con l, y habr cumplido mi
cometido.

--Y solo me restar dar a V. infinitas gracias, dijo el soldado
interrumpindole con viveza. Pero no permanezcamos aqu ms tiempo, que
podemos llamar la atencin y convertirnos en blanco de alguna bala, lo
cual confieso a V. que me agradara muy poco.

El cazador, sin responder, hizo sentir la espuela a su caballo, y
continuaron avanzando.

Al cabo de algunos instantes se encontraron en el crculo de luz
proyectado por la llama de las hogueras; casi en seguida se oy el
ruido que se produce al amartillar un rifle, y una voz brusca les grit
que se detuviesen al momento.

La intimacin, a pesar de no ser del todo corts, era, sin embargo, muy
perentoria, y los dos aventureros juzgaron prudente obedecerla.

Entonces salieron de los atrincheramientos varios hombres armados, y
uno de ellos, dirigindose a los dos forasteros, les pregunt, quines
eran y qu buscaban a una hora tan inoportuna.

--Somos amigos, respondi el cazador, y queremos entrar cuanto antes.

--Todo eso est muy bien, repuso el otro; pero si no dicen VV. sus
nombres, no entrarn tan pronto, y mucho ms cuando uno de VV. viste un
uniforme que no est muy bien mirado entre nosotros.

--Est bien, Ruperto, respondi el americano; soy John Davis, y creo
que ya me conoce V. As pues, franqueme V. el paso sin ms tardanza, y
yo respondo del seor, quien tiene que comunicar al jefe un asunto de
la mayor importancia.

--Sea V. muy bienvenido, John, y no se enfade: ya sabe V. que la
prudencia es la madre de la seguridad.

--S, s, dijo el americano riendo, V. nunca se compromete por obrar de
ligero, compadre.

Entraron en el campamento sin encontrar ms obstculo.

La mayor parte de los merodeadores de fronteras dorman tendidos en
torno de las hogueras; nicamente unos cuantos centinelas vigilantes,
colocados en los lmites del campamento, velaban por la comn seguridad.

John Davis ech pie a tierra, invitando a su compaero a que le
imitase; luego, hacindole una sea para que le siguiese, se adelant
hacia una tienda de campaa, al travs de cuya lona se vea brillar una
luz dbil y temblorosa.

Cuando el cazador hubo llegado a la entrada de la tienda, se par, y
despus de dar dos palmadas, pregunt con voz contenida:

--Duerme V., Jaguar?

--Es V., John Davis, mi buen compaero? preguntaron en seguida desde
adentro.

--S Seor.

--Entonces entre V., que le aguardo con impaciencia.

El americano levant la cortina que cubra la entrada y penetr en la
tienda; el soldado se desliz detrs de l, y la cortina volvi a caer.

El Jaguar, sentado sobre un crneo de bisonte, hojeaba una
correspondencia voluminosa a la luz de un candil; en un rincn de la
tienda se vean extendidas dos o tres pieles de oso, que sin duda
estaban destinadas a servirle de lecho. Al ver a los que llegaban, el
joven dobl sus papeles y los meti en una cajita de hierro cuya llave
se guard en el pecho; en seguida levant la cabeza y fij una mirada
inquieta en el dragn.

--Qu es eso, John? dijo: nos trae V. prisioneros?

--No, respondi el cazador; este soldado deseaba a toda costa ver a
V. por ciertas razones que l mismo explicar, y he credo que deba
complacerle.

--Bien, dentro de un momento nos entenderemos con l. Y V., qu ha
hecho?

--Lo que V. me haba encargado.

--Segn eso, ha alcanzado V. un completo buen xito?

--Completo.

--Bravo! Amigo mo. Cunteme V. eso.

--Para qu dar ahora pormenores? respondi el americano sealando con
una ojeada al dragn que permaneca inmvil e impasible a pocos pasos
de distancia.

El Jaguar lo comprendi y dijo:

--Es cierto. Veamos ahora qu viene a ser este hombre.

Y dirigindose al soldado, aadi:

--Acrquese V., amigo.

--A la orden de V., mi Capitn.

--Cmo se llama V.?

--Gregorio Felpa. Soy dragn, como puede usted verlo por mi uniforme.

--Por qu motivo deseaba V. verme?

--Por el deseo de prestar a V. un servicio importante.

--Doy a V. gracias; pero, por lo general, los servicios cuestan
sumamente caros, y yo no soy rico.

--Llegar V. a serlo.

--As lo deseo. Veamos, cul es ese gran servicio que intenta V.
prestarme?

--Voy a explicarme en pocas palabras. Toda cuestin poltica presenta
dos aspectos: esto depende del punto de vista bajo el cual se la
considere. Yo soy nacido en Tejas, e hijo de un norteamericano y de una
india, lo cual equivale a decir que aborrezco con toda mi alma a los
mejicanos.

--Al grano, al grano.

--A eso voy. Siendo soldado, aunque contra toda mi voluntad, el general
Rubio me ha encargado que lleve al capitn Melendez un despacho en el
cual le cita para un sitio en que debe reunirse con l a fin de evitar
el Ro Seco, en donde dicen que tiene V. intencin de emboscarse para
apoderarse de la conducta de plata.

--Hola! Hola! dijo el Jaguar, quien escuchaba ya con suma atencin;
pero cmo conoce V. el contenido de ese despacho?

--De una manera muy sencilla. El general tiene en m la mayor confianza
y me ha ledo el despacho, porque a m es a quien ha encargado que
sirva de gua al capitn Melendez para dirigirse al sitio de la cita.

--Segn eso, hace V. traicin a su jefe?

--Es ese el nombre que da V. a mi accin?

--Hablo colocndome en el lugar del general.

--Y colocndose V. en el suyo?

--Cuando hayamos arreglado el asunto, se la dir a V.

--Bueno, respondi el dragn con tono indiferente.

--Tiene V. ah ese despacho?

--Aqu est.

El Jaguar lo cogi, lo examin atentamente dndole algunas vueltas, e
hizo el ademn de abrirlo.

--Detngase V.! exclam el soldado con viveza.

--Por qu?

--Porque si le abre V., ya no podr entregrsele a la persona a quien
est destinado.

--Cmo dice V. eso?

--No me entiende V., replic el soldado con una impaciencia mal
disimulada.

--As lo creo, respondi el Jaguar.

--Solo le pido a V. que me escuche durante cinco minutos.

--Hable V.

--El punto en que el general cita al capitn Melendez es la laguna del
Venado. Antes de llegar a ese sitio hay un desfiladero bastante angosto
y muy fragoso.

--Le conozco, es el desfiladero del Palo Muerto.

--Bueno. Se emboscar V. en l, a la derecha y a la izquierda, entre
los matorrales, y cuando pase el convoy, le atacar V. por todos los
lados a la vez. Es imposible que se escape, si, como supongo, adopta V.
bien sus disposiciones.

--S, el sitio es muy favorable para un golpe de mano; pero quin me
responde de que el convoy pasar por ese desfiladero y no por el del
Ro Seco?

--Yo.

--Cmo V.?

--S por cierto, puesto que yo he de servir de gua.

--Ahora s que ya no nos entendemos.

--Al contrario, nos entendemos muy bien. Voy a separarme de V.; ir
a reunirme con el capitn a quien entregar el despacho del general;
que quiera que no, se ver obligado a tomarme por gua y le llevar a
poder de V., con la misma seguridad con que se conduce a un novillo al
matadero.

El Jaguar dirigi al soldado una mirada que pareca que quera penetrar
hasta lo ms profundo de su corazn.

--Es V. un mozo muy atrevido, le dijo por fin; pero, en concepto mo,
arregla V. demasiado bien las cosas a su antojo. Yo no le conozco a
V.: sta es la primera vez que le veo y (perdneme que le hable con
tanta franqueza) es para fraguar una traicin. Quin me responde
de la fidelidad de V.? Si soy bastante necio para dejarle marchar
tranquilamente, quin me asegura que no se volver contra m?

--Mi propio inters ante todo: si merced a mi auxilio se apodera V. del
convoy, me pagar quinientas onzas de oro.

--No es demasiado caro. Sin embargo, permtame V. que le haga todava
otra observacin.

--Hgala V.

--Nada me prueba que no le hayan prometido a V. el doble por apoderarse
de m.

--Oh! No! dijo el soldado con energa.

--Cspita! Oiga V., cosas ms singulares se han visto, y por poco que
valga mi cabeza, confieso a V. mi debilidad de tenerla mucho apego. As
pues, le advierto que si no tiene mejores garantas que darme, queda
deshecho el negocio.

--Sera lstima!

--Ya lo s; pero la culpa es de V. y no ma. Deba V. haber adoptado
mejor sus medidas antes de venir a buscarme.

--Con que nada podr convencerle a V. de mi buena fe?

--Nada.

--Veamos, es preciso concluir, exclam el soldado con impaciencia.

--Eso es lo que ms deseo.

--Queda bien convenido entre nosotros que me dar V. quinientas onzas
de oro?

--S, si por mediacin de V. me apodero de la conducta de plata.

--Desde luego.

--Pues se las prometo a V.

--Basta; s que nunca falta V. a su palabra.

Entonces se desabroch el uniforme, cogi una bolsita colgada de
su cuello con una cadena de acero, y se la present al cabecilla
dicindole:

--Conoce V. esto?

--S por cierto, respondi el Jaguar santigundose devotamente, es una
reliquia.

--Bendecida por el Papa, como lo prueba este certificado.

--Es cierto.

El dragn se quit la reliquia y la puso en manos del Jaguar; luego,
cruzando el pulgar de la mano derecha con el de la izquierda, dijo con
voz firme y acentuada:

--Yo, Gregorio Felpa, juro sobre esta reliquia cumplir fielmente todas
las clusulas del trato que acabo de estipular con el noble capitn
denominado el Jaguar: si falto a mi juramento, renuncio desde hoy y
para siempre a la parte que espero tener en el paraso, y me consagro a
las llamas eternas del infierno. Ahora, aadi, guarde V. esa reliquia
preciosa; a mi regreso me la devolver.

El capitn, sin contestar, se la colg inmediatamente al cuello.

Contradiccin singular del corazn humano! Anomala inexplicable!
Esos hombres, esos indios, paganos en su mayor parte no obstante
el bautismo que han recibido, y que a pesar de fingir que observan
ostensiblemente las reglas de nuestra religin, practican en secreto
los ritos de su culto, tienen viva fe en las reliquias y los amuletos;
todos llevan alguna al cuello en una bolsita, y esos hombres disolutos
y perversos, para quienes nada hay sagrado, que se ren de los
sentimientos ms nobles, y cuya vida entera trascurre imaginando
picardas y maquinando traiciones, profesan tan profundo respeto a
aquellas reliquias, que no hay ejemplo alguno de que un juramento
prestado sobre una de ellas haya sido falseado nunca.

Explique quien quiera este hecho extraordinario: en cuanto a nosotros,
nos limitamos a consignarle.

Ante el juramento prestado por el dragn, las sospechas del Jaguar se
desvanecieron inmediatamente para ser sustituidas por la confianza ms
completa.

La conversacin perdi el tono ceremonioso que hasta entonces haba
tenido; el soldado se sent sobre un crneo de bisonte, y los tres
hombres, puestos ya de acuerdo, discutieron en la mejor armona los
medios ms oportunos que deban emplearse para no sufrir un descalabro.

El plan propuesto por el soldado tena una sencillez y una facilidad de
ejecucin que garantizaban su buen xito; por eso fue adoptado en su
totalidad, y la discusin solo vers ya sobre los pormenores.

Por ltimo, a una hora bastante avanzada de la noche se separaron con
el objeto de disfrutar algunos momentos de un descanso indispensable
entre las fatigas del da que acababa de trascurrir y las que tendran
que soportar en el siguiente.

Gregorio durmi, como suele decirse, a pierna suelta, es decir, sin
interrupcin.

Unas dos horas antes de que saliese el sol, el Jaguar se inclin hacia
el soldado y le despert: ste se levant en seguida, se restreg los
ojos, y al cabo de cinco minutos estaba tan gil y dispuesto como si
hubiese dormido cuarenta y ocho horas seguidas.

--Ya es tiempo de marchar, le dijo el Jaguar a media voz; John Davis ha
cuidado y ensillado ya por s mismo vuestro caballo. Venga V.

Salieron de la tienda. En efecto, el americano tena de las riendas el
caballo del soldado. ste se puso en la silla de un salto, sin valerse
de los estribos, para demostrar que estaba perfectamente descansado.

--Sobre todo, dijo el Jaguar, observe V. la mayor prudencia, tenga sumo
cuidado con sus palabras y con sus ms mnimos gestos, porque va V. a
tener que habrselas con el oficial ms valiente y ms experimentado
del ejrcito mejicano.

--Fe V. en m, Seor Capitn. Canario! La recompensa es demasiado
buena para que yo me exponga a echar a perder el negocio.

--Una palabra todava.

--Diga V.

--Arrglese V. de modo que el convoy no llegue al desfiladero hasta el
anochecer, pues la oscuridad entra por mucho en el buen xito de una
sorpresa. Y ahora, adis y buena suerte!

--Deseo a V. otro tanto.

El Jaguar y el americano escoltaron al dragn hasta los ltimos
atrincheramientos con el fin de dar el santo y sea a los centinelas
avanzados, quienes, a no ser por esta precaucin, y viendo el
uniforme que Gregorio vesta, sin duda alguna le habran hecho fuego
desapiadadamente.

Cuando hubo salido del campamento, los dos hombres le siguieron con la
vista durante todo el tiempo que pudieron distinguir su negra silueta,
deslizndose como una sombra entre los rboles del bosque, en donde no
tard en desaparecer.

--He ah lo que se llama un pcaro redomado, dijo John Davis; es ms
astuto que una zorra. Vive Dios! Qu tuno tan hediondo!

--Eh! Amigo mo, respondi el Jaguar, se necesitan hombres de ese
temple. Sin eso qu sera de nosotros?

--Es verdad! Esos hombres son necesarios como la peste y la lepra.
Sin embargo, sostengo mis palabras: es el pcaro ms completo que
he visto en toda mi vida, y bien sabe Dios que en el curso de mi
existencia he visto desfilar por delante de m una coleccin magnfica!

Algunos minutos despus, los merodeadores de fronteras levantaban el
campo y montaban a caballo con el fin de dirigirse al desfiladero para
el cual haban dado cita a Gregorio Felpa, el asistente del general
Rubio, quien haba depositado en l una confianza a que tan acreedor se
haca en todos conceptos.




XXX.

LA EMBOSCADA.


El Jaguar adopt tan bien sus medidas, y el traidor que gui la
conducta de plata maniobr tan bien, que los mejicanos haban cado
en una emboscada de la cual era muy difcil, ya que no imposible, que
saliesen.

Los soldados, atemorizados un instante por la cada de su jefe cuyo
caballo fue herido mortalmente en el principio de la accin, pero
dciles, sin embargo, a la voz del capitn, quien por un esfuerzo
supremo haba logrado levantarse casi en seguida, se agruparon en torno
de la recua, y haciendo frente con resolucin a todos los costados a la
vez, se dispusieron a defender con valor el precioso depsito confiado
a su custodia.

La escolta mandada por el capitn Melendez, aunque poco numerosa,
se compona de soldados viejos y de experiencia, acostumbrados
haca mucho tiempo a la guerra de guerrillas y para quienes nada
extraordinario ofreca la posicin crtica en que su mala estrella les
haba colocado.

Los dragones echaron pie a tierra, y tirando sus largas lanzas que
les eran intiles en una lucha como la que se preparaba, cogieron
sus carabinas, se las echaron a la cara, y con los ojos fijos en los
matorrales, aguardaron impasibles la orden de comenzar el fuego.

El capitn Melendez haba estudiado el terreno con una ojeada rpida,
y vio que estaba muy lejos de serle favorable. A derecha e izquierda
haba speras pendientes coronadas de enemigos; a retaguardia, una
partida numerosa de merodeadores de fronteras, emboscada detrs
de unos rboles cados que, como por encanto, haban interceptado
sbitamente el camino y cortado la retirada; por ltimo, a vanguardia,
un precipicio de cerca de veinte metros de anchura y de una profundidad
incalculable.

As pues, pareca que a los mejicanos se les arrebataba toda esperanza
de salir sanos y salvos de la posicin en que se hallaban acorralados,
no solo por razn del considerable nmero de enemigos que les cercaban
por todos lados, sino tambin por la disposicin del sitio. Sin
embargo, despus que el capitn hubo estudiado atentamente el terreno,
brill en sus ojos un relmpago, y una sonrisa sombra ilumin su
semblante.

Haca mucho tiempo que los dragones conocan a su jefe, tenan fe en
l, vieron aquella sonrisa y se acrecent su valor.

El capitn se haba sonredo, luego tena esperanza.

Verdad es que ni un solo hombre, en toda la escolta, hubiera podido
decir en qu consista aquella esperanza.

Despus de la primera descarga, los merodeadores coronaron
inopinadamente las alturas, pero permanecieron inmviles, contentndose
con vigilar con la mayor atencin los movimientos de los mejicanos.

El capitn aprovech este momento de tregua que tan generosamente le
ofreca el enemigo, para adoptar algunas disposiciones defensivas y
corregir su plan de batalla.

Descargronse las mulas, colocronse los preciosos cajones enteramente
atrs, lo ms lejos posible del enemigo; luego las mulas y los
caballos, llevados al frente de la lnea de batalla del destacamento,
fueron colocados de modo que sus cuerpos sirviesen de parapetos a los
soldados, los cuales, con una rodilla en tierra y doblados detrs de
aquel atrincheramiento vivo, se encontraron guarecidos en cierto modo
contra las balas enemigas.

Cuando todas estas medidas estuvieron adoptadas y una ojeada postrera
cercior al capitn de que sus rdenes se haban ejecutado con
puntualidad, se inclin al odo del seor Bautista, arriero principal,
y le dijo algunas palabras en voz baja.

El arriero hizo un movimiento brusco de sorpresa al or las palabras
del capitn; pero reanimndose en seguida, baj afirmativamente la
cabeza.

--Obedecer V.? pregunt D. Juan mirndole fijamente.

--S, mi Capitn; lo juro por mi honor, contest el arriero.

--Pues entonces le respondo a V. de que vamos a rernos, dijo
alegremente el joven.

El arriero se retir, y el capitn fue a colocarse al frente de sus
soldados. Apenas haba ocupado su puesto de combate cuando un hombre
apareci en la cumbre de la pendiente de la derecha: aquel hombre
llevaba en la mano una lanza en cuyo extremo flotaba un pedazo de tela
blanca.

--Oh! Oh! murmur el capitn, qu significa eso? Temen ya que se
les escape su presa?

--Eh! grit con voz fuerte, qu quieren VV.?

--Parlamentar, respondi lacnicamente el hombre de la bandera.

--Parlamentar! replic el capitn, para qu? Adems, tengo la honra
de ser oficial en el ejrcito mejicano, y no puedo estipular tratos con
bandidos.

--Tenga V. cuidado, Capitn, un valor inoportuno suele degenerar en
fanfarronada; la posicin de V. es desesperada.

--Lo cree V. as? respondi el joven con voz burlona.

--Est V. cercado por todas partes.

--Excepto por una.

--S; pero en esa hay un precipicio que no se puede pasar.

--Quin sabe? dijo el capitn, siempre en tono de sorna.

--En fin, quiere V. escucharme, s o no? repuso el otro a quien este
dilogo comenzaba a impacientar.

--Corriente, dijo el oficial, veamos las proposiciones de V., y despus
le manifestar mis condiciones.

--Qu condiciones? pregunt el parlamentario con sorpresa.

--Pardiez! Las que me propongo imponer a usted.

Una carcajada homrica de los merodeadores de fronteras acogi estas
palabras altaneras. El capitn permaneci impasible y fro.

--Quin es V.? pregunt.

--El jefe de la gente que les tiene a VV. cautivos.

--Cautivos! Creo que no; en fin, all veremos. Ah! Con que es V.
el Jaguar, ese bandido feroz cuyo nombre es execrado en todas estas
fronteras?

--Yo soy el Jaguar, respondi ste sencillamente.

--Muy bien. Qu me quiere V.? Hable, y sobre todo sea breve, replic
el capitn apoyando la punta de su sable en el extremo de su bota.

--Quiero evitar la efusin de sangre, dijo el Jaguar.

--Eso est muy bien; pero me parece un poco tarde para adoptar una
resolucin tan laudable, dijo el oficial con su voz burlona.

--Escuche V., Capitn; es V. un oficial valiente, y sentira yo que
sucediese una desgracia; no se obstine V. en sostener una lucha
imposible, rodeado como lo est por fuerzas considerables; toda
tentativa de resistencia sera una locura imperdonable que no dara ms
resultado que la muerte de todos los soldados que usted manda, sin que
le quede la menor esperanza de salvar el convoy confiado a su custodia.
Rndase V., se lo repito, pues no le queda otro medio de salvacin.

--Caballero, respondi el oficial hablando ya esta vez en tono muy
serio, doy a V. gracias por las palabras que acaba de pronunciar;
tengo cierta experiencia para conocer a los hombres, y veo que en este
momento habla V. lealmente.

--S, dijo el Jaguar.

--Desgraciadamente, prosigui el capitn, me veo obligado a repetir
a V. que tengo la honra de ser oficial, y que nunca consentir en
entregar mi espada a un jefe de partida cuya cabeza est a precio. Si
he sido bastante idiota y loco para dejarme atraer a un lazo, tanto
peor para m; sufrir las consecuencias.

Los dos interlocutores se haban ido acercando uno a otro, y a la sazn
hablaban frente a frente.

--Comprendo, Capitn, que en ciertas y determinadas circunstancias
su honor militar le obligue a sostener una lucha, an en condiciones
desfavorables; pero aqu el caso es muy distinto, todas las
probabilidades estn contra V., y nada padecer su honra con una
rendicin que librar: la vida de tantos soldados valientes.

--Y que sin disparar un tiro le entregar a usted la rica presa que
tanto codicia, no es verdad?

--Esa presa, por ms que V. haga, no se nos puede escapar.

El capitn se encogi de hombros, y dijo:

--Est V. loco! Como todos los hombres acostumbrados a la guerra de
las praderas, ha querido V. ser sobrado astuto, y sus ardides han ido
demasiado lejos.

--Cmo as?

--Aprenda V. a conocerme, caballero: soy cristiano viejo, desciendo de
los antiguos conquistadores, y la sangre espaola corre por mis venas.
Todos mis soldados me son fieles y adictos: por orden ma se dejarn
matar todos sin vacilar lo ms mnimo; y por muy ventajosas que sean
las posiciones que V. ocupa, por muy numerosa que sea su gente, se
necesita cierto espacio de tiempo para exterminar a cincuenta hombres
reducidos a la desesperacin y resueltos a no pedir cuartel.

--S, dijo el Jaguar con voz sorda; pero se concluye por matarlos.

--Sin duda alguna, repuso tranquilamente el capitn; pero mientras V.
nos va degollando, los arrieros, que al efecto han recibido ya mis
rdenes terminantes, harn que las cajas de dinero vayan rodando unas
despus de otras al fondo del abismo, en cuya orilla nos ha acorralado
V.

--Oh! exclam el Jaguar con un ademn de amenaza mal entendido, no
har V. eso, Capitn.

--Por qu no he de hacerlo, si V. gusta? respondi framente el
oficial. S que lo har, se lo juro a V. por mi honor.

--Oh!

--Y entonces qu suceder? Que habr V. asesinado cobardemente a
cincuenta hombres sin ms resultado que el de saciarse en la sangre de
sus compatriotas.

--Rayo de Dios! Eso es un delirio!

--No, no es ms que la consecuencia lgica de la amenaza que V. me
dirige: moriremos, pero como valientes, y habremos cumplido con nuestro
deber hasta el fin, puesto que el dinero se salvar.

--Segn eso, sern intiles todos mis esfuerzos para obtener una
solucin pacfica?

--Todava hay un medio.

--Cul es?

--Djenos V. pasar, comprometindose bajo palabra de honor a no
hostilizar nuestra retirada.

--Nunca! Ese dinero me es indispensable, lo necesito.

--Entonces venga V. a buscarle.

--Eso voy a hacer.

--Como V. guste.

--Que esa sangre, que he querido ahorrar, recaiga sobre la cabeza de
V.!

--O sobre la de V.

Y se separaron.

El capitn se volvi hacia sus soldados que, habindose acercado
bastante a los dos interlocutores, haban seguido atentamente la
discusin en todas sus peripecias, y les pregunt

--Qu queris hacer, muchachos?

--Morir! contestaron todos con acento breve y enrgico.

--Corriente! Moriremos juntos!

Y blandiendo su espada por encima de su cabeza, grit:

--Dios y libertad! Viva Mjico!

--Viva Mjico! repitieron los dragones con entusiasmo.

En este intermedio el sol haba desaparecido en el horizonte, y las
tinieblas iban cubriendo la tierra cual un sudario sombro.

El Jaguar, lleno de rabia por ver el mal resultado de su tentativa, se
haba reunido con sus compaeros.

--Qu hay? le pregunt John Davis, que acechaba con ansiedad su
regreso; qu ha obtenido V.?

--Nada. Ese hombre est endemoniado.

--Ya le advert a V. que era un verdadero diablo. Afortunadamente, por
ms que haga, no se nos puede escapar.

--En eso es en lo que est V. equivocado, respondi el Jaguar pateando
de rabia; que muera o viva, el dinero est perdido para nosotros.

--Cmo es eso?

El Jaguar refiri en breves palabras a su confidente lo que haba
pasado entre el capitn y l.

--Maldicin! exclam el americano, entonces dmonos prisa.

--Para colmo de males reina una oscuridad profunda.

--Vive Dios! Hagamos una iluminacin, y quizs les dar en qu pensar
a esos demonios.

--Tiene V. razn: vengan teas!

--Hagamos otra cosa mejor: incendiemos el bosque.

--Ja! Ja! exclam el Jaguar riendo, bravo! Vamos a ahumarlos como
si fuesen arenques!

Esta idea diablica fue ejecutada al momento, y muy luego un cordn de
llamas brillantes ci la cumbre de la colina y corri en torno del
desfiladero, en donde los mejicanos aguardaban impasibles el ataque de
sus enemigos.

No tuvieron que esperar mucho, pues muy pronto comenz un vivo fuego de
fusilera mezclado con los gritos y los aullidos de los agresores.

--Ya es tiempo! grit el capitn.

En seguida se oy el ruido de la cada de una caja de dinero al
precipicio.

Merced al incendio haba tanta claridad como si fuese de da; y ningn
movimiento de los mejicanos pasaba desapercibido para sus adversarios.

Los bandidos lanzaron un grito de furor al ver a las cajas rodar unas
en pos de otras al abismo.

Precipitronse con furia sobre los soldados; pero estos los recibieron
con bayoneta calada y sin cejar lo ms mnimo.

Una descarga hecha a quemarropa por los mejicanos, que haban reservado
su fuego, tendi en el suelo a un nmero considerable de enemigos e
introdujo el desorden en sus filas, obligndoles a retroceder a pesar
suyo.

--Adelante! grit el Jaguar.

Sus compaeros volvieron a la carga con ms furor que nunca.

--Manteneos firmes! Es preciso morir! dijo el capitn.

--Moriremos! respondieron unnimes los soldados.

Entonces se empe la lucha cuerpo a cuerpo al arma blanca, mezclndose
los agresores con los atacados, empujndose unos a otros con sordos
rugidos de clera, peleando ms bien como fieras que como hombres.

Los arrieros, diezmados por los tiros que les asestaban, no por eso
dejaban de continuar con ardor su trabajo: tan luego como la palanca
se escapaba de las manos de uno de ellos que rodaba expirante por el
suelo, otro se apoderaba en seguida de la pesada barra de hierro, y las
cajas de dinero caan sin interrupcin al precipicio no obstante las
rabiosas vociferaciones y los esfuerzos gigantescos de los enemigos,
que en vano se afanaban por derribar la muralla viva que les cerraba el
paso.

Era un espectculo de horrible belleza el que ofreca aquella lucha
encarnizada, aquel combate implacable que sostenan aquellos hombres al
resplandor brillante de un bosque entero que estaba ardiendo cual un
faro lgubre y siniestro.

Los gritos haban cesado, la carnicera continuaba sorda y terrible, y
solo se oa de vez en cuando la voz del capitn que repeta con breve
acento:

--Estrechad las filas! Estrechad las filas!

Y las filas se estrechaban, y los hombres caan sin quejarse, habiendo
hecho de antemano el sacrificio de su vida, y no peleando ya sino para
ganar las pocos minutos indispensables para que aquel sacrificio no
fuese estril.

En vano los merodeadores de fronteras, excitados por la codicia,
procuraban destruir aquella resistencia enrgica que les opona un
puado de hombres: los heroicos soldados, apoyados unos en otros, con
los pies afirmados contra los cadveres de los que les haban precedido
en la muerte, pareca que se multiplicaban para cerrar el desfiladero
en todos los puntos a la vez.

Sin embargo, el combate no poda durar ya mucho tiempo; de toda la
escolta del capitn, diez hombres cuando ms permanecan todava de
pie, los dems haban sucumbido, pero heridos todos por delante en
mitad del pecho.

Todos los arrieros haban muerto; dos cajas quedaban todava en la
orilla del precipicio; el capitn dirigi una mirada rpida en torno
suyo, y exclam:

--Un esfuerzo ms, hijos mos! Cinco minutos tan solo bastan para
concluir nuestro trabajo.

--Dios y libertad! gritaron los soldados.

Y aunque estaban abrumados de cansancio, se arrojaron resueltos en lo
ms espeso de la multitud de enemigos que les rodeaban.

Durante algunos minutos, aquellos diez hombres hicieron prodigios de
valor; pero al fin prevaleci el nmero: todos cayeron!

Solo el capitn viva an!

Haba aprovechado el sacrificio de sus soldados para coger una palanca
y hacer que una de las cajas rodase al precipicio; la segunda,
levantada con sumo trabajo, solo necesitaba ya un esfuerzo postrero
para desaparecer a su vez, cuando de improviso un hurra! terrible
hizo que el capitn levantase la cabeza.

Los merodeadores de fronteras acudan enfurecidos y anhelosos cual
tigres sedientos de sangre.

--Ah! Al menos esa la tendremos! exclam alegremente Gregorio Felpa,
el gua traidor, precipitndose hacia adelante.

--Mientes, miserable! respondi el capitn.

Y alzando con ambas manos la pesada barra de hierro, rompi el crneo
al soldado, quien cay sin lanzar un grito, sin exhalar un suspiro.

--Ahora a otro, dijo el capitn volviendo a levantar la palanca.

Un aullido de horror reson entre la multitud, que vacil un momento.

El capitn baj con viveza su palanca, y la caja se inclin sobre el
borde del abismo.

Este movimiento restituy a los bandidos toda su clera y su rabia.

--Muera! Muera! exclamaron precipitndose sobre el oficial.

--Deteneos! grit el Jaguar lanzndose hacia adelante y derribando
cuanto se opona a su paso. Nadie se mueva: ese hombre me pertenece.

Al or esta voz bien conocida de todos, aquellos hombres se detuvieron.

El capitn tir su palanca: la ltima caja acababa de caer al
precipicio.

--Rndase V., Capitn Melendez, dijo el Jaguar adelantndose hacia el
oficial.

ste haba vuelto a coger su sable, y respondi:

--Ya no merece la pena: prefiero morir.

--Pues entonces defindase V.

Ambos enemigos se pusieron en guardia. Durante algunos segundos se
oy el choque furioso de los aceros. De improviso y por un movimiento
brusco, el capitn hizo volar por el aire el arma de su adversario.
Antes que ste se hubiese repuesto de su sorpresa, el oficial se
precipit sobre l y le enlaz con sus brazos como una serpiente.

Los dos hombres rodaron por el suelo.

A dos pasos detrs de ellos se hallaba el precipicio.

Todos los esfuerzos del capitn tendan a atraer al Jaguar al borde
del abismo; el cabecilla, por el contrario, procuraba librarse de la
presin terrible de su enemigo, cuyo siniestro proyecto haba adivinado
sin duda alguna.

Por fin, despus de una lucha de algunos minutos, los brazos que
opriman el cuerpo del Jaguar se aflojaron poco a poco; las crispadas
manos del oficial se soltaron, y el cabecilla, reuniendo todas sus
fuerzas, logr desembarazarse de su enemigo y levantarse.

Pero apenas se hallaba de pie, cuando el capitn, que pareca estar
aniquilado y casi desmayado, salt como un tigre, se agarr a brazo
partido con su enemigo, y le imprimi un sacudimiento terrible.

El Jaguar, que todava estaba aturdido por la lucha que acababa de
sostener, y no esperaba aquel ataque brusco, se tambale y perdi el
equilibrio, lanzando un grito horroroso.

--Por fin! exclam el capitn con feroz alegra.

Los circunstantes lanzaron una exclamacin de horror y de desesperacin.

Los dos enemigos haban desaparecido en el abismo.




FIN.




NDICE DE MATERIAS.

         I. El fugitivo.
        II. Quoniam.
       III. Negro y blanco.
        IV. La manada.
         V. El Ciervo-Negro.
        VI. La concesin.
       VII. Cara de Mono.
      VIII. La declaracin de guerra.
        IX. Los Pawnees-Serpientes.
         X. La batalla.
        XI. La venta del Potrero.
       XII. Conversacin.
      XIII. Carmela.
       XIV. La conducta de plata.
        XV. El alto.
       XVI. Resumen poltico.
      XVII. Tranquilo.
     XVIII. Lanzi.
       XIX. La caza.
        XX. Confidencias.
       XXI. El Jaguar.
      XXII. El Zorro-Azul.
     XXIII. El Desollador-Blanco.
      XXIV. Despus del combate.
       XXV. Una explicacin.
      XXVI. El parte.
     XXVII. El gua.
    XXVIII. John Davis.
      XXIX. El trato.
       XXX. La emboscada.





End of Project Gutenberg's Los Merodeadores de Fronteras, by Gustave Aimard

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